> Grandes de nuestro tango

Alberto Marino 
El 21 de este mes de junio se cumplen 20 años desde la muerte física de un cantor de los que aportaron mayor calidad al Tango Argentino. Con gran pasión y desde muy joven, Alberto Marino brindó su especial voz y el trabajo de toda su vida, y en respuesta el apoyo del público le llegó pronto y lo acompañó siempre, lo mismo que el admirado apodo de
“La Voz de Oro del Tango”
.

Alberto Marino, cuyo verdadero nombre fue Vicente Marinaro, nació el 26 de abril de 1923 en Palermo (Italia). A sus seis años desembarcó con su familia en Buenos Aires; sin embargo se crió en Salta. Sus padres Angel Marinaro, su madre Angela Musso eran cantantes líricos, y tuvieron seis hijos; Carmela, Dina , Flora, Vicente Alberto, Nina y Gino.
Al no adaptarse por completo al clima salteño, la familia volvió a Buenos Aires, 5 años después. Vicente Alberto terminó sus estudios primarios y se empleó en una marmolería. Puede que ahí mismo haya empezado a practicar sus primeros fraseos. En 1938 decide empezar a estudiar la técnica formalmente; su profesor fue el Maestro Eduardo Bonessi, quien estaba entre los mejores maestros de cantores de tango de aquel entonces.

Debutó como cantor de orquesta en 1939 cantando en la de Emilio Balcarce, pero con el seudónimo Alberto Demari. Cuando Emilio Orlando toma la dirección de esa orquesta el cantor cambió su nombre artístico, remplazándolo por el que finalmente quedó para toda su carrera: Alberto Marino. Su registro de tenor se iba afianzando desde sus primeros tiempos como aficionado. Contó con la ventaja técnica de su conocimiento de la escuela italiana de canto, que le había educado una capacidad de paso de un gran agudo a notas increíblemente bajas (para un tenor) con versatilidad como pocos.

El bandoneonista Aníbal Troilo lo escucha cantar y sin dudar le hace una oferta para ingresar en su agrupación. Pese a que ya estaba apalabrado (e in-pectore decidido) para ir a la orquesta de Rodolfo Biagi, el tenor siciliano acepta el ofrecimiento de Troilo. Con la orquesta de Pichuco trabajó desde 1943, con sólo veinte años de edad.. Debutó en el Tibidabo el 5 de abril de aquel año, cantando “Copas y besos”. Sus versiones de los tangos “Tres amigos”, “Fuimos”, “Canción desesperada” y “Tal vez será su voz”, “Café de Los Angelitos”, “María”, “Tres amigos”, “La luz de un fósforo”, “Uno” y “Rosicler” son muy recordadas. Durante sus primeros 12 meses en la orquesta coincidió formando binomio de cantores con el primer gran cantor de Troilo: Francisco Florentino. Constituyeron uno de los primeros grandes dúos del tango orquestal de la gran década del ’40. El tango era popular en serio, y las orquestas que lograban calidad tenían trabajo permanente.

En marzo de 1944 Fiorentino se desvinculó de la troileana orquesta, y desde entonces hasta octubre del mismo año, Marino fue el único cantor de la Orquesta. Troilo no podía encontrar al remplazante adecuado para Fiore, entonces fue el mismo Alberto quien le propuso probar a Floreal Ruiz, de quien sabía que se quería ir de otra Orquesta de las principales: la de Alfredo De Ángelis. “Palomita Blanca”, “Adiós Pampa Mía”, “Llorarás, Llorarás”, fueron algunos de los éxitos que el nuevo binomio (Marino-Ruiz) interpretaban en dúo, para disfrute de los seguidores de Pichuco.

Fue en 1945 que otro recordado director de orquesta, Alfredo Gobbi, le adosó el apodo tanguero que lo acompañó siempre: “La Voz de Oro del Tango”… ¡casi nada, eh! Lo cierto es que el timbre de la voz de Marino fue un aporte importante para acrecentar la popularidad de la Orquesta de Anibal Pichuco Troilo. En Febrero de 1946 Alberto Marino decide emprender su carrera como solista; se lo comenta a Troilo , quien comprendiendo que Marino tenía su derecho, y además luz propia y el cariño y la admiración popular y por ende no iba a fracasar; lo abrazó tiernamente y le deseó el mejor de los éxitos. El tango estaba en una etapa muy rica y dinámica, y se sabía que todo se iba produciendo por ciclos.

