> Grandes de nuestro tango
Como si el gran director estuviera cumpliendo 100 años

Miguel Caló 
Este mes se cumplen 100 años del nacimiento de este director, uno de los más importantes; es entonces una excelente oportunidad para conocer la vida y obra de quien empezó estudiando violín, hizo su carrera de músico tocando el bandoneón, y sigue siendo muy recordado como batuta de una de las mejores orquestas para bailar, pero también para escuchar sus maravillosos instrumentistas e inolvidables cantores.

Buenos Aires fue la ciudad que lo vio nacer, allá por 1907, el 28 de octubre; y también Buenos Aires fue la gran urbe que presenció su muerte, ya largamente famoso, casi 65 años después.

Fue el primogénito de un matrimonio de inmigrantes italianos que tuvieron 16 hijos. Los 6 hijos varones, Miguel, Juan, Salvador (Freddy), Antonio, Armando y Roberto heredaron de su padre la pasión por la música. A excepción de Salvador, quien se volcó al Jazz y emigró a Miami y se instaló allá, los demás se dedicaron a nuestra música ciudadana. Eran épocas muy difíciles para los Caló... siempre fue difícil mantener un hogar con tantos hijos. Miguel se empleó como cadete en distintos comercios para ayudar a sus padres. Incluso debido a eso es que hizo solamente la escuela primaria. Su padre lo mandó a estudiar solfeo, y el joven Miguel, tras ahorrar moneda por moneda, se compró un viejo violín. Un día el padre, cansado de que su hijo mayor tocase tangos aún cuando él se oponía, se lo escondió. Pero el tío de Miguel, al verlo abatido por la pérdida y la situación, le prometió comprarle otro. Miguel le dijo a su tío “puede ser un bandoneón”. Y al tiempo Miguel, de 15 años, apoyaba en sus rodillas el instrumento anhelado que su benefactor le obsequió. Memorizó 20 piezas de tango, que el guitarrista Francisco Renis le proporcionó. En esa época conoció a José Di Nápoli, integrante del famoso trío Gedeón, quien al comprobar los progresos del pibe, le insistió para que tocase en público. Miguel, venciendo la timidez de actuar frente al público, invitó a un pianista amigo, un tal Rodríguez, para debutar en el cine Independencia, cerca de su casa, en su propio barrio. Llegó el día esperado.

Arrancó con el vals titulado “Amarguras”, al que le siguieron otras piezas más; la respuesta del público fue estruendosa: aplaudían al pibe de Balvanera fervorosa y cariñosamente. Al ver esto, el empresario del local cinematográfico le ofreció un contrato de 18 meses, donde recibiría $ 250 por mes. Papá Caló no podía dar crédito que su hijo hubiera progresado tanto, y Miguelito puso a disposición de sus padres todo el dinero que le pagaron, aminorando notablemente los pesares económicos de sus padres y hermanos. Don Caló, satisfecho, contemplaba la popularidad de Miguel entre los vecinos del barrio. El joven Caló, sin embargo, sabía que debía seguir estudiando para alcanzar un nivel que le permitiera afirmarse como un profesional. Recurrió al profesor Julián Divasto, un prestigioso músico que vivía en su barrio. Mientras tanto, Di Nápoli le comentó a su amigo Osvaldo Fresedo que había un pibe, fueyero, que pintaba bien...

Así comienza el trabajo de Miguel Caló con el tango, desde mediados de los años ’20, y se consolida durante los años treinta. De todos modos, su éxito más alto lo alcanzó, como tantos otros directores, en la década del ’40.

Caló estudió violín y bandoneón y, aunque tuvo formación teórica, nunca fue un virtuoso ni erudito ni académico. Sí fue un músico de un resaltado y permanente buen gusto.

Desde1926 pasa por varias orquestas de las más importantes, entrando en la fila de bandoneones de la orquesta de Osvaldo Fresedo. En 1927 estuvo en la del pianista y director Francisco Pracánico.

En 1929 forma su primera orquesta, aunque la disuelve al unirse a la orquesta del poeta y pianista Cátulo Castillo en una feliz gira por España. En esa gira también participaron los hermanos Malerba y el cantor Roberto Maida.

A su regreso a Buenos Aires, reconstruye su orquesta con Domingo Cuestas (bandoneón), Domingo Varela Conte, Hugo Gutiérrez y Enrique Valtri en violines, Enzo Ricci en el contrabajo y el pianista Luis Brighenti.

Pero es requerido otra vez para viajar al exterior: fue como bandoneonista, en 1931, a los Estados Unidos con la orquesta de Osvaldo Fresedo.

Ya en 1932, nuevamente como director de su propia orquesta, graba por primera vez, para el desaparecido sello Splendid, los temas: “Milonga porteña” (tango del propio Caló y de Luis Brighenti y letra de Mario César Gomila) y el vals del debut en vivo, “Amarguras” (de Miguel Nijensohn y Jaime de los Hoyos). El cantor era Román Prince.

