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Bernardino Rivadavia

Bernardino Rivadavia, quien pasados sus 45 años de edad llegaría a ser el primer presidente argentino, nació en Buenos Aires el 29 de mayo de 1780. En 1798 inició su estudio en el Colegio de San Carlos; cursó Gramática, Filosofía y Teología, pero no se graduó en ninguna de estas materias. Abandonó esos estudios en 1803. Su nombre completo era Bernardino de la Trinidad González Rivadavia y Rivadavia, y desde muy joven se dedicó a las actividades mercantiles.

En las Invasiones Inglesas en Buenos Aires actuó como teniente del Tercio de Voluntarios de Galicia, destacándose. En 1808 el virrey Santiago de Liniers lo nombró alférez real, pero este nombramiento fue rechazado por el Cabildo.

En agosto de 1809 se casó con Juana del Pino y Balbastro, hija del octavo virrey del Río de la Plata, Joaquín del Pino. El matrimonio Rivadavia se muda a la calle Defensa 453 donde nacieron sus cuatro hijos: Benito, Constancia, Bernardino y Martín; la niña murió a los cuatro años de edad.

Asistió al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 votando por la deposición del virrey (en ese momento era Cisneros). Respecto de la división entre saavedristas y morenistas no se inclinó claramente por ninguno de los dos grupos.

La Junta Grande lo tildó de “españolista” y lo deportó a Guardia del Salto. En 1811, después del golpe institucional que expulsó a los diputados del interior de las Provincias Unidas del Río de la Plata se instauró un triunvirato centralista dirigido desde Buenos Aires, creado el 22 de setiembre de 1811, con Juan José Paso, Feliciano Chiclana y Manuel de Sarratea, como integrantes. Rivadavia fue nombrado Secretario de Gobierno y Guerra. Tanta influencia ejerció sobre el Triunvirato que hubo quienes compararon al triunvirato con los tres mosqueteros (en alusión a los famosos personajes de Víctor Hugo), que eran tres pero con un cuarto integrante que era el más influyente de todos. Adquirió preponderancia en las decisiones que se tomaron durante la represión, con ajusticiamientos durante el desarrollo del Motín de las Trenzas, y el fusilamiento de Martín de Álzaga.

La disolución de la Junta Grande provocó un gran descontento en el interior, y el Triunvirato ya nacía ante los ojos de las provincias con un tufillo autoritario.

Pero al llegar San Martín y Carlos María de Alvear a Buenos Aires, en 1812, y la creación de la Logia Lautaro, además de la palabra y la acción de Bernardo de Monteagudo desde de la Sociedad Patriótica, todos ellos se constituyeron en opositores al poder de Rivadavia.

El Triunvirato, ante las dificultades en el campo de batalla, había dado órdenes al Ejército del Norte de abandonar la lucha, pero Belgrano, al frente del mismo, libra la batalla de Tucumán, logrando la victoria y la expulsión de las tropas realistas hacia el norte.  Inmediatamente estalló la revolución del 8 de octubre de 1812, dirigida por José de San Martín, Alvear, Manuel G. Pinto y Francisco Ortiz de Ocampo. Exigieron la renuncia del Triunvirato y su reemplazo por un Segundo Triunvirato, que tomó la decisión de arrestar a Rivadavia, obligándolo a alejarse de la capital por un tiempo. Entonces, tras el que puede ser considerado como el “primer golpe de estado” en Argentina, el segundo Triunvirato estuvo integrado por Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso y Antonio Álvarez Jonte, y era afín a las ideas de la Logia y la Sociedad Patriótica.

Fuera del gobierno, Rivadavia desapareció de la escena política. Pero no por demasiado tiempo: en 1814 Gervasio Posadas, por entonces Director Supremo, le hizo un encargo: fue enviado, junto a Manuel Belgrano, en misión diplomática a Europa con la idea de conseguir apoyos para la revolución, y por ende el reconocimiento del gobierno de la Provincias Unidas.  Ante la oleada restauradora de la monarquía en Europa, Belgrano y Rivadavia buscaban un candidato de sangre azul a quien ofrecer el gobierno de estos nuevos países. Tras varios intentos, ese “plan B” fue un fracaso. Belgrano regresó en 1816, pero Rivadavia permaneció en Londres Allí se entrevistó con el filósofo Jeremy Bentham, fundador del utilitarismo, y se dedicó a traducir sus obras al español. Luego se trasladó a Madrid, pero fue expulsado por orden del rey. Permaneció varios años más en Europa, dedicado a apoyar otros proyectos monárquicos, con varios candidatos españoles y uno francés (éste era el futuro rey francés Luis Felipe de Orleáns).

