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Juana Azurduy

Fue una mujer diferente, quizá demasiado para su tiempo. Una personalidad fuerte, que pudo sobrellevar las cosas más terribles, en pos de la gran esperanza: la libertad de los pobladores de nuestro continente. Pasó a la historia grande como la más Valiente Mujer SudAmericana. Acerquémonos a una historia “para no perderse”...

Nació el 12 de julio de 1780 en las cercanías de Chuquisaca (SurEste de la actual Bolivia, en el entonces Virreinato del Río de La Plata). Sus padres fueron un hombre de dudoso linaje español y una madre indígena. Es en Toroca donde Juana aprende, junto a su padre, a andar a caballo y a amar la vida libre del campo.

Varios traslados pueblan su infancia y su adolescencia. A los siete años queda huérfana, y en poco tiempo, tanto de madre como de padre; ella y su hermana Rosalía quedan a cargo de una tía paterna, Petrona Azurduy, con quien tiene una muy mala relación, y que intenta en vano mantener a esas niñas cerca de bordados y costuras. La tiranía de la quietud y la falta de movimiento comienzan a oprimir el carácter de Juana que, poco a poco, deja de hablar.

A los 17 años deciden internarla en un Monasterio con el fin de domar la tentación de una vida aventurera con la que sueña Juana. Sin embargo, el silencio, la limpieza y la disciplina, los rezos y oraciones matinales no logran evitar que Juana cuestione la utilidad de la vida en el claustro y opine sobre el apoyo de la Iglesia a los poderosos, por lo que su estancia allí no llega a completar un año. Vuelve a casa con su espíritu más exaltado y espera y se prepara para la llegada de algún suceso extraordinario que la saque de la monotonía del refugio y la acompañe a vivir la vida verdadera.

En el cantón de Toroca o en Río Chico, Juana vuelve a entrar en contacto con los indios. Recupera el quechua de la infancia y aprende el aymará. Trabaja en el campo, en las tareas de la casa, y de vez en cuando visita a Eufemia Gallardo, la madre del que será su esposo, Manuel Padilla.

Allí escuchará los relatos de Manuel Padilla, los cuales ejercerán una enorme influencia sobre su formación. Juana tiene 25 años y Manuel 30 cuando se casan. Estamos en 1805 y Padilla ya está participando de grupos que, influidos por la ilustración francesa, planean la revolución. El 25 de mayo de 1809 una agitación popular en Chuquisaca destituye al virrey.

Ha comenzado a escribirse la historia nómade de los amantes guerreros. Tenía cuatro hijos que llevaba consigo en las batallas en las que participaba junto a Manuel.

Veamos esta situación: es el mes de marzo de 1814. Juana y Manuel han vencido a los realistas en varias batallas y esperan el contrataque. Las tropas revolucionarias deben dividirse: Manuel se encamina hacia La Laguna y Juana se interna con sus cuatro hijos pequeños y un grupo de guerrilleros en un refugio cercano al río, en el valle de Segura, provincia de Tomina. A Juana le han dicho que Padilla está en peligro. Sale en su auxilio pero debe volver pronto: los españoles avanzan hacia el valle de Segura donde han quedado sus niños.

Llegamos al momento más crucial, a la batalla más cruel y más dolorosa. Juana se interna con sus cuatro hijos en el monte desconocido. No hay alimentos, no hay más adultos que ella: sus soldados escoltas han huido asustados. No hay caminos conocidos; no hay refugio posible contra los vientos y la plaga de insectos llenan de pestes el cuerpo de sus pequeños. Hay una suerte de hueco, un gris vacío en esta zona de la vida de Juana. Porque es aquí donde se enferman cada uno de sus cuatro hijos, donde mueren Manuel y Mariano, antes de que Padilla y un indio amigo lleguen en auxilio de la madre guerrera. De vuelta en el refugio del valle de Segura mueren Juliana y Mercedes, las dos hijas, de fiebre palúdica y disentería.

Pero, como algunos pensaron, tanta muerte insoportable trae la vida: Juana está nuevamente embarazada cuando combate el 2 de agosto de 1814 con Padilla y su tropa, en el cerro de Carretas. Juana da a luz a Luisa Padilla junto al Río Grande cuando está comenzando el ataque realista. Los hombres que la custodiaban presumieron que su jefa estaba débil y que era el mejor momento para arrebatarle el botín de guerra con el que cuentan las tropas revolucionarias y que Juana custodiaba con celoso fervor. Además, matarla tenía un plus de atracción, porque la cabeza de Juana tenía precio: 10.000 pesos en plata.

