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Justo Bautista Alberdi

Este año, además del Bicentenario del primer grito de Libertad de nuestra patria, se cumplen igualmente 200 años de otro nacimiento: el de Juan Bautista Alberdi, un tucumano que toda su vida tuvo una especial relación de amor y odio con los caudillos federales (y en especial, con Rosas), y así durante su vida tuvo discusiones de distinto tenor tanto con unitarios como con federales, entre ellos Sarmiento y Mitre. Iniciamos una completa monografía biográfica sobre esta hombre que quedó siempre relacionado como el gran inspirador de la Constitución Nacional (la vigente desde 1853), y que, paradójicamente, vivió la mayor parte de su vida en el exilio.

Juan Bautista Alberdi nació el 29 de agosto de 1810, en Tucumán. Su madre, Josefa Rosa Aráoz, murió en el parto, y el bebé quedó al cuidado de su padre, Salvador Alberdi. Éste era un comerciante vasco, con ideas liberales, que se había afincado en Tucumán veinte años antes. La progenitora era criolla, y pertenecía a una de las principales familias tucumanas.

Al producirse la Revolución de Mayo, previa al nacimiento de su hijo, Salvador se sumó a la causa de los patriotas, motivo por el cual en 1816, cuando el Congreso declaró la Independencia (precisamente en su provincia), una de las primeras cartas de ciudadanía que otorgó fue la de Salvador Alberdi.

En sus dos estadías en esa zona, el General Manuel Belgrano se hospedó en casa de los Alberdi, muy cerca del cabildo local. Solía mimar al pequeño Juan Bautista.

En 1816, mientras comenzaba a sesionar el Congreso de Tucumán, el niño ingresaba a la escuela primaria que había fundado el mismo Belgrano.

No haber podido conocer a su madre no fue la única desgracia del niño: teniendo sólo 11 años, sufrió la muerte de su padre. Sus hermanos mayores, Felipe y Tránsita, se hacen cargo de él. Al año siguiente, en 1823, otra desgracia en su familia: Bernabé Aráoz, tío de Juan Bautista, es ejecutado por el nuevo Gobernador, Javier López, que sin embargo también estaba emparentado con la familia Alberdi. No era un acto violento aislado, sino parte de un contexto tremendo, un difícil momento de nuestra historia, porque tras la batalla de Cepeda, en 1820, ya no había Gobierno Nacional y en casi todas las provincias había luchas internas por el poder, además de conflictos entre las mismas. Se estaba en uno de los peores momentos de luchas de lo que se recuerda como la época de los Caudillos provinciales.

Pese al asesinato del tío, los hermanos tutores gestionan ante el Gobernador una beca para que continúe sus estudios en Buenos Aires, cosa que consiguen. Sería uno de los seis tucumanos becados, aprovechando que Rivadavia, el Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires (durante la Gobernación de Martín Rodríguez), como parte de su actos apuntando a recomponer las relaciones entre la mayor y el resto de las provincias, había empezado a otorgar 6 becas por cada jurisdicción, para formar a jóvenes provincianos en las mismas ideas de la “élite ilustrada” porteña. Las becas eran para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales, que dependía de la Universidad de Buenos Aires, y brindaba estudios preparatorios para la misma. Funcionaba en la conocida como “Manzana de las Luces”, entre las actuales calles Alsina, Moreno, Bolívar y Perú, y que es usualmente mencionada con ese nombre (ya desde 1821) porque reunía a la Universidad, la Biblioteca Pública y la Sala de Representantes (equivalente al actual Congreso, provincial o nacional). A lo largo de su historia (incluso muy anterior a 1810), dicha manzana albergó numerosas, diversas e importantes instituciones.

El Colegio de Ciencias Morales fue el predecesor del actual, y también histórico, “Colegio Nacional de Buenos Aires”, y sólo cursaban varones. Allí ingresó Alberdi, con 14 años, tras el largo viaje desde Tucumán (del cual en realidad disfrutó muchísimo), en agosto de 1824. Al principio, le interesan nada más que las clases de música. Para colmo, dado que nunca antes había estado pupilo, no se adapta a la estricta disciplina (tan atroz que incluía encierros en un cuarto con pulgas, o en una letrina infecta, o en un sótano helado, y solían aplicar diversos castigos físicos). Esto empieza a afectar su salud, y apenas tres meses después de ingresar, pide a su hermano que lo saque del Colegio. Felipe le hace caso, y le consigue trabajo en la tienda comercial de Juan B. Maldes, amigo de la familia. Esa casa comercial estaba justo enfrente del Colegio, sobre la actual calle Bolívar, por lo cual Alberdi siguió viendo diariamente a sus ex compañeros, y gracias a eso se hizo rápidamente un aficionado de la lectura. También estudiaba música, componía y empezaba a dar conciertos de guitarra, flauta y piano para sus amigos. Su jefe, al verlo consustanciado con los libros, trata de convencer al joven de que retome sus estudios formales.

