> Grandes de nuestro Tango
Horacio Ferrer  (Primera Parte)

Es, desde 1968, uno de los más importantes innovadores de las letras de tango. Y sigue escribiendo. A los 75 años está más tranquilo y feliz. Vive en Recoleta con Lulú, su amada esposa.. Una vida llena de poesía, y de estudio y difusión del tango, con permanente ímpetu. Un dandy con una personalidad bien rioplatense y bohemia. Que bien vale conocer y recordar, aunque, gracias a Dios, Horacio Ferrer sigue vivo, tanto en obra como en cuerpo y alma. O precisamente por esto, para que más y más argentinos lo valoremos en vida. Va entonces esta nota-homenaje, con la excusa de que este mes cumple 75 años. ¡Feliz cumpleaños, Horacio,
que sigas muy feliz!!

Hijo del educador uruguayo Horacio Ferrer Pérez y de la cantante argentina Alicia de Ezcurra, el poeta que hoy nos convoca aquí, nació en Montevideo, el 2 de junio de 1933.

Como es obvio, ya desde su nacimiento estuvo signado por Buenos Aires pero también por la Banda Oriental. Y, desde entonces también, por la música y las artes: “Soy ciudadano de ambas tierras. Mi padre era profesor de historia, geografía, cosmografía y administración del Estado, y además fue fundador de la Troupe Ateniense; mi madre, que aprendió canto con Ninon Vallin, amaba la poesía y venía de una familia de poetas y escritores. La casa de mi abuelo en Buenos Aires siempre estaba llena de amigos que escribían o tocaban música. Yo era un niño y mis padres me llevaban a ver zarzuelas, operetas, murgas. No importaba que fuera de noche, yo andaba con ellos en los cafés.”... “Vengo de una familia de noctámbulos y de músicos. Todos tocaban. El piano, la guitarra. Todos eran apasionados por el tango.”

Desde pequeñito ya escribía: versos, obras para títeres... Un poco después, también creaba milongas que cantaba, acompañándose en guitarra, para sus amigos del barrio. Horacio viajaba con sus padres a Buenos Aires frecuentemente, y ahí un tío político suyo, por parte de madre, Lorenzo Hamilton, que vivía en nuestra ciudad, tocaba milongas criollas en la guitarra, y fue quien le enseñó a sacar tangos de oído, y le hizo conocer la noche porteña, con el muestrario maravilloso de personajes bohemios de aquella época.

Sus primeros tangos surgieron a comienzos de los ‘50. Pero, al igual que sus poemas, siguieron inéditos por unos años más. Mientras tanto, redacta, ilustra y dirige la revista “Tangueando”, por siete años.

Con amigos de la carrera de Arquitectura (que comenzó pero nunca terminó) y el coleccionista Víctor Nario inició en Uruguay un programa radial semanal: “Selección de Tangos”, para defender a las tendencias vanguardistas, tan resistidas por entonces. De esa audición nació, en 1954, “El Club de la Guardia Nueva”, que organizaba conciertos con Aníbal Troilo, Horacio Salgán y el revolucionario Octeto Buenos Aires de Ástor Piazzolla. Pero a éste lo conoció recién en 1955. Conozcamos, en sus propias palabras, cómo fue aquel encuentro que sería tan importante para el Nuevo Tango: “Ástor estaba en París estudiando con Nadia Boulanger y yo le escribí una carta. Cuando él volvía de Francia a la Argentina fui a esperarlo al puerto y lo llevé al “Club de la Guardia Nueva”. Quedó impresionadísimo, no podía creerlo. En el Club se apretujaban más de 200 jóvenes que querían verlo. Ahí empezó nuestra amistad. En 1956 fui a pasar el verano a Mar del Plata con él y su familia, con Nonino, su padre”.

Entre 1956 y 1959, Horacio Ferrer estudia bandoneón y comparte una pequeña orquesta. Durante este último año publica su primer libro, “El Tango. Su historia y evolución”, editado por la casa Peña Lillo.

Por las dos ondas del Sodre, la radio oficial uruguaya, pone en el aire ciclos orgánicos sobre la evolución del tango, hasta 1967. Pero aún después de ese año, condujo numerosos otros programas radiales y televisivos, en ambas orillas del Río de la Plata.

En 1967 graba los poemas de su “Romancero canyengue” para el sello argentino independiente Trova, acompañado por la guitarra de Agustín Carlevaro.

Abandonó sus estudios de arquitectura e ingresó como redactor a los suplementos del matutino montevideano “El Día”. Por pedido de Troilo escribió “La última grela” (con música de Piazzolla), tango con el que inició su trayectoria de letrista consagrado.

