> Grandes de nuestro tango

Emilio Balcarce

Es una de las pocas glorias del Tango Argentino aún vivos. Se apasionó, estudió y trabajó en el tango desde muy chico; tocó violín y bandoneón; además, orquestó para varios de los grupos y solistas más importantes. Dirigió su propia orquesta, en varios épocas, y dirigió en los últimos años la Orquesta Escuela de Tango desde su formación, para “pasarle la posta” a los jóvenes.

Nació como Emilio Juan Sitano, el 22 de febrero de 1918 en Villa Urquiza, barrio en el cual se crió y en el que aún hoy reside.

Tal cual solía pasar por aquella época, creció escuchando tangos; en su caso, influido por su propia familia. Emilio, por su propia curiosidad, interés y perseverancia, con el tiempo llegó a ser violinista, bandoneonista, compositor, arreglador y director de orquesta.

Se fue enganchando con el Tango desde muy chico, y de un modo muy espontáneo; si no, a chequear una de sus evocaciones: “A mi viejo le gustaba mucho la música y como era muy inquieto comenzó a aprender a tocar el mandolín y, tiempo después, se entusiasmó con el acordeón. Todo mi entorno familiar hizo que me interesara por la música. En casa se escuchaba y bailaba el tango”.

Antes de cumplir sus 7 años el padre ya lo mandó a estudiar violín. Por la radio (entonces el medio popular por excelencia) tocaban las orquestas de Firpo, Francisco Canaro, Osvaldo Fresedo y Lomuto, que a Emilio le gustaban mucho; hasta que apareció Julio De Caro en el firmamento tanguero, y esa luz incomparable fue la que maravilló y cautivó al jovencito. “Al principio, uno no sabía para donde dar vuelta el oído, porque se encontraba con una cantidad de combinaciones musicales que no se oían normalmente en otras orquestas. Se percibían voces extrañas, acordes...” Sin duda, con el estilo decareano Emilio encontró (se encontraron mutuamente) la pasión definitiva por el tango y, en particular, por esa vía de evolución iniciada por Don Julio y su bandoneonista, Pedro Laurenz.

A sus 13 años las cosas se pusieron mal económicamente y tuvo que suspender los estudios de violín; de todos modos ya estaba tan imbuido del tango que “mientras escuchaba en la radio a De Caro, tocaba el violín al mismo tiempo que él”.

En su casa había un bandoneón, comprado su padre para sí mismo, y con el cual había empezado a estudiar, pero que sin una base importante de conocimiento musical, le resultaba demasiado difícil aprenderlo. Emilio, comenzó a estudiarlo en casa, por su cuenta. Se arreglaba con los métodos de enseñanza que venían incluidos con el instrumento. “El bandoneón en sí es bastante caprichoso y nada fácil. Seguí con las escalas, la mano derecha, izquierda, abriendo, cerrando y con los dibujos que venían con el método y empecé a hacer algunos acordes. Quería entender cómo hacía Laurenz para expresarse y cómo hacía De Caro para poner esos acordes -de novena y de séptima- que no se usaban en la música popular. Así fue como me enganché con el bandoneón, pero yo seguía tocando el violín y con algunos vecinos formamos un trío para tocar en fiestas, que luego -agregando un contrabajo- lo convertimos en cuarteto”.

Ya al tiempito estaba haciendo algunos arreglos, basados en partituras de piano, porque iba aprendiendo bastante sobre los principios de la armonía. Sus 15 años iban rápido, y al mismo tiempo, en firme.

Luego, la vida lo juntó con Ricardo Ivaldi que tenía un sexteto que imitaba a De Caro, con músicos semiprofesionales; un día le ofrece que hiciese algunos arreglos, y reemplazó en el bandoneón al hermano de Ricardo. Tocaban en bailes, en confiterías... En el Cine Teatro 25 de Mayo de Villa Urquiza tocábamos en la apertura y en los entreactos de las obras teatrales. Es decir que a los 16 años ya hacía arreglos y tocaba el bandoneón, y a los 17 formé un conjunto”. A éste lo integraban, entre otros, Ismael Spitalnik, Ramón Coronel (que también fue violinista de Horacio Salgán), Lalo Benítez (también pianista de Alfredo Gobbi) y fue el germen de lo que sería la Orquesta de Emilio Balcarce. El cantor era Alberto Demari, el mismo cantor que luego fue famoso pero con otro nombre artístico: Alberto Marino, y a su vez el mismo que Emilio se llevó consigo cuando, hacia 1937, lo convoca Emilio Orlando para que dirigiera su orquesta, encargándose a la vez de los arreglos.

También lo hizo para la Orquesta de Alberto Castillo (cuando se termina el binomio de éste con el director Ricardo Tanturi), pero solamente por el año 1943. Aún así, lograron grandes éxitos como las versiones de “Manoblanca”, “Anclao en Paris” y “Amarras”. Continuó también con su propia agrupación, en la cual se sucedieron como vocalistas Jorge Durán en 1944, Amadeo Mandarino en 1945 y Osvaldo Bazán después, hasta que en 1947, Alberto Marino se independiza de Troilo y lo convoca. Para el cantor conocido como “La Voz de Oro del Tango”, se hizo cargo de nuevo de los arreglos musicales y la dirección orquestal. Y otra vez la cosecha de popularidad: “Organito de la tarde”, “El motivo”, “Desencuentro”.

