> Grandes de Nuestro Tango
Anselmo Aieta

Al cumplirse 110 años de su nacimiento, recordamos a un importante pionero de nuestro tango, creador de bellos tangos, valses y milongas; músico muy intuitivo, tocó el bandoneón, dirigió y, sobre todo, fue compositor de muchísimas obras.

Anselmo Aieta nació como décimo (y penúltimo) hijo de la familia de los inmigrantes calabreses Francisco Aieta y Rosa Cascardo, el 5 de noviembre de 1896, en el barrio de San Telmo. Eran pobres y muchos, por lo que Anselmo tuvo que empezar a trabajar desde niño.

Aprendió rápidamente a tocar el bandoneón, primero tomándolo prestado, sin permiso, del ropero a su hermano Ricardo que, después de todo, “no aprendió nunca” (tal como el mismo Anselmo contara). Luego se compró algo parecido, una concertina. Y por fin, su primer bandoneón, con los ahorros de cinco años de trabajo como operario de la fábrica de cigarrillos Piccardo.

Le llegó la citación para el servicio militar y, para evitarlo, se quemó los ojos con vinagre, por lo que pasó el resto de su vida protegiéndose con lentes oscuros.

Fue un intuitivo, jamás estudió música, adquirió solamente los conocimientos básicos del instrumento con el mítico “Tano” Genaro Spósito y con Luiggín Bossi. De todos modos, en aquel tiempo casi todos los tangueros tocaban “de oído”, aunque muchos igualmente eran buenos músicos.

Interpretando tango en público, empezó en un café que estaba en la esquina de Piedras y Cochabamba; después tocó en muchos lugares junto a Agustín Bardi, Eduardo Arolas, Virgilio Carmona, Eduardo Monelos, y más músicos, todos muy tangueros.

Estuvo en la Orquesta de Rafael Iriarte, y llegó incluso a la Orquesta de Francisco Canaro, hasta el año 1922. Aquellos eran años de gran importancia para la gestación del género Tango.

Tras cartón, tuvo su propia orquesta, que se presentó en “El Nacional”, “Germinal”, “Guarany”, famosos cafés de la época, y en clubes, radios, cabarets, y un largo etcétera. En algún momento, llegó a tener tres orquestas simultáneas, que dirigía siempre desde el bandoneón. En esas ocasiones, corría por la calle Corrientes de uno en uno entre los cafés mencionados. Es claro que Anselmo Aieta fue uno de los bandoneonistas más celebrados y de más prolongada actuación en los cafés céntricos de Buenos Aires. Sus orquestas tenían un estilo accesible, bien definido dentro de la línea tradicionalista del tango, la misma de Canaro y de Firpo.

Entre los integrantes de los diversos sextetos que dirigió Anselmo Aieta, cabe recordar a Juan D´ Arienzo, Luis Visca, Juan Cruz Mateo, Juan Polito, Alfredo Mazzeo, José Domínguez (Salghe), Eugenio Romano, Juan Navarro, Mauro Seavone, Jorge A. Fernández, Alfredo Gobbi, Gabriel Clausi, Alfredo Calabró, Oscar Ventura y Alfredo Corleto.

A sus 16 años compuso su primer tango: “La primera sin tocar” (título inspirado en el juego de rango y mida) y, casi al mismo tiempo, “El huérfano”, aunque este tango se hizo conocido más tarde, en los años 20, cuando Francisco García Jiménez le puso unos versos alejandrinos y lo grabó Gardel. Poco antes ya lo habían grabado (aunque solamente sin canto) nada menos que las orquestas de Canaro, de Roberto Firpo y de Juan Maglio. La colaboración con el poeta García Jiménez continuó muy fructífera. Con sólo mencionar que Carlos Gardel les grabó 17 piezas, todas de distinto carácter: “Príncipe”, “Alma en pena”, “Siga el corso”, “Carnaval”, “Tus besos fueron míos”, “Palomita blanca” (famoso vals), “Prisionero”, “Mentirosa”, “Bajo Belgrano”, “¡Qué fenómeno!”, “Tras cartón”, “Trianera” (pasodoble), “La violetera”, “Primero campaneala”, “¡Viva la patria!”, “Tan grande y tan zonzo”, además del primer tango que le grabó (“El huérfano”).

