> Personalidad para recordar

Luis Federico Leloir
Este año que ya se va, se han cumplido 100 años del nacimiento de uno de los argentinos distinguidos con el Premio Nobel: Luis Federico Leloir. Además, este mismo diciembre se cumplen 19 años desde que pasó a la inmortalidad, que significa ser uno de los máximos ejemplos sudamericanos para los científicos que buscan el
permanente avance del conocimiento.

Los padres habían viajado desde Buenos Aires hacia París a mediados de 1906 debido a la enfermedad que aquejaba a Federico Leloir (padre) y por la cual debía ser operado en un centro médico francés. El 6 de septiembre, una semana después de la muerte de aquel, nació Luis Federico Leloir en una vieja casa en la Rue Víctor Hugo 81. Al venir con su madre a la Argentina, en 1908, Leloir vivió junto a sus 8 hermanos en las extensas tierras pampeanas que sus antepasados ricos habían comprado tras su inmigración desde el País Vasco. Eran 40 mil hectáreas denominadas El Tuyú (la costa marítima desde San Clemente del Tuyú hasta Mar de Ajó). Con apenas 4 años, Leloir aprendió a leer solo, ayudado por los diarios que compraban sus familiares para actualizarse sobre los temas agropecuarios. Durante sus primeros años de vida, el futuro premio Nobel se dedicaba a observar todos los fenómenos naturales con gran interés, y sus lecturas siempre encuadraban en temas relacionados a las ciencias naturales y biológicas. Sus estudios iniciales se repartieron entre la Escuela General San Martín, en donde dio libre el primer año, el Colegio Lacordaire, el Colegio del Salvador y el Colegio Beaumont (este último en Inglaterra).

Contra lo que podría pensarse, sus notas no se destacaban por buenas, pero tampoco por malas, y su primera incursión universitaria terminó rápidamente cuando abandonó los estudios de arquitectura que había comenzado en París.

De nuevo en Buenos Aires, obtuvo la nacionalidad argentina e ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) para doctorarse en dicha profesión. Sus comienzos fueron difíciles, tanto que tuvo que rendir 4 veces el examen de anatomía, pero en 1932 consiguió diplomarse e inició su actividad como residente en el Hospital de Clínicas y como médico interno del hospital Ramos Mejía. Tras algunos conflictos internos y complicaciones en cuanto al trato que debía tener con sus pacientes, Leloir decidió dedicarse a la investigación de laboratorio. En 1933 conoció a Bernardo A. Houssay, quien dirigió su tesis doctoral acerca de las glándulas suprarrenales y el metabolismo de los hidratos de carbono. El encuentro fue casual, ya que Luis Leloir vivía a solo media cuadra de su prima, la famosa escritora y editora Victoria Ocampo, quien era cuñada del gastroenterólogo Carlos Bonorino Udaondo, otro eximio doctor, amigo de Houssay. Tras la recomendación de Udaondo, Leloir comenzó a trabajar junto a Houssay, quien ya en 1947 se había convertido en el primer científico argentino en ganar el Premio Nobel. Lo hicieron en el Instituto de Fisiología de la UBA.

Su tesis fue completada en dos años, recibiendo el premio de la facultad al mejor trabajo doctoral. Sin embargo, descubrió que su formación en ciencias tales como física, matemática, química y biología era escasa, por lo que comenzó a asistir a clases de dichas especialidades en la universidad, como alumno oyente.

En 1936 viajó hacia Inglaterra para dar comienzo a sus estudios avanzados en la Universidad de Cambridge, bajo la supervisión del también Premio Nobel Sir Frederick Gowland Hopkins, quien había obtenido esa distinción en 1929 por sus estudios en fisiología y medicina tras descubrir que ciertas sustancias, hoy conocidas como vitaminas, son fundamentales para mantener la buena salud. Sus estudios en el Laboratorio Bioquímico de Cambridge se centraron en la enzimología, específicamente en el efecto del cianuro y pirofosfato sobre la succínico deshidrogenasa. Más clarito: desde ese momento, Leloir se especializó en el metabolismo de los carbohidratos.

Hacia 1943 tuvo que dejar el país, dado que Houssay fue expulsado de la Facultad de Medicina por firmar una carta pública en oposición al régimen nazi de Alemania y al apoyo del gobierno militar (Pedro P. Ramírez en la Presidencia). Antes de partir hacia el exilio, Leloir se casó con Amelia Zuberbüller, con quien tuvo una hija a la que le pusieron el mismo nombre. Su destino fue Estados Unidos, donde ocupó el cargo de investigador asociado en el Departamento de Farmacología de la Universidad de Washington, a cargo del matrimonio entre Carl y Gerty Cori, con quienes luego Houssay compartió el Nobel en 1947. También compartió investigaciones con el profesor D. E. Green en el Laboratorio de Investigación de Enzimas de Nueva York.

