> GRANDES DE NUESTRO TANGO

Juan D’Arienzo

Gracias a que, con la ayuda del pianista Biagi, hizo más ligera su música y le dio un estilo irresistiblemente bailable, en 1936 el país lo conoció por radio y el tango renació desde la música y el baile popular, justo en los años tras el duelo por la muerte de Gardel. Hoy  sus grabaciones siguen estando entre las preferidas por bailarines argentinos y de todo el mundo. La apasionante vida y obra de un imprescindible con una personalidad acorde a
su apodo: “El Rey del Compás”.

(Primera Parte)

Juan D’Arienzo nació en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1900, es decir que nació en nuestra ciudad, y mientras se inauguraba el siglo veinte. Nació en la casa de su familia, que estaba en lo que hoy es Hipólito Yrigoyen y Virrey Ceballos. La calle Yrigoyen por entonces se llamaba Victoria, y ese es el nombre que tuvo siempre para D’Arienzo.

Su padre se llamaba Alberto D’Arienzo, y trabajaba como apoderado de importantes empresas del agro, y su madre, Amalia Améndola, ejercía como ama de casa. Como tantas familias italianas de la época, estaba familiarizada con la música. De hecho, todos se dedicaron a la música, empezando por Juan, que era el primogénito. Ernani fue pianista y baterista, y Josefina, cantante lírica y pianista. Juan se inclinó por el violín.

En 1906 comienza sus estudios primarios, en la escuela pública de las calles México y Pichincha. En 1908 se inscribió en el Conservatorio Mascagni, pero después también aprendió en otros sitios, como el famoso Conservatorio Thibaud-Piazzini, donde fue alumno del Maestro Fassano.

Mientras aún estudiaba en la escuela primaria, en 1911, ya tuvo su debut profesional. Fue en el teatrito Grand Guignol (en el Jardín Zoológico, ¡lo que no significaba que fuesen unos animales, eh! jajaja!), y Juancito integraba un trío infantil cuyos músicos, aunque por entonces eran pequeños, tenían destino de grandiosos: en el piano estaba Ángel D’Agostino (era un amigo del barrio, y de la misma edad que Juan, y es el mismo que desde el piano más adelante dirigió una de las orquestas más queridas de los años ’40), a cargo del violonchelo estaba Ennio Bolognini, quien luego se dedicó a la música erudita (la mal llamada “clásica”) y llegó a ser uno de los más prestigiosos músicos del país; el violín lo tocaba... D’Arienzo, el mismo que luego creó la orquesta más popular de todos los tiempos y con ello contribuyó grandemente al resurgimiento del tango, y pasando a ser un fenómeno realmente masivo, mucho más que antes. De un modo poco modesto, pero tal vez premonitorio, el grupo se denominaba “Los Ases del Tango”. Con ellos también tocó, en otras ocasiones, el bandoneonista Ernesto “Lechuguita” Bianchi.

El bachillerato lo cursa en el Colegio Nacional Mariano Moreno, empezando en 1913.

En 1916 toca en dúo con el bandoneonista Eduardo Bonessi, en distintas salas cinematográficas.

Luego tocó en teatros de la época, entre ellos el Apolo y el Comedia. En 1918 conoció a Carlos Posadas, uno de los grandes directores y compositores de la Guardia Vieja, quien lo sumó a la orquesta que dirigía en el teatro Avenida. Posadas falleció ese mismo año, pero D’Arienzo se quedó allí un tiempo más, acompañando zarzuelas y operetas (este bonito teatro de orientación española hace unos años fue renovado y reabierto, y sigue existiendo, siempre en la Avenida de Mayo).

