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Homero Manzi
44 años a pura creación 

Desde que iniciamos esta serie de notas sobre los grandes hacedores de nuestro tango, es la primera vez que reseñamos la vida y obra de un poeta. Y, merecidamente, iniciamos los poetas con uno que, ya desde la dorada década de 1940, muy rápidamente pasó a ser considerado como el poeta emblemático del tango, gracias a muchas de sus obras, y en especial a dos o tres tangos indispensables.

Su verdadero nombre era Homero Nicolás Manzione; nació el 1º de noviembre de 1907. Pero no en la ciudad de Buenos Aires, tal como pensaríamos tras la forma tierna en que representó a ésta, sino que nació en Añatuya, un pequeño pueblo que era empalme ferroviario, en la provincia de Santiago del Estero. Su madre era uruguaya y su padre argentino, probando suerte como hacendado rural.

A eso de los siete años Homero ya estaba radicado en Buenos Aires, y comenzó su educación en el colegio Luppi, del humilde y alejado barrio de Nueva Pompeya. Con el tiempo, muchos elementos de aquel paisaje (como el largo paredón que recorría camino de la escuela, como el terraplén del ferrocarril) quedarán reflejados maravillosamente en algunas de sus letras posteriores, como la de “Barrio de tango” (de 1942) y la de “Sur”. Eran frescos de un cruce único de ciudad y pampa, con un halo casi sobrenatural, tal como eran esos lugares por aquellos tiempos.

Tras esa infancia en Pompeya (barrio que hoy es uno de los mayores símbolos del tango argentino gracias precisamente a Manzi, en gran medida), tuvo otros períodos vitales en otro barrio muy importante para el tango y la cultura popular argentina: Boedo. Ese nuevo barrio, que tomó su nombre de esa calle que fue tomada como referencia de todo un movimiento literario y cultural (ese de escritores con gran sensibilidad popular, en contraposición al otro movimiento referenciado en una calle, el “de Florida”) que seguramente influyó en el adolescente y luego joven Homero. En ese barrio fue admitido en la peña “Pacha Camac”, dirigida por José González Castillo, otro pionero del tango, padre del otro gran poeta (y amigo de Manzi), Cátulo Castillo. Un poco después ya llegaría a la Facultad de Derecho (UBA, obviamente), con su militancia reformista, y a una adhesión incondicional a Yrigoyen, el caudillo radical que llegó dos veces a la Presidencia de la Nación. Ya sonaban entre la gente los versos del tango “Viejo ciego”.

La revolución del 30 terminó de abrirle los ojos; entendió que era preferible “hacer letras para hombres que ser un hombre de letras”. Entonces era casi imposible que parara de crear: nació “El pescante”, del que se dice que, de los suyos, era su preferido; tenía música de Piana, lo mismo que la Milonga del 900” con la que Manzi confirma su militancia político-partidaria (“...pero váyanlo sabiendo / soy hombre de Leandro Alem”, decían esos versos también grabados por Gardel).

Y en esa misma lógica política, Manzi se agrupó junto a Arturo Jauretche, Ortiz Pereyra, Juan B. Fleitas, Félix Ramírez García, Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo, en la fundación de Forja. En la declaración de principios de este movimiento político de jóvenes decididos y enérgicos, eran muy explícitos: “Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre”. Eran palabras fuertes en una época (1935) en que el radicalismo se alejaba del pueblo (al que se había acercado durante la presidencia yrigoyenista) con el vuelco más a la derecha de la conducción de Marcelo Torcuato de Alvear. Ya a partir de los años ’40 adhirió (al igual que otros forjistas, como Jauretche) al peronismo, considerando al Presidente Perón como “el reconductor de la obra de Hipólito Yrigoyen”.

Su primera pieza fue el vals “¿Por qué no me besas?”, de 1921, hoy olvidado, con música de Francisco Caso, el mismo que, años después, vincularía a Manzi con Troilo.

Cátulo Castillo fue quien hizo que se conocieran Manzi y Piana, que inmediatamente se convirtió en el primer binomio creador importante que conformó el poeta. Homero había mandado a un concurso una letra (“El viejo del violín”) que a Cátulo le gustaba mucho, entonces lo convenció de que la retire del concurso porque la condición era que los organizadores designaban al musicalizador, y no quería que algún inexperto estropeara esos versos. Entonces una mañana fueron Cátulo y Homero a la casa de Piana, a quien pidieron que le pusiera música. Apenas leyó la letra, al pianista le pareció “magnífica”, y le propuso a Cátulo musicalizarla juntos. Éste hizo la primera parte, y Piana la segunda, quedando terminado el gran tango que hoy conocemos como “Viejo ciego” (como dato extra, mencionemos que esta fue la última obra grabada por el cantor Roberto “Polaco” Goyeneche). Por entonces, Manzi tenía apenas 18 años, y estudiaba Derecho; era 1926. A partir de ahí, Manzi y Piana siguieron trabajando juntos por 25 años, casi hasta la muerte del poeta.

El primer argumento que hizo para el cine fue la adaptación de “Nobleza gaucha” al cine sonoro, escribiendo los diálogos y agregando canciones. La música de la película la realizó Piana. Después, el director Daniel Tinayre hizo “Sombras porteñas” para la cual el binomio hizo seis temas: los tangos “Dale, dale” y “Turbión”, la ranchera “Los leñadores”, la rumba “Sol de Cuba”, el hermoso vals “Esquinas porteñas” y una canción que cantaba Alberto Anchart. Desde entonces, Manzi quedó permanentemente vinculado al ambiente cinematográfico, realizando otros guiones e incluso dirigiendo algunos filmes.

