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Marie Curie
Una mujer asombrosa trabajando toda su vida por la Ciencia, en el más alto nivel.

Marie Sklodowska nació en Varsovia, Polonia, el 7 de noviembre de 1867. En 1891 se matriculó en el curso de ciencias de la Universidad de la Sorbona (París, Francia). Los estudiantes, al tropezarse con ella en los corredores de la Facultad, se preguntaban: ¿quién será esa muchacha de aspecto tímido y expresión obstinada, que viste tan pobre y austeramente? Pero los jóvenes no ocupaban la atención de Marie; su pasión era el estudio de las ciencias. Consideraba perdido cualquier minuto que no dedicara a los libros.

Sus ingresos eran exiguos, algunos ahorros de su trabajo como institutriz en Polonia y cantidades pequeñas que le enviaba su padre. Para ahorrar carbón no encendía el calentador y pasaba horas escribiendo números y ecuaciones sin apenas enterarse de que tenía los dedos entumecidos y de que sus hombros temblaban de frío. Llegó a pasar semanas enteras sin tomar otro alimento que té con pan y mantequilla; cuando quería festejar algo compraba un par de huevos, una tableta de chocolate o algo de fruta.

Este escaso régimen alimentario volvió anémica a la muchacha que unos meses antes había salido de Varsovia rebosante de salud. Frecuentemente, al incorporarse, sentía desvanecimientos y tenía que recostarse en la cama, donde a veces perdía el conocimiento.

Ni el amor ni el matrimonio figuraban en los proyectos de Marie: dominada por la pasión científica, mantenía, a los veintiséis años de edad, una decidida independencia personal. Entonces conoció a Pierre Curie, científico francés, que tenía treinta y cinco años, era soltero y, al igual que Marie, estaba dedicado en cuerpo y alma a la investigación científica. Desde su primer encuentro en un laboratorio, en 1894, ambos simpatizaron. Lo que fascinaba a Pierre no era sólo su devoción por el trabajo, sino su valor y nobleza de espíritu. A los pocos meses, Pierre Curie le propuso matrimonio. Hubieron de pasar diez meses antes de que Marie aceptara la propuesta.

La joven pareja estableció su hogar en un diminuto apartamento. Marie inventaba platos que podía preparar en muy corto tiempo. Durante el segundo año de su matrimonio nació la primera hija, Irène, que con el correr de los años ganaría el premio Nobel. Marie cuidaba su casa, atendía a su hijita y preparaba la comida, sin descuidar por ello el trabajo en el laboratorio, trabajo que habría de llevarla al descubrimiento más importante de la ciencia moderna.

Hacia finales de 1897 Marie había obtenido dos títulos universitarios y una beca. Al buscar un proyecto de investigación que le sirviera de tema para la tesis, se interesó vivamente por una reciente publicación del sabio francés Antoine Henri Becquerel, quien había descubierto que las sales de uranio emitían espontáneamente, sin exposición a la luz, ciertos rayos de naturaleza desconocida. Marie los bautizó después con el nombre de radiactividad (radio-actividad). El descubrimiento de Becquerel fascinaba a los esposos Curie. Se preguntaban de dónde proviene la energía que los compuestos de uranio radian constantemente. Merced a la intervención del director de la Escuela de Física donde enseñaba Pierre, Marie logró permiso para utilizar un pequeño depósito que había en el sótano de la misma. La investigación científica en aquel cuartucho no era nada fácil, y el ambiente, fatal para los sensitivos instrumentos de precisión, no lo fue menos para la salud de la investigadora.

Mientras se hallaba enfrascada en el estudio de los rayos de uranio, Marie descubrió que los compuestos formados por otro elemento, el torio, también emitían espontáneamente rayos como los del uranio.

Pierre Curie, que había seguido con apasionado interés el rápido progreso de los experimentos de su esposa, resolvió abandonar sus propios trabajos para dedicarse a ayudarla. Ambos buscaron entonces en el diminuto y húmedo laboratorio el elemento desconocido.