Todo ese tiempo en Europa fue muy importante para su formación, y consiguió importantes contactos que le serían muy útiles en los años siguientes. En Inglaterra había conocido al ensayista político Jeremy Bentham y a través de él conoció las obras de autores como Adam Smith, David Ricardo, Bacon. De modo que volvía a Buenos Aires como un propulsor de  las doctrinas económicas y políticas vigentes en la capital de la Revolución Industrial. Pero por estos lugares no había industrias, y nuestra burguesía era muy conservadora, sin el necesario ímpetu de cambio que requería el industrialismo. No iba a ser fácil convencerlos de arriesgar ganancias ganaderas, seguras, en aventuras industriales.

En 1820 vuelve al Sur, en un año muy convulsionado y problemático en todo aspecto en nuestras Provincias; luego de que cayeran las autoridades nacionales (Directorio y Congreso), Martín Rodríguez fue nombrado, en abril de 1821, gobernador titular de Buenos Aires con “facultades extraordinarias sin límite de duración”, “protector de todos los derechos y conservador de todas las garantías”. Éste designó a Bernardino Rivadavia como Ministro de Gobierno, un cargo equivalente al de un Primer Ministro de la actualidad. En su discurso de asunción, Rivadavia declaró su plan de gobierno: “La provincia de Buenos Aires debe plegarse sobre sí misma, mejorar su administración interior en todos los ramos; con su ejemplo llamar al orden los pueblos hermanos; y con los recursos que cuenta dentro de sus límites, darse aquella importancia con que deberá presentarse cuando llegue la oportunidad deseada de formar una nación”

Entre los recursos con los que contaba “dentro de sus límites”, estaba la Aduana, que era nacional, de la que se apropió, y cuyos ingresos representaban la mayoría de todos los ingresos públicos del país. También proclamó la libertad de comercio, colocando las tasas aduaneras a un nivel muy bajo. Esto aisló y ahogó a las economías provinciales.

La provincia pasó en esos años por lo que, más tarde, el gobernador Las Heras llamó la “feliz experiencia”: salía de diez años de desorden económico y político. Y entró de lleno en una etapa de aumento de la calidad de vida de sus clases acomodadas, inversión externa, grandes ganancias de la aduana, importación de artículos delicados, y descenso del costo de vida, por el descenso de los precios. Pero al mismo tiempo la depresión económica en el resto del país continuaba.

Rivadavia inició una modernización del sistema económico: fundó la Bolsa de Comercio (aunque sólo existió en los papeles), el Banco de Descuentos, dotado de un poder financiero inaudito: aunque la participación de la provincia pasaba del 60% del capital, sólo tenía un número mínimo de votos, porque estaba controlado por comerciantes ingleses y algunos socios locales; se dedicó a otorgar créditos a corto plazo, pensados para el comercio, no para fomentar la industria o la ganadería. Los beneficiarios fueron casi exclusivamente los socios del Banco, por lo que los comerciantes poderosos de la década anterior, abandonados financieramente, se pasaron rápidamente a la actividad ganadera, convirtiéndose en estancieros y en la clase política y socialmente dominante.

En noviembre de 1821 hizo sancionar una ley de amnistía para todos los opositores, de modo que pudieron regresar muchos exiliados, como Manuel Dorrego, Miguel E. Soler, Manuel de Sarratea, Carlos de Alvear y otros. También en ese año se derogaron antiguas prohibiciones a la introducción de determinados libros, empezando una nueva etapa sin censura ni trabas de ninguna índole.

Proclamó una reforma militar, con la que pasó a retiro a los oficiales que no tenían destino fijo. Pero en la lista fueron anotados todos los opositores. Esto hizo que muchos de los militares no obedientes se adhirieran con el tiempo a las rebeliones en su contra.

También tuvo la audacia de hacer una reforma eclesiástica, suprimiendo los fueros eclesiásticos (permitían a las órdenes monásticas tener sus propias cortes de justicia); confiscando propiedades de las órdenes religiosas y creó instituciones que competían en áreas de poder e influencia que había sido patrimonio de la Iglesia, pues fundó la Universidad de Buenos Aires, la Sociedad de Beneficencia y el Colegio de Ciencias Morales. Esta reforma también le trajo graves problemas, porque muchos católicos se unieron a las conspiraciones.

