Domingo Faustino Sarmiento 
(2da y última parte)

Fue militar y elegido por el voto popular para 3 períodos presidenciales. Con sus políticas en los años ’40 se ganó el apoyo de los trabajadores, ya que los incluyó en la vida política e institucional del país. También, impulsado por su esposa María Eva Duarte, incluyó a las mujeres en los sufragios, tanto como electoras como elegidas. Con esto y más, marcó la historia argentina del siglo pasado, y aun hoy su figura sigue ejerciendo influencia en la política. A 65 años del 17 de octubre de 1945, intentamos acercarnos a su biografía, con una perspectiva histórica.

Sarmiento como Gobernador de San Juan

Está empeñado en iniciar lo más rápido posible el progreso integral de la provincia, pero la resistencia de los sanjuaninos era pertinaz. “Aquí la apatía, la mezquindad y la pobreza real se constituyen en partidos de resistencia. Les hago empedrar las calles, tener cementerio, escuelas, y chillan”. Claro que San Juan por entonces era una provincia muy atrasada en todos los aspectos. El mismo Sarmiento admitía que la situación económica era “desastrosa”, y él en sus cortos dos años de gobernación no pudo mejorarla, sino que la empeoró, porque su impulso civilizador en el corto plazo no podía traer ganancias, sino que era etapa de invertir, aún a costa de endeudarse. Su mayor esperanza era la minería, y entonces impulsa la creación de una “Sociedad de Minas” para explotar yacimientos de plata. Logra suscribir 50000 pesos y en Buenos Aires ofrece otras acciones, pero igual la magnitud del proyecto requería la concurrencia de capitales extranjeros, que se esperaban de Inglaterra y de Chile. Sarmiento promueve la construcción de hornos de fundición, trapiches y máquinas de amalgama. Además, proyectaba abrir un curso de química y mineralogía para preparar a los jóvenes sanjuaninos (e incluso a su hijo Dominguito) en la actividad minera.

Hace venir de Chile a un metalurgista célebre, y afirma que las minas de San Juan eran la fuente de riqueza más grande de la República, comparando las perspectivas de su provincia con la fiebre del oro del oeste norteamericano. Intenta convencer al Presidente Mitre de que haga del proyecto un asunto nacional. No lo logra, pero su entusiasmo es tan grande que le hace decir que “las minas son una realidad, como lo son en California”; pretendía exportar, ya en el lapso de un año, por dos millones de duros. La movida, vista en todos sus alcances e implicancias, era una verdadera “revolución industrial”, nada sencilla de realizar tan rápido en aquellos lugares, pero Sarmiento perseveraba, y pretendía dirigirla en los primeros pasos.

Para defender su gobernación, hace traer una imprenta y vuelve a publicar El Zonda.

Funda una Quinta Normal de experimentación agronómica y aclimatación de plantas, llevadas desde Tucumán. También emprende la pavimentación, nomenclatura y numeración de las calles sanjuaninas. Encarga el primer catastro y el primer mapa de la provincia, crea el alumbrado público, e incluso ordena el blanqueo de los frentes de las casas, para cambiar el aspecto general de la ciudad. Él mismo comienza con esta tarea, para dar el ejemplo. Esto era parte de algo que quería lograr lo más rápido posible, que era crearle prestigios a San Juan. Sentía estar cumpliendo una misión providencial: “traer un rayo de civilización al Interior”.

Se enfrentaba permanentemente con diversos sectores, y cada vez más. Su gobierno es acusado de masón, y algunos sacerdotes agitan y alarman a los sanjuaninos, para resistir la iniciativa del gobernador de crear una escuela en el recinto de un viejo convento. Pero Sarmiento sabía que la resistencia interior y la falta de fondos no era lo único que amenazaba a su gobierno, sino por el acecho de un caudillo salido de las montoneras provincianas: el riojano Ángel Vicente Peñaloza, más conocido como “el Chacho”; era el último caudillo federal a la vieja usanza.

La Rioja, al norte de San Juan, era apenas una villa casi sin importancia. Allí se había formado el Chacho, en las huestes del “Tigre de los Llanos”, es decir el mismo Facundo Quiroga que Sarmiento en su célebre libro había usado como símbolo de barbarie. Tras el asesinato de éste, Peñaloza se había opuesto a Rosas, y se exilió en Chile. Después de la batalla de Caseros (3/2/1852) fue nombrado General por la Confederación urquicista. Y aun terminada ésta, en La Rioja el Chacho seguía teniendo poder, aunque ya era un hombre mayor de 60 años.

