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Bernardo de Monteagudo

(Primera Parte)

Como segunda reseña biográfica de la serie del Bicentenario, pero a la vez ya dentro de la clásica sección Personalidades para Recordar, nos proponemos revindicar a un revolucionario que aunque no estuvo entre los nombres de la Primera Junta de Gobierno Patrio, fue muy importante para el aspecto ideológico de los independentistas. Bernardo de Monteagudo tuvo un pensamiento tan radical (o incluso más) como el de Mariano Moreno, desde antes de 1810, y pudo mantener ese tipo de prédica aún más allá de la muerte de Moreno. Su figura como prócer fue llevada al ostracismo, a veces por ignorancia, pero seguro en gran medida como acción de los historiadores del establisment (sobre todo, los que en el siglo XIX se propusieron delinear la historia oficial argentina), por razones religiosas y morales. Como diciendo “hasta Moreno toleramos (total, lo mataron pronto), pero personajes como este, no”. Conozcamos a Monteagudo, una gran personalidad para recordar en este Bicentenario de la patria, revalorando la Historia, comparando con el Presente, y siempre pensando en un mejor Futuro.

Bernardo de Monteagudo Cáceres nació en Tucumán el 20 de agosto de 1789. Curiosamente, nació apenas un mes después de que estallara en París la Revolución Francesa, aquel acontecimiento histórico que cambió la historia de la Humanidad, y que tanto influiría en la vida y el pensamiento de Monteagudo

Su padre fue un labrador en la Provincia de Albacete y luego se desempeñó como capitán de milicias y comerciante, ya en América. Su madre, Catalina Cáceres, pertenecía a una familia respetable de Tucumán.

Estudió en Córdoba y luego en Chuquisaca (en el entonces conocido como Alto Perú, hoy parte de Bolivia), adonde había otro de los pocos centros de altos estudios, y además de gran importancia y prestigio. Allí el destino quiso que integrase la pléyade de jóvenes estudiosos abrevaron en el pensamiento de Rousseau y Montequieu, inspiradores de prédicas revolucionarias. Otras lecturas que influyeron en Monteagudo fueron los escritos del jesuita francés G. Reynal, ferviente partidario de la libertad de los indígenas y la abolición de la esclavitud.

Durante su vida, se mantuvo poco tiempo en cada lugar, de modo que, llevado por su necesidad de expandir su prédica de libertad e independencia, residió, además  de lugares como Tucumán, Córdoba y Chuquisaca, como ya leímos hasta acá, también en Buenos Aires, Santiago de Chile, Mendoza y Lima, además de algunas ciudades europeas durante algunos años de exilio, como ya veremos. Todo un viajero en busca de que los americanos rompan sus cadenas.

Fue en la Universidad de Chuquisaca (la misma donde estudiaron Mariano Moreno y Juan José Castelli) donde, en junio de 1808, Monteagudo se recibió de abogado. Curiosamente, su tesis de graduación fue muy conservadora y monárquica y su título fue “Sobre el origen de la sociedad y sus medios de mantenimiento”. Sin embargo sus ideas se van radicalizando rápidamente, incentivadas por las lecturas y las ideas que llegaban de Europa, amén de los hechos del viejo continente que acelerarán (muy pronto) las decisiones en América. A poco de enterarse que Napoleón había invadido España y tomado prisionero a Fernando VII, Monteagudo escribe el “Diálogo entre Fernando VII y Atahualpa”, una original y acertada sátira política en la que los dos reyes (el español y el inca) se lamentan de sus reinos perdidos a manos de los invasores. De modo que esto ya era una gran definición (y bien temprana) de su parte a favor de la igualdad entre españoles y nativos americanos. Seguía siendo el año 1808.

Es en aquel mismo escrito donde se puede encontrar una de las primeras proclamas independentistas de la historia de Sudamérica: “Habitantes del Perú: si desnaturalizados e insensibles habéis mirado hasta el día con semblante tranquilo y sereno la desolación e infortunio de vuestra desgraciada Patria, despertad ya del penoso letargo en que habéis estado sumergidos. Desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación, y amanezca luminoso y claro el día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia”.

Desde esos tiempos de primeras expresiones, no pasó mucho tiempo hasta que Bernardo de Monteagudo agregó su primera participación activa en la política. Fue allí mismo en Chuquisaca, en la rebelión desatada el 25 de mayo de 1809 contra los abusos de la administración virreinal. Aunque esta rebelión sería muy pronto aplacada, queda en la historia que también propiciaba la creación de un gobierno propio, en lo que fue sin duda (por características y por la coincidencia de varios protagonistas) el anticipo de la Revolución que nosotros conocemos más: la que justo un año después ya nadie pudo evitar ni derrotar en Buenos Aires. Los otros protagonistas “ilustres” que coincidieron en las dos revoluciones, junto a Monteagudo, fueron Mariano Moreno y Juan José Castelli, los mismos que como él habían estudiado en el Alto Perú. Eran jóvenes: Bernardo de Monteagudo tenía sólo 19 años, y ya era uno de los promotores de una rebelión de magnitud y a la vez pionera en su región; pero no sólo fue promotor, sino que también se encargó de redactar, junto a Castelli, la Proclama de Tiawanaku, donde declaran los derechos de los indígenas; la misma que, entre otras, tenía estas decididas líneas: “Hasta aquí hemos tolerado esta especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria, hemos visto con indiferencia por más de tres siglos inmolada nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto (España) que degradándonos de la especie humana nos ha perpetuado por salvajes y mirado como esclavos. Hemos guardado un silencio bastante análogo a la estupidez que se nos atribuye por el inculto español...”.

