> GRANDES DE NUESTRO TANGO

Juan D’Arienzo

Gracias a que, con la ayuda del pianista Biagi, hizo más ligera su música y le dio un estilo irresistiblemente bailable, en 1936 el país lo conoció por radio y el tango renació desde la música y el baile popular, justo en los años tras el duelo por la muerte de Gardel. Hoy  sus grabaciones siguen estando entre las preferidas por bailarines argentinos y de todo el mundo. La apasionante vida y obra de un imprescindible con una personalidad acorde a su apodo: 
“El Rey del Compás”.

Segunda (Última) Parte

En 1937 D’Arienzo participa en la película “Melodías porteñas”, dirigida por su amigo Enrique Santos Discépolo. También se presenta por primera vez en Montevideo, en el teatro Solís y el café Tupí Nambá. Y durante toda la temporada veraniega, en el hotel Carrasco, en el cual desde aquel momento actuará por el resto de sus años, la mayoría consecutivos, siempre en verano.

De 1941 es otra participación cinematográfica de D’Arienzo, muy recordada: en la cinta “Yo quiero ser bataclana”, con dirección de Manuel Romero y la actuación de, entre otras figuras, Niní Marshall, Juan Carlos Thorry, Sabina Olmos y Enrique Roldán. Allí aparecía como director de orquesta, pero también tuvo que trabajar como actor.

Desde el gran cambio que se había producido o acrecentado con el ingreso de Biagi, la orquesta era contundente. Se nota en las grabaciones, pero cuentan que mucho más lo era los conciertos. “En vivo, D’Arienzo es demoledor. Una máquina. Curioso fenómeno acústico. La típica de D’Arienzo es, entre otros recursos, la poderosa mano derecha de sus bandoneones. Variaciones filosas, acentos que despeinan. El contrabajo tiene el empuje de un bombo rockero. El piano, en triple octava, está concebido para sonar fuerte y claro”. La llamativa y acertada descripción fue escrita por Pedro Ochoa. El piano ponía sus más punzantes y nerviosos, arrebatados rellenos, en las pausas de la melodía. Y siempre había súbitos silencios, tras los cuales se retomaba la melodía principal con unísonos, generando una complicidad especial con los bailarines. Además de los pianistas mencionados, tocaron en otros momentos Juan Polito y Juancito Díaz. Elegir buenos músicos fue una constante necesidad para D’Arienzo, también en el caso de los bandoneones: antes de la era Biagi, el querido Ciriaco Ortiz, y luego del gran éxito, Domingo Moro y Héctor Varela, y posteriormente Ernesto Franco y Carlos Lázzari.

“¿Por qué el impacto de la típica de D’Arienzo entre los bailarines?”, se pregunta Ochoa. Busca la causa en la marcación rítmica (y en eso menciona la descripción hecha por Horacio Ferrer, de que El Rey del Compás posee “una marcación rítmica dura, acentuando uniformemente los cuatro tiempos de cada compás”), cita una palabra clave que siempre repetía para explicar el fenómeno el mismo D’Arienzo (“nervio”), entre otras explicaciones técnicas posibles, que luego dice que todas se deberían sumar. Ochoa llega a la conclusión de que “no se guarda el secreto de D’Arienzo exclusivamente en determinado recurso musical (...) Deberemos buscar este secreto en elementos extramusicales. Seguramente en la alegría. D’Arienzo desmiente el mito de que el tango es triste. O al menos deja sentado que no es triste siempre. Su música no es triste, no es sentimental, tampoco es profunda. Contagia alegría. La alegría del baile. El baile de tango es lo contrario de la muerte”. (...)

Continúa Ochoa: “Si hay un secreto, está en su desenfado, en ese permitirse ser. Por eso la actuación de showman de D’Arienzo dirigiendo su orquesta con grandes ademanes”. (...) Él, con su música pero también, indisolublemente, con su frecuente actitud de Rey, “genera identificación, transmite omnipotencia, hace sentir a sus bailarines que todo es posible. Y eso es alegría”.

