Julio Sosa   a 85 años de su nacimiento

Nació en un pueblo a 26 km de la capital uruguaya y tuvo una infancia humilde pero vivida con amor. Sus inicios como cantor fueron en “el paisito”, pero su maratónica carrera la tuvo en Buenos Aires, donde pasó por la guía y marco musical de 4 directores de orquesta. Vivió apenas 38 años, pero su canto y todo lo que representaba como artista siguen marcando al Tango rioplatense, aunque ya pasaron 46 años desde su muerte. Esta es una nota para dar a conocer,
y recordar, a Julio Sosa, “El Varón del Tango”.

Julio María Sosa Venturini nació en la República Oriental del Uruguay en 1926. Fue el 2 de febrero, en la ciudad de Las Piedras, a 26 km de Montevideo. El hogar donde le tocó venir al mundo era humilde, faltaban muchas cosas pero no el cariño y el amor. Luciano Sosa, el padre, era peón de campo, analfabeto, y su madre Ana María Venturini, lavandera, empleada doméstica. Durante su corta vida y rápida carrera artística, Julio Sosa siempre tuvo palabras que expresaban orgullo y agradecimiento por su familia, pese a su origen humilde, que sin duda fue importante en su personalidad y desarrollo como cantor, porque aún cuando logró tener fama, dinero y un grado más importante de cultura, siempre se sintió parte del pueblo, cercano a sus raíces.

 

Los estudios primarios los cursó en su ciudad natal, con algunas intermitencias debidas a que la dura realidad familiar lo obligaba a trabajar, por ejemplo supo ganarse la vida como lustrabotas, repartidor de farmacia, vendedor de rifas, canillita, vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal de árboles, lavador de vagones, cobrador en transportes públicos. Durante su época de canillita tenía acceso fácil a revistas populares de música que traían letras de tangos, que se quedaban rápidamente en su memoria.

 

Empezó a despuntar su afición de cantor ya a los 14 años en un cafetín uruguayo, pero la policía le impidió proseguir debido a ser menor de edad. Teniendo 16 años se casa con una jovencita uruguaya llamada Aída Acosta, pero ese matrimonio se disolvió antes de cumplir 2 años.

 

Su trayectoria profesional empieza con una modesta orquesta pedrense que además de tangos interpretaba, además de repertorio tanguero, piezas de jazz y de folklore para cubrir las necesidades de la región, ante la escasez de grupos. Luego trabajó con un septimino, el del violinista Carlos Gilardoni, cuyos integrantes tampoco eran músicos profesionales y no vivían de la música. Años después, ya famoso, Julio recordó a Gilardoni como un violinista que desafinaba, pero que “si fallaba con las cuerdas de su instrumento, no fallaba, en cambio, con las cuerdas de su corazón de muchacho sensible y bueno”. Empezó a tener potestad para elegir sus temas a cantar, y ya desde entonces manifestó su preferencia por el repertorio gardeliano. En esta etapa empezó a cantar profesionalmente varios tangos de Gardel, como “Tengo miedo”, “Tarde gris”. Dentro de ese repertorio marcadamente gardeliano, se nota una prevalencia de temas con letras de Celedonio Flores, que fue amigo de Gardel, y a la vez uno de sus letristas favoritos. Otros temas que hacía eran “Trenzas” y “Margo”, de Homero Expósito y Armando Pontier.

 

Julio solía presentarse en concursos de cantores; luego de ganar uno de éstos, empezó a trabajar con la agrupación de otro director, Hugo Di Carlo, teniendo entonces acceso a escenarios más importantes, incluso en Montevideo. Era un avance también en lo musical, teniendo en cuenta el contexto de lo sencillo que solía ser el sonido de las orquestas uruguayas de la época. Con Di Carlo conserva el repertorio que venía cantando, y también el seudónimo que usaba: Alberto Ríos. Sigue agregando temas del repertorio del “morocho del Abasto”: “Mano a mano”, “La gayola”, “Milonguita”, “Ventarrón”, “Qué vachaché”. En paralelo al trabajo con Di Carlo, Sosa llega al disco por primera vez, pero con el cuarteto del bandoneonista Luis Caruso. Entre 1948 y 1949 deja registrados 5 temas en el sello Sondor de Uruguay, entre ellos el troileano tango Sur, y el tango “La última copa” pero adaptado a vals, además de un candombe. Su voz era más joven y fresca de la que conocemos, y un poco menos grave.

