> Grandes de nuestro tango
Héctor Pedro Blomberg

Apenas veinteañero, se embarcó a la aventura en un barco y recorrió el mundo por casi dos años. Al regresar, ya tenía muchísimos versos, plenos de imágenes de marineros y tierras exóticas, que fue publicando en dos de las más emblemáticas revistas de la época y, muy pronto, formaron parte de su primer libro de poemas. También trabajó en la radio y en el teatro, aunque es mayormente recordado por su serie de letras de tangos, valses y canciones ambientados en las épocas de la lucha entre unitarios y federales, como “La pulpera de Santa Lucía” y “La mazorquera de Monserrat”. Ignacio Corsini fue quien le grabó más obras, y así quedó casi como su letrista exclusivo.

Nació el 18 de marzo de 1889, en nuestra ciudad, hace ya 120 años, casi al mismo tiempo que se fundaba Villa Devoto. Su madre era Ercilia López, cuyo padre había sido Venancio López, torturado y fusilado por orden de su propio hermano, el mítico presidente del Paraguay que terminó loco durante la Guerra de la Triple Alianza contra su gobierno. El padre de Héctor era Pedro Blomberg, y argentino, y tenía 33 años al nacer su hijo; Ercilia tenía diez años menos.

Su madre vivió hasta los 97 años, y se dice que fue una escritora y traductora de gran calidad; posiblemente, ella haya influido, al menos inicialmente, en su vocación lírica y literaria. También lo debe haber influenciado de alguna manera el hecho que contaremos a continuación.

Su abuelo paterno había sido un marino noruego, dato exótico que seguramente fascinaba al joven. Tanto que… quiso el destino que un día de 1911, mientras caminaba por el puerto, vio un barco que se disponía a zarpar ¡precisamente hacia Noruega! Entonces Héctor corrió a su casa, preparó lo necesario y se embarcó. Dejaba abandonados sus estudios en la Facultad de Derecho, que realmente no lo atraían.

Retornó casi dos años más tarde. En el cofre de su ser atesoraba imágenes de los muchos países que le tocó visitar. Además, muchos versos traía ya escritos, que muy pronto se fueron publicando en dos de las revistas más populares de la época: “Caras y carteas” y “Fray Mocho”. Al poco tiempo ya publicaba su primer libro de poemas “La canción lejana”. Lo “parió” a la misma edad que su madre tenía cuando lo parió a él.

Luego se sucedieron otras colecciones de sus poemas, con títulos como “A la deriva” (1920), “Gaviotas perdidas” (1921), “Bajo la Cruz del Sur” (1923), “Las islas de la inquietud” (1924) y “El pastor de estrellas” (1929). Esos poemas de juventud estaban directamente motivados por aquel viaje que cambió su vida, tal cual se percibe ya desde los títulos de los libros. Estaban llenos de barcos, marineros, tierras exóticas.

Su amistad con Carlos Schaeffer Gallo hizo que en 1928 empezara a escribir, junto a él, para la radio: de alguna forma, otra vez la aventura, porque la radiofonía estaba en sus primeros tiempos. Recién se empezaron a emitir un año después, por Radio Splendid. Esos episodios que fue creando tenían una inspiración y finalidad bien diferente a la de sus poemas: reflejaban los hechos que habían ocurrido en el siglo anterior. Situaba personajes e historias ficticias (con diferentes formas de amor, siempre presentes) en un contexto histórico que de verdad había existido, pero tratando de no tocar susceptibilidades que podrían haberle causado problemas políticos. Porque la figura del Brigadier Juan Manuel de Rosas seguía generando fuertes disputas; incluso hoy, tras más de 150 años de vencido y exiliado, puede seguir despertando polémicas. La tremenda lucha entre Unitarios y Federales marcó la historia argentina, y Blomberg supo usar la evocación de aquella época para crear historias que el público recibía con ansias, configurando un éxito inolvidable. El secreto: que los malos no eran tan malos, ni los buenos tan buenos, aunque unos tendían a ser más feroces y los otros más nobles y bondadosos; y la lucha entre el mal y el bien (siempre rendidora), y que pese a todo el amor estaba siempre presente, sufrido y recatado como era en aquellos 1830 y 1840. Había encontrado la temática que no abandonaría más, que sería la esencia de toda su obra.

En 1929 se publicó una recopilación de sus artículos periodísticos, que se tituló “Las puertas de Babel”.

En 1930, junto a Carlos Viale Paz, llegó al teatro como escritor, más exactamente al sainete, que era un formato dramático pero a la vez romántico y con toques humorísticos y con la gran atracción que era que tenía canciones… en fin, el sainete era muy popular. Estrenaron “La sangre de las guitarras”, “La pulpera de Santa Lucía” y otras obras de gran suceso. Luego escribió otras con Schaeffer Gallo y el famoso actor Elías Alippi.

Mientras tanto, su carrera radiofónica seguía su curso en Radio Nacional, y luego en Radio Belgrano. Sus romances históricos seguían atrapando a los oyentes, interpretados por actores y actrices de trayectoria y prestigio; como dato curioso, diremos que entre ellas estuvo alguna vez (en la obra “Los jazmines del ochenta”) Eva Duarte, la joven aspirante a estrella del espectáculo que luego lograría la inmortalidad pública al unir su vida a la de Juan Domingo Perón y fallecer muy joven.