Durante la presidencia de Mitre, el Chacho se mantenía aparentemente tranquilo, después de un tratado con el gobierno. Pero era ingenuo pensar que un caudillo federal como él se amansara realmente a un gobierno liberal.

La poca importancia que en el Litoral se daba a ese caudillo ponía muy nervioso a Sarmiento, quien desde su regreso a San Juan estaba muy atento al peligro que implicaba Peñaloza.

Por comerciantes que venían de Chile se sabía que allí éste tenía importantes contactos y aliados, que se movían activamente, de modo que “era claro y sabido que se preparaba una insurrección del Chacho”.

Sarmiento reclamó refuerzos a Buenos Aires, quejándose de que continuaba desarmado. En poco tiempo, pero a un alto costo, organizó los medios de defensa. Las arcas de la provincia habían llegado al límite, haciéndose deseable la paz, porque las comunicaciones con el Norte estaban obstruidas por las huestes chachistas, y por ende no podía proveerse a tiempo de los ganados para el engorde, que aún era la principal actividad económica sanjuanina. Las arrias no podían salir hasta que desapareciese el obstáculo, porque eran saqueadas. Era una situación que San Juan no podía prolongar en el tiempo, porque dependía de la seguridad de sus caminos. El Gobernador Sarmiento estaba decidido a hacerle la guerra al Chacho, pero el Presidente Mitre no quería que se comprometiera al gobierno nacional con una nueva guerra civil. Le escribió sus planes a Sarmiento: “Quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. La Rioja es una cueva de ladrones que amenaza a los vecinos. Declarando ladrones a los montoneros, sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos, ni elevar sus depredaciones al rango de reacción”. Sarmiento estuvo de acuerdo con la idea.

Una incursión de la montonera riojana en los campos de San Luis da la excusa que estaban esperando. En abril de 1863, Sarmiento dirige al pueblo sanjuanino una proclama de guerra, donde lo incita a convertirse en “un baluarte contra la barbarie”. En junio, el Chacho logra entrar en la ciudad de Córdoba, y durante varios meses sobresalta alternativamente a otras provincias, hasta sumar siete. La insurrección sumó algunas poblaciones indígenas. Con su táctica montonera, las partidas chachistas amenazaban con extender la sublevación a todo el Noroeste.

Sarmiento se inquieta, insistiendo en terminar pronto con el caudillo rebelde, porque dice que ahora hizo la misma burla del año anterior. “Frente a un enemigo desmoralizado y débil que huye, andan los nuestros en estas correrías ridículas”. Es entonces cuando lanza a Mitre la famosa recomendación: “No trate de economizar sangre de gauchos” para resolver el asunto.

Además, en una proclama a los habitantes riojanos, intimaba a no prestar apoyo al Chacho, diciendo: “Podrá ser un bandolero, pero nunca un jefe de partido; a aquel torpe le han hecho creer que el general Urquiza encabeza una reacción y que en todas las provincias tienen partidarios”.

La principal dificultad al organizar la ofensiva de Sarmiento era la falta de caballos. Y en los llanos, Peñaloza tomaba toda la tropa que caía en sus manos. Pero llega el momento en que es finalmente sorprendido, en una pequeña aldea riojana. Fue en Olta, en noviembre de 1863. Allí se había refugiado y había enviado su última carta a Urquiza. El caudillo riojano, que ya tenía 66 años, no presentó resistencia, entregándose al mayor Irrazábal, que manda ejecutarlo en el acto.

Sarmiento justificó la “ejecución militar sin formas del Chacho”, como instrucción del ministro de Guerra, que le había encomendado “castigar a los salteadores”. Y agregó unas palabras que a la luz de la historia argentina futura resultan terribles, casi como un mandato o un presagio: “El derecho no rige sino con los que lo respetan, los demás están fuera de la ley”.

