>

Bernardo de Monteagudo
Segunda reseña biográfica de la serie del Bicentenario, la de Bernardo de Monteagudo nos acerca a otro gran revolucionario, el morenista soslayado. Para rescatar del olvido, conocer y recordar siempre, la personalidad de este ferviente ideólogo que fue colaborador de Castelli, del Gral. San Martín e incluso del otro gran
Libertador de América, Bolívar.

Segunda (y última) Parte

Habíamos dejado esta biografía en enero de 1815, cuando Monteagudo edita el periódico “El Independiente”, por medio del cual apoya incondicionalmente la política del Director Supremo Carlos María de Alvear. Y que, al producirse la destitución de éste, Monteagudo es desterrado y viaja a Europa. Residió en Londres, París y en la casa de Juan Larrea en Burdeos. Pudo regresar al país en 1817, cuando San Martín lo designa Auditor de Guerra del ejército de los Andes con el grado de Teniente Coronel.

Después de la derrota de Cancha Rayada, de vuelta en Mendoza, Monteagudo desempeñó un papel clave en el juicio y ejecución de los hermanos Carrera. Juan José y Luis Carrera eran dos militares y patriotas chilenos, que participaron activamente en la primera fase de la Guerra de Independencia de Chile, etapa conocida como Patria Vieja. Secundando a su hermano José Miguel, y junto a su hermano menor Luis y otros oficiales republicanos, Juan José formó uno de los principales bandos dentro de los partidarios de la Independencia: el grupo carrerino. Pero tras la derrota patria conocida como Desastre de Rancagua (en Chile), se unieron a la masiva migración de patriotas fugitivos que cruzaron la Cordillera con rumbo a Mendoza. Una vez ahí fueron encarcelados, por orden de San Martín, quien después los desterró a la aislada ciudad de San Luis. Sin embargo, luego fueron liberados. Dado que los carrerinos estaban enemistados con el gobierno patrio de Chile, O’Higgins y nuestro General San Martín, instigados tal vez por Javiera Carreras (la hermana en Chile) planeaban la que se recuerda como la Conspiración de 1817, cuyos objetivos eran volver a Chile, apresar a O'Higgins y San Martín, forzándolos a abdicar y darles el poder. Pero fueron descubiertos y apresados por nuestros argentinos patriotas, y fueron acusados de subversión contra el gobierno de Chile, y entonces los documentos relevantes fueron enviados a Santiago para la atención de O'Higgins y San Martín, lo cual significó que el juicio se alargaba indefinidamente, porque los dos generales tenían otras preocupaciones más urgentes. Pero en Mendoza fueron adicionalmente acusados de querer escapar con la ayuda de prisioneros realistas, a quienes intentaron armar y organizar para derrocar las autoridades provinciales e invadir Chile (cargos que Luis Carrera reconoció implícitamente). A mayor desgracia, el descubrimiento de la tentativa coincidió con la noticia de la derrota patriota después de la Sorpresa de Cancha Rayada (1818). Se temía una invasión realista, ya sea desde Chile o desde el sur de Argentina. Como consecuencia de todo esto, los Carrera y sus acólitos apresados fueron encontrados -en lo que a lo mejor puede ser llamado un juicio sumario- culpables de los delitos de “lesa patria” y “actos contra la plaza” y condenados a muerte por el gobernador de Mendoza, Toribio de Luzuriaga. Así, fueron fusilados el 8 de abril de 1818, tres días después de la Batalla de Maipú, que selló el triunfo patriota en Chile.

Monteagudo redactó el Acta de la Independencia de Chile que firmó O’Higgins el 1º de enero de 1818.

En 1819, viviendo en San Luis, tuvo a su cargo el proceso de los prisioneros realistas comprometidos en la conspiración.

Ya del otro lado de la Cordillera de los Andes, a comienzos de 1820 fundó en Santiago de Chile el periódico “El Censor de la Revolución” y participó de los preparativos de la expedición libertadora al Perú. Colaboró estrechamente con San Martín quien, poco después de entrar en Lima, y puesto a gobernar el Perú, lo puso como su ministro de Guerra y Marina y, posteriormente, lo nombró ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Muchas de las medidas tomadas por San Martín, como la fundación de la Biblioteca de Lima y de la Sociedad Patriótica local, fueron impulsadas por Monteagudo. Propició la expropiación de las fortunas de los españoles enemigos de la revolución: “Ya no se encuentran esos grandes propietarios que, unidos al gobierno, absorbían todos los productos de nuestro suelo; subdivididas las fortunas, hoy vive con decencia una porción considerable de americanos que no hace mucho tenían que mendigar al amparo de los españoles” (...) “Necesitamos hacer ver con obras y no con palabras esos augustos derechos que tanto hemos proclamado”. Esto lo lleva a comprender que la independencia, o sea la ejecución del acto jurídico, no hace más que confirmar un derecho natural previo.

El 25 de julio de 1822, mientras San Martín se encaminaba hacia Guayaquil (actual Ecuador) para entrevistarse con Bolívar, se produjo un golpe contra Monteagudo en Lima. El alzamiento fue promovido por los sectores más conservadores, que encontraron eco en el Cabildo de la ciudad virreinal y consiguieron la destitución y la deportación del colaborador de San Martín. Monteagudo se radicó por algún tiempo en Quito, tras ser un testigo privilegiado de la decisión de San Martín de renunciar a sus cargos y delegar el mando de sus tropas en Bolívar.

En 1824 el libertador venezolano reconoció las virtudes de Monteagudo y sus conocimientos de los asuntos peruanos, le permitió retornar a Perú bajo su protección, y lo incorporó a su círculo íntimo como asesor.