En agosto de 1822 fue denunciada una conspiración en su contra, dirigida por el ex ministro Gregorio García de Tagle, pero fue sofocada muy rápido. La segunda revolución, llamada revolución de los Apostólicos, fue una reacción clerical contra las reformas de Rivadavia, que estalló en marzo de 1823, a la que se unieron muchos oficiales descontentos. Fue rápidamente sofocada, y sus cabecillas ejecutados tras un rápido juicio secreto.

Durante el ministerio de Rivadavia, el gobierno de Buenos Aires toleró la disidencia, siempre que se mostrara moderada y que no viniera de sectores clericales.

Propuso y logró la aprobación de una Ley de Sufragio Universal, que nunca fue aplicada a fondo pero permitió a algunos opositores llegar a la Legislatura. Suprimió los cabildos, tanto el de la capital como los de Luján y San Nicolás de los Arroyos. Esa ley electoral tenía las limitaciones propias de la época: tenían derecho al voto todos los hombres libres nativos del país o avecindados en él mayores de 20 años, pero sólo podían ser elegidos para los cargos públicos los ciudadanos mayores de 25 siempre que poseyeran “alguna propiedad inmueble o industrial”. Manuel Dorrego tuvo una importante participación en los debates de la misma, y fue el gran impulsor de que los únicos votantes no fuesen los propietarios.

Refundó el viejo Colegio de San Carlos como Colegio de Ciencias Morales; el cambio más importante fue que otorgó becas a algunos jóvenes de las provincias. También creó un museo público, un gabinete de física, un registro oficial, cementerios públicos, etc. Y trajo algunos grandes científicos a trabajar y enseñar en el país. La mayoría de ellos se establecieron a enseñar e investigar en el país. También en su época se crearon laboratorios de química, el primer observatorio astronómico del país, el Museo de Ciencias Naturales, el Archivo General, el Departamento Topográfico y Estadístico.

En 1822, por acción oficial o privada, se habilitaron seis instituciones académicas: La Sociedad Literaria, La Sociedad de Ciencias Físicas y Matemáticas, La Sociedad de Jurisprudencia, La Academia de Medicina y dos academias de música y canto. Cinco librerías existentes en Buenos Aires en 1825 vendían toda clase de obras literarias y científicas editadas en Europa.

Construyó edificios públicos, ensanchó avenidas, ordenó construir ochavas, etc. Pero las modernizaciones que emprendió estaban pensadas para la ciudad, emprendiendo poco y nada en el interior de la provincia. Entre las pocas ideas que se le conocen a Rivadavia para el resto de las provincias, hay dos: el desarrollo de la minería para conseguir metales preciosos para hacer moneda, y un proyecto de canal navegable desde el sur de Mendoza hasta Buenos Aires, que algunos críticos señalaban como increíble, imposible de realizar, aduciendo que en Cuyo no hay agua suficiente para alimentar semejante canal, y que la poca que había la querrían usar los cuyanos para riego. Para colmo, dado que las minas estaban en La Rioja, allí gobernaba Facundo Quiroga, y el tema de la minería fue un tema que le deparó a Rivadavia un mayor enfado de parte del aguerrido caudillo riojano. Éste se había asociado con el capitalista porteño Braulio Costa y otros socios, como Anchorena y los Aguirre, y con capitales de la Baring Brothers formaron la Famatina Mining Company, nombre extranjero para la Sociedad del Banco de Rescate y Casa de la Moneda de La Rioja, reconocida por el gobierno de esta provincia. Rivadavia se asoció en Londres con el banco Hullet Brothers y fundó la Río de la Plata Mining Association, con lo que se ganó la terrible enemistad de Quiroga. Ninguno de ambos proyectos mineros tuvo curso real.