La prensa urquicista levanta la figura de Peñaloza como una víctima, y a Sarmiento como el ejecutor. Es así que se da la paradoja de que aunque había eliminado a su amenaza, la muerte del Chacho igual lo estaba dejando afuera de la gobernación. En abril de 1864, ante el absoluto desgaste de su gobierno, e incluso temiendo por su vida, Sarmiento decide renunciar. El enfrentamiento con Chacho lo sentía como un episodio más de su lucha contra la barbarie, que finalmente malogró los planes de progreso y los pocos recursos sanjuaninos.

Le pide a Mitre un nombramiento diplomático, y el Presidente le da como destino los Estados Unidos. Desde el país del Norte, conociendo a fondo el progreso que se estaba operando, fundamentalmente en base a la educación popular y las oportunidades que genera, escribe en 1865 insistiendo para desarrollar la educación para servir a los intereses republicanos: “Un siglo más de guerra montonera y veinte Chachos más, surgirán si no se apresuran a educar a todos, cueste lo que cueste”. La idea era hacer del gaucho un ciudadano, y el medio para lograrlo eran las escuelas.

Estuvo como embajador en Estados Unidos durante 4 años. En 1866 los ganaderos bonaerenses fundan la Sociedad Rural Argentina (SRA) para promover sus intereses. Sarmiento escribe para felicitar por la novedad, e incluso propone a su presidente y miembros algunas indicaciones: que adquieran semillas de primera calidad (de las que él conoce en los estados del oeste norteamericano), que adquieran instrumentos de agricultura y ejemplares de un periódico agrícola, y también comenta la gran calidad del ganado de Michigan. También considera propicia la generalización de ese tipo de asociaciones en cada aldea y en cada provincia. Sin embargo, con el tiempo se comprobó que las sugerencias de Sarmiento desde EE.UU. habían caído en “saco roto”, porque el predominio ganadero (y sin adecuadas inversiones a futuro) y la reducida extensión agrícola se mantienen muchos años más.

Cuando Sarmiento volvió, ya lo hizo como Presidente electo. Tuvo la particularidad de haber sido elegido sin estar formalmente en partido alguno. Su candidatura fue apoyada por el ejército y los autonomistas porteños que encabezaba Adolfo Alsina, quien es electo Vicepresidente.

Sarmiento Presidente (1868 - 1874)

En su labor presidencial tuvo la oposición sistemática del Congreso y de la prensa, incluso colgándole el mote de “loco y extravagante”. Mitre había sido electo Senador y, aunque habían tenido afinidad política importante, pasó a ser su principal adversario, tanto desde el Congreso como desde el diario La Nación, del cual era fundador y propietario. Tanto que el sanjuanino se llegó a quejar así: “Creía entonces el general que el pueblo elige un presidente legalmente en toda la República para que desde el Senado gobierne el ex presidente”. Pero había también otros peligrosos opositores, pues quedaban algunos caudillos gobernando provincias, como Urquiza en Entre Ríos (siempre al acecho, según Sarmiento), y los Taboada, aliados de Mitre, gobernaban en Santiago del Estero, desde donde proyectaban su influencia hacia el norte.

Pero Sarmiento no iba a dejarse doblegar por otros, eso nunca. Y menos aún cuando al fin había llegado al máximo cargo, lo que había estado esperando desde hacía décadas. Sus inquietudes eran múltiples, y para todas tenía una propuesta transformadora.

Al asumir dice: “Chivilcoy es el programa del presidente don Domingo Faustino Sarmiento”. Se refería a extender masivamente el proyecto que él había creado en Chivilcoy, lustros atrás, de colonias de inmigrantes. Pretendía, durante los 6 años de presidencia, hacer “cien Chivilcoy”, trayendo cien mil inmigrantes por año y proveyéndoles tierra pública mediante leyes de colonización.

Promueve la introducción de nuevos cultivos, los ferrocarriles, el telégrafo (incluso el transoceánico, por debajo del océano, todo un adelanto tecnológico por entonces, para mantenernos conectados con Europa y Estados Unidos), la capacitación técnica y científica, la reorganización y profesionalización de las fuerzas armadas, la sanción de códigos jurídicos para por fin establecer normas de convivencia civilizadas.

