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Luis Pasteur
Segunda (y última) Parte

Pasteur dedicó el resto de su vida a investigar las causas de diversas enfermedades -como la septicemia, el cólera, la difteria, el cólera de las gallinas y pollos, el ántrax de cerdos y ovejas, la tuberculosis y la viruela- y su prevención por medio de la vacunación. Y la casualidad de la que siempre hablaba ("La casualidad favorece sólo a las mentes preparadas", solía repetir), se hizo presente otra vez: había inoculado a gallinas con un cultivo de bacilos del cólera, sin percatarse de que por descuido el cultivo se había envejecido (y debilitado) en un rincón del laboratorio. Las gallinas se enfermaron pero no murieron. Después de darse cuenta de lo ocurrido, tuvo una idea genial: reinocular a las gallinas con una dosis mortal de cultivo fresco. Los animales no se enfermaron.

En base a la misma idea, Pasteur pudo resolver también el problema del carbunco (ántrax), una enfermedad mortal del ganado vacuno, que puede afectar a todos los animales de sangre caliente. Demostró que el carbunco está causado por un tipo de bacilo, y afirmó que era posible inducir una forma leve de la enfermedad en los animales vacunándoles con bacilos debilitados, lo que les inmunizaría contra ataques potencialmente letales. Pasteur empezó inoculando (inyectando un cultivo de bacilos debilitados) 25 ovejas; pocos días más tarde inoculó a éstas, y a otras 25 pero a éstas un cultivo especialmente poderoso, y dejó sin tratamiento a 10 ovejas. Predijo que las segundas 25 ovejas perecerían y concluyó el experimento de forma espectacular mostrando a una multitud la fila de cadáveres de las ovejas. Hoy día suena cruel (también considerando las actuales muy activas asociaciones protectoras de animales) pero para la época eran necesarios (y usuales) los golpes de efecto de esas características. De hecho, Pasteur pudo así demostrar su teoría.

Es especialmente conocido por sus investigaciones sobre la prevención de la rabia, llamada también hidrofobia en la especie humana. Experimentó con la saliva de animales afectados por la enfermedad, llegando a la conclusión de que la rabia reside en los centros nerviosos: inyectando un extracto de la médula espinal de un perro rabioso a animales sanos, éstos muestran síntomas de rabia. Pasteur estudió los tejidos de animales infectados, y exponiendo el material incubado al aire estéril sobre un agente secador, pudo desarrollar una forma atenuada del virus para emplear en inoculaciones. Lo probó en perros, y daba resultado, pero faltaba probar la vacuna en humanos.

En 1885 llegaron al laboratorio de Pasteur un pastorcito con su madre, enviados hasta allí por el médico de su aldea, en Alsacia. Joseph Meister, el niño de 9 años, había sufrido graves mordeduras (al menos 12) de un perro rabioso. La madre pidió a Pasteur que lo tratara con su nuevo método. Habían pasado 60 horas de las mordeduras, pero ese mismo día (6 de julio) el doctor Jacques Grancher (profesional del laboratorio de Pasteur), le inyectó al niño líquido cefalorraquídeo tomado de la médula espinal de un conejo que había muerto de rabia 15 días antes, que se había conservado en un frasco con aire seco. Joseph fue llevado al alojamiento que le había conseguido Pasteur, iniciándose una larga y angustiosa espera.

Cada día le administraban una inyección más potente, en función de preparar su organismo. Al final del tratamiento, pautado en diez días, el muchacho estaba siendo inoculado con el virus de la rabia más potente que se pudo concentrar (precisamente, el de un perro). “Mi justificación era la experiencia que había tenido con 50 perros rabiosos. Una vez que se ha adquirido la inmunidad, hasta el peor virus se puede inyectar, sin efectos dañinos” escribió después el mismo Pasteur. Pero en aquel punto el científico no pudo soportar más la espera y se tomó unas breves vacaciones en la provincia de Borgoña. “Viví cada día con el temor de recibir un telegrama que me dijera que había ocurrido lo peor”.

El niño se recuperó y conservó la salud. Durante los 18 meses siguientes, unas 2.500 personas, mordidas por animales rabiosos, fueron tratadas con el mismo tratamiento. Sobrevivieron todas menos diez. Toda una muestra de la enorme efectividad de la vacuna.

Las investigaciones de Pasteur sobre la rabia inspiraron la creación de un instituto especial para el tratamiento de la enfermedad, con sede en París. Fue posible gracias al apoyo popular, y acabó llamándose Instituto Pasteur, y se inauguró en un gran acto con la presencia del Presidente de Francia Sadi Carnot, en 1888. Durante su discurso inaugural, Pasteur dijo: “Insto a Uds a interesarse en los sagrados dominios de los laboratorios, que son los templos del futuro. Allí es donde la humanidad crecerá y se fortalecerá”. Fue dirigido por el propio científico hasta su muerte, aún padeciendo una apoplejía que lo dejó semiparalizado.