Su atención estuvo centrada en las clases altas y medias. Para proveer de mano de obra al comercio y la ganadería, obligó a los no propietarios que demostraran tener empleo, por medio de la papeleta de conchabo. Quien no la tenía era arrestado y enviado como soldado a la frontera. Esto unía la necesidad de soldados con el resto de los objetivos de Rivadavia, que estaban orientados a que la sociedad fuese tomando (lo más rápidamente posible) las características que tenían sociedades como las anglicanas y protestantes (por la actitud social respecto al trabajo, la moral y el progreso que se conoce como “ética protestante”). Los pobres eran secundarios para Rivadavia: siguiendo los dictados utilitaristas y conservadores de Bentham, eran los mismos pobres quienes debían dar los primeros pasos y esforzarse por salir de su situación, y sólo después podrían disfrutar de los beneficios del progreso.

Desde el inicio de su acción de gobierno, Buenos Aires se negó por completo a colaborar con los ejércitos que luchaban contra los realistas, tanto el de Martín Miguel de Güemes en Salta, como la campaña de San Martín en Perú. Dos enviados de Don José tuvieron que oír en la Legislatura que a Buenos Aires le convenía que no se fueran los realistas de Perú. El resultado es conocido: San Martín tuvo que dejar que Simón Bolívar terminara lo que él había comenzado, porque los colombianos sí ayudaban a su libertador. Renunció al gobierno del Perú y, de regreso en Buenos Aires, fue amenazado con encarcelarlo por su desobediencia de años atrás.

 

 

Mientras tanto, se perdían la Banda Oriental (hoy Uruguay) y el Alto Perú (hoy Bolivia). Cuando el cabildo de Montevideo le pidió ayuda, sólo atinó a enviar un emisario, Tomás de Iriarte, a solicitar al gobernador brasileño la devolución de la provincia usurpada.

En 1822 el litoral firmó el Tratado del Cuadrilátero por el cual los porteños se comprometieron a concederle al litoral la libre navegación de los ríos, y a la vez terminaba con las esperanzas del gobernador cordobés de reunir un congreso nacional constituyente en su provincia.

Dado que se planteaba como necesidades la construcción del puerto de Buenos Aires, el establecimiento de pueblos en la nueva frontera con los indios, y armar una red de agua corriente para la ciudad de Buenos Aires y la fundación de al menos tres ciudades sobre la costa entre Buenos Aires y el pueblo de Patagones, e incluso fundar un banco, pero no se disponía de dineros públicos para tales fines, la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires decretó el 19 de agosto de 1822 una ley facultando al gobierno a “negociar, dentro o fuera del país, un empréstito de tres o cuatro millones de pesos valor real”. Ya volveremos sobre el tema.

En 1824 terminó su mandato Martín Rodríguez. El general Gregorio Las Heras es el designado nuevo gobernador, y nuevamente pone a Rivadavia como ministro, pero éste rehúsa y decide viajar a Londres. Manuel José García ocupó su lugar como ministro.

Desde 1823 la Provincia había comenzado a propiciar reunir un nuevo Congreso cuyo objetivo era (principal pero no exclusivamente) lograr una Constitución para encaminar la organización del país. Además, dado el conflicto por la Banda Oriental, que estaba incorporada al Brasil con el nombre de Provincia Cisplatina, se necesitaba reunir apoyo para las tropas y recuperarla.

Aunque muy lento, el proyectado Congreso fue haciéndose una realidad: representantes de todas las provincias de la época -incluidos los de la Banda Oriental, Misiones y Tarija- iniciaron sesiones en Buenos Aires (diciembre de 1824), bajo las condiciones que imponía el anfitrión.

El Congreso llevaba unos pocos meses discutiendo dificultosamente la futura constitución, cuando en abril de 1825, mientras los debates del Congreso eran difíciles pero proseguían, desembarcó en la costa oriental del Río de la Plata la expedición libertadora de Juan Antonio Lavalleja y sus Treinta y Tres Orientales. En poco más de dos meses, obtuvieron dos importantes victorias, encerraron a los brasileños en Montevideo, y los presionaron aplicándoles sitio. También reunieron un congreso que declaró que la Banda Oriental se reincorporaba a la Argentina. El 25 de octubre de 1825 el Congreso Nacional aceptó la reincorporación de la Banda Oriental. Pero los sucesos no quedaban allí, pues el emperador declaró la guerra a la Argentina en diciembre.

En el nuevo cuadro de situación, la Guerra del Brasil obligó al congreso a formar un ejército urgentemente, y se pensó que también tenía que formar un Poder Ejecutivo Nacional para unificar el mando militar. De modo que, sin empezar siquiera a discutir una constitución que le diera marco legal al cargo, el 6 de febrero de 1826 se sancionó la ley de Presidencia, y estipulando que el Presidente duraría en sus funciones el tiempo que estableciese la Constitución, la misma que no se lograba acordar aún.