Su primera actuación importante fue en 1919. El 25 de junio de aquel año, la compañía Arata-Simari-Franco había estrenado, en el teatro Nacional, el sainete de Alberto Novión “El cabaret Montmartre”, y en la obra aparecía una pequeña orquesta típica, que estaba formada por unos músicos impresionantes: Roberto Firpo (+) como director y al piano, Cayetano Puglisi al violín, Pedro Maffia (+) y Juan Bautista “Bachicha” Deambroggio, a los bandoneones, y Alejandro Michetti, en la batería. Cuando el 1º de setiembre Firpo se bajó de la obra (tenía otros compromisos laborales que cumplir), la pequeña orquesta fue remplazada por otra que dirigían juntos D’Arienzo y D’Agostino, desde sus respectivos instrumentos. Con su música bailaba una consagrada pareja de bailarines, El Mocho (Bernardo Undarz) y la Portuguesa, “dos ases del tango canyengue”, según recordaba D’Arienzo.

En 1921 empezó a tocar Jazz, integrando varias formaciones. No existía aún el cine sonoro, y así D’Arienzo, como otros músicos que llegaron a ser muy importantes, tuvo su época de músico de cine, de los que tocaban haciendo el acompañamiento de la película y/o como “número vivo” entre las proyecciones (recordemos que por la misma entrada se podían ver sucesivamente varias películas). Hizo largas temporadas en el viejo cine “Select Lavalle”, allá por los años 23 o 24. Tocaba en la Select Jazz Band, que dirigía Eugenio Nóbile. Por lo chirriante de su violín, allí recibió el apodo de Grillo.

“Después seguí tocando jazz con Verona, en el Cine Real, y con nosotros estaba Lucio Demare en el piano. Tenía 20 años ese muchacho”. Demare había sido un niño prodigio con el piano, y además de dirigir una orquesta con sonido exquisito y a la vez muy tanguero, compuso la música de varios tangos maravillosos, entre ellos “Malena”. Ya hemos publicado la biografía de Lucio Demare (+), que puede encontrarse en el sitio de Internet www.acercandolosbarrios.com.ar  (en “Notas de Cultura”).

(Al final de la nota enumeraremos los músicos mencionados aquí de los cuales pueden leerse las notas biográficas completas en este, el sitio-web de la Revista AquíDEVOTO).

Nicolás Verona era un jazzista de origen italiano, tocaba el banjo y dirigía su orquesta; también escribió algunos tangos, por ejemplo “Una lágrima”, que grabó Carlos Gardel. En ese tiempo como músico de jazz, D’Arienzo también compuso algunas cosas con ritmos estadounidenses de origen afro, como el shimmy “Your little mouth” (Tu boquita).

Luego empezaron las películas con sonido, y por ende se terminaron (o menguaron mucho) esos trabajos para los músicos. Pero para entonces “yo tenía una linda trayectoria. Todavía tuve tiempo para tocar en la rondalla Cauvilla-Prim. Ahí me acompañó Eugenio Nobile, gran violinista”.

Tras ese tiempo que sirvió de aprendizaje, empezó a tocar en muchos cabarets. En estos locales nocturnos trabajó por más de 40 años. Conviene aclarar que por entonces en Buenos Aires se denominaba cabarets a elegantes salones donde se bailaba tango, se tomaba espumantes, etc., aunque eran lugares para adultos, no eran prostíbulos ni había shows desnudistas. El debut de D’Arienzo en cabarets fue en uno legendario: el “Abdullah”, donde actuaba con su propia orquesta un bandoneonista que ya estaba consagrado: Osvaldo Fresedo (+). Antes de cumplir 25 años, D’Arienzo ya había tocado en el Florida, el Dancing, el Palais de Glace. Incluso en el Bambú, en la porteñísima esquina de Corrientes y Esmeralda a la que inmortalizó Celedonio Flores en la letra del tangazo del mismo nombre que se completó con la música de Francisco Pracánico en 1933.

Por un tiempo, D’Arienzo siguió vinculado al teatro. Acompañó, siempre con D’Agostino al piano, a Eva Franco, que tenía su edad y cantaba muy bien los tangos, algunos de los cuales eran “Loca”, “Entrá nomás” o “Pobre milonga”.

También ejerció su oficio de violinista en la orquesta de jazz del pianista Frederickson, donde también tocaba Verona.