Aieta tenía una creatividad extraordinaria, y el poeta era un perfeccionista que está entre los principales del Tango.

Anselmo Aieta terminó componiendo más de 300 obras. Mencionaremos sólo unas cuantas (excluyendo las ya mencionadas):  Mariposita”, “Suerte loca”, “La chiflada”, “Entre sueños”, “A la criolla”, “Pavadita”, “Bajo tierra”, “Que lo larguen”, “Muchachitas de Chiclana”, “Aquellos ojos”, “Ya estamos iguales”, “Corralera” (milonga), “Pobre cotorro”, “Estampa tanguera”, “A cara limpia”, “Alegría”, “De corte antiguo”, “Corrales viejos” (milonga), “Don Luis Alberto”, “Caretudo”, “¡Chau, ingrata!”, “Aparcero”, “Penitencia”, “La santita”; obras en todos los ritmos. La mayoría de ellas tienen versos de García Jiménez, pero colaboraron también en su producción musical otros grandes letristas y músicos de su tiempo: Enrique Dizeo, Santiago Adamini, Ginés Miralles, Antonio Radicci, Rafael Tuegols, Juan Polito, Luis Rubistein.

Sus muchas y exitosas creaciones le dieron mucho dinero, para vivir a lo grande. “El flaco” Anselmo dio el gran salto en 1928, con el éxito de Alma en pena, que grabaron Gardel, Azucena Maizani, Ignacio Corsini, y las orquestas de Firpo, Francisco Lomuto y Canaro, entre otros. Fue entonces que Aieta y su mujer se mudaron. Cuenta García Jiménez: “El muchacho de las gafas oscuras que venía de la familia proletaria, del inquilinato, del cafetín de San Telmo, se compró el último modelo de automóvil de ese año, que lo esperaba en la puerta de los cines, de los cafés, de los cabarets, de los bailes donde trabajaba... Alquiló una casa enorme en la esquina de Brasil y Piedras, con ocho salas que daban a las dos calles. Tomó un cocinero profesional para que su mesa fuera una fiesta gastronómica... Cuando le dije:¿Qué significa todo ese aparato, Anselmo?, me contestó sonriendo: Mirá, Paco... Con el auto, a la madrugada, levanto alguno que otro amigo en la mala. Lo llevo a casa; sobran piezas. Y les doy cada almuerzo, que ni en el Plaza Hotel”. Es decir que era derrochador, pero también un amigazo de aquellos.

Burrero él (y su esposa también) perdió fortunas en el hipódromo, y fue amigo del gran jockey Irineo Leguisamo. Carlitos Gardel lo visitaba seguido. Más adelante, el cantor Francisco Fiorentino solía ir a su casa, se ponía el delantal y preparaba tucos. A Aieta, Aníbal Troilo lo llamaba “papá”. Tuvo cinco hijos, todos con precoces inclinaciones artísticas que él intentaba desalentar.

Sus tangos fueron tocados en todas las épocas. Aún en pleno auge de los músicos de conservatorio, las partituras de este “orejero” estaban presentes en las grandes orquestas. Por ejemplo: Troilo le grabó 10 piezas; Fresedo, 12; el Maestro Pugliese, 4; y hasta el revolucionario Piazzolla grabó, con su primera orquesta (1945), un tango de Aieta: “La chiflada”.

Hay un tango suyo, instrumental, que aún hoy se pasa mucho en los bailes de tango: “Pavadita” (especialmente en la versión de la Orquesta de Alfredo De Ángelis).Sobre este tango diremos que, dada su asombrosa facilidad para crear motivos, Aieta lo compuso en un café, jugando con el bandoneón. Alguien que lo acompañaba

insistió en que lo hiciera transcribir cuanto antes (porque Anselmo no sabía escribir música), respondió sin darle importancia al asunto ni a la belleza del tema: “Dejalo, total, ¿qué me voy olvidar si es una pavada?”.

Murió el 25 de setiembre de 1964, a causa de una afección pulmonar, en una cama de sanatorio; hasta allí se había hecho llevar el bandoneón. Desde 1991, una de las callecitas que bordean la plaza Dorrego (en San Telmo), lleva su nombre. Un merecido homenaje, y en un lugar bien tanguero, en el mismo barrio donde nació Anselmo Aieta.