Artísticamente tuvo dos etapas bien diferenciadas que revelan su evolución musical y sus dotes de gran director de orquesta. La primera etapa se inicia con esta orquesta de 1932, afianzada un par de años después, de un estilo emparentado con el de Fresedo, y cuyo sonido puede recordar al de Di Sarli. En el piano estaba Miguel Nijensohn, quien dejó una impronta que marcó para siempre el estilo de la orquesta, aún traspasando la década del cuarenta. Este instrumento fue el encargado de encadenar las frases musicales, con una cadencia y un ritmo ideal para los bailarines.

En esta época se destaca la participación vocal de Carlos Dante, con quien graba 18 temas de relevante belleza.

Alberto Morel y Roberto Caló (sí, el hermano de Miguel) fueron también cantantes de esta primera parte de su historia (que duró hasta el ‘39).

En 1934 lo contrata el sello Odeón como artista exclusivo, y ese mismo año se incorpora el violinista Raúl Kaplún, que luego sería un componente importante para el refinamiento musical, sobre todo desde que en 1937 empezó a hacer los arreglos musicales el gran Argentino Galván, que fue el primero que logró un gran embellecimiento de lo que hacía esta orquesta.

Continuando con esas incorporaciones de fines de la década anterior, en 1940 refuerza el ímpetu de evolución tanguera al agrupar en su orquesta a un grupo de jóvenes virtuosos (varios de ellos de la provincia de Buenos Aires y otras), que le dan un personalidad superespecial a esta agrupación, que a su vez fue como un semillero (como se dice en el fútbol) que preparó a varios futuros directores orquestales. Este conjunto lo integraban Héctor Stamponi, luego Osmar Maderna; y rotaban Domingo Federico, Julio Ahumada, Felipe Ricciardi, José Cambareri, Armando Pontier, Enrique Mario Francini, Aquiles Aguilar, Ariol Aroldo Ghesaghi, Ángel Bodas, Ariel Pedernera.

La influencia que ejercía Maderna desde el piano, ese joven virtuoso nacido en Pehuajó, fue en ese momento crucial, pues tuvo a su cargo la responsabilidad de hacer los arreglos musicales, que fueron la nueva identidad de la orquesta. Tal fue el nivel que lograron con esa suma de músicos jóvenes pero talentosos, que ya en aquel momento se la mencionaba como “La Orquesta de las Estrellas”.

Así profundizan todo un estilo que une el tango tradicional con la renovación de su época, sin estridencias, con una destacada presencia de los violines, una línea de bandoneones rítmica y un piano, espectacular, ejecutado el primer año por Osmar Maderna, quien fuera reemplazado (al irse éste para formar su propia orquesta) por Miguel Nijensohn, de regreso al grupo.

Luego de que D’Arienzo con su orquesta y su estilo privilegiara el baile, y de que Julio De Caro con su violín y orquesta hiciera hincapié en la calidad musical instrumental, en la década del ’40, auge popular del Tango argentino (siempre lo recordamos), logró el equilibrio al integrar a esos dos aspectos el de los cantores de calidad, faceta que había quedado acéfala con la muerte de Gardel. La orquesta de Caló de los ’40 tal vez haya sido la que mejor amalgamó esa calidad musical con excelentes cantores y que tanto podía ser disfrutada bailando como escuchando. Entre los primeros grandes cantores de la Orquesta de las Estrellas, estaban Alberto Podestá (en el apogeo de su juventud) y Raúl Iriarte, que fue un cantante “inventado” por Caló y Francini. También hubo otro cantor que enseguida llegó a ser muy importante, Raúl Berón, respecto a quien mencionaremos una interesante anécdota, que refleja muy bien toda esa búsqueda de las mejores voces. Fue descubierto por el bandoneonista Armando Pontier, quien lo presentó al director. Raúl Berón, junto con su hermano José, se dedicaban esencialmente al folklore; de hecho, Raúl sabía apenas alguna que otra estrofa de algún tango. Por ese motivo, el maestro Caló lo lleva a su cabaret “Shangai” para que se familiarizara con la música de su orquesta. Preparó un repertorio, y acompañó al maestro en las actuaciones radiales. Pero ocurrió que a los directivos de la emisora no les gustó el cantor, y le sugirieron a Caló que no siguiera con él. Dicen que Caló también tenía sus dudas al respecto, dado que hasta ese momento Berón no alcanzaba el nivel de refinamiento que esos señores y el mismo Caló buscaban para esa propuesta artística. Entonces éste, aún con pena, le comunica al nuevo cantor que a fin de mes terminarían la relación. Pero mientras sale a la venta el primer disco de Raúl Berón grabado con la orquesta, el tango “Al compás del corazón” de Domingo Federico y Homero Expósito, que tiene un éxito de venta tremendo aún en un contexto de muchos tangos (de varias orquestas) con mucha resonancia.. Esos mismos directivos que habían criticado negativamente al vocalista, felicitaron al maestro Caló por su elección y reconocieron su equivocación. Esto ayudó a que no se malograra una de las más importantes voces de nuestro tango.

