El Libertador San Martín (1850 - 2006)

por la docente Miriam Graciela Bruno

    Hace 156 años, lejos de nuestra tierra, dejaba de existir físicamente José de San Martín. Acompañado por su hija Mercedes y buenos amigos como Alejandro Aguado, pasó sus últimos años en una ciudad tranquila de Francia. Desde allí, sin dejar de pensar en Cuyo, en Chile o en Perú, sus lugares de gloria, recibía noticias de los conflictos internos que sucedían en el Río de la Plata. La libertad colegida y lograda con mucho sacrificio, se veía amenazada por luchas internas. Esta situación desvelaba los sueños del Padre de la Patria, quien escribiera en una de sus cartas:

    “Los hombres no viven de ilusiones, sino de hechos ¿Qué me importa que se me repita que vivo en un país de Libertad, si por el contrario se me oprime?

    ¡Libertad! Désela usted a un niño de dos años para que se entretenga con un estuche de navajas de afeitar y usted me contará los resultados. ¡Libertad! Para que un hombre de honor sea atacado por prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan y, si existen, se hagan ilusionar. ¡Libertad! Para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja, por vía de especulación, hacer una revolución y quedar impune. ¡Libertad! Para verme expatriado sin forma de juicio y tal vez por una mera divergencia de opiniones. ¡Libertad! Para que el dolor y la mala fe encuentren una completa impunidad, como lo comprueban las quiebras fraudulentas acaecidas en esa. ¡Maldita sea la Libertad! No será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona, hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano y me proteja contra los bienes que me hunda la actual libertad.”

    Hoy muchos sueñan con una Argentina llena de Sanmartines. Es una ambición desmedida. Más vale que hagamos el esfuerzo colectivo de juzgar de lo presente, según la verdadera justicia y de pensar en el futuro con una verdadera libertad.