Alrededor de 1940, justo en el cambio hacia la década que resultó fundamental en el tango, pero respecto de la cual D’Arienzo en 1935 fue el “primer Adelantado”, la orquesta del Maestro, por muchas deserciones, se había quedado casi sin músicos, entrando a un momento de renovación de los integrantes. El encargado de buscar los músicos era su primer bandoneón y arreglador, el maestro Héctor Varela. Finalmente la orquesta quedó integrada entre otros por los bandoneones de Varela, Jorge Ceriotti y Alberto San Miguel, el gran violinista Cayetano Puglisi, junto a Jaime Ferrer y Blas Pensato, el contrabajista Olindo Sinibaldi. Y en el instrumento fundamental para la orquesta, el piano, empezó Fulvio Salamanca. ¿Quién era este músico de nombre tan curioso? Tenía apenas19 años y venía desde la localidad cordobesa de Las Varillas, donde D’Arienzo lo descubrió durante una gira en 1939. Era otro niño prodigio en el piano, pues se había recibido, y venía trabajando como profesor, desde sus 12 años. Su debut con El Rey del Compás fue en marzo de 1940, y el primer tema que grabó fue “Entre dos fuegos” de López Buchardo, el 12 de abril de 1940; de gran afinidad con el estilo, siguió tocando con D’Arienzo hasta 1957, cuando decidió (él también, pues en el tango a casi todos le llegaba su momento) formar su propia orquesta.

Según expresó D’Arienzo en 1949, en una entrevista con el periodista Andrés Muñoz: “El tango antiguo, el de la ‘Guardia Vieja’, tenía ritmo, nervio, fuerza y carácter. La obligación nuestra es procurar que no pierda nada de eso. Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis desde hace algunos años. Modestia aparte, yo hice todo lo posible por hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena parte de culpa de la decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un momento en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para que se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo el director, no eran más que acompañantes de un divo más o menos popular. Para mí eso no debe ser. El tango también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente música. En consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a un lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario, el tango es para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es, no debe ser, otra cosa que un instrumento más dentro de la orquesta. Sacrificarlo todo al cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó la crisis del tango, y puse a la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar. Además, traté de restituir al tango su acento varonil que había ido perdiendo”.

Realmente en coherencia con este pensamiento procuró siempre el trabajo de sus cantores, quienes en algunos casos lograron muy bien lo que buscaba el Maestro. Los vocalistas fueron los siguientes (por orden cronológico, y en negrita los que consideramos más importantes para su orquesta): Carlos Dante, Francisco Fiorentino, Rafael Cisca, Walter Cabral, Mario Landi, Enrique Carbel, Alberto Echagüe, Alberto Reynal, Carlos Casares, Héctor Mauré, Juan Carlos Lamas, Armando Laborde, Rodolfo Lemos, Mario Bustos, Jorge Valdés, Horacio Palma, Héctor Millán y Osvaldo Ramos.

Además del record de la cantidad de discos de “La cumparsita” que vendió, Juan D’Arienzo llegó a otro récord impresionante y nunca superado en la Argentina: publicó 150 discos de larga duración.

Sobre su historia con Hirohito, el Emperador del Japón, queriéndolo desesperadamente llevar a tocar allá en 1957 ó 58, detalló: “Hirohito me mandó un cheque en blanco para que yo pusiera la cantidad que quisiera con tal de ir a Tokio. Le respondí que no era cuestión de dinero sino de avión. Me mandó decir que fuera en barco, pero eran como cuarenta días. ¿Qué hago yo cuarenta días mirando el cielo y el agua? Con mi sangre caliente, lo mato al capitán, pensé. El emperador insistió: “Le mandó un submarino y llega en veinticinco”. Pero yo ni loco, porque por ahí estos japoneses se meten en una guerra y me agarra bajo el agua. Por eso no fui. Y creo que me hubiera gustado. (...) Finalmente en 1968 la orquesta de D’Arienzo hizo un viaje a Japón, con su estilo y repertorio, pero sin el director.