A medida que fueron limitando el campo de su investigación sus hallazgos indicaron la existencia de dos elementos nuevos en vez de uno. En julio de 1898 los esposos Curie pudieron anunciar el descubrimiento de una de estas sustancias; Marie le dio el nombre de polonio en recuerdo de su amada Polonia. En diciembre del mismo año revelaron la existencia de un segundo elemento al que bautizaron con el nombre de radio, elemento de enorme radiactividad. Pero nadie había visto el radio; nadie podía decir aún cuál era su peso atómico.

De las minas en Bohemia se extraía pecblenda, un mineral costoso que contiene uranio; según los cálculos del matrimonio Curie, aun aislando el uranio, el polonio y el radio quedarían intactos. ¿Por qué, entonces, no tratar químicamente los residuos que tenían escaso valor comercial? El Gobierno austríaco facilitó una tonelada de tales residuos, y con ellos empezaron a trabajar en una barraca abandonada.

Finalmente, en 1902, a los cuarenta y cinco meses de haber anunciado los esposos Curie la existencia del radio, Marie obtuvo la victoria: había logrado, al fin, preparar un decigramo de radio puro, y había determinado el peso atómico del nuevo elemento.

Desgraciadamente, los esposos Curie tenían que luchar con otros problemas: había que buscar más recursos para poder pagar una niñera. En 1898 Marie logró obtener empleo como profesora de un colegio de señoritas cercano a Versalles.

Apremiados por sus dos ocupaciones, la enseñanza y la investigación científica, a menudo se olvidaban de comer y aún de dormir; sus amigos estaban seriamente alarmados; mientras la investigación de la radiactividad progresaba, la pareja de sabios se iba agotando poco a poco.

Purificado en forma de cloruro, el radio aparecía como un polvo blanco similar a la sal de mesa; pero sus cualidades eran extraordinarias. La intensidad de sus radiaciones sobrepasaron todo lo esperado, pues era dos millones de veces mayor que la del uranio. Los rayos que despedía atravesaban las sustancias más duras y más opacas, y sólo una gruesa plancha de plomo era capaz de resistir su penetración destructora.

El radio se convertía en un aliado del hombre en su lucha contra el cáncer. Tenía pues, una utilidad práctica, y su extracción había dejado de tener un simple interés experimental. Iba a nacer la industria del radio.

En varios países se habían hecho planes para la explotación de minerales radiactivos, principalmente en Bélgica y en los Estados Unidos. Sin embargo, los ingenieros sólo podrían producir el “fabuloso metal” si dominaban el secreto de las delicadas operaciones a que había de someterse la materia prima. Cierta mañana de domingo Pierre acababa de leer una carta que le habían dirigido en demanda de información varios ingenieros de los Estados Unidos que querían utilizar el radio en Norteamérica. Tenemos dos caminos, le dijo Pierre, o bien describir los resultados de nuestra investigación, sin reserva alguna, incluyendo el proceso de la purificación... O bien podríamos patentar la técnica del tratamiento de la pecblenda y asegurarnos los derechos de la fabricación del radio en todo el mundo. Marie reflexionó unos segundos y dijo: Es imposible. Sería contrario al espíritu científico. Además, el radio se va a emplear para combatir una enfermedad. Sería imposible aprovecharnos de eso... Pierre sonrió con satisfacción y le dijo: esta misma noche escribiré a los ingenieros norteamericanos para darles toda la información que nos piden.

En 1903 el Real Instituto de Inglaterra invitó oficialmente a Pierre a dar en Londres una serie de conferencias sobre el radio. A continuación recibieron un alud de invitaciones a comidas y banquetes, pues todo Londres quería conocer a los padres del nuevo elemento. Otro reconocimiento público a su labor vino de Suecia: el 10 de diciembre de 1903 la Academia de Ciencias de Estocolmo anunció que el Premio Nobel de Física correspondiente a aquel año se dividiría entre Becquerel y los esposos Curie, por sus descubrimientos relacionados con la radiactividad.