Precisamente en aquel año fue que empezó a sesionar un nuevo Congreso Nacional con el objetivo principal de consensuar una nueva Constitución. Sesiona durante tres difíciles años, durante los cuales se debió hacer frente a la Guerra contra el Imperio del Brasil, tras la cual el país finalmente perdió una provincia, la que al hacerse autónoma pasó a llamarse Uruguay. El Congreso, apurado por esa guerra, erigió como Presidente al unitario Bernardino Rivadavia, lo cual era la institucionalización de lo que ya existía de hecho. Tras tanto tiempo de discusiones, se logró una Constitución, de orientación unitaria, centralista, pero no fue aceptada por las provincias, por lo cual nunca llegó a tener vigencia.

En ese Congreso Nacional que sesionó en nuestra ciudad, estaba Alejandro Heredia, quien era diputado por Tucumán. Fue él quien hizo las gestiones para que le restablecieran la beca al joven Alberdi.

En sus Memorias se quejó de que en el colegio dio “cinco exámenes de latín en que he sido sucesivamente aprobado, y apenas entiendo ese idioma muerto”; a la vez se quejaba de que eran “nulos en ciencias físicas y naturales. La razón es clara, sólo se nos enseña ciencias morales”. Pese a que los métodos de enseñanza le resultaban poco atractivos, ahora empezaba a disfrutar de varias amistades, como las de Vicente Fidel López, Antonio Wilde, Andrés Somellera y Miguel Cané. Con éste, quien fue padre del homónimo autor de Juvenilia, forja una profunda amistad. En plena clase se dedican a leer las obras de Juan Jacobo Rousseau, sobre todo sus novelas, precursoras del romanticismo, y no tanto las obras que décadas atrás habían inspirado la Revolución Francesa. Alberdi y Cané fueron compañeros inseparables “en la Universidad y en el mundo”.

Sigamos leyendo su “Autobiografía”: “El fervor con que tomé los estudios vuelto al colegio, y el método de vida de ese establecimiento, poco compatible con mi complexión endeble, extenuaron mi salud poco a poco”... de modo que tuvo que salir a curarse en casa de una tía, donde en un principio empeoró, hasta que un tal Doctor Owgand le devolvió la salud pero con unas indicaciones llamativas para la época, aunque hoy se comprenden muy bien: le prohibió todos los medicamentos y lo incitó a que pasee mucho al aire libre y vaya a bailes. “Este método, seguido fielmente, sentó tan bien a mi salud que, de régimen medicinal, se convirtió casi en un vicio mi afición a la vida de salones y fiestas. Ese fue el origen de mi vida frívola en Buenos Aires, que me hizo pasar por estudiante desaplicado”. Además, como él ya tocaba muy bien valses y minués, y no abundaban los buenos músicos, se le abren todas las puertas. Su presencia es casi infaltable en las tertulias y veladas en casa de María Sánchez de Thompson, la célebre Mariquita Sánchez, una de las personalidades más importantes de la sociedad porteña; en una de sus reuniones había sido presentado el Himno Nacional, en 1813, en su versión original extensa y bajo el nombre “Marcha Patriótica”.

En 1830, el nuevo Gobernador Juan Manuel de Rosas decidió cerrar el Colegio, aduciendo razones económicas. Alberdi, ya con 20 años, seguía alojado allí, y su amigo Cané lo ayudó al ofrecerle vivir en casa de sus abuelos.

En 1831 ingresó a la Universidad de Buenos Aires en la carrera de Leyes, pero no abandonó sus gustos musicales ni la vida social. Ya empezaba a publicar algunas composiciones musicales. Al año siguiente publica su primer libro: “El espíritu de la música a la capacidad de todo el mundo”. También, el “Ensayo para aprender a tocar el piano con mayor facilidad”.

La Universidad lo aleja de la música para introducirlo en los estudios de Lerminier, Savigny, Bentham y Jouffroy. Deja las tertulias para participar en reuniones estudiantiles donde se discutía sobre filosofía política, historia y el futuro de los pueblos americanos. Es asiduo visitante de la librería del intelectual y escritor Marcos Sastre.

