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Bailar un tango

        por:  Liliana Abayieva - Profesora de baile de Tango

Si esos tres minutos son un diálogo en libertad, si en ese tiempo fugaz se consigue un código de entendimiento y de complicidad, andaremos sin pensamiento, como dice el poeta, y nos entregaremos al placer que nos causa sentir la música y aceptar lo que ella nos propone, y estaremos verdaderamente viviendo no sólo a través del cuerpo ese reto que es el tango, sino un cachito de vida intensa que a veces por miedo no jugamos.

Es especial la manera de “encuentro abrazo” que con un conocido o un desconocido nos incita a comenzar la danza... sería importante que ese tango naciera como algo nuevo, que la música que nos va a envolver sea nueva, como recién compuesta para los dos, y que fuéramos descubriendo nota a nota, acorde tras acorde, cómo en esos minutos el autor vuelca su talento para que, felices, gocemos con ella; que el baile no sea sólo con los pies (y qué bien lo hacemos), sino que entreguemos el alma, en un suspiro largo de tres minutos.

Claro, pensarán, ese sería un estado ideal que, por “rutina”, raras veces se consigue. Y sí, por eso decimos que bailar un tango no es algo que ocurre tan fácilmente, puesto que dar y recibir al mismo tiempo (la pareja) es un trabajo con cada uno que cuesta consentir y conseguir, porque el tango es una vibración continua desde que se inicia, crece y muere.