Y otra vez el tango, allá por 1926, formando una orquesta (realmente, un sexteto) con D’Agostino en el piano, D’Arienzo en el violín, el otro violín lo tocaba Alfredo Mazzeo, los bandoneones los hacían sonar Anselmo Aieta (+) y Ernesto Bianchi, y Juan Puglisi en el contrabajo. Debutaron en el cine Hindú, pero tocaron también en otros, como en el Paramount. La agrupación la dirigían juntos los dos amigos de la infancia, y se llamó, como en un juego nostálgico, “Los Ases del Tango”.

En 1927 volvieron a separar los caminos con D’Agostino, entonces el grupo pasó a llamarse “Aieta y sus Ases”, con Luis Visca en el piano, Aieta y Navarro en los bandoneones, D’Arienzo y Luis Cuervo en violines, y Alfredo Corletto en contrabajo.

En 1928 D’Arienzo formó, ahora sí en dirección totalmente propia, su primera Orquesta Típica. En el piano estaba Juan Carlos Howard (luego remplazado por Vicente Gorrese), los bandoneones los tocaban Ciriaco Ortiz, Nicolás Premiani y Florentino Octaviano; los violines estaban a cargo de Alfredo Mazzeo, D’Arienzo y Cuervo, el contrabajo lo tocaba Juan Puglisi. El cantor era Carlos Dante.

Pero en 1929 volvió a compartir la dirección. El nuevo co-director fue el pianista, Luis Visca, quien el año anterior había hecho la música del tango “Compadrón”, que con la letra de Enrique Cadícamo (+) la grabó, también en 1927, Gardel. En 1929, Visca hizo otro tango famoso, también con Cadícamo: “Muñeca brava”, que también al toque lo dejó en el disco Gardel, con las guitarras de Aguilar y Barbieri.

La primeras 2 grabaciones de esa orquesta, aparecidas en un disco “de pasta” (aquellos pesados y tan frágiles discos que giraban a 78 revoluciones por minuto) del sello Electra, fueron “Esta noche me emborracho”, con la voz de Dante, y “Funyi claro”. La Orquesta D’Arienzo-Visca tuvo como cantor a Carlos Dante. En esa orquesta uno de los bandoneones lo tocaba Francisco Florentino (+), quien a veces también ejercía como estribillista (cantor en temas en que sólo se cantaba el estribillo). Es el mismo músico que luego llegó a la gran fama cantando para la orquesta de Aníbal Troilo (+), pero que en realidad había empezado su carrera como bandoneonista.

Aquellas grabaciones de Electra muestran que era una orquesta de sonido melódico y elegante, y aunque ya se vislumbraba como una orquesta importante, aun no tenía esa crispación canyengue que empezará a tener unos años después, y para siempre; o sea que no había alcanzado aún su identidad. Se le puede encontrar algún parecido con el estilo de Julio De Caro(+) (el paradigma modernista de aquellos años), y algún sabor a jazz, que era común en el tango de aquellos años (incluso en De Caro), y que como vimos D’Arienzo ya había tenido experiencia jazzística por varios años.

“Allí empecé a elaborar el estilo que después me distinguió, en el cual debía sobresalir el piano y la cuarta cuerda del fondo, que tocaba Mazzeo”. En su orquesta, además de estar el sonido del piano resaltando, “el violín de cuarta cuerda aparece como un elemento vital. Debe sonar a la manera de una viola o de un cello”, explicó D’Arienzo en un reportaje de 1975, un año antes de su muerte, refiriéndose a los solos de violín con sonido grave que fueron una marca de su estilo. Con esas expresiones el Maestro estaba exagerando en 2 cosas: es casi imposible que un violín suene como un cello: aún tocándolo los más grave que se pueda, por su “color” y tesitura sólo podría llegar a parecerse a su pariente inmediatamente más grave, la viola; y la segunda exageración es que, si es que verdaderamente empezó en aquella época a elaborar su estilo famoso, ese comienzo tiene que haber sido muy de a poco, porque los testigos e historiadores cuentan todos cosas bien diferentes a esta que decía D’Arienzo para tratar de apropiarse de todo el mérito.