 

En 1949 también hace algunas presentaciones con una agrupación dirigida por el violinista Epifanio Chaín, y con el cuarteto encabezado por Edelmiro “Toto” D’Amario. Sigue agregando a su repertorio temas del “Zorzal”: “Silbando”, “Sobre el pucho”, “Lo han visto con otra”, y más. Tantos cambios se debían a la inestabilidad laboral, a lo difícil que era desarrollar la actividad, y esto lo llevó incluso a probar suerte durante un mes como cantor solista, acompañado por el “Trío Oriental de Guitarras” de Roberto Pizzo, Julio Fontela y Froilán Aguilar, que eran muy experimentados.

Llega a Buenos Aires en barco, a mediados de junio de 1949, casi solamente con lo puesto. Llega con algunas indicaciones de sus amigos, de las cuales la más importante era el dato de que Joaquín Do Reyes, director de una típica que había sido popular en aquella década que ahora estaba finalizando, estaba buscando un cantor. Lo busca y rinde la prueba, aunque el director lo rechaza, diciendo que buscaba un “cantor que cante”, y que Sosa no cumplía ese requisito. Es cierto que siempre tuvo una forma de cantar que incluía el “decir”, y eso él mismo lo atribuía a que cantaba expresando lo que siente, que el mensaje del tango “es demasiado grande para evitar sentirse un poco actor en la búsqueda de los matices”.

 

Muy pronto empieza a cantar en el café Los Andes (av. Córdoba y Jorge Newbery, en Chacarita), acompañado por guitarras; ganaba 20 pesos por noche.

 

Al mes, lo escuchó el letrista Raúl Hormaza, quien tenía las grabaciones de Uruguay y no dudó en acercarlo al binomio de directores Enrique Mario Francini (violinista) y Armando Pontier (bandoneonista), que estaban buscando sumar un nuevo cantor al que ya tenían en su típica, Alberto Podestá. La orquesta estaba trabajando con gran éxito y continuidad en la calle Corrientes, y en diversos ámbitos como confiterías, bailes y radios. Tras el debut, la misma noche de la prueba que le tomaron, en el local nocturno Piccadilly, Sosa pasó a ganar 1200 mensuales, y realmente allí empezaba su carrera porteña de cantor. Y era un estilo orquestal muy diferente a todo lo anterior que le había tocado al joven Sosa: una orquesta que trabajaba permanentemente con arreglos muy elaborados y frecuentemente vanguardísticos, y constituida por instrumentistas de los mejores.

 

El debut discográfico en esta nueva etapa fue el 1 de agosto de 1949, cantando a dúo con Alberto Podestá el vals “El hijo triste” de Francini y H. Sanguinetti, para el sello RCA Victor. A este le siguieron otros 14 temas grabados por Julio Sosa con la orquesta de Francini-Pontier. Esta colección de temas grabados agrupa clásicos como “Lloró como una mujer”, “Viejo smoking”, “Dicen que dicen” y “El piruja”, “Por seguidora y por fiel”, con otros temas nuevos como “Certificado” (con letra de Pontier), “Princesa de fango” (con música de Francini y letra de Sanguinetti), y “Pa’ que sepan cómo soy” (con letra del actor Norberto Aroldi).

 

En 1951, contrajo un nuevo matrimonio, con Nora Edith Ulfed, argentina descendiente de daneses. Este matrimonio no duró mucho, pese a que en 1952 trajo a luz a una hija, llamada Ana María. Su ex esposa se fue de la ciudad, llevándose a la hija, y luego también la sacó del país y nunca más dejó que padre e hija se encontraran. Se cuenta que ese drama humano sufrido en carne propia fue un gran motivo de amargura para Julio María Sosa. Al día de hoy, esa hija es la única heredera de los derechos de interpretación (grabaciones) de su padre.

En las grabaciones de esta etapa, que se extendió hasta 1953, ya pueden percibirse las influencias que el mismo Sosa confesó que tenía: Gardel, Agustín Magaldi, Ignacio Corsini, e incluso Azucena Maizani. En su labor en esta primera orquesta argentina, el cantor siguió teniendo algo de la posibilidad de elegir el repertorio, sin dudas; pero aun en los casos en que no elegía, quienes seleccionaban lo hacían con gran acierto.

A principios de 1953 el pianista Francisco Rotundo lo contacta y le propone integrar su orquesta, para remplazar al saliente cantor Enrique Campos. De modo que el cantor nacido en Las Piedras se despide en términos amistosos del binomio Francini-Pontier.

 

El repertorio de Sosa en su par de años con Rotundo tiene las mismas características del anterior, pero cambia la orquesta y la sonoridad tiene niveles de menor elaboración, con lo que la calidad del acompañamiento llega a algunos puntos en que incluso pierde personalidad.

