> Grandes de nuestro tango

Rodolfo Biagi

Tocó con grandes como el mítico Juan Maglio “Pacho” y Juan D’Arienzo. Grabó varios temas con Gardel. Siempre quiso poner el sonido del piano más adelante, y cuando pudo tocar con su amigo D’Arienzo, lo hizo y así cambió el estilo de su orquesta. Luego dirigió su propia agrupación.

Una personalidad que nació, vivió y murió en Buenos Aires, y cuyo talento tal vez no haya sido más notorio, de alguna manera, por su elección estilística.

Rodolfo Biagi nació en nuestra ciudad, en el barrio de San Telmo, el 14 de marzo de 1906.

Empezó la primaria en su zona, pero en quinto grado pasó a la Escuela Mariano Acosta. El tema era que ya desde niño insistía en ser músico, aprender violín, y un poco descuidaba los estudios. Para colmo, en su familia no había antecedentes musicales. Entonces llegó a un acuerdo con sus padres, por el cual le compraban el violín pero él tenía que seguir sus estudios para recibirse de maestro. Entonces siguió cursando hasta recibirse en el M. Acosta, pero también ingresó en el Conservatorio del Diario La Prensa, que dirigía la señora María Rosa Farcy de Montal. Su profesor fue el Maestro Francisco Rivara, a quien el mismo Biagi le acredita el mérito de su verdadera pasión: el piano. Según contó en una entrevista de 1960, “cada vez que él se alejaba por un momento, yo me corría hasta el piano y ensayaba octavas y arpegios y hasta uno que otro motivo de tango”. Otra vez a empezar, por haber cambiado de instrumento, y con el obvio temor familiar de si ese sería (o no) el instrumento definitivo para el pequeño Rodolfo.

A los 13 años, empezó como pianista poniéndole fondo musical a las películas mudas de un cine de barrio. ¡Lo hizo sin que supieran sus padres!

Siguió tocando en el cine. Un día lo fue a ver (casualmente o avisado por alguien) un tal Juan Maglio, que ya era un consagrado, y que hoy es un mítico pionero del tango del que se cuenta que en una época era tal la popularidad de sus discos que la gente iba a comprarlos diciendo “dame un Pacho” (aludiendo al seudónimo artístico con el cual Maglio quedó en la historia). Éste se apoyó en el piano y esperó a que el joven terminara de tocar. Entonces le ofreció tocar con él en el café Nacional. “Era la catedral del tango, era acercarse a la popularidad. Tenía quince años, no sé cómo no me desmayé de susto el día del debut. ¡Era el pianista de Pacho!”

Tocó con Pacho durante dos años en El Nacional, y luego pasaron al Café Domínguez (de Corrientes entre Paraná y Montevideo). “Allí, desde el palco, vi desfilar todos los rostros de nuestra vida porteña”.

Luego pasó a la orquesta de Miguel Orlando, que tocaba en el Maipú Pigall, donde alternó con Elvino Vardaro, con Cayetano Puglisi, con Juan Guido, e incluso conoció a Carlos Gardel. “Él iba mucho a ese local y una noche me vino a ver José Razzano en su nombre, y me hizo saber su interés en que me incorporara a su acompañamiento para las grabaciones, que hasta entonces habían sido solamente con guitarras, pero andaba con ganas de algo más”.

Para Gardel grabaron en los estudios de Max Glücksmann, donde luego funcionó durante muchos años el cine Grand Splendid, en Av. Santa Fe a metros de Callao.

El conjunto se armó con las gardelianas guitarras de Ángel Riverol, José María Aguilar y Alfredo Barbieri más los agregados de Antonio Rodio en violín y Rodolfo Biagi en el piano. Fue el primer día de abril de 1930, y registraron los tangos “Viejo smoking”, “Buenos Aires” y “Aquellas farras”, el vals “Aromas de El Cairo” y el foxtrot “Yo seré para ti, tu serás para mí”.