Podemos comprobar cuánto valoraba al tucumano en una frase de una carta que Bolívar le envió a Santander: “Francamente, Monteagudo conmigo puede ser un hombre infinitamente útil”. También, en que muy pronto le confió una tarea de su máximo interés: la de preparar la reunión del Congreso anfictiónico (de federaciones) que debía reunirse en Panamá para concretar la ansiada unidad latinoamericana. Pero entre la gente más cercana a Bolívar había importantes enemigos de Monteagudo, como el secretario del Libertador, el republicano José Sánchez Carrió, que desconfiaba del tucumano porque lo creía un monárquico. Estaba ocupado y entusiasmado en la concreción de aquel sueño de la Confederación sudamericana, cuando recibió un anónimo que decía: “Zambo Monteagudo, de esta no te desquitas”. Sin darle la menor importancia a la amenaza, la noche del 28 de enero de 1825 iba con sus mejores ropas a visitar a su amante, Juanita Salguero, cuando fue sorprendido frente al convento de San Juan de Dios, de Lima, por Ramón Moreira y Candelario Espinosa, quien le hundió un puñal en el pecho. Un vecino del lugar, Mariano Billinghurst, acudió al lugar y trató de auxiliarlo ordenando su traslado al convento, donde fue atendido por un cirujano y un boticario que sin embargo no lograron salvar su vida.

Espinosa fue detenido y Bolívar lo interrogó personalmente para saber quién lo había contratado para matar a Monteagudo, pero el sicario mantuvo el secreto. Según distintas versiones nunca confirmadas, el instigador del crimen fue Sánchez Carrió quien poco tiempo después murió envenenado.

Como pondera el historiador Jorge Correa, Monteagudo fue principalmente americano, ya que su patria fue todo el continente. Al igual que San Martín y Bolívar, nunca lo contuvieron las fronteras nacionales, que además no estaban definidas por esa época.

Algunos historiadores sostienen que la muerte de Monteagudo influyó negativamente en la posibilidad de concreción de la confederación hispanoamericana, dado que contribuyó al fracaso del gran anhelo; éste era muy ambicioso pero sin duda hoy día sigue siendo un objetivo no solamente deseable sino además justo e imprescindible, a los efectos del mejor gobierno y vida de los pueblos latinoamericanos en el mundo globalizado y regionalizado actual.

Su mayor escollo fue vivir en una época contradictoria. Monteagudo no escapó de esta disyuntiva, todo lo contrario. Y según Correa: “Las ideas democráticas de los inicios de la revolución debieron afrontar una dura prueba ante la influencia del conservatismo europeo. Las contradicciones embargaron a los patriotas, y muchos ven un abismo entre el Monteagudo de 1812 y el de 1823”. Pero ese objetivo de independencia no sufrió mella, y sus dudas sólo aparecían sobre la forma de gobierno de las nuevas naciones. Fue como producto de estas contradicciones que su gestión como funcionario en el Perú generó mucha polémica, y así por la fuerza tuvo que abandonar ese país.

Castelli y Monteagudo, ambos fervientes morenistas, entendían que por derecho natural todos los hombres eran iguales y, como ciudadanos, debían participar con las mismas atribuciones en la conducción política de la sociedad. Por esto no es casual que entre ambos hayan redactado la proclama de Tiawanaku en aquel temprano 1809.Y esa línea de pensamiento del tucumano se extendía a otros actores sociales del momento, cuando afirmaba: “¿En qué clase se considera a los labradores? ¿Son acaso extranjeros o enemigos de la patria para que se les prive del derecho a sufragio? Jamás seremos libres, si nuestras instituciones no son justas”.

Queda claro que Bernardo de Monteagudo fue uno de los más importantes ideólogos de la independencia americana. Su palabra se convertía en la mejor herramienta para terminar con el yugo español en América. En este sentido, su camino lo transita mayormente en las letras y en el periodismo, aunque también se destacó como un hombre de acción revolucionaria, a la que nunca eludió. Según la historiadora Elena Altuna, “su actuación no fue secundaria, sino complementaria de la de los libertadores y la ejerció, fundamentalmente, en el terreno de las ideas. Los escritos de Monteagudo conservan el valor de la prédica”. Su discurso revolucionario nace a partir de la lectura histórica y la filosofía clásica, pero con una profunda observación de los hechos y del proceso emancipatorio.

Para terminar mejor esta nota consideramos propicio citar 2 frases más del mismo Monteagudo:

“La soberanía reside solo en el pueblo y la autoridad en las leyes: ella debe sostener que la voluntad general es la única fuente de donde emana la sanción de esta y el poder de los magistrados: debe demostrar que la majestad del pueblo es imprescriptible, inalienable y esencial por su naturaleza”. (...)

“Todos aman a su patria y muy pocos tienen patriotismo: el amor a la patria es un sentimiento natural, el patriotismo es una virtud: aquel procede de la inclinación al suelo donde nacemos y el patriotismo es un hábito producido por la combinación de muchas virtudes, que derivan de la justicia. Para amar a la patria basta ser hombre, para ser patriota es preciso ser ciudadano, es decir tener virtudes de tal”.

Fuentes consultadas:

> Una biografía de B. de Monteagudo escrita por Felipe Pigna, en el sitio www.elhistoriador.com.ar

> “Hombre de ideas: Bernardo de Monteagudo”, de Roberto Koira, en www.todoargentina.net

> Wikipedia “La enciclopedia libre”, en Internet.