Pero no había alcanzado aún su título de abogado, por lo cual en 1834 decide viajar a Córdoba. Tenía una carta de recomendación del gobernador tucumano dirigida al caudillo cordobés, Antonio Reynafé, y esto facilitó que le reconocieran los estudios cursados en Buenos Aires. Aprobó el examen del tercer año y recibió el grado de Bachiller en Leyes.

Viaja a su provincia natal, de la que había estado ausente los últimos diez años. Ahora estaba gobernada por su protector, Alejandro Heredia, quien era un hombre culto (también se había recibido en Leyes, en la Universidad de Córdoba), y se había formado militarmente a las órdenes del General Belgrano.

Pese a que no tenía cursada la “Academia de Jurisprudencia” que completaba los estudios que se exigían, Heredia lo autorizó por decreto a ejercer como abogado en la provincia. Era amigo de la familia Alberdi, en especial de Felipe. El nuevo Gobernador quería que el joven abogado fuese elegido representante y se incorporase a la Legislatura provincial. Sin embargo, éste decide no quedarse en Tucumán. Estaba muy habituado a la vida porteña y su ambiente intelectual. Ante esta decisión contraria a su idea de corto plazo para el joven, Heredia le propone que viaje a los Estados Unidos para completar su carrera. Pensaba que su protegido desperdiciaba su talento en la “vida frívola” de Buenos Aires. Entonces lo convenció de que hiciera ese largo viaje de estudios.

Alberdi viaja nuevamente a Buenos Aires, con una carta de Heredia dirigida al caudillo riojano Facundo Quiroga, en la que le pedía que financiase el viaje de Alberdi a Norteamérica. El joven se reunió más de una vez con el llamado “Tigre de los Llanos”, a quien encontró un hombre atento y, a su manera, educado, en oposición a su apodo y fama. El caudillo federal le dio los fondos suficientes para vivir un año en Estados Unidos, pese a lo cual el joven cambia de idea y decide quedarse en nuestra ciudad.

Poco después de eso, Quiroga fue asesinado en la emboscada de Barranca Yaco (Córdoba), crimen por el cual fueron acusados como instigadores los hermanos Reinafé, y ejecutados por orden de Rosas, de quien aun hoy día se sospecha fue el verdadero autor intelectual de la muerte del riojano, teniendo en cuenta las razones que podrían haberlo movido a ello: Quiroga amenazaba el liderazgo que pretendía Rosas entre los federales, y estaba tratando de apurar la organización política del país mediante una nueva Constitución, a lo que el “Restaurador de las Leyes” se negaba una y otra vez argumentando que “el país no está preparado ni en edad de constituirse”, que primero era necesario arraigar “costumbres de orden” en los pueblos.

En poco tiempo ya habían muerto dos de los caudillos federales que habían favorecido a Alberdi (Quiroga y Reinafé), pero no pasaría mucho tiempo hasta que muriese un tercero: en 1938 Alejandro Heredia fue asesinado en Tucumán. Las tres muertes, en un lapso de apenas 3 años. Es que aún cuando el surgimiento de la figura de Rosas había encauzado mejor las relaciones entre caudillos, la violencia política seguía siendo algo de todos los días. Muerto el principal caudillo del interior, Juan Manuel de Rosas era ya el jefe absoluto e indiscutido de los federales y hacía todo lo necesario para mantener y expandir ese liderazgo.

Los opositores a Rosas empezaban a emigrar, constituyendo el primer grupo de exiliados del régimen. Juan B. Alberdi estaba muy atento a esa notable consolidación de la Federación rosista, y debía “estudiar el derecho bajo el poder ilimitado” del caudillo porteño, bajo la intolerancia de su gobierno absoluto.

Por esos tiempos comienza la estrecha amistad de Alberdi con Juan María Gutiérrez y con Esteban Echeverría. Éste había vivido unos años en Francia y, al regresar en 1830, dio entusiastamente a conocer las novedades literarias del romanticismo europeo, como Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Lord Byron. Además introdujo en el área rioplatense las ideas que entonces se llamaban “socialismo” o “ciencia social”; los socialistas buscaban que la sociedad se transformase en base a la educación y la promoción del progreso técnico. Estaban inspirados en las ideas liberales de Claude de Rouvroy, más conocido como “Conde de Saint-Simon”, por lo cual son recordados como “los sansimonianos”.

