Edmundo Rivero

Nació justo donde termina Pompeya y empieza la provincia, el mismo barrio que dio inspiración al tango “Sur”, que dejara inmortalizado en la grabación con su compositor en 1948. Gran cultor de la canción criolla y uno de los máximos referentes del “lunfa”, fue un artista único, que sigue siendo escuchado y respetado.

Leonel Edmundo Rivero nació el 8 de junio de 1911 en una casa ubicada al pie del Puente Alsina (hoy también conocido como Uriburu), del lado de la provincia, en ese borde Sur de la ciudad de Buenos Aires. Su madre se llamaba Juana Anselma Duró, y su padre, Máximo Aníbal Camilo Rivero, era funcionario ferroviario.

En 1913 la familia del pequeño se muda a la casa de los abuelos, en el barrio de Saavedra. En 1917 el niño comienza sus estudios primarios en la escuela Molinari (en Nuñez y Estomba).

En 1927 la familia cambia de barrio: se instalan en un departamento de Cabildo y Quesada (barrio de Belgrano).

Con su padre había aprendido a tocar la guitarra criolla, y había estudiado canto en el Conservatorio Nacional, al tiempo que era asiduo concurrente a centros gauchescos y tradicionalistas.

Su madre solía acompañarlo, tocando la guitarra, cuando practicaba el canto; ella era una buena aficionada de las canciones tradicionalistas. En 1929 Edmundo canta por radio, un repertorio completamente campero, acompañado por su hermano Aníbal. Con él y también con su hermana Eva, el adolescente realiza presentaciones en encuentros tradicionalistas.

En 1931 cumple el Servicio Militar Obligatorio, y por su contextura física grande es destacado en el Regimiento de Granaderos a Caballo. Al terminar esa carga pública, le llega la primera oportunidad importante: acompaña como guitarrista a su hermana Eva, que cantaba y tocaba el piano, en Radio Cultura. Enseguida es incorporado como guitarrista estable de la emisora, acompañando a los cantores que le tocasen, de folclore, tango o el género que fuese.

En 1935 le llega la primera gran oportunidad en el tango: como cantante en la orquesta típica de José De Caro, hermano menor de los ya muy importantes Julio y Francisco. Estaba preparado para el desafío, tanto que al poco tiempo pasa a cantar para la agrupación de Julio, mayor en número de músicos, en sonoridad y relevancia. Luego canta para la orquesta de Emilio Orlando, joven bandoneonista, y en 1938 para la de Humberto Canaro, pianista y director hermano menor de Francisco Canaro, “Pirincho”, otro de los grandes pioneros del género. En paralelo a todo esto, Rivero seguía con su actividad anterior, de música criolla, con presentaciones junto a Eva, y como guitarrista del dúo Ocampo-Flores. Lamentablemente, de todos aquellos trabajos no hay registros fonográficos, ningún disco puede escucharse porque no fueron grabados.

Desde 1938 tiene sus primeras participaciones en el cine, en roles secundarios, por ej. en “Pampa y cielo” dirigida por Raúl Gurruchaga, y “El inglés de los huesos” de Carlos H. Christiensen, de 1940. La creciente cinematografía argentina aprovechaba la estirpe gaucha de Rivero, su conocimiento y experiencia en lo campero. Es en 1941 que queda registrada una escena que es la más recordada suya en un filme: protagoniza una payada en “Fortín Alto”, dirigida por Luis Moglia Barth y con guión de U. Petit de Murat y Homero Manzi.

A fines de los años ’30 ya se evidenciaba la atracción que ejercía sobre Rivero el tango, sin mengua de su perdurable pasión por lo gauchesco y campesino. Pero aún no estaba unido con el tango hasta el punto que llegaría más tarde, porque antes se necesitó romper una barrera que llevó años derribar: el público y hasta los músicos estaban acostumbrados a las voces agudas, de tenores, y Rivero tenía una extraordinaria voz, pero de bajo, demasiado grave y de opaco color para lo que los oídos esperaban escuchar. Por esto estuvo varios años sin ser contratado, “y aun llegaron a decirme que con una voz tan gruesa debería estar enfermo de la garganta”.

