> Grandes de nuestro tango

Floreal Ruiz
30 años sin el Tata, y lo seguimos admirando

Este mes reseñamos la carrera tanguera de uno de los cantores recordados actualmente con más reconocimiento, y cuya particular voz y forma de frasear lo pusieron y mantienen en el  Olimpo de los cantores tangueros.

Nació el 29 de marzo de 1916 en el barrio porteño de Flores, hijo de un anarquista al que debe su original nombre (Floreal era el nombre del octavo y primaveral mes del calendario creado por la Revolución Francesa).

El padre tenía una personalidad severa, con convicciones ideológicas muy ancladas, y lo echó de su casa: “ser cantor es ser cafishio, y no quiero cafishios en mi casa”.

Floreal fue, de joven, amigo del alma de Hugo del Carril, y junto al él empezó a incursionar en la bohemia; incluso daban serenatas, contratados por novios, amantes, que buscaban resultados mejores desde mejores gargantas que las suyas mismas.

Su carrera profesional se inicia en la radio. En 1938 es vocalista de la orquesta de José Otero, con quien graba, en 1939, la “Marcha del Club Platense” de fútbol. Actuaba como Fabián Conde.

En 1942 debuta con su nombre real, Floreal Ruiz, en una actuación en Radio Prieto. Su padre lo va a ver, y entonces padre e hijo se reconcilian.

En 1943 ingresa en la orquesta de Alfredo de Ángelis, con quien graba ocho temas, empezando por “Marioneta” (de Juan José Guichandut y Armando Tagini), que resultó ser su tango más representativo, pues luego llega a registrarlo también con las orquestas de Troilo y de Basso.

Ya al año siguiente, es contratado por el bandoneonista y director Aníbal Troilo, a pedido de su consagrado cantor Alberto Marino. Hasta 1949, “El Tata” Ruiz dejó con Troilo 31 memorables grabaciones, desde “Marioneta” (otra vez fue su primer registro) hasta “Lagrimitas de mi corazón” en dúo con Edmundo Rivero. Entre todas ellas, mencionaremos especialmente los tangos “Naranjo en flor”, “De todo te olvidas”, “Equipaje”, “La noche que te fuiste”, y los valses “Flor de lino” y “Romance de barrio”; los valsecitos eran una especialidad suya, los cantaba con especial soltura y belleza.

En 1949 le avisa a Pichuco que lo dejaba: el director uruguayo Francisco Rotundo logró tentarlo al ofrecerle 2500 pesos, superior a los 700 que le daba Troilo. Cuentan que éste, ante tal anuncio y tal suma de dinero, dijo irónico “¿Por qué Pancho no me lleva a mí?”. Entonces Floreal dejó el refinado café Tibidabo para pasar a cantar en el más popular “La Enramada”, pero con ese sueldo mucho mayor. De todos modos, a Rotundo le resultó muy provechoso el aporte de Floreal, como el de sus otros cantores (Enrique Campos, Carlos Roldán, Julio Sosa): su orquesta se fue haciendo muy solicitada en locales mejores, como “El Nacional”, y el “Richmond” de calle Suipacha.

De su etapa con Rotundo destacamos los tangos “Aquel tapado de armiño”, “Sobre el pucho” y “El viejo vals”, gran dúo con Enrique Campos, sobre un total de 25 registros discográficos.

La caída del gobierno de Perón fue muy perjudicial para Rotundo, como se podía imaginar previamente. Entonces al poco tiempo Floreal pasa a la orquesta de José Basso, con quien llegó a grabar cuarenta temas, entre ellos “Muriéndome de amor”, “Bailemos”, “Vieja amiga” y “Como dos extraños”, y nuevamente “Marioneta”. Su voz seguía con gran calidad, aunque cantaba con un tono más bajo.

En 1964 deja la orquesta de Basso, iniciando por fin su carrera solista. Desde 1966 hasta su muerte registra 45 canciones más, acompañado por las orquestas de Jorge Dragone, Luis Stazo, Osvaldo Requena, y la Orquesta Típica Porteña dirigida por Raúl Garello. Con esta última, en 1977, produce quince grabaciones (contadas en las 45), demostrando que seguía buen gusto y una creatividad vocal extraordinaria, pese a la declinación de su garganta. Sus interpretaciones de los tangos “Buenos Aires conoce”, “Y no puede ser”, “Perfume de mujer”, y “Divina” son especialmente recordables.

Ese era el gran final para la vida artística de un cantor que cantó siempre bien; en muy pocos casos se dio esa coincidencia de un cantor que prolongue su carrera muchos años manteniendo a la vez altos niveles de calidad, dado que para esto se debe ir contra el reloj que marca la declinación de la voz.

Su color de voz, su timbre, era maravillosamente familiar, resultaba siempre cercano. Además, potenciaba esa característica inusual con ese modo de cantar tan sencillo, como espontáneo, sin estridencias. No por nada quedó para la historia como un gran fraseador, entre los mejores, y hasta el Polaco Goyeneche era admirador suyo (se cuenta que en su casa tenía colgado de la pared un poster con la imagen de Floreal Ruiz).

El Tata cantaba con sutilezas y, a la vez, con una clara dicción que permite entender la letra y su dramatismo. Y hasta las cosas más difíciles las cantaba de un modo que parece como que le resultara sencillo, como si solamente estuviese conversando íntimamente.

Fue una de las grandes voces del cuarenta (siempre lo decimos: la década de mayor auge del tango), sin embargo su reconocimiento definitivo lo logró después, con el paso de los años. Tal vez fue así porque en la década del ‘40 había muchos cantores extraordinarios; para colmo, a Floreal le tocó reemplazar en la orquesta de Troilo a Francisco Fiorentino (el cantor inicial de la orquesta del Gordo, y que pasó a ser emblemático), y actuar al lado del exitoso Alberto Marino, que era el cantor de moda. Fueron, al parecer, motivos suficientes para que en aquel momento no llamase la atención tanto como debiera haber resultado.

En su último tiempo tuvo una afección respiratoria, que terminó en el paro cardíaco que le produjo la muerte, el 17 de abril de 1978. Tenía solamente 62 años. Aun hoy es muy difundido en las radios que pasan tangos, y recordado por todos, hasta por las nuevas generaciones de cantores, para los cuales llegó a erigirse como un referente, una guía para sentir e interpretar nuestro tango. Bien merecido lo tiene.