El virrey Cisneros ordenó reprimir, y eso es lo hicieron, y muy violentamente, el general español Vicente Nieto desde el sur, y el general español José Manuel Goyeneche desde el norte. Fue una masacre, y Monteagudo fue llevado con grilletes puestos a la Real Cárcel de la Corte de Chuquisaca por el “abominable delito de deslealtad a la causa del rey”. El mariscal Nieto había enviado a todos los efectivos disponibles para combatir a los patriotas, en apoyo del Capitán de Fragata José de Córdova, y del Intendente del Potosí, Francisco de Paula Sanz. La ciudad universitaria había quedado virtualmente desamparada.

Pero las cosas no quedarían así nomás. Fue pasando el tiempo, y Monteagudo, ya enterado de las novedades de mayo en Buenos Aires (sí, ya estamos narrando el año1810), estaba ansioso por sumarse a las filas patriotas que se acercaban a la zona de Chuquisaca, decidió preparar un plan para fugarse. Consiguió la llave que le abría la puerta de salida y recuperó su libertad por su propia iniciativa y táctica, el 4 de noviembre de 1810. Se dirigió hacia Potosí, y se puso a disposición del ejército expedicionario, que al mando de Castelli, había tomado la estratégica ciudad el 25 de noviembre. El delegado de la junta, que conocía los antecedentes revolucionarios del joven tucumano, no dudó en nombrarlo su secretario.

La dupla Castelli-Monteagudo ya ponía nerviosos (y de modo similar) tanto a los realistas como a los saavedristas, que veían en ellos a los “esbirros del sistema robespierriano de la Revolución Francesa”. Cabe aclarar que los realistas eran quienes, ya sea siendo españoles o siendo nativos americanos, militaban por mantener el vínculo colonial con la corona española, y los saavedristas eran quienes apoyaban a Cornelio Saavedra (General nacido en Potosí en 1761 y que fue héroe en la resistencia contra las invasiones inglesas a Buenos Aires de 1806 y 1807), eran el bando interno de la Junta Patria que, en contraposición al de Moreno y Castelli, no quería apresurar la vía independentista. El sistema robespierriano era el famoso sistema de gobierno por el terror que impuso Robespierre, en momentos álgidos de la Revolución Francesa que fueron previos al ascenso del emperador Napoleón y la invasión de España por las tropas francesas y la entronización de José Bonaparte, hermano del emperador, como rey español (que enseguida se ganó su mote de “Pepe Botellas” por su acendrado alcoholismo), hechos que incentivaron los planes independentistas en la América española.

Salvando las distancias, esa analogía de los morenistas con el radicalizado sistema robespierriano no era tan errónea, puesto que ellos estaban bien decididos respecto de sus intenciones y planes, y para seguir eso no dudaban a la hora de tomar drásticas medidas contra quienes obstaculizaban esos fines. Por ejemplo, Castelli cumplió con dureza las órdenes de Moreno, respecto de que no quede ni un solo europeo en Potosí. El 13 de diciembre de 1810 salieron los primeros 53 españoles desterrados para la ciudad de Salta. La lista de nombres la había preparado personalmente el mismo Castelli.

El Alto Perú tenía una doble connotación para hombres como Monteagudo y Castelli. Desde el aspecto objetivo, era la amenaza más temible a la subsistencia de la revolución (allí se encontraban las minas de plata, que aún se explotaban, y obviamente sería uno de los grandes objetivos que los españoles no querrían perder), y desde el punto de vista subjetivo, para ellos el Alto Perú era la tierra que los había visto hacerse intelectuales. Pero no solamente intelectuales desde lo técnico, sino también desde lo ideológico y lo político, porque fue en las calles y en las minas del Potosí donde habían tomado contacto con los grados más perversos de la explotación humana, sufridos por los indígenas por parte de los invasores españoles, que a la vez que diezmaban cruelmente a las poblaciones aborígenes, les usaban como mano de obra esclava para llevarse las grandes riquezas de oro (en el Perú) y de plata (en el Alto Perú), que ya estaban llegando a su fin. Aquella crueldad extrema fue incluso admitida por uno de  los principales responsables de la masacre, el Virrey Conde de Lemus: “Las piedras de Potosí y sus minerales están bañadas en sangre de indios y si se exprimiera el dinero que de ellos se saca había de brotar más sangre que plata.” (en “Contrarréplica a Victorian de Villava”, escrito a Su Majestad).