“Gardel trabajó conmigo en el Paramount, pero no cantó con mi orquesta. El hacía el dúo con Razzano en los entreactos. Era la época en que yo hacía jazz, con Verona. Después volvimos a actuar juntos en el “Real Cine”, siempre en los entreactos. Pero si bien no cantó bajo mi batuta, Gardel era medio fana mío y siempre venía a verme a los cabarets donde yo actuaba”.

“En el año 32 Carlitos Gardel y Leguisamo venían todas las noches al Chantecler. Se instalaban en un palco de arriba y esperaban a que yo terminara. Entonces yo subía a tomar una copa de champagne con ellos. Y nos quedábamos horas charlando (...) Una noche Carlitos me dijo: ‘Mirá Juancito, creo que me voy a morir en un avión’. Le contesté: ‘Dejate de pavadas, no digas tonterías’. Pero no eran zonceras. Él lo presentía. Por eso nunca quise subir a un avión. Por ejemplo, hubiera ido a Japón si no me hubiera quedado ese trauma, porque a mí me invitó el propio emperador Hirohito, no como a los demás que los llevan los empresarios”.

El cabaret Chantecler, que estaba erigido en Paraná 440, es el elegante marco donde quedó inmortalizado D’Arienzo y su orquesta, tocando en un tramo de la famosa película “Tango”, dirigida por Luis Moglia Barth en 1933, que fue el primer largometraje sonoro argentino, y donde aparecen muchas de las principales figuras tangueras de la época. Al estilo de D’Arienzo entonces ya no le quedan resabios de jazz, pero aún tiene algo decariano, y le falta bastante aún para llegar a su estilo definitivo, si bien D’Arienzo, tocando su violín, ya tiene una actitud nerviosa, y gesticula ampulosamente, cosa que desarrollará cada vez más en el futuro. Pero todavía los bandoneones son sobrios.

En el Chantecler siguió con cierta frecuencia trabajando como figura principal durante más de 20 años, hasta su cierre a finales de los años ’50. Después de quedar varios años sin actividad, lamentablemente el edificio fue demolido en 1960. Hay un tango en que merecidamente es evocado, y de un modo muy sentido: “Adios Chantecler”, que creó en letra y música Enrique Cadícamo, en 1958, o sea al quedar sin vida pero aún no derruido. La tercera parte de su letra dice: “En la noches bravas que el tango era un rito, / vibraba la sala con ritmo nervioso, / porque en ese entonces estaba Juancito / tallando en su orquesta su estilo famoso. / Ya no queda nada y aquello no existe, / ni tus bailarines ni tu varieté. /Te veo muy triste pasar silencioso, / Príncipe Cubano, frente al Chantecler”.

En 1933 Luis Visca, por problemas familiares, ya no siguió en la orquesta, quedando la misma completamente a cargo de D’Arienzo, que además abandonó el violín, quedando como director no instrumentista. Y así para siempre: director titular, único en la batuta, sin tocar.

La orquesta quedó interada por Lidio Fasoli (piano), Moro y Visciglio (bandoneones), D’Arienzo y Mazzeo (violines), Nerón Ferrazzano (violonchelo), Corletto (contrabajo), y Carlos Dante (cantor). Un dato extraordinario es que por 45 días el piano lo tocó el gran Carlos Di Sarli (+).

Había otro músico, no tan famoso como el gran Carlitos, que siempre iba a ver a la orquesta, y que era amigo de D’Arienzo. Se llamaba Rodolfo Biagi, y en 1935 se incorporó a la orquesta, como pianista y colaborando en los arreglos. Con Biagi (+) el ritmo se hizo más marcado y acelerado, y se usaron armonizaciones más sencillas. Alegre, rápido, juguetón, era como un regreso a los tangos primitivos, desconociendo la línea evolucionista que habían iniciado los De Caro en 1923.