Este premio era una suma equivalente a 15.000 dólares, con lo que Pierre pudo dejar la pesada carga de sus muchas horas de clase y salvar así su salud. Cuando recibieron el dinero hubo regalos para el hermano de Pierre, para las hermanas de Marie, donaciones a varias sociedades científicas, a estudiantes polacos y a una amiga de la infancia de Marie y se dio también el gusto de instalar un baño moderno en su casa y de renovar el papel de una habitación; pero no se le ocurrió comprarse un sombrero nuevo; y continuó con sus clases, aunque insistió en que Pierre dejara su trabajo en la Escuela de Física.

Al final de su segundo embarazo, Marie estaba completamente agotada. El 6 de diciembre de 1904 nació otra hija, Ève, la autora de una biografía de su madre.

Pronto volvió Marie a la rutina de la escuela y el laboratorio. El matrimonio no asistía jamás a fiestas sociales, pero no podía eludir los banquetes oficiales en honor de sabios extranjeros.

Pero el 19 de abril de 1906, un día opaco y lluvioso, Pierre pasó distraído detrás de un coche de caballos y se interpuso en el camino de un pesado carro que, tirado por un caballo, avanzaba con rapidez y resultó aplastado por una de las ruedas. Después de su funeral, el Gobierno francés propuso se concediera a la viuda y los hijos del ilustre físico una pensión nacional. Marie la rechazó: “No quiero una pensión. Soy joven todavía y capaz de ganar la vida para mí y para mis hijas”.

El Consejo de la Facultad de Ciencias, por decisión unánime, otorgó a la viuda Curie la cátedra que había desempeñado su esposo en la Sorbona. Era esta la primera vez que se concedía a una mujer tan alta posición en la enseñanza universitaria de Francia. El día de la primera lección el aula estaba completamente llena, así como también los pasillos y corredores de acceso a la clase. Marie se dirigió a ocupar su sillón en medio de una tempestad de aplausos, a los que correspondió con una ligera inclinación de cabeza a manera de saludo. En pie, esperó a que cesara la ovación; cuando se hizo el silencio, Marie, mirando al frente, inició su lección con la misma frase con que había terminado su esposo su última lección.

Suecia le concedió el Premio Nobel de Química en 1911. Durante más de cincuenta años no hubo nadie, hombre o mujer, que mereciera esta recompensa por segunda vez.

La Sorbona y el Instituto Pasteur fundaron conjuntamente el Instituto Curie de Radio y hasta el final de su vida hizo de este laboratorio el centro de su existencia.

En 1921 las mujeres norteamericanas reunieron cien mil dólares, el valor de un gramo de radio, para donárselos a Madame Curie; a cambio le pidieron que hiciera una visita a los Estados Unidos. Todas las universidades norteamericanas invitaron a Madame Curie; en todas partes le otorgaron medallas, títulos y grados honoríficos. Se sentía abrumada por el ruido y las aclamaciones. Los continuos desplazamientos la debilitaron y por recomendación médica hubo de regresar a Francia.

Marie siempre había desdeñado las precauciones que ella misma imponía estrictamente a sus discípulos. Apenas si se sometía a los exámenes de sangre que eran norma obligatoria en el Instituto del Radio. Estos análisis mostraron que su fórmula sanguínea no era normal, pero eso no le preocupó gran cosa; durante treinta y cinco años había estado manejando el radio y respirando el aire viciado de sus emanaciones.

Marie no le dio importancia a una ligera fiebre que finalmente comenzó a molestarla; pero en mayo de 1934, víctima de un ataque de gripe, se vio obligada a guardar cama. Ya no volvió a levantarse. El 4 de julio de 1934 fallecía, a sus 66 años, por leucemia debida seguramente a la exposición masiva a la radiación durante su trabajo.

Su hija mayor, Irène Joliot-Curie, también obtuvo el Premio Nobel de Química, en 1935 (el año siguiente al de la muerte de su madre). Existe una película biográfica sobre Marie y una biografía escrita por su otra hija, Eva Curie, de la que utilizamos muchos datos para esta nota.