Pero antes de seguir con la larga lista de proyectos y realizaciones de su período presidencial, entraremos en el tema principal, que para Sarmiento era lo fundamental: la Educación. Ya desde la misma campaña electoral, un diario porteño preguntaba, como quejándose: “¿Qué nos traerá Sarmiento de los Estados Unidos, si es electo presidente? ¡Escuelas! ¡Nada más que escuelas!” Al poco tiempo de comenzada su presidencia, mediante una circular se pidió a las provincias datos sobre las escuelas, porque por entonces las escuelas primarias dependían exclusivamente de las provincias, y el gobierno nacional no tenía injerencia sobre el tema (había un Ministerio de Instrucción Pública, pero sólo atendía la educación universitaria). Los gobernadores que podían mostrar informes dignos los presentaron, y quienes no estaban en condiciones, se hicieron los distraídos. Otros, como el gobierno cordobés, “han salido a fundar escuelas para tener datos que mandar”. Esa era la situación educacional en el país: cuanto menos, muy atrasada. Y Sarmiento comprobó así que su provincia natal llevaba la delantera en este crucial asunto. “Nada podré hacer tan pronto en materia de educación por dificultades que me opone la organización federal”, se percató el gran Maestro.

Pese a no disponer legalmente de acción directa en el tema, durante los seis años de su presidencia Sarmiento funda 5 Colegios Nacionales, subvenciona a las provincias para construir escuelas, contrata 65 maestras estadounidenses.

En 1869 se adopta el Código Civil. También crea la Inspección de Telégrafos y la Biblioteca Nacional. Y Sarmiento encarga el primer Censo Nacional, para tener las primeras estadísticas serias.

En 1870 se funda la Escuela Normal de Agricultura de Santa Fe; también la Escuela Normal de Paraná, cuyo primer director también fue norteamericano. La formación de aquellos maestros normalistas era laica y modernizadora, y concibe la educación como progreso.

En 1871 se crea el Boletín Oficial de la Nación, donde se dan a conocer todos los actos de gobierno. Hay una epidemia de fiebre amarilla, y se funda el Cementerio de la Chacarita.

Sarmiento sueña con una universidad al estilo norteamericano en San Juan, y hasta llega a incluir en el presupuesto del Ministerio la fundación de un Observatorio Astronómico en Córdoba.

Algunas cifras como ejemplo: al comenzar su presidencia, en el interior de Córdoba existen sólo 2 escuelas, con 49 alumnos, y al concluirla, ya se educaron 3800 personas. Todo un avance.

Otro de los temas que intenta cambiar profundamente es lo relativo a lo militar. Quiere reducir el ejército a las estrictas necesidades de la frontera. Su plan es la transformación de las fuerzas armadas en instituciones nacionales profesionales, imitando al modelo estadounidense. Esto se completaría recién a mediados de la década de 1990, durante la presidencia de Carlos Menem, cuando fue suprimido el Servicio Militar Obligatorio, y se instauró un servicio rentado; sin embargo, fue una transformación solamente para el ahorro, y con la excusa de casos de abusos en la formación de los conscriptos, como la muerte del soldado Carrasco.

Sarmiento, buscando realizar su plan, funda la Escuela Naval Militar, y el Colegio Militar de la Nación, para modernizar la formación de los oficiales.

Otra obsesión de Sarmiento era mejorar la comunicación entre las provincias, que no estén aisladas. Para esto propició la expansión del ferrocarril, que llegará a Córdoba, y también la extensión de las líneas de telégrafos para que ese servicio (la única forma moderna y casi instantánea de comunicación, décadas antes de la invención y expansión de los teléfonos) llegase a todas las provincias. También, como ya mencionamos, la comunicación por cable telegráfico submarino, con Europa y Estados Unidos, una obra colosal para la época, con capitales argentinos y extranjeros. El mentor de los telégrafos fue su gran amigo el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield, que fue su ministro del Interior hasta 1872. Cuando en mayo de 1874 da su discurso de inauguración del cable suboceánico, Sarmiento reconoce a su viejo amigo “el honor exclusivo de la atrevida idea y de la rápida ejecución de la red de telégrafos, que contribuye a dar paz a la República y bienestar a sus hijos”. Vélez Sarsfield durante sus 4 años de ministerio también fue el mentor del Código Civil y del Comercial, del primer Censo de la República (realizado en 1869). Era frecuente que Sarmiento saliera por las noches, de a pie, a visitarlo a su casa, en la calle Cangallo. Iba a consultarlo y a escuchar sus consejos.