Cuando Manzi terminó el servicio militar, se volvió a encontrar con Piana, quien cuenta: “Fue en el 30 o en el 31, y en esa segunda etapa abordamos y renovamos totalmente un género: la milonga porteña. Un día vino Homero y me propuso, a pedido de Rosita Quiroga, que componga una milonga para que después él pudiera hacerle la letra. Yo acepté, pero no podía hacer una milonga corriente, porque este género es de origen oral, popular y, desde el punto de vista melódico, eran casi todas muy semejantes. Entonces traté de hacer algo que estuviera a la altura del tango, y salió “Milonga sentimental”, a la que Manzi le puso la letra, y fue estrenada por Mercedes Simone”. Después hicieron “Milonga del 900” (las dos fueron grabadas por Carlos Gardel), y “Juan Manuel”, ambientada en la época de Rosas. “Al género lo impusimos nosotros”, afirmaba Piana. Luego siguieron con “Bettinoti”, en base a la cual Manzi hizo el argumento de la película “El último payador” (protagonizada por Hugo del Carril). Ya en el 40 crearon una variante: la milonga candombe (fusión del candombe negro y la milonga porteña), empezando por “Mulata”.

Además de las mencionadas, Manzi dejó terminadas junto a Piana muchas otras obras estupendas, como por ejemplo el tango “De barro” y el vals “Paisaje”. En total, 42 obras.

Del encuentro artístico con Aníbal “Pichuco” Troilo se formaría uno de los más lúcidos e irremplazables binomios autorales del tango.

Ya en plenos años ’40 lo atacó tremendamente la enfermedad que lo llevaría a la muerte: el cáncer. Justo cuando estaba en su período creativo de mayor caudal. Tres operaciones quirúrgicas apenas bastaron para alargarle unos años la vida. De esa misma época surgieron los tangos “Sur”, “Discepolín” y “Che, bandoneón” (con músicas de Troilo), y “El último organito” (con música de su hijo Acho Manzi, aunque Nelly Omar asegura que tuvo participación). También, las películas que dirigió: “Pobre mi madre querida”, “El último payador” y “Escuela de campeones”.

Otro aspecto importante en la obra de Manzi fue su adaptación, casi mimética, en el estilo romántico que fue de los más representativos del tango en los años '40, sumando piezas de extraordinario valor, como “Fruta amarga”, “Torrente”, “Después”, y “Fuimos”. En este último, escrito con el inspiradísimo bandoneonista José Dames, Manzi construye un poema de imágenes enormemente audaces ("Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida...") para una canción popular, quedando instalado como un paradigma del tango elaborado y estéticamente ambicioso.

De la extensa y rica producción de Manzi conviene destacar algunas otras piezas, que son consideradas sobresalientes en alguna medida también gracias a la calidad de los compositores. Los tangos “Monte criollo”, con Francisco Pracánico; “Abandono”, con Pedro Maffia; “Recién”, con Osvaldo Pugliese; “Solamente ella”, “Mañana zarpa un barco” y “Tal vez será mi alcohol” (que la censura obligó a convertir en “Tal vez será su voz”), y sobre todo el inigualable “Malena”, con Lucio Demare; “Fueye”, con el cantor Charlo; “Ninguna”, con Raúl Fernández Siro “En un rincón”, con Héctor María Artola; “Manoblanca”, sobre una antigua página de Arturo De Bassi; y el vals “Romance de barrio” y el tango “Che, bandoneón”, con Aníbal Troilo.

Homero Manzi fallece el 3 de mayo de 1951. Troilo lo homenajeó con el impactante “Responso”, un tango instrumental. Este mismo músico genial y un Manzi agonizante habían rendido tributo a otro letrista fundamental, Enrique Santos Discépolo, con otro tango imperdible: “Discepolín”; este otro importante tanguero murió del corazón antes de concluir ese mismo año. Como Manzi estaba postrado, lo hicieron con la ayuda del teléfono, elemento tan usado por él que, según el testimonio de su hijo Acho, “era su arma, era el rey del teléfono. Con un tubo en la mano podía llegar a ser temible. Conseguía cheques, compraba trajes y zapatos por teléfono” (hoy esto es lo más común, pero en aquella época...)

Una de esas internaciones hospitalarias coincidió con la de Perón, a quien se le extirpó el apéndice. Una tarde, el Presidente se acercó a la habitación de Manzi y le preguntó por la evolución de su mal. “De esta salgo fenómeno, mi general. Me lo dijeron los médicos”. Ese optimismo no pudo evitar que a Perón se le escaparan algunas lágrimas, porque conocía la enfermedad de Manzi; éste, ya de alta le dijo al gran poeta porteño Raúl González Tuñón: “¡La pucha! ¡Qué mal debo haber estado para que Perón llorara!”.

Podríamos extendernos muchísimo más, tanto para mencionar otras obras como para narrar más detalles y anécdotas interesantes. Pero la nota se haría demasiado extensa. Para cerrarla, le dedicaremos unas palabras que el mismo Manzi expresó al despedir los restos de otro inolvidable poeta tanguero, Celedonio Flores: “El pueblo, siempre leal para los que sabe suyos, te ampara del olvido que es la única muerte desolada y tremenda y sin remedio”.