> Personalidad para recordar

Hamilton Naki

Sin ser cirujano, ni siquiera médico, fue uno de los principales miembros del equipo que realizó el primer transplante de corazón con resultado favorable. Pero no tuvo notoriedad porque fue en la Sudáfrica de 1967, en plena vigencia del racismo. Hamilton Naki era negro, y pasó a ser recordado entonces como “el cirujano clandestino”. Una historia que sucedió en el mismo país en que ahora, ya sin apartheid, se realiza el campeonato mundial de fútbol. Sin duda, una personalidad para conocer y recordar, con admiración y cariño.

Nacido hacia 1926 en una aldea del antiguo protectorado británico del Transkei (provincia de El Cabo), todo parecía condenar a Hamilton Naki -como al resto de sus compatriotas negros- a una existencia plena de miseria en el régimen del apartheid. Nunca terminó la escuela primaria, que había abandonado por necesidad a los 14 años.

Sin embargo, poco a poco sus capacidades le fueron posibilitando puestos de responsabilidad. Entró como jardinero a la Escuela de Medicina de Ciudad del Cabo, pero al tiempo pasó a limpiar jaulas en el Departamento Médico. Aprendía de prisa y era curioso. Hizo toda la clínica quirúrgica de la escuela, donde los médicos blancos practicaban las técnicas de transplantes en perros y cerdos. A la vez que limpiaba chiqueros, aprendía cirugía presenciando experiencias con animales. Dado que advirtieron su destreza, pronto lo pusieron a anestesiarlos, y un tiempo después, incluso se ocupó de transplantarles órganos a esos perros, conejos y pollos. Era notable la destreza y la gran experiencia que iba ganando. Se transformó en un cirujano excepcional, a tal punto que el prestigioso cirujano Christian Barnard lo requirió para su equipo.

A partir de la mera observación, Naki se convirtió en un experto cirujano de manos precisas y firmes, aunque sólo conocido para los que compartían quirófano con él. De cara a la ley, era el jardinero, puesto que por el racista sistema del Apartheid un negro no podía tener un trabajo como “cirujano”, ni podía tener repercusión pública su imagen.

Era un quiebre para las leyes sudafricanas. Por ser negro, no podía operar pacientes ni tocar sangre de blancos. Pero el hospital hizo una excepción para él. Lo aceptó como un cirujano... pero clandestino. Así quedó en la historia: como el “cirujano clandestino”.

Porque lo que sucedió fue que ese cirujano sin estudios y que participaba en secreto, fue importantísimo durante una de las más esperadas cirugías en el mundo: el primer transplante de corazón con resultado exitoso.

El 2 de diciembre de 1967, una joven llamada Denise Darvaald fue atropellada al cruzar una calle, siendo trasladada con urgencia al hospital de Ciudad del Cabo, donde se le diagnosticó muerte cerebral, aunque su corazón seguía latiendo.

En hospital, Louis Washkansky, de 52 años, agonizaba. El Doctor Barnard decidió intentar el trasplante.

En una histórica intervención de 48 horas, un equipo de cirujanos logró extraer el corazón de la joven e implantarlo en el cuerpo de  Louis. Fue Hamilton Naki quien retiró del cuerpo de la donante el corazón para ser transplantado. Es un trabajo delicadísimo. El corazón donado tiene que ser retirado y preservado con el máximo cuidado. Los asistentes recuerdan la delicadeza con la que Naki limpió el órgano de todo rastro de sangre antes de que Barnard volviese a hacerlo latir en el pecho del hombre.

Pero en la Sudáfrica del racismo, nadie supo entonces que buena parte de la operación la había realizado un hombre de raza negra. Hamilton Naki ni siquiera podía aparecer en las fotografías del equipo. “Si hubieran publicado mi fotografía habrían ido a la cárcel. Así eran las cosas en aquel entonces”, dijo el mismo Naki en un periódico el 26 de abril de 2003.

Por el contrario, el cirujano-jefe del grupo, el blanco Christian Barnard, se transformó instantáneamente en una celebridad.

Cuando Hamilton Naki, por descuido, apareció en una fotografía, el hospital informó que era un empleado del servicio de limpieza.

Cuando saltó la polémica sobre este hecho, varios ex dirigentes del país (y seguidores del apartheid) negaron la veracidad de este hecho, pero el propio Barnard, antes de su muerte dijo a un realizador interesado en hacer un documental sobre el tema: “Tenía mayor pericia técnica de la que yo tuve nunca. Es uno de los mayores investigadores de todos los tiempos en el campo de los trasplantes, y habría llegado muy lejos si los condicionantes sociales se lo hubieran permitido”.

Era el mejor. Daba clases a los estudiantes blancos, pero ganaba salario de técnico de laboratorio, el máximo que el hospital podía pagar a un negro.

Vivía en una barraca sin luz eléctrica ni agua corriente, en un gueto de la periferia.

Hamilton Naki enseñó cirugía durante 40 años, y luego se retiró con una pensión de jardinero, de 275 dólares por mes. Pero eso no le importaba. El siempre siguió estudiando y dando lo mejor de sí, pese a su discriminación.

En el 2002, el presidente Thabo Mbeki lo condecoró con la orden de Mapungubwe, uno de los principales honores que se podía recibir en Sudáfrica, por sus años de servicio público. “Ahora puedo alegrarme de que todo se sepa. Se ha encendido la luz y ya no hay oscuridad”, dijo entonces este héroe. Al año siguiente, le fue otorgado un título de medicina honorífico en reconocimiento por sus años de entrenamiento a jóvenes médicos que llegaron a ser cirujanos famosos.

Nunca reclamó por las injusticias que sufrió en su vida entera.

En lugar de resentirse y guardar rencor o buscar venganza, simplemente siguió luchando por hacer lo que más le gustaba, salvar vidas, aunque sean la de sus discriminadores.

Hamilton Naki murió el 29 de mayo de 2005. Sin dudas, la historia de los transplantes le debe mucho, lo mismo que los miles de transplantados desde aquella primera asombrosa ocasión en que el corazón de una persona volvió a latir pero para permitirle la vida a otro ser humano.