Las grabaciones con Rotundo comienzan en abril, con el tango “Levanta la frente” de Magaldi y Nápoli. Entre otros de los temas clásicos del nuevo repertorio grabado se encuentran  “Secreto” de Discépolo, “Farolito viejo” de Luis Teisseire y José E. Riu y “La casita está triste” de Bernstein y José de Grandis. En esta etapa con Rotundo, el repertorio de Sosa sigue intercalando algunos temas cuyas letras en primera persona hacen autodefiniciones que contribuyen a fortalecer la personalidad pública, el “carisma” varonil del cantor; ahora es el caso de “Bien bohemio”, de Ernesto “Tití” Rossi, Juan Pomati y Sara Rainer.

 

Por esos últimos tiempos, la voz de Julio Sosa se estaba sintiendo afectada, con un rendimiento menor y en un estado cada vez más preocupante. De modo que es operado por el médico otorrinolaringólogo León Elkin, quien lo “salva” de los pólipos que tenían las cuerdas vocales.

 

A mediados de 1955 el cantor se vuelve a unir artísticamente con Pontier, pero que ya dirigirá su orquesta sin el violinista Francini. Comienzan a hacer registros fonográficos en agosto, con el tango “Llorando la carta”, que había sido otro de los éxitos de Magaldi en el ’30. Otro rescate de obra olvidada fue “Quién hubiera dicho” (de Rodolfo Sciammarella y Luis César Amadori, que había estado en el repertorio de Corsini. Otra grabación suya muy lograda y recordada que proviene de Corsini es “El rosal de los cerros”, y también registra varios gardelianos éxitos de su época en Uruguay: “Silbando”, “La gayola”, “Tengo miedo” y “Tiempos viejos”. Otro acierto en la intención de darle versatilidad y frescura al personaje que se construye fue el hecho de incorporar al repertorio (cantado y grabado) temas que se salían del usual dramatismo, temas con algunos toques de ironía y humorismo, como “Padrino pelao” (del repertorio tanto gardeliano como corsiniano), “Enfundá la mandolina”, “Araca París” (ambos gardelianos), y “Camouflage” de Francini y José García.

 

En 1960 reveló su otro aspecto artístico, el de poeta, con la publicación de un único libro, “Dos horas antes del alba”, reuniendo 24 poemas escritos por él mismo. También se desvinculó de Pontier, con la intención de iniciar su etapa de solista. Convocó a un gran músico con el que ya se venía cruzando durante las actuaciones radiales: el bandoneonista Leopoldo Federico. Este músico dudó en aceptar el desafío, dado que apenas 2 años antes había logrado empezar a dirigir su orquesta propia, y no quería cortar esa etapa siempre tan anhelada por los grandes músicos. Pero se sintió presionado por las circunstancias, y con el tiempo se dio cuenta que aceptar el trabajo con el cantor uruguayo había sido una decisión acertada y sin arrepentimiento. Organizó y dirigió la orquesta, que empezó a grabar para el mismo sello en 1961, cuando ya no era una sorpresa la alta calidad que se estaba generando en esa unión de talentos. Esa primera grabación ocurrió el 30 de mayo, con el tango “Dicha pasada” de Guillermo Barbieri (guitarrista de Gardel), y “Rencor” (de Charlo y Amadori), ambos del repertorio gardeliano. Hasta la muerte de Sosa, hubo 62 grabaciones más junto a la orquesta, con grabaciones de la era gardeliana (como “Recordándote”, “Sus ojos se cerraron”,  “Confesión”, y “Volvió una noche”). Pero también incluyen otros temas más actuales, como por ejemplo “Amor en remolino” y “Nunca tuvo novio”.

El momento tan esperado de la aparición del primer disco Larga Duración (vinilo) de Julio Sosa con su propia orquesta (dirigida por Leopoldo Federico) fue doblemente importante, porque llevó un título que pasó a ser su apodo, indiscutido en el ambiente: “El Varón del Tango”. “El adjetivo le calzó justo: desde lo gestual hasta el color ríspido de esa voz de tonos cavernosos” (Jorge Göttling). Se cuenta que este apelativo fue creación del periodista  Ricardo Gaspari, que por entonces era titular del departamento de prensa y promoción de la grabadora Columbia, y empezaron a utilizarlo en el momento justo en que empezaba el ascenso definitivo del cantor como ídolo popular. No tenía momentos bajos, era infalible en carisma, en convocatoria y en cifras, porque las ventas de sus discos eran impensables para un intérprete tanguero de aquellos días y tan abultada como la de cualquier cantante “nuevaolero”. Respecto a esa puja estética y comercial con los artistas de la llamada “Nueva Ola” (movimiento de música liviana que los sellos internacionalizados imponían para los jóvenes), el cantor se expresó así durante una entrevista: “No sangro por la herida porque gano lo que quiero, cuando quiero y donde me gusta. Es un problema hormonal el que tengo con esta gente”. Son inaguantables. Para mí sería una tragedia tener un hijo dedicado a esas mariconadas. Preferiría que fuese chorro porque a lo mejor una buena mujer al final lo endereza”.