En 1945 regresó al país para trabajar otra vez con Houssay, en el Instituto que éste dirigía, precedente del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar, que Leloir dirigió desde su creación en 1947 (a manos del empresario y mecenas Jaime Campomar) durante 40 años.

Durante los últimos años de la década de 1940, Leloir realizó con éxito experimentos que revelaron cuales eran las rutas químicas en la síntesis de azúcares en levaduras, y lo logró con equipos de muy bajo costo, debido a que carecía de recursos económicos. Hasta entonces, se creía que para poder estudiar una célula no se la podía disgregar del organismo que la albergaba. Pero el trabajo del gran Leloir demostró que esa teoría pasteuriana era falsa.

Desde 1947 formó un grupo de trabajo junto a Rawell Caputo, Enrico Cabib, Raúl Trucco, Carlos Cardini y José Luis Reissig, con quienes investigó y descubrió por qué el riñón impulsa la hipertensión arterial cuando está enfermo. Ese mismo año, su compañero de laboratorio Su equipo, al que se había incorporado el becario Alejandro Paladini, logró que en una cromatografía se pudiera aislar la sustancia nucleótido-azúcar llamada uridina difosfato glucosa (UDPG), y por ende entender el proceso de almacenamiento de los carbohidratos y de su transformación en energía de reserva.

A principios de 1948, el equipo de Leloir identificó los azúcares carnucleótidos, compuestos que desempeñan un papel fundamental en el metabolismo de los hidratos de carbono, lo que convirtió al Instituto en un centro mundialmente reconocido. Inmediatamente después, Leloir recibió el Premio de la Sociedad Científica Argentina, uno de los tantos que recibió tanto en el país como en el extranjero.

A fines de 1957 fue tentado por la Fundación Rockefeller y por el Massachusetts General Hospital para emigrar a los Estados Unidos; sin embargo Leloir, al igual que su maestro Houssay, prefirió quedarse y continuar trabajando en el país. Aún así, el Instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos (NIH) y la Fundación Rockefeller decidieron subsidiar la investigación comandada por Leloir, reconociendo su importancia.

En el ‘58 firmó un acuerdo por el cual crearon el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, nombrando profesores titulares a Carlos Eugenio Cardini y Enrico Cabib y al mismo Leloir. Esto contribuyó a que jóvenes universitarios argentinos se sintieran atraídos por la investigación científica, lo que repercutió en el crecimiento de la institución. También llegaron a ese centro investigadores y becarios procedentes de los Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Francia, España y varios países de América Latina.

Para ese entonces Leloir estaba llevando a cabo sus trabajos de laboratorio en conjunto con la docencia como profesor externo de la Facultad, tarea que sólo interrumpió para completar sus estudios en Cambridge y en Estados Unidos.

Su firme voluntad de investigación superó a las dificultades económicas enfrentadas por el Instituto. Con herramientas caseras, Leloir se dedicó a estudiar el proceso interno por el cual el hígado recibe glucosa y produce glucógeno, el material de reserva energética del organismo, y junto a Mauricio Muñoz logró oxidar ácidos grasos con extractos de células hepáticas.

En 1970 recibió el Premio Nobel de Química. Posteriormente su equipo se dedicó al estudio de las glicoproteínas –moléculas de reconocimiento en las células– y determinó la causa de la galactosemia, una enfermedad grave, manifestada en la intolerancia a la leche. Las transformaciones bioquímicas de la lactosa en sus propios componentes son conocidas en el mundo científico como el camino de Leloir.

El gran científico en sus 40 años de trabajo en la Fundación Campomar, jamás cobró sueldo. Él mismo explicó en su autobiografía que el hecho de provenir de una familia muy pudiente le permitió dedicarse íntegramente a la investigación científica. Pero ocurría que, además, Leloir era permanentemente un ejemplo de austeridad por momentos hasta quizás exasperante. No ahondaremos en esos detalles; sí diremos que instó a sus compañeros de trabajo a almorzar en el laboratorio las viandas que llevaban desde sus hogares.

Hay otra anécdota muy conocida y que pinta muy bien hasta qué punto era un hombre sencillo y que siempre estaba pensando en su trabajo: en la década de 1920, Luis Federico Leloir se encontraba almorzando junto a unos amigos en un club de golf de Playa Grande, en Mar del Plata. Cuando le sirvieron un plato de langostinos pidió que le acercaran ciertos ingredientes de diferentes salsas, lo que al mezclarlos creó la desde entonces famosa Salsa Golf, que hoy está en todos los supermercados. Bastante después, bromeó con que “si la hubiese patentado, ahora tendríamos mucho más dinero para investigar”.

Luis Federico Leloir murió en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1987, tras un ataque al corazón poco después de llegar del laboratorio a su casa. Fue enterrado en el Cementerio de La Recoleta.