Echeverría se convirtió rápidamente en una de las figuras más destacadas de la juventud ilustrada de Buenos Aires. Él, y también Juan M. Gutiérrez, ejercieron sobre Alberdi “un profesorado indirecto” (según escribió el tucumano en sus Memorias).

En noviembre de 1837, Alberdi, junto a un grupo conformado por Gutiérrez, Carlos Tejedor, Vicente F. López, Demetrio y Jacinto Peña y Rafael Corvalán, se arriesgan a publicar una revista, con un nombre intencionadamente frívolo: “La Moda”. El tucumano es Jefe de Redacción, y suele escribir bastante, pero bajo el seudónimo “Figarillo”. La revista es un gacetín con muchos artículos sobre moda y literatura, mucha información sobre las últimas novelas francesas y poesía europea. El contenido tanto como el tono de la publicación eran livianos, intentando no molestar al régimen. Incluso, cada edición lleva impresa la acostumbrada consigna: “Viva la Santa Federación”. Y pese a que es casi exclusivamente cultural, se define como “dedicado al bello mundo federal”, y le prodigan a Rosas epítetos laudatorios, tratando de congraciarse con él, que era una condición sine qua non para la subsistencia. Sin embargo éste no les cree, o no juzga durable ese trato; además, sólo confía es sus propios medios oficiales. Entonces, la revista dura apenas unos pocos meses. Aunque no estaba restringida la importación de libros, sí estaba reglamentada la libertad de prensa. Para publicar en la provincia se necesitaba un permiso previo, y quienes no cumplían con esa obligación sufrían penas de multa y prisión. “La Moda” había sido autorizada, y aún así dejó de imprimirse en abril de 1838, por orden del dictador. En total, 23 apariciones. El ambiente es cada vez menos propicio para gacetines y salones.

La librería de Sastre era muy popular entre los estudiantes. Traía periódicos europeos, y un amplio catálogo de novedades literarias. Todos los concurrentes se conocían de las aulas universitarias o de los grupos de estudio que se reunían en casa de Cané, y eran lectores ávidos de los pensadores europeos. Entonces el dueño de la librería decide fundar el “Salón Literario”, respondiendo a las inquietudes del grupo de jóvenes conocido posteriormente como la “Generación del 37”, a la que pertenecen Echeverría, José Mármol, Juan María Gutiérrez y el mismo Alberdi. Estos dos últimos, junto a Sastre, fueron los oradores en el acto inaugural, el 23 de agosto de 1835, proclamando los fines públicos de la entidad. En las reuniones semanales leían trabajos literarios originales, o traducciones. Allí Echeverría presentó su libro “La cautiva”, que es el primer poema romántico rioplatense. Entre sus actividades, el Salón inició un fondo para costear la impresión de nuevas obras.

Los objetivos ya no eran exclusivamente literarios: pretendían abrir un debate sobre la tradición cultural hispana, sus costumbres y su legislación, aún vigentes en el país. Hablaban de independencia cultural, de romper con la rutina colonial en las costumbres y modas. Además, la intención era completar y desarrollar la obra de la Revolución de Mayo, a la que consideraban inconclusa.

Al principio, el gobierno rosista los toleró, pero enseguida empezó a sospechar de ellos, y las reuniones ya no las podían continuar abiertamente. La Sociedad Popular Restauradora, conocida popularmente como la Mazorca, ejecutaba las amenazas y persecuciones contra los opositores. Rosas solía excusarse de las actividades de esa asociación, atribuyéndoles a los “mazorqueros” un accionar espontáneo, pese a que sus nombres figuraban en la nómina de pagos del gobierno provincial.

Frente a los mayores riesgos, en 1938 Marcos Sastre decidió finalmente cerrar su librería, liquidando en remate importantes libros, e incluso la imprenta que poseía, dado que se disponía a sumarse a la emigración en Montevideo.