El nuevo estilo de la orquesta darienzana se empezó a difundir en las performances del Chantecler, para un público selecto, pero también masivamente y para gran parte del país, en la flamante Radio El Mundo (desde 1936). Lo principal del tango, al menos desde 1919 con la gardeliana grabación del tango “Mi noche triste”, venía pasando por los cantores y las letras, entonces el nuevo estilo de D’Arienzo, que estaba dedicado especialmente para los bailarines, causó furor. Entonces la mayoría de las orquestas tangueras de la época también empezaron a hacer más rápido el tempo de los tangos, aunque cada una dejándole una impronta propia.

Con la nueva formación y el nuevo concepto musical, la orquesta cambia fonográficamente: debuta en el sello RCA Victor y empieza a grabar sin parar. El primer disco que publican en esta nueva etapa (aún discos de pasta de 78 R.P.M., en los que sólo cabe 1 tema de cada lado) contiene el vals “Desde el alma” y “Hotel Victoria”; este tango fue uno de los redescubrimientos de temas de la Guardia Vieja que fueron mérito del Maestro. Los 2 temas se grabaron el 2 de julio de 1935, y desde aquel momento el vínculo de D’Arienzo y su Orquesta con la RCA Victor se mantuvo ininterrumpidamente durante 39 años.

Una marca de identidad del repertorio darienzano es que, casi siempre, los instrumentales eran composiciones de la Guardia Vieja, que son tangos sencillos, orgullosos, compadres. Tanguitos o tangazos, según cómo se los interprete y cómo se los quiera escuchar y sentir. Había algunas excepciones, como por ejemplo el tango instrumental “Don Horacio”, que D’Arienzo escribió y grabó, dedicado al siempre maravilloso músico Horacio Salgán.

Los discos de D’Arienzo llegaron a venderse tanto que, cuando llegaban compradores pidiendo sólo eso, el vendedor solía decirles que para llevarse uno de D’Arienzo también debían comprar discos de otros músicos. Es decir que tenían tanta demanda que aumentaba su valor.

Dos de los más grandes hitos de esta etapa tan importante para D’Arienzo y para el tango argentino fueron 2 versiones. La de “La puñalada” tango de Pintín Castellanos al que le había puesto letra Celedonio Flores pero que D’Arienzo hace y graba como milonga instrumental. Se dice que el arreglo fue una creación de los músicos de la orquesta, y la grabación termina siendo la versión emblemática de ese tema. Y la otra versión cumbre es la de “La cumparsita”, también como instrumental. En el resto de su carrera hizo varias grabaciones más de este hoy mundialmente famosísimo tango, pero aquella primera, “la original”, fue un record absoluto: a lo largo de 36 reediciones, vendió más de 14 millones de placas... ¡en una Argentina que tenía sólo 20 millones de habitantes!!

Ese rol protagónico de D’Arienzo (con la ayuda inicial de Biagi) en el renacimiento del tango, producido desde la música y para el baile, fue un mérito reconocido por todos, hasta por el gran Aníbal Troilo. Pichuco, entre los elogios que le prodigaba a D’Arienzo cuando la charla llevaba a eso, estuvo el siguiente: “Cuando Juancito llegó a Radio El Mundo (1936), el tango estaba más tirado que el perejil. Él abrió las puertas de la radio, de los clubes, de los cabarets, y detrás de él nos fuimos metiendo todos los que nos largamos a dirigir”. Otro reconocimiento explícito que transcribiremos es uno vertido por otro gran Maestro: Osvaldo Pugliese (+): “A mí no me importa si D’Arienzo tocaba bien o tocaba mal el violín; me importa lo que hizo, lo que consiguió para el tango en un momento difícil cuando los músicos andábamos como los pescados, comiéndonos unos a otros”.

“Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de nuestra música popular”, dijo más de una vez D’Arienzo.