Como muestra de los avances en producción rural durante su presidencia, puede mencionarse la Exposición de los Productos del Suelo e Industria Argentina, realizada en 1871 con buenos resultados; Sarmiento la comparó con las ferias que cada estado estadounidense organiza anualmente. La mejora y la multiplicación exponencial de la producción agraria, sobre todo en cereales, aunque también en el resto de la agricultura y en ganadería, era una obsesión que Sarmiento trajo de Estados Unidos, donde vio que la combinación de la expansión de la educación pública con la colonización de inmensas extensiones de tierras por muchísimos colonos muy trabajadores, hicieron de un país grande una potencia mundial en el lapso de muy pocos años.

Todo lo que hizo “el Loco Sarmiento”, fue siempre contra una fuerte oposición, y en circunstancias políticas inestables. La guerra contra el Paraguay (recordada como “de la Triple Alianza”, porque se aliaron Argentina, Brasil y Uruguay para combatir y derrocar al gobierno paraguayo, y que era como una extensión de nuestra guerra interna entre liberales y federales), que había iniciado Mitre, y que era muy costosa e impopular, terminó recién en 1870. Había restado muchos recursos a las provincias y, entre los muchos muertos que hubo, Sarmiento sufrió uno muy especialmente: el de su hijo Dominguito, que ni siquiera llegó a verlo convertido en presidente.

Concluida esa guerra, también en 1870 Sarmiento visita el Palacio San José y se reconcilia con Urquiza, como gesto para intentar dejar en el pasado las divisiones que trabaron la vida y los cambios del país. Pero al poco tiempo el caudillo entrerriano y dos de sus hijos son asesinados en el mismo lugar (su residencia). Ese crimen político fue perpetrado por una partida de hombres enviada por Ricardo López Jordán. Éste era homónimo hijo de otro jefe político entrerriano de larga amistad con Urquiza, y que ahora estaba abusando del desánimo general de los provincianos para con éste y asesinarlo alegando traición por la reunión con Sarmiento, y así tener el camino libre para convertirse en el único caudillo entrerriano. Entonces el gobierno nacional interviene la provincia para sofocar dos levantamientos de este nuevo caudillo federal.

El afán de Sarmiento por lograr una rápida y definitiva civilización del pueblo, incluía todos los aspectos; la idea central de mejora intelectual buscada era que el pueblo ya sea todo laborioso, y no carne de cañón para defender caudillos que algunas veces eran al menos muy semejantes a bandoleros. Que el pueblo tuviese la mejor educación posible para que tengan otro nivel de pensamiento y no voten a tiranos. Además, toda esa evolución tenía que ser visible, es decir que todo (pueblo, construcciones, etc.) debía estar más prolijo, limpio, mostrable. Era la imagen que Sarmiento quería ver, y que se viera de la Argentina en el mundo.

Así es que Sarmiento ordenó embellecer la sede del Poder Ejecutivo. Lo dotaron de jardines, y también fue en aquella ocasión cuando se le dio a las fachadas el color rosado que identificó desde entonces a nuestra “Casa Rosada”, pues siempre se la siguió pintando con tonos de ese color. Se dice que Sarmiento hizo pintar con ese color como símbolo de síntesis entre el rojo de los federales (que él tanto había detestado), con el blanco de los unitarios.

Sarmiento, siendo Presidente, tuvo la sorpresa de volver a tener entre sus manos aquel ejemplar de la primera edición del Facundo que le había enviado décadas antes al gobernador Benavides, que había sido encontrado en la biblioteca de Rosas al caer éste del gobierno. Evidentemente, el caudillo sanjuanino se lo había enviado al porteño como un acto de lealtad. Sarmiento tuvo la suerte de recuperar su libro autografiado “que había circulado entre los bárbaros”.