El Congreso rápidamente decidió quién sería el primer hombre con cargo de Presidente de estas tierras: fue Rivadavia. Asumió en febrero de 1826, y sus ministros fueron: Julián Segundo de Agüero, de Gobierno; Carlos M. de Alvear, de Guerra y Marina; Francisco Fernández de la Cruz de Relaciones Exteriores y Salvador María del Carril de Hacienda.

Era sabido que Rivadavia llegaba al gobierno impulsando un proyecto centralizador, es decir, unitario. La primera comunicación a los gobernadores del interior (casi todos caudillos federales, enfrentados a los unitarios) les hacía saber que les concedía a cada uno el mando político y militar que ya tenían como gobernadores, sólo que con carácter provisorio, hasta que decidiera reemplazarlos.

Inmediatamente luego de asumir, Rivadavia presentó al Congreso un proyecto de Ley de Capitalización de Buenos Aires: la ciudad y gran parte de la campaña circundante se proclamaba capital del Estado. Pocos días después, emitió un decreto ordenando la demarcación de la capital de la república y de la provincia de Buenos Aires.

El federalismo porteño, encabezado políticamente por Dorrego y Manuel Moreno, se opuso; es que los estancieros no estaban dispuestos a perder la ventaja que les daban las relaciones en Buenos Aires, y entendían que la pérdida de la aduana les haría más altos los impuestos internos. En esto también coincidían los bonaerenses con federalistas de otras provincias. De todos modos, la ley fue sancionada el 4 de marzo de 1826. Era sospechoso que, pese a que con la nacionalización de Buenos Aires y sus instituciones, (incluida la aduana)  la recaudación pasaba al gobierno nacional, quien supuestamente la usaría en beneficio de todo el país, no se contemplaba por ley la distribución entre las provincias. Además, la deuda pública de la provincia de Buenos Aires también se nacionalizó.

Por decreto de Rivadavia, el gobernador Las Heras cesó en su cargo. La Junta de Representantes fue disuelta, y se nacionalizaron el ejército de la provincia, las tierras públicas, la aduana y todas las propiedades provinciales. Eran muchos cambios, y muy abruptos, como para ser agradablemente aceptados por un país que en los hechos seguía siendo federalista.

El Banco de Descuentos de la provincia fue transformado en el Banco Nacional en 1826, y autorizado a abrir sucursales en las provincias. Sus funciones eran: recibir depósitos, tomar dinero a interés, otorgar préstamos, acuñar monedas y billetes convertibles, etc. No logró reunir el capital correspondiente (que debía ser de 10 millones de pesos de la época) y así el papel moneda que emitió careció de respaldo. Los gastos derivados de la guerra del Brasil llevaron al gobierno a solicitar reiteradas sumas que provocaron su ruina. En 1836, vencido el plazo de diez años establecido, fue disuelto, pero ya era otro gobierno y otra situación.

El empréstito Baring Brothers: Los gestores fueron importantes representantes de la burguesía: Braulio Costa, Félix Castro, Miguel Riglos, Juan Pablo Sáenz Valiente y los hermanos Parish Robertson (ingleses) y en su conjunto se llevaron 120.000 Libras del monto total del crédito en carácter de comisión. Descontadas las comisiones de los seis gestores, los gastos de emisión y varias cuotas adelantadas, llegaron a Buenos Aires sólo 570.000 Libras, la mayoría en letras de cambio sobre casas comerciales británicas en Buenos Aires propiedad de los gestores del empréstito. Pero la deuda se asumía por el total: 1 millón de Libras.

Poco después de concedido el empréstito, el 31 de marzo de 1824, llegó a Buenos Aires un nuevo Cónsul británico, Woodbine Parish. El funcionario venía con la misión de firmar un tratado de Libre Comercio y Amistad idéntico a los tratados que el Imperio Británico imponía a todas las ex colonias de hispanoamericanas que buscaban ser reconocidas como países independientes. Se firmó el 2 de febrero de 1825

En cuanto el préstamo llegó, la Legislatura cambió de idea: el dinero no era necesario. De modo que fue entregado al Banco para que lo entregara como créditos a sus clientes, a intereses mucho más bajos que los que pagaba la provincia por ese dinero.

