> Grandes de nuestro tango

Rodolfo Mederos

Rodolfo Mederos nació en marzo de 1940, es decir que este mes está cumpliendo sus 70 años. Desde AquíDEVOTO lo saludamos y le deseamos muchos años más, de vida y también artísticamente. Y lo hacemos con esta nota, muy interesante para conocer la obra y el pensamiento de este músico, creativo y polémico.

Rodolfo Mederos nació el 25 de marzo de 1940, y si bien su alumbramiento fue en nuestra ciudad (más precisamente, en el barrio de Constitución), supo vivir en otras zonas de la Argentina: su infancia la pasó en Entre Ríos, y a la hora de cursar una carrera universitaria, se fue a estudiar Biología a la Universidad de Córdoba.

Ya en su niñez había estudiado bandoneón, y desde 1960 ya tenía conjuntos con los que tocaba en radios cordobesas y en programas televisivos.

Tuvo la suerte (en todo sentido, la directamente buena, y en el sentido de “destino” aunque éste implique decisiones difíciles) de que lo viera tocar, junto a su Octeto Guardia Nueva, el gran Ástor Piazzolla, precisamente su bandoneonista y creador tan admirado, que pasaba por Córdoba también él haciendo shows. Mederos alcanzó el cielo, puesto que pudo tocar junto a su ídolo. Hacíamos la aclaración entre paréntesis sobre la suerte, pues Piazzolla lo incentivó generosa pero imperativamente diciéndole: “Dejá la biología para los biólogos, vos sos músico”, para que ponga su dedicación plenamente a la música, y también le insistió para que volviese a Buenos Aires. En aquel momento no le hizo caso en lo de volverse a nuestra ciudad, la Meca del Tango.

Pocos años después Piazzolla vuelve a Córdoba. Estaba en la cúspide creativa de su famoso Quinteto, y lo invita a Mederos a participar en sus presentaciones. Entonces sí Mederos está listo para ir a Buenos Aires.

Ya en nuestra ciudad, en el 65 grabó su primer disco, titulado “Buenos Aires, al rojo”, en el cual interpretó obras de Cobián y de Piazzolla, además de temas propios. En 1969 tocó en el LP debut de Almendra, la banda de Luis Alberto Spinetta que quedó entre las más importantes de los tiempos iniciales del rock en Argentina. Ese álbum (el de la famosa tapa del dibujo de una especie de payaso de cara larga con una enorme lágrima a punto de caer), aún iniciando un estilo propio, tenía una gran influencia de los Beatles, por ejemplo en que a varios temas se le agregaba a la banda eléctrica el sonido de instrumentos sinfónicos. Estando dentro del primer lustro del rock argentino, eran aún los primeros tiempos de bandas importantes y de masividad. Con ese álbum titulado simplemente “Almendra”, Mederos ostenta el privilegio de tener su bandoneón en uno de los más importantes y prestigiosos discos del rock en Argentina.

Al poco tiempo, en 1969 se suma a la nueva orquesta de Osvaldo Pugliese. A este gran maestro de larga trayectoria se le habían ido los más importantes e históricos músicos de su orquesta, porque llevaban ya tiempo con su exitoso Sexteto Tango y necesitaban dedicarse al grupo a tiempo completo. Al quedar con la orquesta casi totalmente desmembrada, y viendo que ya esa época no era propicia para orquestas sino para grupos más pequeños, con menores gastos y donde el dinero se divide entre muchos menos músicos, Pugliese estaba pensando seriamente en armar un grupo chico. Estaba un poco deprimido, pero finalmente ese proyecto no lo realizó, y estimulado por varios allegados fue armando una nueva orquesta, con gran parte de instrumentistas más jóvenes que antes. Entre ellos, Rodolfo Mederos, que compartió así la fila de bandoneones con Arturo Penón, Daniel Binelli y Juan José Mosalini, músicos talentosísimos que con el tiempo harían excelentes carreras aquí y/o en el mundo.