Piazzolla no sabía que Horacio escribía poesía. “Cuando leyó mi libro de poemas Romancero Canyengue se quedó encantado y me invitó a trabajar juntos. ‘Vos tenés que venirte a vivir a Buenos Aires’, me dijo. Me fui y ahí empezó nuestra colaboración.”

El binomio Piazzolla-Ferrer arranca y se presenta fuerte ya de movida: con una obra integral y conceptual, la operita “María de Buenos Aires”, que estrenan en 1968, en la sala Planeta, de Buenos Aires. Ástor con su orquesta de diez músicos, las voces de Héctor de Rosas y Amelita Baltar, y el propio Ferrer como recitante en el papel de El Duende. Es editada en 2 LP, otra vez por Trova, y al mismo tiempo de crear eso ya estaban creando otros temas con destino de clásicos (o, mejor aún, de eternos), como “Moriré en Buenos Aires” y “Chiquilín de Bachín”. Al hacerle escuchar el bandoneonista la música de éste tema, Ferrer le preguntó qué le sugería a él esa música, a lo que el genial compositor contestó “una ronda de niños”. Era cierta esa reminiscencia, pero a la vez era una música melancólica, y esa combinación al poeta le hizo acordar al niño pobre que solía ver en Bachín, al que convidaba comida en aquel restaurante, y con el que ya se estaba haciendo muy amigo. Así nació esta canción, una de las más famosas del binomio, y que tiene incluso interpretaciones de artistas extranjeros.

Otra canción hacía más hincapié en el compromiso social: “Juanito Laguna ayuda a su madre”, inspirado en el personaje pictórico del artista plástico argentino Antonio Berni.

A lo largo de 1969 surge la serie de tangos llamados “baladas”. “Balada para un loco” será la canción más resonante, porque fue un éxito muy importante, el primero verdaderamente masivo que disfrutó Piazzolla. Fue escrito especialmente para que lo cantara Amelita Baltar (pareja de Piazzolla por entonces), y ella fue quien lo cantó en el Luna Park, concursando en el Festival de la Canción de Buenos Aires. En la filmación se puede percibir cómo medio estadio aplaudía y la otra mitad, con parecido fervor, abuchea. Era un hito más, uno de los más destacados, en la polémica que abrazó a la música de Piazzolla durante toda su vida, y que Ástor no podía dejar de alimentar, al provocar a los tangueros recalcitrantes que lo odiaban. En ese certamen, la “Balada para un loco”, quedó en segundo lugar, debajo de otro tango-canción interpretado por el muy popular Jorge Falcón: “Hasta el último tren”. Hay quienes aseguran que todo eso fue un boicot contra Piazzolla, armado por la misma organización del festival. Sea como fuese, la obra premiada cayó en el olvido rápidamente, al punto de que hoy día es bastante raro escucharla en radio, mientras que la Balada pasó a ser un éxito eterno, con muchísimas versiones, en distintos idiomas, en el mundo. Pasó a ser un emblema de la nueva cancionística del tango.

Otras obras de esta etapa fueron “Preludio para el año 2001”, “Preludio para la Cruz del Sur”, “Preludio para un canillita”, “Fábula para Gardel”, “Canción de las venusinas”, “Te quiero, che”, “Balada para él”. Aquellas producciones quedaron plasmadas en los discos “Amelita Baltar interpreta a Piazzolla y Ferrer” (con Ástor con gran orquesta), y “Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en persona” (llamado así porque era el mismo poeta quien recitaba, con su particular modo). Los dos longplays, registrados y publicados en 1969.

En 1971 presentaron con Piazzolla “El Pueblo Joven (Oratorio de dos mundos)”, otra obra conceptual, a pedido de la TV de Alemania. Y Ástor graba otro L.P. con Amelita Baltar interpretando las canciones hechas con Ferrer, entre ellas las nuevas “Milonga en ay menor”, y la maravillosa “La bicicleta blanca”.

En 1973 vuelven a grabar juntos Amelita con Ástor, y las novedades del binomio Piazzolla-Ferrer son “El gordo triste” (extraordinario homenaje a Troilo, que aún estaba vivo), “Las ciudades”, “La primera palabra” y “No quiero otro”.

Y ese mismo año, quien grabó algo del innovador binomio creativo fue la gran cantante italiana Mina, en su país, y con Piazzolla y su orquesta. Dejaron registrada la “Balada para mi muerte”, sin duda una de las letras más íntimamente escritas por Horacio Ferrer, como una autoprofecía, como una confesión de lo que presiente.  (continuará)