Los traidores al mando de Loayza complotan y arremeten contra la teniente coronela, que se alza frente a ellos con su hija en brazos y la espada obsequiada por el General Belgrano, tendida hacia adelante en ademán de ataque. Algunos cuentan que ordenó el ataque en quechua a su tropa de indios amigos. Otros dicen que ella misma, con su espada, le arrancó la cabeza a Loayza de un solo sablazo de derecha. Juana monta a caballo con la pequeña Luisa en brazos y, juntas, se zambullen en el río. Logran llegar con vida a la otra orilla.

El 5 de mayo de 1816 doña Juana Azurduy de Padilla llegó a su momento más glorioso: al frente de 30 fusileros criollos y 200 indios (armados de honda, palos y flechas) venció a los españoles en la batalla de “El Villar”, logro tras el cual fue premiada por el gobierno de Buenos Aires con el grado de “Teniente Coronela”.

Las crónicas de la época cuentan que cuando Belgrano la vio pelear le entregó su espada en reconocimiento a su bravura y lealtad a la causa.
Cuando llegó a Chuquisaca, Bolivar la homenajeó declarándola "heroína" y disponiendo una pensión vitalicia de sesenta pesos.

Restan todavía algunos desprendimientos y varias pérdidas: la hija recién nacida se queda a cargo de una india que la cuidará durante el resto de los años en que Juana continúe luchando por la independencia americana; la terrible muerte de su esposo y las travesías para rescatar su cabeza, incrustada por el enemigo en una pica, en la plaza pública. Restan los esfuerzos de Juana por reorganizar una tropa sin recursos, que ha perdido toda colaboración de los porteños. Tras la muerte de su esposo, Juana combate en el norte argentino junto a las tropas del General Martín Miguel de Güemes (1785 - 1821). Tras la muerte de Güemes, sin más combate y sin recursos para volver a la patria, Juana escribe a las Juntas provinciales una carta impresionante, desde Formosa, reclamando ayuda para volver a su tierra. El gobierno salteño se conduele y le da cuatro mulas y cincuenta pesos.

Regresa a la recién estrenada Bolivia. Juana disfruta del sueño realizado y vive unos pocos años junto a Luisa, quien se alejará después, tras su matrimonio.

En sus largos últimos años de miseria, en una pieza de un conventillo, se cuenta que Juana no hablaba, aunque había tomado en guarda a su sobrino Indalesio.

Después de haber ganado 33 batallas liderando su ejército de leales, después de haber sido reconocida por Bolívar y concederle una pensión que a los dos años es ignorada, Juana muere a los 82 años, el 25 de mayo de 1862 en Chuquisaca. La fecha no la ayuda: cuando su sobrino va a reclamar honras fúnebres para la libertadora, le dicen que están muy ocupados con los festejos del aniversario. Sus restos fueron enterrados sin honores en una fosa común, sin séquito. Solamente la acompañó su sobrino Indalesio.

Sin duda alguna, fue una mujer diferente, quizá demasiado para su tiempo. Una personalidad fuerte, que pudo sobrellevar las cosas más terribles (incluida la muerte de sus hijos) en pos de la gran esperanza: la libertad de los hijos de su tierra. Como a tantos próceres más, en su momento no se les brindó la suficiente ayuda, ni tampoco, tras su muerte, los honores debidos. Pero pasó a la historia grande como la más Valiente Mujer SudAmericana. Una canción le rinde tributo magníficamente: “Juana Azurduy”, con letra del historiador Félix Luna y música de Ariel Ramírez, esa que dice “Juana Azurduy / flor del Alto Perú, / no hay otro Capitán / más valiente que tú...” Se puede escuchar sin desperdicio en su versión original: el álbum “Mujeres Argentinas” hecho por ambos autores hace varias décadas con el sello y la voz de una joven y brillante Mercedes Sosa, en 1969.

A la gran Juana Azurduy se la debería recordar y valorar mucho más. Quizás no resultó así debido a su origen indígena, y porque las mujeres se supone no deben ser combativas. Pero al fin y al cabo, en las revoluciones también participan las mujeres, algunas veces de forma protagónica como Juana. Y además, los aborígenes son los pobladores originales de nuestra América, y con ellos también debemos hacer el presente y el futuro de la Patria Grande. 

Fuente: “Mujeres Argentinas”, de Graciela Batticuore, Editorial Alfaguara.