Nuevamente a las clases...

Como nos pasa cada vez que comenzamos algo nuevo, cuando se inicia otro año escolar se generan expectativas, ansiedades, dudas, que parecen ser iguales a otras anteriores, pero que son singularmente distintas año tras año. Y estas sensaciones se producen de diferente manera en los chicos, en sus familias y en las maestras. Con todo ese bagaje de miedos, alegrías e incertidumbre nos juntamos el primer día de clase.

En el Jardín de Infantes el ingreso del nene se va dando en forma gradual, de a poquito, durante lo que se denomina “período inicial” o “período de adaptación”. Es importante señalar que este período no tiene una duración preestablecida y que es función de la maestra tener en cuenta los tiempos de su grupo en general y de cada nene en particular, para determinar cuándo están en condiciones de permanecer en el jardín el horario completo.

Podríamos hablar de proceso de adaptación. Adaptación implica una situación de equilibrio, sin conflicto, en armonía. Para un chico, ingresar al jardín implica comenzar a vivir sus primeras experiencias de socialización, la posibilidad de interactuar con los otros niños y adultos. Debe sentir que el desprenderse de su familia no es un abandono, ni un dejar de ser querido, y esto dependerá en gran medida de la actitud de los padres. Si ellos están seguros de que es el momento que su hijo ingrese al jardín, si pueden sentir confianza en la institución, el niño también podrá sentirse seguro.

Para muchas jardineras la presencia de los padres resulta perturbadora y sienten que, “cuanto más rápido se desprenda su hijo de ellos, mejor”, pero sin tener en cuenta qué es lo mejor para cada chico. Esto sucede porque los padres no se integran a las actividades, sino que ingresan a la sala como meros observadores, algunos sin dejar que su nene se separe demasiado de ellos, otros, obligándolo a participar. ¿Quién mejor que ellos para ayudarlos a conocer el lugar en el que jugarán cada día?

Las maestras también necesitan un tiempo de adaptación al nuevo grupo de chicos, a los padres. Pero es la maestra quien debe mantenerse atenta para saber qué les está pasando a los chicos, y a sus familias, para saber qué brindarles, qué necesitan.

El momento de la separación llegará sin demasiados conflictos si el niño puede encontrar, en el jardín y en todo el personal de la institución, un clima de calidez que sea un continente afectivo para él.

También es importante que la maestra pueda estar atenta a lo que pasa con cada uno de los chicos, con sus padres, guiarlos, acompañarlos, gozar cada momento con ellos y sobre todo, no escatimar los abrazos, el afecto, el amor.   _

(Adaptado de una nota de Mónica S. Lucena, publicada en revista "La Educación en nuestras manos", N° 17-18, noviembre de 1993).