No deja de ser curioso que, pese a que no se privaba de decir cosas tan tajantes como ésta, aún así su arrastre con los jóvenes (por ejemplo en los bailes de los clubes) era tremendo. Al punto que algunos llegan a afirmar que por esos años (y los siguientes) el tango se mantuvo vivo en gran medida gracias al gran empujón que dio la gran popularidad de Julio Sosa. “Se dio la extraña situación de que varias generaciones que no fueron para nada afectas al tango como género, se acercaron por excepción a Sosa comprando y disfrutando sus discos” (Héctor Ángel Benedetti).

Durante 1962, a la par del trabajo con la orquesta, apareció un disco con 12 grabaciones de Sosa acompañado por un cuarteto de guitarras dirigido por Héctor Arbelo. Pero no era tango propiamente dicho, urbano, sino música al estilo de los cantores criollos que tanto admiraba.

Respecto a las formas orquestales durante la etapa con Federico, podemos decir que una buena cantidad de arreglos los hacía éste (“Mañana iré temprano”, “Mala suerte”, “Mano a mano”, “El rosal de los cerros”, “Madame Ivonne”, “Un tropezón”, “Tiempos viejos”, “Qué solo estoy”), aunque otra buena parte los escribía otro bandoneonista de la orquesta, Antonio Príncipe (“Tarde”, “Que me quiten lo bailao”, “Si no me engaña el corazón”, “En esta tarde gris”, “Tabaco”, “Nunca tuvo novio”, “Levanta la frente”, “Viejo rincón”). Pero también tocaron y grabaron arreglos de otros músicos (van como ej): “María”, “Soledad”, “Araca corazón”,  arreglados por Héctor Gorla; “Destellos” por Osvaldo Montes (que era otro bandoneonista de la orquesta); “El último café” por Héctor Artola; “Nada” por Roberto Pansera; “Cuando era mí mi vieja” por Pascual Mamone; “Qué me van a hablar de amor”, “Qué falta que me hacés” y “Entre sueños” arreglados por Julián Plaza.

Así explicó Federico la dinámica de trabajo que tenían: “Estrenábamos los tangos en Radio Belgrano. Yo iba una hora antes que Julio, lo mirábamos con la orquesta antes de que él llegara, y cuando él caía lo cantaba una o dos veces. Preguntaba algún detalle y se iba a tomar un café. Volvía a la hora de la audición y lo cantaba: el fin de semana ya lo estaban pidiendo en los bailes”.

De los temas grabados con esta orquesta, y arreglados por el mismo director, nos parece importante recordar algunos más, por haber llegado a picos de popularidad que llegan hasta nuestros días y hasta aparecen como imperecederos: “El firulete”, la milonga de Mariano Mores a la que le agregaron letra de Rodolfo Taboada, grabada el 27/2/64 y de la cual hay una sensacional filmación casi estilo video-clip en la película “Buenas Noches, Buenos Aires” (filmada por Hugo del Carril), del mismo año, donde canta Sosa y también baila Beba Bidart, todo en un cuadro donde le cantan la milonga a un grupo de chicos y chicas “nuevaoleros”, es una escena imperdible y que puede buscarse fácilmente en Internet; otra es la paradigmática versión que lograron del famosísimo “Cambalache” de Discépolo; y la última que queremos destacar es la grabación de “La cumparsita” que en realidad es Julio Sosa recitando esos versos tan crudos y sentidos de Celedonio Flores que llevan por título “Por qué canto así”, con el bandoneón de Leopoldo Federico tocando la música de “La cumparsita” como único fondo musical. En su segunda estrofa decía: “Y yo me hice en tangos, / me fui modelando en odio, en tristeza, / en las amarguras que da la pobreza, / en llantos de madres, / en las rebeldías del que es fuerte y tiene / que cruzar los brazos cuando el hambre viene... / Y yo me hice en tangos, porque el tango es bravo, / porque el tango es fuerte, / tiene algo de vida, / tiene algo de muerte...” Toda una maravilla de íntima expresión tanguera, hay que escuchar completa esta expresiva grabación para entender más cabalmente quién fue este querido cantor rioplatense.