Muchas veces Mederos comentó que durante esos años no le daba el suficiente valor a esa experiencia con el Maestro Pugliese (en pocos casos le va tan bien como a don Osvaldo el apelativo de Maestro, ya que su orquesta funcionó como una “escuela” de intérpretes, y en muchos casos, como el de Mederos, a la vez compositores y arregladores). Esto se debía a que seguía encandilado con la figura de Piazzolla y con el camino artístico que él había iniciado, cosa que resultaba mucho más vanguardista que la que él sentía en el caso de Pugliese.

Dice Mederos al respecto: “Primero con Astor estaba deslumbrado. Pero cuando fui convocado para la orquesta de Pugliese en mi cabeza bullían otras ideas, de ruptura, era un rupturalista. Hasta Piazzolla me empezaba a parecer un poco atado a ciertas tradiciones, yo pensaba en música microtonal, aleatoria, qué se yo. Después apareció el rock en mi vida y me entusiasmó porque pensé que era una salida para esa música que sentía un poco agonizante, senil. Los tangueros eran todos mayores que yo; soy de la generación del rock, era natural acercarme a esos instrumentos eléctricos. Entonces, cuando me llamaron para la orquesta de Osvaldo yo pensaba en Pink Floyd, Emerson Lake & Palmer, en el jazz, en Stravinsky, y la verdad es que Pugliese no era de mi gusto, yo era más afín a Salgán, tal vez Troilo. Entré, debo confesarlo, por razones laborales: necesitaba trabajo.”

En esa formación de la pugliesiana orquesta estuvo durante 7 años, que no es poco.

Luego de esa desvinculación, en 1976 Mederos crea un nuevo conjunto: Generación Cero. Hacían una triple fusión entre el jazz, el rock y la canción de Buenos Aires, así como el trabajo piazzolleano también muchas veces resultaba una triple fusión, pero en la que en lugar del rock el tercer elemento era la música “contemporánea” (la “erudita”, el equivalente a la conocida como “clásica” pero producida actualmente y sin el estilo “clásico”)... y esto pese a que en un momento estuvo por producirse una “alianza” entre Piazzolla y los rockeros argentinos, que no se llegó a concretar.

Generación Cero se fue convirtiendo en un grupo “de culto”, a partir de que fue logrando un grupo de seguidores, en especial jóvenes intelectuales. Los arreglos eran rebuscados pero interesantes. Incluso podían encontrarse en ellos reminiscencias impresionistas. Y pese a que tocaran alguno que otro tango, y a que Generación Cero tenía un bandoneón (y nada menos que el de Mederos) aquella experimentación no constituía una variante del género tanguero, porque su música estaba muy diferenciada del ritmo y estilo tangueros.

El primer disco del grupo, “Fuera de broma 8”, apareció aquel mismo 1976. Y a lo largo de años siguientes fueron sacando otros: “De todas maneras” (1977), “Todo hoy” (1978), “Buenas noches, Paula” (1983), “Verdades y mentiras” (1984) y “Reencuentros” (1989). Iba consiguiendo el reconocimiento del público, en nuestro país y aún más en otros.

En la década del 90 Rodolfo Mederos sigue grabando, pero ya sin Generación Cero, y con diversas formaciones: “Tanguazo” (1993), “Carlos Gardel” (1994), “Mi Buenos Aires querido” (magnífico CD con un trío junto al gran pianista y director orquestal Daniel Barenboim y al contrabajista Héctor Console, en 1995), “El día que Maradona conoció a Gardel” (banda de sonido de la película del mismo nombre, de 1996, y que cuenta entre sus figuras a Alejandro Dolina y al mismo Diego A. Maradona), “El tanguero” (1998) y “Eterno Buenos Aires” (1999). En el 2000 publica el disco “Tango Mederos-Brizuela”, y también otro que registra la música del film franco-argentino “Las veredas de Saturno” dirigido por Hugo Santiago en 1986.

Además de éste, realizó a lo largo de su vida creativa otras bandas de sonido (o a veces parte de ellas) de filmes cinematográficos: “Crecer de golpe”, de Sergio Renán (1976), “Memorias y Olvidos”, de Simón Feldman (1987), “Después de la tormenta”, de Tristan Bauer (1991), “Diario para un cuento”, de Jana Bokova (1997), “Sus ojos se cerraron”, de Jaime Chávarri (1998) y “Contraluz”, de Bebé Kamin (2001).