Unas semanas después, Gardel se iba a España y ofreció llevarlo. “Me sentí muy joven para esa aventura, tenía veinte años. Le agradecí la confianza y opté quedarme”. Juan Bautista Guido le había ofrecido integrar su agrupación, con la cual debutaron en el Cine Real, que fue el primero en presentar una orquesta entera en uno de sus palcos para animar las proyecciones fílmicas. Allí alternaban con la orquesta de música clásica dirigida por el maestro Fontova y la jazz Verona (con Lucio Demare en piano). Después pasaron al Cine Suipacha, que se inauguraba. “El público era distinto al del cabaret, existía una diferencia fundamental; el que iba al cine estaba un poco desconectado de la música, absorbido por lo que pasaba en la pantalla. En los otros lugares había una relación directa, una comunión, era una gran atracción ese sentimiento y fue esa la razón por la que volví al Pigall que ya había cambiado de nombre, se había convertido en el ‘Casanova’; llegué formando parte de la orquesta de Juan Canaro”.

En la radiofonía había debutado con Maglio en Radio Cultura con. Con Juan Canaro animaron los grandes espectáculos radioteatrales del Cine París, que salían por la radio del mismo nombre. La dirección era de Claudio Martínez Payva y en el elenco figuraba la jazz de Rudy Ayala, Tita Merello, Fernando Ochoa, las hermanas Desmond, Juan Carlos Thorry. “Con Thorry compuse uno de los tangos de mayor éxito: Indiferencia, que integró los repertorios de las orquestas más populares y fue llevada al disco por Juan D’Arienzo, Hugo del Carril, Francisco Lomuto, Francisco Canaro”. Poco más tarde se volvieron a juntar y crearon una canción campera: “Tu promesa”.

En aquella recordada temporada en el Cine París surgió el tango “Pipistrela”, creación del bandoneonista J. Canaro y el autor Fernando Ochoa, que lo cantaba Tita Merello y pasó a ser una de sus interpretaciones emblemáticas, aunque recién lo grabó en 1954.

El primer viaje fuera del país de Biagi fue en 1935. Fue con Juan Canaro a Río Grande do Sul, en Brasil, adonde ya gustaba mucho el tango.

“Al regreso, dejé a Canaro y estuve un tiempo inactivo, aunque no me ausenté del ambiente tanguero. Era habitué del “Chantecler” donde actuaba D’Arienzo y con quien tenía amistad. Su pianista entonces era Luis Visca. Y fui invitado a reemplazarlo varias veces ya que Luis siempre andaba con algún problemita de salud. Cuando su estado lo desmejoró aún más, fue normal que fuera yo su reemplazante, y comenzó una etapa decisiva de mi carrera”.

Si bien D’Arienzo no era un principiante, ya tenía más de 15 años en la música, y su orquesta ya tenía grabadas 75 piezas, aún así, la incorporación de Biagi como pianista produjo un cambio también decisivo para la historia de D’Arienzo y su orquesta y, a través de ella, a la historia de todo el tango. Biagi siempre había tenido inquietudes de poner a su instrumento en un plano distinto al que se lo había empleado en las orquestas típicas, es decir, que pasase de ser exclusivamente “acompañamiento” a ser un sonido preponderante de la orquesta, tanto (o por momentos más aún) que los bandoneones y violines. Al ingresar a la orquesta de su amigo D’Arienzo, pudo realizar esa idea, con un éxito sin precedentes para las orquestas.

Para aproximarnos a aquel fenómeno, citemos al poeta y estudioso Horacio Ferrer: “En 1935 se incorporó (Biagi) a la orquesta de Juan D’Arienzo, contribuyendo con su modalidad pianística nerviosa, armónicamente elemental, monótona en lo rítmico por la invariable repetición de las mismas ideas musicales, a definir el estilo interpretativo del conjunto”.

Esa nueva fórmula constituida por la orquesta de D’Arienzo pero revitalizada con el nuevo concepto de Biagi, fue un viento fresco a tal punto que visto desde hoy parece una ráfaga fabulosa, increíble, porque significó el nacimiento de un estilo que duró muchos años, en una retroalimentación irrepetida entre orquesta y público. Al ritmo de la orquesta de D’Arienzo se movían las multitudes, era el gran furor en los bailes.

Esa popularidad fue tal que ya nadie duda que fue el factor decisivo que preparó todo para que los años ’40 quedasen en la historia como “la década gloriosa” del tango, con muchísimas orquestas tocando en el apogeo del tango como música de disfrute popular, cada una con su estilo y su público.