El Instituto hoy día sigue adelante y es uno de los centros más importantes del mundo para el estudio de enfermedades infecciosas y otros temas relacionados con los microorganismos, incluyendo la genética molecular.

El 27 de diciembre de 1888, el célebre científico fue declarado “el hijo más insigne de Francia”, en ocasión de celebrarse su cumpleaños número 70. Fue una fiesta nacional. En la celebración que tuvo lugar en la Sorbonne, Pasteur estaba muy emocionado y débil como para poder hablar ante un numeroso auditorio, en el que se incluían delegados que habían llegado de todas partes del mundo. El hijo de Pasteur leyó el discurso preparado por su padre, en el que expresaba su creencia invencible de que la Ciencia y la paz triunfarían sobre la ignorancia y la guerra, así como su fe de que el futuro no pertenecería a los conquistadores, sino a los salvadores de la humanidad.

En 1895 se retiró a Villeneuve-l'Etang, para tratar de recuperar las fuerzas perdidas, sin embargo, su cansado organismo ya no respondió a los esfuerzos y cuidados que se le prodigaron, incluyendo a sus más cercanos discípulos.

En el ámbito científico suelen encontrarse personalidades sumamente dedicadas, pero aún así es difícil encontrar una vida más laboriosa y fecunda que la de Luis Pasteur. Solía decir que el único secreto de su ciencia estribaba en su consigna: “Trabajar, siempre trabajar”. De capacidad intuitiva y mentalidad práctica; impulsivo, imaginativo, humilde, noble y patriota; así era Pasteur.

Realizó magníficos experimentos, pero además tenía un arte, un don especial para presentarlos de manera que interesasen vivamente a todo el mundo.

La labor de Pasteur abrió el camino a la inmunología. Gracias a las vacunas, hoy es posible prevenir unas 30 enfermedades invalidantes o mortales, entre ellas el sarampión, la poliomielitis y la difteria.

Entre los más importantes discípulos de Pasteur mencionaremos a Emile Roux y Georges Widal.

Cuando le llegó la muerte en St. Cloud (Francia) el 28 de septiembre de 1895, a sus 72 años, Pasteur era ya considerado un héroe nacional y había recibido todo tipo de honores. Se celebró un funeral de un carácter tal como si tratase de un jefe de estado, en la catedral de Notre Dame, y su cuerpo fue inhumado en una magnífica cripta de mármol en el instituto que lleva su nombre.

Ahora citaremos una anécdota que se cuenta, y que, cierta o no, pinta muy bien lo que significa para el orgullo francés la figura del gran Luis Pasteur. En 1940, los soldados alemanes, durante la ocupación “nazi”, llegaron a París. Un oficial alemán pidió ver la tumba de Pasteur, pero el viejo guardia francés se negó a abrir la puerta. Como el alemán insistió, antes que dejarlo pasar, el anciano guardia terminó pagando la rotunda negativa con su propia vida. Su nombre era Joseph Meister, aquel primer ser humano en ser salvado de la rabia con el procedimiento creado por Pasteur (55 años antes).

“Mi convicción viene del corazón y no de la inteligencia; me entrego a aquellos sentimientos acerca de la Eternidad que surgen naturalmente en mí... Hay algo en lo profundo de nuestras almas que nos dice que el mundo debe de ser algo más que una mera combinación de hechos, debida a un equilibrio mecánico surgido simplemente del caos de los elementos, por una acción gradual de las fuerzas materiales”, escribió Pasteur. Una frase que demuestra que aún teniendo toda la esperanza y convicción puesta en la ciencia, se puede seguir creyendo en Dios y en la religión. Pasteur siempre fue un buen cristiano.

En 1973, la Unión Astronómica Internacional acordó homenajear su persona poniendo su apellido al cráter Pasteur del planeta Marte.

En la Ciudad de Buenos Aires hay varios homenajes. Mencionaremos un par, empezando por el de nuestra zona: la Escuela de Enseñanza Media ubicada en la calle Navarro entre Sanabria y Segurola, lleva su nombre. Y una calle de la zona “céntrica”, también: la famosa calle Pasteur tiene 8 cuadras de extensión, entre las avenidas Rivadavia y Córdoba, terminando justo enfrente de la Facultad de Medicina de la U.B.A.

El sepulcro de este gran científico y gran persona tiene inscripto el epitafio que pensó él mismo: "Feliz aquel que lleva consigo un ideal, un Dios interno, sea el ideal de la patria, el ideal de la ciencia o simplemente las virtudes del Evangelio".

Fuentes consultadas: Enciclopedia Encarta y, en Internet: Wikipedia, y un blog hecho por Omar Estrella Paz cuyo post con la biografía de Pasteur se puede visitar tipeando en la barra URL del navegador lo siguiente:

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