“Por eso (no querer viajar en avión) nunca quise salir del país. No cuento al Uruguay porque aunque yo nací aquí soy medio uruguayo también. Estuve muchos años allá y quiero muchísimo a los orientales. Durante 38 años seguidos actué en Carrasco y en todo el Uruguay”, contó D’Arienzo, en la entrevista de 1974.

Le gustaba definirse como un gran optimista. Un tipo alegre, jodón. Amigo de sus amigos; y decía tener “millones”. Para mencionar algunos de los más importantes: fue amigo de Carlos Gardel, de Enrique Santos Discépolo, de Tania (esposa de Discépolo, además de cantante). Se jactaba de que otro de sus amigos era Juan Domingo Perón, conociéndolo desde que era coronel. Y entre las toneladas de seguidores y admiradores, mencionaremos otro, de los más internacionales de la época: el cantante estadounidense Bing Crosby.

El juego fue su gran pasión. Cuando se cansó de perder fortunas con las carreras de caballos se dedicó a la ruleta, aunque tampoco le iba muy bien. Sus números preferidos eran el 14, el 17 y el 20, y se lamentaba de que no salían nunca, pero igual él les seguía apostando.

Jamás supo la plata que tenía. Se reía cuando, en la noche de Buenos Aires alguien (ya muerto Canaro) para referirse a una persona que tenía mucho dinero decía: “tiene más guita que D'Arienzo”. Entonces él se metía para tratar de desincentivar esa comparación: “Seguro que no, yo vivo distinto. No soy de mi casa como era el finadito. Juego a todo lo que puedan imaginar”.

El “truco” era casi un rito. El tradicional juego criollo de cartas españolas era la excusa que le permitía esperar la salida del sol, en la mesa de cualquier café, con varios pocillos vacíos. Y obviamente el otro compañero era para D’Arienzo el cigarrillo.

También fue compositor de unos cuantos tangos exitosos: “Paciencia” y “Dos guitas” (los 2 con letras de Francisco Gorrindo), “El vino triste” (letra de Manuel Romero), “Chirusa” (letra de Nolo López), “Brumas” y “Si la llegaran a ver” (letras de Cadícamo), “Cartón junao” y “Bien pulenta” (letras de Carlos Waiss), “Bailate un tango, Ricardo” (con letra de Ulises Petit de Murat, hablando de Ricardo Güiraldes, el escritor de “Don Segundo Sombra”, que fue gran bailarín aficionado de tango). También compuso milongas, como “Ganzúa”, “El raje”, “Bandera baja”, y valses, entre ellos “Lo mismo que ayer” y “La sonrisa de mamá”.

En 1950 se vio en la necesidad de reorganizar la fila de bandoneones, pues Héctor Varela se retiró llevándose también algunos de ellos para formar su propio conjunto. En 1958 se incorporó a esa famosa fila de bandoneones Ernesto Franco, quien siguió estando por siempre con D’Arienzo.

En 1959 debuta con su orquesta en Radio Belgrano, luego de los 22 años consecutivos que actuó en Radio El Mundo. También su imagen y su música aparecen por Canal 7, en el programa “Palais de Glace”. Al año siguiente, por canal 9, en el programa “Aquí Armenonville”.

En 1961 actúa en un programa especial, transmitido simultáneamente por las tres grandes emisoras de radio: El Mundo, Belgrano y Splendid. Sobre el final del año deja Belgrano, volviendo a firmar contrato con Radio El Mundo, donde protagoniza el programa “Yo me presento así”, con la conducción de Antonio Carrizo.

Al siguiente año actúa en “El show de Cap” por Canal 7. Y vuelve con su orquesta a Canal 9 en 1971, para el programa “Del Pueblo”. Tres años después retorna a Radio El Mundo, donde no se presentaba desde 1966. Y participa en “La Carpa de Hugo del Carril”, junto a Tita Merello, el ballet de Juan Carlos Copes y, por supuesto, el gran cantor Hugo del Carril.