Sobre el final de su presidencia, en 1874, solía pasar largos períodos en una isla del Delta (en Carapachay), lugar de gran contacto con lo natural que sentía como un refugio que lo distendía de las complicaciones de gobierno. Allí hizo plantar mimbre (traído desde los Andes) con vistas a su uso industrial; este experimento de aclimatación dio resultados positivos, y tan contento con este emprendimiento estaba el sanjuanino que fue otro motivo de aplicación de su típica ironía, al comentarles a sus amigos que “la propagación del mimbre es lo único en que no he encontrado obstáculos”. También presentó un proyecto para un paseo público en la ciudad que, pese a la oposición, es aprobado y termina siendo lo que hoy se conoce formalmente como el “Parque 3 de Febrero”. El lugar elegido no es casualidad: es donde estaban los jardines de la residencia de Rosas en Palermo. La ley aprobada establece que toda la flora argentina esté representada en el parque. Por un tiempo, el único cargo que acepta es integrar la Comisión del Parque que funciona para completar las obras del mismo.

Luego de dejar la presidencia, Sarmiento toma el cargo de director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, y también senador nacional por San Juan. En 1879 es nombrado ministro del Interior, y se encuentra enfrentado con el gobernador porteño Carlos Tejedor, que estaba en contra de la inminente federalización de la ciudad de Buenos Aires.

Durente la década del ’80 empieza a llamar “oligarquía” a los propietarios de tierras, debido a que siendo la ganadería  “la única producción verdaderamente nacional, carece entre nosotros del gran desenvolvimiento que tiene en otros países más perspicaces y previsores”. Un ejemplo de la tradicional desidia del sector era que se seguía exportando cueros y lanas sin elaboración, sólo como resultado de la esquila, desconociendo cualquier valor agregado. “Esa es la síntesis de nuestro espíritu nacional: la desidia”, apunta Sarmiento. En 1885 funda “El censor”, su último periódico. Desde este nuevo medio se expresa contra el roquismo y su candidato, Miguel Juárez Celman, cuñado del general Roca. Sarmiento estaba descontento con el contexto de la “República conservadora”, el “unicato” roquista representado por el Partido Autonomista Nacional, la liga de gobernadores y el intento de sucesión presidencial que consideraba escandaloso. Además, señala el aumento vertiginoso de la deuda pública, la política de vivir a crédito de Londres. Incluso trata de “sabandijas” a los funcionarios que se enriquecen al tramitar los sucesivos préstamos externos, a los intermediarios y especuladores que gestionan préstamos hipotecarios sobre las tierras, concesiones y obras públicas. Cualquier parecido con la realidad ocurrida 100 años después (desde 1990 hasta 2001 y más)... ¿es pura coincidencia?

Roca, que había sido ministro de Guerra del Presidente Avellaneda, había acrecentado su poder y prestigio militar merced al éxito en su campaña de ocupación de los márgenes del Río Negro, en la Patagonia, en la cual muchos indígenas fueron muertos y muchos otros tomados prisioneros. Sarmiento, consciente del peligro de ese poder creciente, minimizó los supuestos méritos de Roca, calificando a la falsa “Conquista del desierto” como “un paseo militar”, diciendo que el mismo general Roca pudo compraobar que no había indios con un número de lanzas suficientes para oponer obstáculos al avance. Como senador, Sarmiento se opone a la ley de premios militares, denunciando este tipo de distribución como “un inmenso despilfarro”. A los jefes y oficiales se les concedían 3 premios: un terreno de estancia, cien hectáreas en el río Negro y una manzana en cada uno de los pueblos que se fundasen. Los capitalistas y especuladores podrían comprar esos boletos de tierras y así acumular tierras y como resultado todo podría concentrarse en cuatro o cinco propietarios. Además, advierte que esto imposibilitaría que los gobiernos siguientes pudieran atraer a los inmigrantes que viniesen a poblar y cultivar las tierras.

Sarmiento estaba muy molesto, desalentado, porque los asuntos públicos seguían manejados por las familias tradicionales, y que se erige una “República sin ciudadanos”, sin opinión pública, y con una gran masa de inmigrantes pero que no son lo que él esperaba, porque no tenían suficiente arraigo ni identificación con la Nación argentina. Además en paralelos a sus últimos años de vida, se estaba consolidando la economía agroexportadora (crecimiento hacia fuera) que el sanjuanino despreciaba.

En 1887, ya cansado y con los agobios propios de la edad, Sarmiento se marcha a Asunción del Paraguay, donde muere el 11 de setiembre de 1888.

Clik aquí para leer la 1ra Parte (la previa a la presente)