El 14 de diciembre de 1810, Castelli firmó la sentencia que condenaba a muerte a los enemigos de la revolución y principales ejecutores de las masacres de Chuquisaca y La Paz, recientemente capturados por las fuerzas patriotas. A la noche fueron puestos en capilla, y les dieron habitaciones separadas para que “pudiesen prepararse a morir cristianamente”, tras lo cual a la mañana siguiente se ejecutó la sentencia en la Plaza Mayor. Entre los fusilados estaban J. de Córdova, y F. de Paula Sanz.

Cumpliendo con las órdenes de la junta, Castelli había iniciado conversaciones secretas con el jefe enemigo Goyeneche para buscar una tregua. Una pieza clave en las negociaciones fue Domingo Tristán, gobernador de la Paz y primo de Goyeneche. Finalmente el armisticio se firmó el 16 de mayo de 1811. Sin embargo, la noche del 6 de junio, las tropas de Goyeneche rompieron la tregua: una fuerza de 500 hombres atacó sorpresivamente a la avanzada patriota. Con esa avanzada, Goyeneche argumentó la ridiculez (por no decir cretinada) de que las que habían violado la tregua eran nuestras tropas por haberse defendido. Y así siguió: los dos ejércitos velaban sus armas a cada lado del río Desaguadero, cerca del poblado de Huaqui. Las tropas de Castelli, Balcarce, Viamonte y Díaz Vélez, en la margen izquierda, sumaban 6.000 hombres. Del otro lado, Goyeneche había reunido 8.000. A las 7 de la mañana del 20 de junio de 1811 el ejército español lanzó un ataque fulminante. El desastre fue total.

Castelli fue enjuiciado y llevado a Buenos Aires para ser juzgado por la derrota de Huaqui y por su conducta calificada de “impropia” para con la Iglesia católica y los poderosos del Alto Perú. Ningún testigo confirmó los cargos formulados por los enemigos de la revolución, a excepción de Monteagudo, que al ser consultado como testigo contestó con orgullo, en homenaje a su compañero: “Se atacó formalmente el dominio ilegitimo de los reyes de España y procuró el Dr. Castelli por todos los medios directos e indirectos, propagar el sistema de igualdad e independencia.”.

Monteagudo se hizo cargo de la dirección de la Gaceta de Buenos Aires; allí, entre muchos otros, escribía textos audaces como este: “Me lisonjeo de que el bello sexo corresponderá a mis esperanzas y dará a los hombres las primeras lecciones de energía y entusiasmo por nuestra santa causa. Si ellas que por sus atractivos tienen derecho a los homenajes de la juventud, emplearan el imperio de su belleza en conquistar además de los cuerpos las mentes de los hombres, ¿qué progresos no haría nuestro sistema?”. Este artículo le valió el reto de Rivadavia, por entonces secretario del Triunvirato en estos términos: “El gobierno no le ha dado a usted la poderosa voz de su imprenta para predicar la corrupción de las niñas”. Monteagudo da inicio a su propio periódico, el “Mártir o Libre”.

El 13 de enero de 1812 participa de la fundación de la Sociedad Patriótica y comienza a dirigir su órgano de difusión, “El Grito del Sud”. La Sociedad Patriótica, junto a la recién fundada Logia de Caballeros Racionales (mal llamada Logia Lautaro) con José de San Martín a la cabeza, participó el 8 de octubre de 1812 del derrocamiento del Primer Triunvirato y la instalación del Segundo que convocó al Congreso Constituyente que conocemos como la Asamblea del Año XIII (1813) en la que Monteagudo participó como diputado por Mendoza. La Asamblea adoptará una serie de medidas que Castelli y Monteagudo habían concretado en el Alto Perú: la abolición de los tributos de los indios; la eliminación de la Inquisición; la supresión de los títulos de nobleza y de los instrumentos de tortura.

El 10 de enero de 1815 Monteagudo edita el periódico “El Independiente”, que apoya incondicionalmente la política del Director Supremo Carlos María de Alvear. Pero al producirse la destitución de éste, Monteagudo es desterrado y viaja a Europa. Residió en Londres, París y en la casa de Juan Larrea en Burdeos. Pudo regresar al país en 1817 cuando San Martín lo designa Auditor de Guerra del ejército de los Andes con el grado de Teniente Coronel.

Fuentes consultadas:
> Una biografía de B. de Monteagudo escrita por Felipe Pigna, en el sitio www.elhistoriador.com.ar
> "Hombre de ideas: Bernardo de Monteagudo", de Roberto Koira, en www.todoargentina.net
> Wikipedia "La enciclopedia libre", en Internet