Este empréstito a nuestro país no fue el único de su tipo en Latinoamérica: ya en 1822 Colombia había negociado un crédito por valor de 2 millones de libras esterlinas; también Chile, por 200.000 libras; Perú por 1.200.000 libras. Incluso México y Nicaragua se endeudaron. Entre 1822 y 1826 las colonias españolas se endeudaron con Londres por la suma de 20.978.000 libras, habiendo Inglaterra desembolsado una suma real de sólo 7.000.000 de libras.

Dado que como garantía del préstamo recibido Rivadavia hipotecó todas las tierras y demás bienes inmuebles de propiedad pública (prohibiendo su enajenación), aplicó a las tierras el régimen de enfiteusis, mediante el cual se arrendaban contra el pago de un canon.

La prohibición era de vender, donar o entregar de cualquier otra forma las tierras fiscales. El 18 de mayo, la Ley Nacional de Enfiteusis ratificó esa prohibición de enajenar las tierras de propiedad pública (que Rivadavia había fijado por decreto 2 días antes) y fijó el lapso de concesión en "cuando menos” 20 años desde el 1 de enero de 1827.

La ley sancionada el 18 de mayo de 1826 establecía:

Art. 1º Las tierras de propiedad publica, cuya enajenación por la ley del 15 de febrero es prohibida en todo el territorio del Estado, se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos, de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1º de enero de 1827.

Art. 2º En los primeros diez años, el que los reciba en esta forma pagará al tesoro publico la renta o canon correspondiente a un ocho por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un cuatro por ciento si son de pan llevar.

Art. 3º El valor de la tierra será graduado en términos equitativos por un jury de cinco propietarios de los más inmediatos, en cuanto pueda ser, al que ha de justipreciarse, o de tres en caso de no haberlos en ese número.

Art. 4º El gobierno reglará la forma en que ha de ser nombrado el jury del que habla el artículo anterior, y el juez que ha de presidirlo.

Art. 5º Si la evaluación hecha por el jury fuese reclamada, o por parte del enfiteuta, o por la del fisco, resolviera definitivamente un segundo jury, compuesto del mismo modo que el primero.

Art. 6º La renta o canon que por el artículo 2º se establece, empezará a correr desde el día en que al enfiteuta se mande dar posesión del terreno.

Art. 7º El canon correspondiente al primer año se satisfacerá por mitad en los dos años siguientes.

Art. 8º Los periodos en que ha de entregarse el canon establecido, serán acordados por el Gobierno.

Art. 9º Al vencimiento de los diez años que se fijan en el artículo 2º, la Legislatura Nacional reglará el canon que ha de satisfacer el enfiteuta en los años siguientes sobre el nuevo valor que se graduará entonces a las tierras en la forma que la legislatura acuerde.-

El espíritu de la ley era lograr una distribución más justa y equitativa de la tierra, hasta aquel momento acaparada por los grandes propietarios, que disponían de los medios para adquirirlas. Además, se proponía favorecer la inmigración, otorgándoles tierras a los extranjeros (a cambio del canon), para que pudieran dedicarse a producir, en vez de a adquirir un pedazo de tierra. Esto asemejaba el sistema de tierras al de la Corona Británica, que posee todas las tierras y las otorga a los ciudadanos para su uso, pero no con título de propiedad.

Pero de hecho la ley sólo se aplicó en territorio porteño y en Corrientes (esta provincia la reconoció recién en 1830). Además, en los hechos el espíritu de esta ley fue contrariado, porque los grandes propietarios aprovecharon el sistema de enfiteusis para acaparar enormes extensiones de tierra con el desembolso mínimo que les permitía la ley.

 

La Constitución, sancionada “a las apuradas” en 1826 proclamaba el sistema representativo, republicano, consolidado en unidad de régimen. El gobierno nacional se organizaba en base al principio de división de poderes. Los gobiernos provinciales estarían a cargo de gobernadores, elegidos por el presidente con acuerdo del Senado, en base a los propuestos en terna por los Consejos de Administración, organismos que serían elegidos por el pueblo de cada provincia.

Pero la Constitución fue rechazada por todas las provincias: las misiones enviadas por el Congreso ante los gobiernos de provincia para lograr la plena adhesión, fracasaron.