Biagi renunció en 1938, para formar su propia orquesta, en la que no pudo recrear tan bien el estilo que él mismo había ayudado a crear para la orquesta de su amigo. Pero D’Arienzo ya había adoptado para siempre el estilo enérgico y nervioso. Al respecto, el estudioso José Gobello hizo la siguiente apreciación: “Frente al ritmo marcial de (Francisco) Canaro, a la trivialidad un tanto murguística de Francisco Lomuto, a los arrestos sinfonistas de De Caro, D’Arienzo aportaba al tango un aire fresco, juvenil y vivificador. (...) D’Arienzo devolvió el tango a los pies de los bailarines y con ello hizo que el tango volviera a interesar a los jóvenes. El Rey del Compás se convirtió en el rey de los bailes, y haciendo bailar a la gente ganó mucho dinero, que es una linda forma de ganarlo”.

D’Arienzo dio el primer envión de ese renacimiento del tango que posibilitó unos años después lo que se sigue llamando con admiración “la década del cuarenta”, la época dorada del tango como baile y como fenómeno popular. Siempre decimos que son las variadas y maravillosas orquestas “del ‘40”, las que más se pasan en las milongas (bailes) de hoy; siguen siendo todas reconocibles porque les interesaba hacerse un estilo propio, identificable, y trataban incluso de no copiar los repertorios. Da la sensación de que siempre será así, que las grabaciones desde 1936 (las inauguradas por el estilo de aquel primer D’Arienzo exitoso), hasta las grabaciones de mediados de los ’50, siempre tendrán preferencia en los bailes populares de tango. “Los tangos del cuarenta”, considerado esto de un modo laxo y extensivo.

El calificativo de “El Rey del compás” se lo pusieron en el cabaret Florida, el antiguo Dancing Florida. Ahí tocaba Osvaldo Fresedo(+), “mientras yo actuaba en el Chantecler, que era de los mismos dueños. Allá por el 28 o el 30 conocí al famoso Príncipe Cubano, que era el que presentaba los números. Estaba Julio Jorge Nelson, también. Eso pasó cuando reemplacé a Fresedo en el Florida. El pianista era Juan Carlos Howard. Fue en esos días cuando el Príncipe Cubano salió con lo del “Rey del Compás”, por el estilo que tenía yo. La mía siempre fue una orquesta recia, con un ritmo muy acompasado, muy nervioso, vibrante. Y fue así porque el tango, para mí, tiene tres cosas: compás, efecto y matices. Una orquesta debe tener, sobre todas las cosas, vida. Por eso la mía perduró durante más de cincuenta años. Y cuando el Príncipe me puso ese título yo pensé que estaba bien, que tenía razón”. Príncipe Cubano era el nombre artístico de Ángel Sánchez Carreño, que era el presentador del Chantecler, y también fue creador de varios tangos, entre ellos el instrumental “Yo soy el Rey”, dedicado a D’Arienzo, y del cual éste dejó una brillante, casi hipnótica grabación.

Los bailes de carnaval siempre habían sido importantes para el tango, pero en aquellos años alrededor de 1937, el epicentro de los mismos ya se había trasladado de los corsos callejeros a los bailes organizados en los clubes. Por ejemplo, para los carnavales de 1941 el Club Boca Juniors anunció que inauguraba su pista techada con capacidad para ¡15000 parejas!! Se bailaba en casi todos los clubes de barrio, fuesen grandes o chicos. El baile había pasado a ser una costumbre popular y masiva como nunca antes, en todo el país, gracias al empujón inicial aportado por D’Arienzo y su estilo iniciado entre 1935 y 1936. Y en esos bailes de carnaval en los clubes, El Rey del Compás siguió siempre reinando, pues era el más convocante, y por mucha diferencia. En esas, y también en presentaciones en otros ámbitos, su éxito era tan arrollador e infalible, que muchas veces algunas orquestas decidían dónde tocar fijándose si cerca se estaba presentando la de D’Arienzo, para evitar competir con él.

(La biografía de Juan D'Arienzo la terminaremos de publicar a mediados de marzo 2011)