Ya al siguiente año trabajó orquestando para las formaciones de Aníbal Troilo, Alfredo Gobbi y José Basso, a la vez que seguía con su orquesta. Hasta que en 1949 lo convocó Pugliese y... “y ahí me enganché y permanecí 20 años”.

Luego de tantos cambios continuos, tanto colaborar con diferentes cantores y músicos, se le presentaba la oportunidad de trabajar en una orquesta en la que, casi sin pensarlo, se fue afianzando, y siempre aportando a la orquesta y a la gran máquina tanguera. “En la orquesta de Osvaldo éramos todos compositores y actuábamos a diario. Estábamos tan compenetrados que, con sólo mirarnos, sabíamos lo que el otro iba a hacer y sin más lo apoyábamos”.

En la del Maestro Pugliese, compartió la línea de violines con Jorge Camerano, Cacho Herrero y Julio Carrasco, músicos asombrosos, y en la línea de bandoneones tocaban Osvaldo Ruggiero, Jorge Caldara, Gilardi y Castagnaro; la formación se completaba con Aniceto Rossi en contrabajo y el maestro desde el piano. En septiembre del mismo año 49, la orquesta graba un tango de Balcarce: “Bien compadre”. Además, frecuentemente hace su aporte como arreglador, enrolado en el estilo enarbolado por Pugliese y Ruggiero.

“Estimulaba a sus músicos para que compusieran, y les exigía una entrega total, tanto es así que, mientras yo actué con él, no hice arreglos para otros directores, excepto cuando se trataba de mis propios temas”, recordó Don Emilio sobre el creador de “La yumba”.

Tras casi 20 años, en 1968 llega el momento de probar nuevas oportunidades y, con sus compañeros Osvaldo Ruggiero, Víctor Lavallén, Herrero, Julián Plaza, Rossi y Jorge Maciel, forman el Sexteto Tango. Surgió “como consecuencia de la falta de trabajo que había para ese entonces. El mismo Pugliese decía que era tiempo de achicar los conjuntos y de hecho muchos se disolvieron. Comenzamos a tocar sin abandonar la orquesta, pero el Sexteto impactó tanto que los compromisos de trabajo aumentaron y ya no podíamos hacer las dos cosas”. Por esa razón, tuvieron que separarse de don Osvaldo.

Con este conjunto hicieron giras en Japón, Francia, Rusia, España, Holanda y todos los países de Sudamérica. Tras muchos años de actuación, el sexteto empieza a adoptar algunos cambios y Emilio decide retirarse, yéndose a vivir en la ciudad de Neuquén.

Pero resultó que el gran músico no fue olvidado. En el año 2000, un músico joven, Ignacio Varchausky, propone a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires crear una orquesta con el objetivo de recrear el espíritu y los estilos de la década del ’40, para la enseñanza de las nuevas generaciones. La idea es aceptada, y así nació la Orquesta Escuela de Tango, designándose a Balcarce como su director. Si el lector desea informarse más acerca de aquel momento de formación de esta juvenil orquesta, debe conseguir la película documental “Si sos brujo”, editada en DVD. Allí están, entre otros, los testimonios de Varchausky y del mismo Balcarce... De visión obligada para quienes están interesados en la actualidad del tango.

Emilio Balcarce es realmente un maestro, pues enseña; su música y el amor por la música enseñan, su tango y su amor por el tango enseñan. Nos enseña sin darse cuenta y no se da cuenta, porque muy raramente se propone enseñar nada, sino simplemente compartir lo que él sabe y siente. Cada acento, cada arrebato, cada efecto que él pide, es una forma de acercarnos más a lo que él denomina expresión porteña y que de a poco empezamos a entender”. (Ignacio Varchausky)

La orquesta se fue afianzando cada vez más, tanto en calidad como en repercusión pública. Egresaron ya varias camadas de jóvenes músicos, que habían llegado desde diversos lugares. También, históricos maestros apoyaron la tarea: Julián Plaza, Ernesto Franco, Horacio Salgán, Leopoldo Federico y Alcides Rossi, entre otros.

En París, la orquesta contó con la participación de otros maestros importantes: Néstor Marconi, José Libertella, Atilio Stampone, Rodolfo Mederos y Raúl Garello.

Dos discos, “De Contrapunto” y “Bien Compadre”, son el testimonio sonoro de las muy bien logradas interpretaciones de la Orquesta Escuela bajo la experta dirección de Emilio Balcarce.

Al Maestro Emilio Balcarce le prometemos no olvidarlo, brindamos a su salud, y cerramos la nota con una de sus certeras frases: “¿Cómo hubiera tocado Pichuco hoy? Igual, no. Tampoco lo hubiera hecho Pugliese, ni Gobbi, ni nadie. Todos tuvieron una manera muy particular de tocar, pero musicalmente siempre evolucionaron y lo hicieron junto a la gente. ¿Qué se tocaba? ¿Qué se grababa? Lo que el público aplaudía. Hay que hacer un tango que se entienda. No complicarlo tanto. Una música que enganche a la gente.”