Pese a esto, se conformará otra agrupación de jóvenes, y aún más directamente política. Siguiendo el modelo de las asociaciones románticas y revolucionarias de Europa, en mayo de 1837, Echeverría propone la idea de una Asociación constituida por jóvenes que habían crecido sin mezclarse en las guerras fratricidas de los federales contra los unitarios, “sin participar de esos odios”, y que eran “una generación nueva que, por su edad, su educación, su posición, debía aspirar y aspiraba a ocuparse de la cosa pública”. Pero Echeverría no conoce cabalmente la juventud porteña, porque no había estudiado en las escuelas de Buenos Aires, y entonces Alberdi y Gutiérrez se comprometieron a ayudarlo en el proyecto, invitando a “lo más notable y mejor dispuesto” de la juventud porteña Así, la noche del 23 de junio se reunieron alrededor de 35 jóvenes, “manifestando en sus rostros curiosidad inquieta y regocijo entrañable” (estas citas van siempre según la “Ojeada retrospectiva” de Echeverría). El autor de “La cautiva” bosquejó la situación moral de la juventud argentina, y manifestó la necesidad de “asociarse para reconocer y ser fuerte, fraternizando en pensamiento y acción”. Luego leyó las “palabras simbólicas” y quedó constituida la organización secreta, con el nombre de “Asociación de la Joven Argentina”; Echeverría quedó, por voto unánime, como presidente de la misma.

Estaban decididos a pasar del movimiento intelectual a la acción política, incluso conspirativa. Manifestaban la necesidad de un partido nuevo, unificador y sintetizador de las facciones unitaria y federal. Echeverría resumía esta idea proponiendo “unitarizar a los federales y federalizar a los unitarios”. Postularon la unidad de creencia, y sancionaron su propio “Dogma”, declaración de principios que provenía de aquellas “Palabras simbólicas” pero depuradas por Alberdi, Gutiérrez y Echeverría a lo largo de varias sesiones. La redacción final del “Dogma” quedó a cargo de éste, aunque uno de los capítulos, referido a los antecedentes del federalismo en el país, fue escrito por Alberdi, quien 15 años después, sobre esas mismas ideas, desarrollará una parte importante de sus “Bases”.

El Dogma de la Asociación quedó “sancionado por unanimidad, y se resolvió mandarlo imprimir en Montevideo para desparramarlo después por toda la República”.

Por entonces, Alberdi alquilaba una habitación, junto a Gutiérrez, en la casa de Mariquita Sánchez. Allí, en el mismo piano en el que se interpretó por primera vez el himno, Alberdi componía sus Minués Argentinos.

Casi al mismo tiempo, también en 1837, Alberdi publica su primer obra doctrinaria: el “Fragmento preliminar al estudio del Derecho”. Aplicando las ideas políticas del romanticismo, consideraba que los gobiernos son un resultado normal y fatal de la situación espiritual de un pueblo, entonces el poder de Rosas era “representativo”, pues reflejaba el carácter argentino. Aunque era un texto sobre Derecho, también hacía un diagnóstico de la situación nacional y sus posibles soluciones.

El libro atrajo severas críticas de los unitarios exiliados en Montevideo porque, si bien atacaba duramente al despotismo, no hacía ninguna referencia a Rosas como un déspota nefasto, sino que explicaba su existencia y, hasta cierto punto, lo justificaba. Al mismo tiempo, éste había recibido informes sobre el libro, considerándolo “peligroso” por su carácter político. También estaba informado sobre las reuniones secretas, que los mazorqueros habían empezado a vigilar de cerca. Alberdi se enteró de la mala recepción oficial de su texto por medio de un antiguo compañero del Colegio, que redactaba La Gaceta Mercantil (uno de los órganos oficiales del régimen). Entonces le escribió al Gobernador, solicitándole una audiencia. Al no conseguirla y darse cuenta de lo peligroso que se estaba tornando todo, muy pronto Alberdi decidirá sumarse él también a los emigrados en Montevideo. Su gran amigo Miguel Cané ya estaba instalado allí desde 1835, le ofrecía colaborar en “El Nacional”, periódico fundado por él y por el intelectual y diplomático uruguayo Andrés Lamas.

Alberdi abandona Buenos Aires en noviembre de 1838, llevando muchos papeles y correspondencia, entre los cuales estaban los manuscritos del Dogma de la Asociación de la Joven Argentina. Mientras la embarcación se aleja de la costa, el inquieto intelectual quita del ojal de su levita negra la divisa punzó que era obligatorio exhibir en esos tiempos rosistas, y la arroja al agua diciendo palabras irónicas que hacen reír a los presentes.

Este sería el comienzo de lo que finalmente fue un larguísimo exilio, que tampoco sería el único exilio en la vida de Alberdi. Pero él no conoce el futuro, y quizás por eso, está de buen humor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota:  el texto en azul y con letra Tahoma corresponde a la segunda parte, que complementa a lo aparecido en la Revista AquíDEVOTO
de setiembre 2010, pero sin haber sido publicada en papel.