Para muchos amantes del tango, esos cuatro años con la Orquesta del Bandoneón Mayor de Buenos Aires representan la mejor época del cantor.

En plan solista, y conociendo que pronto dejaría de dirigir la orquesta de Alberto Castillo, le ofreció hacerse cargo del acompañamiento musical al mismo Balcarce que lo hizo debutar orquestalmente, como un acto de confianza y a la vez como gesto de gratitud. Don Emilio aceptó gustoso. Comenzó así una etapa brillante, actuando en radios y en el café Marzotto. Comentan los que estuvieron en el debut de Alberto como solista, que era tanta la gente que acudió a la presentación de Alberto en el Marzotto, que tuvieron que cortar la calle Corrientes entre Libertad y Cerrito. En 1947, graban para Odeón “La Muchacha del Circo”, “Organito de la Tarde”, “Canzoneta”, “La casita de mis viejos”, entre muchos otros temas, siempre con las tiradas de discos agotadas, de tanto que el pueblo apoyaba a estos artistas.

Más adelante pasa a hacerse cargo de su orquesta el bandoneonista Enrique Alessio y más tarde el músico uruguayo Héctor María Artola. De esa época solista destacaremos sus registros de los tangos “El motivo”, “Farolito de papel” (con la letra original, en lunfardo) y “Venganza” un samba brasileño de Lupicínio Rodrigues, que Marino conoció en una gira por Río de Janeiro, y lo arreglaron más o menos en tiempo y estilo tanguero, y que pasó a ser por siempre unos de los temas favoritos para el mismo cantor.

Hacia fines de 1949 cambia el acompañamiento por el conjunto de guitarras del gran guitarrista Roberto Grela, registrando para el sello Odeon. El cantor y el guitarrista se reunieron diez años después, dejando más temas grabados.

Pero su actividad no se detuvo allí: la década del cincuenta lo llevó a trabajar junto a numerosas orquestas como las de Hugo Baralis, Osvaldo Manzi, Alfredo De Franco, y realiza numerosas giras por Latinoamérica y Estados Unidos, con las agrupaciones de Edelmiro D'Amario y César Zagnoli, entre otras.

En los años sesenta es acompañado por el conjunto de guitarras de otro grande: José Canet, y graban 12 registros.

Alberto Marino fue siempre un brillante profesional, responsable, estudioso, buen esposo y padre, asumiendo con mucha dignidad el fallecimiento prematuro de su querida esposa Irma Argentina Galván; quedó entonces solo al cuidado de sus dos hijos: Carlos Alberto y Claudia Analía. Ella con el tiempo llegó a desarrollar la misma vocación de cantar tangos.

A fines de esa década del sesenta y durante la década de ‘70 siguió actuando ininterrumpidamente, junto a orquestas de gran nivel como las de Miguel Caló, Armando Pontier, O. Requena, Carlos García, Alberto Di Paulo, dejando grabaciones en la mayoría de los casos.

A fines del año 1969 viajó a Japón, acompañando a una embajada de tangueros, entre ellos el director Héctor Varela.

Fue admirador de totems tangueros como Gardel y Charlo; pero al momento que se le preguntaba sobre quién influyó más en su forma de cantar, contestaba que fue Antonio Rodríguez Lesende, cantor poco recordado porque sus grabaciones son muy difíciles de hallar, agrupando la módica suma alrededor de dieciséis registros.

Grabó hasta 1979. Por las obvias razones de la edad, ya no tenía el registro de tenor, pero igual siguió ofreciendo un magistral trabajo con una voz más hacia abajo, como de barítono. Desde sus inicios fonográficos hasta ese año, se pueden contar más de 200 temas. La de Alberto Marino no fue una vida demasiado extensa, porque murió el 21 de junio de 1989, en Buenos Aires, pero fue una vida enteramente dedicada al tango, dado que empezó su carrera tan joven y que la extendió por el resto de su vida.