Julio Sosa también tuvo una experiencia escribiendo una letra tanguera: “Seis años”, musicalizada por Edelmiro D'Amario. Leía mucho, algo no tan común entre los cantores de tango. Y dado que también escribía, le hicieron fama de hombre culto. “¿Yo, hombre culto? ¡Mentira! Mi universidad fue la calle. Es cierto que aprendí y hasta pude que haya llegado a comprender a Beethoven. Pero antes pasé por Canaro y no me arrepiento”. Un acierto suyo fue agregarle a los tangos una introducción que recitaba previo a cantarlos. Era una más de las innovaciones que constituyó su estilo, su integralmente tan especial forma de comunicarse que tanto logró que el público se sintiese más afín, más cercano al cantor que canta y dice las cosas del pueblo. Justo él que tenía esa voz tan recia y varonil. Pero que pudo llegar a interpretar con la misma eficacia tangos dramáticos y duros como obras más desenfadadas, y también otras mucho más románticas.

Además del tango y la poesía, Sosa tuvo otra pasión: los automóviles. Fue propietario de un Isetta, un De Carlo 700 y un DKW modelo Fissore; con los tres terminó por chocar, debido a su tendencia exagerada a la velocidad. El tercer choque resultó fatal.

El 18 de noviembre de 1964 Sosa y la orquesta empezaron grabaciones para editar un disco larga duración. Los temas fueron: el tango “Siga el corso” y la “Milonga del 900”. Se editaron en un simple.

El 23 de noviembre canta por Radio Splendid; esa sería la última vez. El último tema fue “La gayola”, con ese funesto final: “pa’ que no me falten flores cuando esté dentro del cajón”, que es cierto que era uno de los puntos fuertes del repertorio de toda su carrera, pero en la sucesión en que ocurrieron los hechos, puede considerarse como una premonición, casi una profecía.

Durante esa misma noche, a las 3:30 (la madrugada del 25 de noviembre), manejando su DKW se llevó por delante una baliza luminosa en la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla. Ésta había sido colocada poco antes, y de modo inadecuado. Entre la radio y la corrida fatal, había estado en la despedida de soltero de su presentador, Paco Montalbán, en una cantina cercana a La Paternal, donde no se lo vio cómodo ni feliz, y así partió, acompañado por una mujer con la cual estaba iniciando convivencia, y con dos compañeros de orquesta que intentaron calmarlo pero no pudieron. Sosa no bebía siempre, pero aquella vez se había excedido. Luego se bajaron del auto los 2 compañeros, y un rato después la mujer. Y el cantor siguió con su auto rojo hacia el choque, que ocurrió a 120 km/h, en el que recibe una serie de golpes. Es trasladado al hospital Fernández, y luego al sanatorio Anchorena. Nunca recupera el conocimiento, y muere el 26 de noviembre a las 9:30.

La difusión de la noticia fue demorada 1 hora mientras trataban de encontrar un lugar adecuado para velarlo. El velatorio comenzó en el salón “La Argentina” (por entonces en Rodríguez Peña 361), que ya por entonces era un bailable emblemáticamente tanguero, a las 16 horas y ya había colas desbordantes de gente hacia ambos lados, esperando para entrar. A las 20 la multitud presionaba sobre la doble puerta de acceso, en la ansiedad desesperada que sentía en la incertidumbre de poder o no poder despedirse del cantor; quince minutos después el cordón policial no resistió y la gente se abalanzó adentro del local. Hubo que improvisar una sala de primeros auxilios. Un par de horas después la lucha ya era en la calle, entre la policía y el público. Era urgente producir cambios importantes. A las 2 fueron Troilo, D’Arienzo y el diputado radical Reynaldo Elena quienes solicitaron a Tito Lectoure que ceda el Luna Park para poder seguir el velatorio hasta el final. El cuerpo fue trasladado en una ambulancia, y la gente fue, Corrientes abajo, acompañando. El traslado hacia el cementerio de Chacarita estaba previsto para las 15. Había que recorrer toda la extensión de la calle Corrientes, más de 60 cuadras, que tomaron más de 6 horas porque la procesión era de ¡200000 personas! Sí, doscientas mil personas.

Julio Sosa llegó tempranamente al éxito y, como Gardel, se murió joven, en plenitud. “Se fue de gira” el cantor de tangos más representativo e influyente de la segunda mitad del siglo veinte rioplatense. Una gira eterna en la cual, como diría Troilo, “siempre está llegando”.