> Grandes de nuestro Tango

Agustín Bardi

En esta entrega nos referimos a Agustín Bardi, compositor de una excepcional aptitud musical, que nació en  la Ciudad de las Flores (pcia. de Buenos Aires) el 13 de Agosto de 1884; allí mismo había nacido, menos de cuatro meses antes, otro importantísimo referente de nuestro tango: Roberto Firpo, director de una de las Orquestas Típicas pioneras del tango.

Cuando Agustín tenía sólo 6 años, sus padres lo enviaron a la Capital Federal para que curse la escuela primaria, a la casa de unos parientes, visitada por un guitarrero que al ver cómo el pequeño Agustín se entusiasmaba al verlo tocar, le dio las primeras nociones y con muchísima facilidad aprendió a tocar la guitarra.

A los 13 años comenzó a trabajar como telegrafista en el Ferrocarril del Sud; años después se empleó en una firma comercial en la que trabajó hasta que se jubiló en 1935 como gerente.

En 1905 comienza estudios de violín y tres años después integra el grupo que animaba un bar tanguero en la Boca. Luego actúa en otros conocidos lugares pero no con el violín sino al piano.

Integró una de las grandes formaciones orquestales que dirigió Francisco Canaro.

Su primer tango, “Vicentito”, es de 1911, dedicado a su gran amigo Vicente Greco, excepcional músico y bandoneonista. “Gallo ciego”, otro hermoso tango, lo compuso en 1916; dos años después escribió “¡Qué noche!”, título que puso por la nevada en Buenos Aires, insólita, del 22 de junio.

Una misma noche de 1917 fueron estrenados por el cuarteto de Graciano de Leone dos de los más importantes tangos de Bardi: “Gallo Ciego” y “Lorenzo”. Recordemos que eran tiempos en los que el tango no hacía más que crecer desde los bajos fondos sociales hacia toda la sociedad, como música y baile y de pronto también poesía: ese mismo año se estrenaba con gran suceso la cancionización del tango Lita (compuesto por Samuel Castriota) realizada por Pascual Contursi, con el nuevo nombre de “Mi noche triste”, señalada por los historiadores como la primera letra descriptiva y narrativa a la vez, la primera no jocosa del tango.

En 1919, Bardi comienza a estudiar armonía y composición. Lo hizo en su lugar de residencia por entonces, Bernal, con la ayuda del Padre José Spadavecchia, sacerdote salesiano. Probablemente no era un maestro de música sumamente idóneo, pero alcanzó para nutrir de conocimientos a un Agustín Bardi naturalmente dotado y ya con grandes obras en su haber, lo mismo que vinculaciones en el ambiente.

Además, “el Chino” Bardi era muy responsable con su trabajo en la empresa donde trabajaba y eso no le permitía dedicarse al tango hasta altas horas de la noche, por lo que recién en 1921 integra la importante orquesta que actuaba en el Teatro Ópera y luego ya no hizo más presentaciones como músico. A partir de allí enfocó su realización musical de lleno a la composición.

Los tangos de Bardi tienen un aire pampeano, una impronta de campo; recordemos que en la zona en que nació se escuchaba mucha milonga surera, que a él le gustaba mucho. Esto se puede reconocer ya desde los títulos: “El Abrojo”, “Se han sentado las carretas”, “El buey solo”, “El rodeo”, “Chuzas”, “El Baqueano”, “El matrero”, “El Chimango”... y unos cuantos más, puesto que produjo más de 100 composiciones, muchísimas de las cuales pueden ser consideradas como excepcionales. Con el paso del tiempo son más y más reconocidas por su riqueza armónica y estructura musical perfecta. Por citar sólo unos pocos, a los tres tangos nombrados al comienzo, agreguemos:  “Lorenzo” (titulado en honor del nombre real de Eduardo Arolas), “Independiente Club”, “No me escribas”, “Tinta verde” (color relacionado con la tinta que usaba en sus tareas en la empresa ferroviaria), y “Tierrita”.

El gran Julio De Caro fue de los primeros que descubrió la riqueza musical de Bardi, interpretando su orquesta muchos de sus tangos. Cuentan que Bardi se emocionaba escuchando a esa orquesta, la decareana.

Agustín Bardi falleció a los 57 años de un ataque al corazón el 21 de abril de 1941.

Vale destacar que aquel artífice del tango argentino inspiró dos exquisitos, inolvidables tangos: “Adios, Bardi” de Osvaldo Pugliese, y “Don Agustín Bardi” de Horacio Salgán. Dos Maestros que recuerdan es sus frases musicales a un precursor insoslayable de nuestra querida música.

Fue un hombre modesto, sin pretensiones de sobresalir, ni de darse de intelectual.