Desde que comenzó la masividad de la televisión en nuestro país, D’Arienzo fue uno de los músicos que este medio de difusión prefirió para mostrar, seguramente por todo lo que representaba como figura. Pero “en sus últimos tiempos era ya una figura nostálgica gesticulando ante su orquesta. Especulaba con abruptos y prolongados silencios en ciertas partes de la interpretación, para volver a la carga no menos abruptamente, en una caricaturización del efecto tensión-distensión”. Esa apreciación, dura pero certera, pertenece a Roberto Selles, y apareció, cerca del final del capítulo dedicado al Maestro, en el libro “Tango nuestro” editado por el Diario Popular con auspicio del Gobierno de la Ciudad, hace más de 10 años. Y es una descripción sin malicia, porque ese tipo de efecto tipo “parodia de sí mismo” es algo muy usual en los músicos de extensa trayectoria, pues al tener que mantenerse a lo largo del tiempo con su propio estilo, y sin perder aceptación, es muy difícil evitar las exageraciones caricaturescas. Y eso es lo que se podía percibir cuando en los años 70 aparecía dirigiendo su orquesta en programas televisivos. Al respecto, quizá sin intención de defenderse, D’Arienzo hizo unas expresiones interesantes:

“Cuando subo a un palco a dirigir es como si me transformara. Necesito sentir lo que dirijo, y transmitirle a cada músico lo que estoy sintiendo. Cuando bajo, ya soy otra persona”. (...)

En esos gestos no hay camelo. Cuando los miro fijo a los muchachos, no me estoy mandando la parte. Si no lo hiciera, sería imposible darle la vida, los matices, el nervio, los efectos que yo quiero para mi orquesta. Lo mío es muy personal, por eso cuido que mantenga siempre mi sello, que nunca le falte ritmo, nervio, vibración, porque eso es lo que quieren los bailarines. Siempre les digo a los músicos que es muy difícil subir, pero mucho más lo es mantenerse, y nosotros hace más de cuarenta años que estamos ahí arriba”.

Y redondeamos eso con un párrafo de otro recordado estudioso del tango, Jorge Göttling: “En los últimos años, cuando la televisión lo mostró, Juan D’Arienzo inauguró otra función: la de showman. Pose directriz con ademán severo, reconcentrado, con dedos rígidos que parecían obviar las partituras, encorvado en posición entre mística y religiosa, siguiendo los ademanes del cantor de turno. A la vez, planteando, de ese modo, un diálogo mudo, sin palabras, como si también el tango -en el más puro estilo D’Arienzo- fuera alegría y divertimento”.

Juan D’Arienzo murió el miércoles 14 de enero de 1976, en la Ciudad de Buenos Aires. Fue en el sanatorio Anchorena, a las 5 y 10 de la mañana, por un paro cardíaco. Dos días antes había sido sometido a una operación quirúrgica. Sufría de un cuadro ulceroso en el duodeno, que se agravó por una peritonitis aguda y una hernia diafragmática.

Sus restos fueron velados, ante una popular concurrencia, en el Teatro General San Martín, y descansan en el Cementerio de la Chacarita.

Juan D’Arienzo construyó, como pudimos vislumbrar, un personaje apasionado y a la vez apasionante, y del cual no nos alcanzaría el espacio ni el tiempo para contar todo. Mientras tuviese salud, no podía dejar el tango, y efectivamente siguió al frente de su orquesta hasta los últimos tiempos de su vida. No nos queda espacio para detallar su gran afición por el juego, primero por las carreras de caballo y luego por la ruleta, y eso es sólo un ejemplo de lo mucho que nos quedó afuera. Pero una vez más queremos destacar que, nos guste más o nos guste menos su música, no se puede dejar de reconocer que fue un imprescindible en la historia de nuestro tango, y que sigue favorecido por el gusto popular y entre decenas de miles de bailarines de todo el mundo, y también ejerciendo su influencia en muchos músicos. D’Arienzo seguirá siendo importante para el tango, eso es muy claro.