Otros cantores que actuaron en público y también grabaron, a lo largo de la historia de la orquesta, fueron Jorge Ortiz, Luis Tolosa, Roberto Arrieta, Mario Cané, Roberto Rufino, Ricardo Blanco, Juan Carlos Fabri, Carlos Barbé, Miguel Martino, Carlos Almagro, Carlos Roldán, Alfredo Dalton, Roberto Manzini, Raúl Garcés, Raúl Ledesma, Hugo San Luis, Roberto Luque, Juan Carlos Jordán, Luis Correa, Marga Fontana, y Raúl del Mar, y la cantante Chola Luna.

Otros cantaron en vivo pero no grabaron, como Mario Corrales (Mario Pomar), Hugo del Cerro, Horacio Deval, Juan Carlos Cobos, Hugo Marcel, Carlos Montalvo, Jorge “Chino” Hidalgo, Oscar Gravier, Héctor De Rosas, Carlos Cristal, Raúl Funes.

Otros cantantes, por el contrario, solamente grabaron, invitados especialmente por el Director: Lucho Gatica, Miguel Montero, y Alberto Marino, y la vocalista de origen japonés Ranko Fujisawa (de quien en especial se suele escuchar aún hoy, por ejemplo en radio, su versión junto con la orquesta de “Mama, yo quiero un novio”, de 1964).

Y otros músicos que trabajaron, en distintas épocas, en su orquesta: Carlos Lazzari, Eduardo Rovira, Julián Plaza, José Cambareri (bandoneones), Antonio Rodio, Nito Farace (violines), Ariel Pedernera y Juan Fassio (contrabajo).

Como compositor, Miguel Caló no fue fue de los más destacados, ni de cerca. Aún así, algunas obras suyas fueron éxitos y/o son aún recordadas. Por ejemplo un par de ellas en colaboración con Osmar Maderna (ambos tanto en música como en letra), son de gran belleza “Jamás retornarás” y “Qué te importa que te llore”, ambos registrados fonográficamente con la voz de Raúl Berón y aún muy presentes en los bailongos. Junto a Armando Pontier y Federico Silva, hicieron el estupendo y famoso tango “Qué falta que me hacés”. El tango “Dos fracasos”, con letra de Homero Expósito y la milonga “Cobrate y dame el vuelto” (letra de Enrique Dizeo), también fueron muy populares y son recordados aún, por ejemplo en las radios.

El éxito fue una constante en la vida de Caló. Contratos largos en emisoras radiales, grabaciones continuadas, eran su estilo de vida, que con el correr de los años fueron mermando por el recambio en los gustos populares que venía de afuera del país. Las grabadoras más importantes, como eran Odeón, Columbia, R.C.A. Víctor, de origen estadounidense, operaron para que la cultura porteña cambiara, y de modo desfavorable para nuestra música popular. A principios de los ’60 ya era notorio que el Rock y el Twist eran la música dominante entre nuestros jóvenes. Ya desde fines de los ’50 estaba la versión local de esa “invasión” de música foránea: el Club del Clan, donde estaban entre otros Palito Ortega, Nicky Jones, Joly Land, etc.

Artistas extranjeros nos visitaban trayendo sus éxitos mundiales. Pocos eran los hombres del Tango que tomaron el desafío ante la maniobra de desculturización musical y cultural orquestada. Caló sin duda fue uno de ellos. A lo largo de los años se había hecho un nombre en la música, y se sentía con fuerzas para dar batalla. Entonces reunió a algunos de sus queridos amigos de la época de oro y deciden refundar aquella orquesta que le dio tantas satisfacciones. Entre los que participaron de eso estaban los bandoneonistas Pontier y Domingo Federico, los violinistas Enrique Francini y Hugo Baralis, Raúl Berón, Alberto Podestá, y el pianista Orlando Trípodi. Corría 1961, y bautizaron al gran conjunto como “Miguel Caló y su orquesta de las estrellas”. Actuaron en Radio El Mundo con tanto éxito que grabaron en el sello Odeón 12 nuevos temas (entre el 16/4/1963 y 7/6/1963).

Con otros colegas directores, como Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Horacio Salgán, José Basso y cantores solistas como Julio Sosa, Roberto Goyeneche, Rufino, Vidal, mantuvieron bien alta la bandera de nuestra música ciudadana, manteniéndola viva y vigente a pesar de las dificultades.

Miguel Caló falleció el 24 de mayo de 1972, en su ciudad, la que en vida él ayudó a embellecer: nuestra Buenos Aires. La misma que actualmente le rinde un pequeño pero permanente homenaje teniendo una plazoleta que lleva su nombre, ubicada en en barrio de La Boca: en Pedro de Mendoza, entre las calles Gaboto y Aráoz de Lamadrid.

Aún por estos días de bien entrado el siglo XXI (y más de 30 años después de muerto el director) las grabaciones de la Orquesta de Miguel Caló siguen siendo infaltables en todas las milongas, en especial los registros en los que el cantor es Raúl Berón. Aunque trabajosamente, el Tango pasó aquella prueba de los ’50 y ‘60, no murió entonces ni ahora, y no morirá jamás mientras haya muchos otros como Caló.