En el año 1999 forma un quinteto con el pianista Hernán Posetti, el violinista Damián Bolotín, el guitarrista Armando de la Vega y el contrabajo de Sergio Rivas, responsables del disco “Eterno Buenos Aires”.

Además de lo ya contado, hizo colaboraciones en discos de Mercedes Sosa y Luis Alberto Spinetta, e incluso con el catalán Joan Manuel Serrat, en los discos de éste titulados “Nadie es perfecto” y “Cansiones”. Participó en discos y en conciertos, invitado por diversos músicos del folklore, el pop y el rock.

También ejerció largamente como docente, fue profesor titular de la Cátedra “Elementos técnicos del lenguaje del tango” en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Uno de los iniciadores de esa escuela que con los años tanto prestigio fue ganando en el ámbito de la cultura popular. También fue profesor de bandoneón en Holanda, en el área universitaria.

En los años más recientes tuvo la inquietud de mantener a la vez un trío y a un grupo más grande, de los que actualmente se denomina  “orquesta” (que es con muchos menos integrantes que las grandes orquestas de mediados del siglo pasado). Esas formaciones son sus dos desvelos actuales, “son fórmulas a las que llegué después de muchos años, de toda una vida. Estoy muy satisfecho, no sólo artística sino también ideológicamente: me gusta cómo suenan y disfruto tocar, pero además creo que son dos formaciones que históricamente deben ser recuperadas. Porque antes que músico me considero un empedernido perseguidor de la memoria, soy algo así como un integrante de un Greenpeace de la música, como un impostergable recuperador de nuestras maneras de ser, nuestra cultura, tan depravadas, manoseadas, contaminadas, macdonalizadas. Mi pregunta es qué le estaremos dejando a los que sigan, me inquieta mucho, es otra de las causas por las cuales decidí apostar a estas formaciones. Organizar una orquesta de 14 músicos hoy en día es un acto quijotesco: lo que me hace salir a tocar no es el dinero ni los aplausos, sino el hecho de encontrarme en el escenario con mis compañeros y ver la cantidad de gente que viene a compartir esta música que en definitiva es de todos: eso me hace feliz, a diferencia de otras épocas de mi vida en que las posturas un poco más adolescentes tenían que ver con las búsquedas de un vanguardismo un poco inútil y estéril. Hoy creo que hay que hacer una música que tenga que ver con nuestra historia y que fundamentalmente permita a la comunidad participar. Ya me cansé del teatro lujoso, quiero la pista de baile. Sin hacer algo ni simplón ni estrambótico para cuatro snobs. Ese es mi desafío actual, el trío y la orquesta son las herramientas.”

También en los últimos años muy fácilmente se agenció el odio, o al menos cierto desdén burlón, de parte de músicos de las nuevas orquestas típicas, integradas por músicos jóvenes. Fue cuando a Mederos se le ocurrió decir que los jóvenes ahora aprenden un tiempo y ya forman una orquesta, que no estudian lo suficiente. Por más que el bandoneonista puede haber tenido razón respecto a muchos casos, consideramos que la actividad de esas orquestas le está haciendo muy bien al tango actual, y que fue una forma demasiado fácil y rápida de ganarse la antipatía de sus colegas jóvenes. Con esa polémica podemos advertir que Rodolfo Mederos no especula con lo que hace, tanto cuando hace música como cuando dice sus verdades mediante la palabra. No mide, no tiene freno.

Así fue hasta ahora la laboriosa expresión de este hombre de ya 70 años cuyo designio artístico se fue marcando a fuego como pocas veces en esa parábola de vida que es la más “estereotipada” (como más esperada): joven transgresor, que cambia esquemas, que revoluciona, y que con los años va serenando su ímpetu y volviendo más reflexiva (y a la vez más sencilla) su expresión. Dentro de esa sensible y especial evolución, terminaremos citando una frase de Mederos que puede ayudar a comprender un poco más todo esto. Él, que fue uno de los bandoneonistas más influenciados por Piazzolla, hoy siente que hay “una suerte de piazzollización que es asfixiante; sus piezas (por Piazzolla) son una luz, pero pueden enceguecer”.