De esos 2 años y medio para 3 que Biagi estuvo en la orquesta de su amigo D’Arienzo, quedaron muchísimo en la memoria popular 2 versiones: la de la milonga “La puñalada” (de Pintín Castellanos), y la celebradísima versión de “La cumparsita”. Por aquellos tiempos “la rompían” todas las noches en el cabaret Chantecler, y también difundían aquellas antológicas creaciones por Radio El Mundo.

El ímpetu del “nuevo” D’Arienzo se vivía también en bailes de clubes, en sus exitosas giras, e incluso se lo puede ver en la película “Melodías Porteñas” de Enrique Santos Discépolo.

La performance del pianista Biagi con la popularísima orquesta darienzana dejó 71 temas grabados.

Pero como la creciente “movida” de las orquestas tenía una dinámica de cambios muy rápida, era usual que le llegase a cada uno de los grandes músicos (los que tenían mayor iniciativa propia) el momento de “abrirse”, tentando suerte en su propio camino: encabezar la agrupación propia. La Orquesta de Rodolfo Biagi debutó el 16 de setiembre de 1938, en el Marabú.

Ese mismo año, tocando con su orquesta en radio, recibió el apodo que lo definiría por siempre artísticamente: “Manos Brujas”. Se lo puso el jefe de publicidad de una empresa auspiciante de Radio Belgrano, la misma en la que tocó Biagi, desde 1938, por 20 años.

Su primer cantor fue Teófilo Ibáñez, que tuvo un recordado éxito con un tango compuesto por el mismo Biagi (y letra de Francisco Gorrindo): “Gólgota”. Cantado por él también se sigue escuchando la estupenda milonga “Campo afuera”, también musicada por Biagi y con letra de Homero Manzi. Luego Andrés Falgás, cosechó otros éxitos con “Cicatrices”, “Queja indiana” y “Griseta”.

Luego le tocó el turno a Jorge Ortiz, cantor que luego se fue con Miguel Caló pero que regresó al poco tiempo con Biagi, porque con “Manos Brujas” se sentía más identificado. Sus interpretaciones que más atrajeron al público fueron “Yuyo verde”, “Indiferencia”, ““Misa de once”, Pájaro ciego” y “Soledad la de Barracas”, y quedó como uno de los más emblemáticos cantores de la orquesta.

Otros cantores de la orquesta fueron Alberto Lago, Alberto Amor, Carlos Acuña, Carlos Saavedra, Carlos Heredia, Carlos Almagro y Hugo Duval.

Acuña tuvo su gran realce con los tangos “A la luz del candil”, “Lonjazos” y “Uno”.

Y Duval fue quien permaneció en su orquesta hasta su disolución y también quedó como uno de los más importantes de la trayectoria de la orquesta.

En los albores de la década del cincuenta, la de Biagi fue la primera orquesta en aparecer por la naciente televisión argentina. También por entonces fue la figura central del recordadísimo programa “Glostora Tango Club”, que se emitía por Radio El Mundo.

Además de los ya citados, Biagi compuso (con letra de Carlos Bahr) los valses “Amor y vals”, “Como en un cuento” y el tango “Humillación”; con letras de Gorrindo los tangos “Magdala” y “Por tener un corazón”; con letras de Manzi las milonga “Por la huella”; en colaboración con Rodolfo Sciammarella el tango “Dejá el mundo como está”; y con letra de Carlos Marín el tango “Oh, mama mía” (tango). Y el tango instrumental “Cruz diablo”, que fue en verdad su primera grabación propia, pero en solos de piano que grabó en 1927 para la Victor, teniendo del otro lado “El carretón”. Fue una obra compositiva no muy extensa, pero que gozó del gusto popular.

Durante su carrera, la orquesta de Biagi contó con la labor de músicos destacados, por ejemplo los bandoneonistas Alfredo Attadía, Miguel Bonano y Ricardo Pedevilla, y los violinistas Marcos Larrosa, Claudio González y Oscar de la Fuente; éste también hizo arreglos musicales para la orquesta.

Aún siendo pianista, Biagi tuvo un ejecutante de ese instrumento. Juan Carlos Giampé fue quien los domingos lo reemplazaba en la radio para que Rodolfo pudiera ir al hipódromo.

Durante sus largos años de existencia, la orquesta de Biagi dejó registrados casi 170 temas.

La última vez que Biagi actuó ante su público fue el 2 de agosto de 1969, en el Hurlingham Club. Poco tiempo después, el 24 de septiembre, murió repentinamente, en la ciudad de Buenos Aires.