Pero su verdadero inicio en el teatro fue en 1925, cuando llevó su obra “Barcos amarrados”, escrita en colaboración con Pablo Suero, a la compañía teatral que dirigía Alberto Vaccarezza, donde el galán también era cantor y, en este caso, nada menos que Ignacio Corsini.

Corsini y Blomberg se hicieron desde entonces muy amigos, y el cantor le pide que escriba una letra para llevar a la canción aquella historia de la pulpera. Esos versos son musicalizados entonces por el guitarrista de Corsini, Enrique Maciel. Era 1928, y el vals “La pulpera de Santa Lucía” arrancó mal: rechazado por el empresario teatral Pascual Carcavallo, su asesor musical y otros colaboradores, porque no les gustó la música. Pero Ignacio Corsini lo estrenó al año siguiente en Radio Prieto, con una repercusión increíble (el público reclamaba la repetición del vals tanto por teléfono, por correspondencia y hasta personalmente). Enseguida “El Caballero Cantor” lo graba en abril (de 1929), y es una avalancha de ventas (en pocos meses se vendieron más de doscientas mil copias, algo impresionante para la época). Terminó siendo la canción emblemática de Corsini.

Aquel empresario teatral, cuando volvió a cruzarse con Maciel, le dice “Con usted me equivoqué una vez, pero no he de equivocarme más”. Así es como Corsini salvó a “La Pulpera de Santa Lucía” del olvido, y la llevó al cariño popular, la gloria y la inmortalidad. Y gracias a Dios que fue así, porque ese no fue el único, sino solamente el primer éxito escrito por Blomberg con Maciel.

Con la misma temática histórica, Corsini le estrenó y le grabó al binomio Blomberg-Maciel más canciones: “La mazorquera de Monserrat” (tango, 30/7/1929), “La guitarrera de San Nicolás” (vals, 7/4/30), “Tirana unitaria” (vals, 15/11/30), “La bordadora de San Telmo” (vals, 8/9/32), “Los jazmines de San Ignacio” (canción, 22/10/32), “La canción de Amalia” (8/9/33), “Rosa morena”, y “La china de la Mazorca” (canción, 15/3/39).

Pero, por fuera de las canciones ambientadas en la Buenos Aires rosista, también hicieron otras canciones, que Corsini dejó registradas: “La viajera perdida” (tango, 8/3/30), “Siete lágrimas” (canción, 24/6/30), “Violines gitanos” (tango, 10/9/30), “Flor de pajonal” (ranchera, 11/9/30), “No quiero ni verte” (vals, 9/3/31), “Me lo dijo el corazón” (tango), “La que murió en París” (tango, 4/3/32), “El adiós de Gabino Ezeiza” (milonga, 8/9/33).

Con Enrique Maciel desarrolló toda su obra cancionística, con algunas pocas excepciones: el vals “Novia del mar”, que lo hizo con Otto Wiengreen, y la ranchera “Bajo la santa Federación”, con la música de Salvador Mérico. Todas fueron llevadas al disco por Ignacio Corsini con las guitarras de Rosendo Pesoa, Enrique Maciel y Armando Pagés.

La obra poética de Blomberg estuvo completamente olvidada mucho tiempo, como durmiendo en las bibliotecas; recién fue rescatada en 1950, entre otros, por el gran poeta Raúl González Tuñón, que reconoció tener una deuda lírica con Héctor Blomberg.

Sobre “La que murió en París”, otra de sus más famosas letras de tango, diremos que nació de otro viaje. Cuando fue corresponsal en París del diario La Razón, lo acompañó una chica en el rol de secretaria. Una muchacha muy preparada, egresada de filosofía y letras, que se encargaba de difundir por todos los medios las notas que Blomberg escribía sobre el tango. Durante esa estadía la muchacha enferma y muere muy pronto. Así es que Blomberg se inspiró y le dedicó ese recordado tango. Ella se llamaba Alicia Elsa French, y se cuenta que era descendiente del prócer de la Revolución de Mayo Domingo French.

Alguien describió a Héctor Pedro Blomberg como un flaco alto y silencioso, similar a los marineros nórdicos que navegaban por su imaginación. De lo que no caben dudas es que fue buen amigo, y un hombre caballero. Como muestra de su caballerosidad, basta la anécdota que cuenta que, cuando su libro “A la deriva” fue considerado ganador del Primer Premio Municipal de Poesía de 1920, al enterarse de que así era y que el Segundo Premio era para Alfonsina Storni, momentos antes de la proclamación oficial, le dijo al jurado “Las damas primero”, con lo cual aceptaron su sugerencia resultando Alfonsina la ganadora.

Lamentablemente, ni Charlo, ni Gardel grabaron temas de Blomberg. Solamente el otro gran cantor criollo) Agustín Magaldi, una vez, con la canción “La parda Balcarce”, registrada el 28 de septiembre de 1932. Pero en ese Olimpo de los principales cantores criollos obviamente también está Corsini. Héctor Blomberg fue el letrista casi exclusivo de Ignacio Corsini. Quedó intensamente ligado, en el recuerdo tanguero y popular, a la voz del cantor de origen italiano, y a las músicas de Enrique Maciel.