La Guerra con Brasil, aunque era muy desgastante, estaba empezando a dar buenos resultados para nuestras tropas, como las victorias de Ombú, Bacacay y de Ituzaingó (ésta, el 20 de febrero de 1827). Pese a esto, la falta de recursos impedía definir la contienda, tanto por tierra como por mar. Y Gran Bretaña presionaba para acordar una paz que garantizase la reanudación del comercio exterior.

Entonces Rivadavia envió al ministro Manuel José García a gestionar la paz. García firmó un tratado que luego sería conocido como el tratado deshonroso, pues reconocía la soberanía del Imperio sobre la Banda Oriental y se comprometía a pagarle a Brasil una indemnización en metálico y accedía a desarmar la isla Martín García.

El presidente Rivadavia rechazó el convenio; pero igualmente sufrió el costo político, porque el pacto era tan injusto para Argentina que agotó la poca paciencia que quedaba en el país. Fue la gota que rebalsó el vaso: una de las razones por las cuales Rivadavia renunció el 27 de junio de 1827, ante el congreso. Entregó el mando a Vicente López y Planes, elegido por el Congreso Presidente provisorio por una ley de emergencia. El congreso se disolvió y nadie volvió a acordarse de la constitución. La Prov. de Buenos Aires recuperó su autonomía, eligiendo gobernador a Dorrego.

El conflicto con Brasil continuó hasta que, durante el nuevo gobierno y con la presión de Inglaterra, se llegó a una Convención Preliminar de Paz, donde se disponía la independencia de la República Oriental del Uruguay y el cese de las hostilidades.

El tratado impuesto por Inglaterra como requisito previo para el reconocimiento de nuestra independencia, “sellará el destino del país como nación dependiente de una nueva metrópoli que le asignó un papel inamovible en la división del trabajo que imponía al mundo: el de simple productor de materias primas y comprador de manufacturas”. (certera expresión del historiador Felipe Pigna).

La renuncia de Rivadavia provocó el exilio de la mayor parte de los protagonistas comprometidos con el régimen caído, lo que empobreció el quehacer intelectual de tendencia europeizante en el país.

En 1829 Rivadavia partió hacia Francia, quedando en Buenos Aires su familia. Vuelve a su oficio de traductor, residiendo en París. En esta nueva etapa, traduce por ejemplo los libros “La Democracia en América” de Tocqueville; “Los viajes” y “El arte de criar gusanos de seda” de Dándolo Volvió a la Argentina en 1834, pero el gobernador de Buenos Aires, Juan José Viamonte, le impidió el desembarco, entonces se estableció primero en Uruguay, pero ya llevándose a su familia, excepto sus hijos mayores, Benito y Bernardino, que se suman a la causa federal y están luchando para que Juan Manuel de Rosas asuma definitivamente el poder. Rivadavia y su familia exiliada pasan por Colonia (ROU) y un tiempo después a Brasil, donde su esposa Juanita muere como consecuencia de un accidente doméstico, en diciembre de 1841. Martín Rivadavia vuelve a Buenos Aires para unirse a sus hermanos mayores; Bernardino se embarca hacia España, llegando a finales de 1842.; allá se instala en una casa modesta de Cádiz, con dos sobrinas.

Bernardino Rivadavia murió en la ciudad de Cádiz el 2 de septiembre de 1845.

El empréstito contraido con la Baring se terminó de pagar recién en el año 1904; hasta ese último momento, la Argentina desembolsó, a cambio de esas 570 mil libras que se comprobó llegaron efectivamente al país, la suma de 23.734.766 pesos fuertes. Un negocio gigante, pero para los extranjeros.

En su testamento había pedido que sus restos no fueran enterrados en Buenos Aires “y menos en Montevideo”, pese a lo cual en 1857 fueron repatriados, rindiéndole el gobierno honores de Capitán General ante una muchedumbre que se estimó en 60.000 personas. En ese año se dispuso darle su nombre a la avenida más larga de Buenos Aires. Sus restos descansan en un mausoleo en la Plaza Miserere de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sobre dicha avenida, desde 1932. Ya habían pasado 87 años de la muerte del primer Presidente, y 106 años del momento en que éste por ley hizo Capital a nuestra ciudad.

Nota:  el texto en azul y con letra Tahoma corresponde a la segunda parte, que complementa a lo aparecido en la Revista AquíDEVOTO
de agosto 2010, pero sin haber sido publicada en papel.