El primer director que creyó a rajatabla en Rivero como cantor fue Horacio Salgán. El pianista lo escuchó “casi de casualidad” en 1944, cuando estaba cantando un par de canciones en radio La Voz del Aire, y lo llamó para que cantase en su orquesta; grabaron un disco de prueba, que presentaron en LR1 Radio El Mundo, que, pese a dudas y resquemores por la voz, los contratan. También logran sonar (siempre con actuaciones en vivo, transmitidas por las radios contratantes, tal la modalidad de la época), por LU6 Radio Atlántica, de Mar del Plata. Logros importantes para el binomio Salgán-Rivero, considerando que a la barrera de la voz de Rivero se agregaba la dificultad de que los arreglos orquestales eran bastante más sofisticados, complejos, que lo que se oía por aquellos años. Algunos de los hitos de esa época fueron los tangos “La uruguayita Lucía” (de E. “Chon” Pereyra y D. López Barreto) y “Trenzas” (de A. Pontier y Homero Expósito). Pero habrá que esperar a 1962 para escuchar grabaciones de aquellas grandes creaciones en la voz de Rivero y el piano y orquesta de Salgán, porque en esos años ’40 no generaban aún el suficiente apoyo como para que pudiesen grabar.

Cumplidos los 3 años de contrato firmado con Salgán, a Rivero se le presentaría la oportunidad de sumarse a una de las orquestas más convocantes, respetadas, adoradas, en fin, emblémáticas del tango. No la dejó pasar por el costado, y con Aníbal Troilo y su Orquesta, Rivero quedó firme y definitivamente establecido como uno de los mayores cantores de tango.

A mediados de los ’40, la orquesta de Troilo estaba en uno de sus mejores momentos, con instrumentaciones muy creativas y a la vez populares, y también con cantores muy convocantes: Alberto Marino y Floreal Ruiz. Pero los recambios de cantores eran muy frecuentes por aquellos años, porque el éxito era tan grande que los vocalistas muchas veces dejaban las orquestas para ser solistas, o cambiaban de orquesta. A principios de 1947 fue Marino quien dejó la troileana orquesta, y así el director se vio en la necesidad de conseguir otro cantor para salvar la pérdida.

Quien le habló a “Pichuco” Troilo de lo bueno que sería tener a Rivero como cantor fue un amigo en común: Carlos de la Púa, el Malevo Muñoz, el poeta que le cantó al Puente Alsina, el mismo lugar donde nació Rivero, y con el mismo lenguaje de los guapos del cual ellos eran aficionados: el lunfardo. Mucho antes del momento indicado, el poeta le hablaba al cantor sobre esa posibilidad. Llegado el momento, Troilo se decidió por ir a conocer por sí mismo al cantor de quien C. de la Púa le hablaba bien, y otros le hablaban mal. Fue a ver una de las presentaciones del binomio Salgán-Rivero, y le gustó. Tanto que a los pocos días acordaron una cita, en el mismo bar donde Rivero solía encontrarse con el poeta lunfardo. Troilo había ido con su esposa, y Rivero con su guitarra, y tras varias horas de charla y canto (Rivero le tocaba y cantaba cosas de payadores, de compadritos, poemas lunfardos), el director recordó para qué había citado a Edmundo, y le dijo que le gustaba lo suyo, que le planteara sus condiciones. Entonces Rivero le contestó: “mi preocupación es llegar a tener un buen repertorio; así que Ud. me dice qué es lo que le gusta de lo que yo canto ahora y, además, me arrima otras piezas para completarlo”. Troilo se miró algo desconcertado con Zita, porque lo primero que le planteaban en esa situación los cantores eran las cuestiones de “guita”.

Rivero debutó con Troilo en el Tibidabo, uno de los principales sitios tangueros, en la calle Corrientes, a principios de abril de 1947.

En esos primeros días amenazaban con arreciar “tormentas” como las que ya había recibido Rivero por su voz “rara” de parte de algunos personajes del ambiente, pero Troilo le dio al cantor toda su confianza y apoyo, incluso amenazando con no respetar compromisos comerciales ya pactados si los contratantes insistían en rechazar a Rivero. Así se comprobó fehacientemente que el público no era el problema, porque la aceptación fue muy rápida.

Y enseguida, el 29 de abril, ya hacen las primeras grabaciones: los tangos “Yira yira” de E. Santos Discépolo, y “El milagro” de A. Pontier y Homero Expósito.

Con gran acierto, Pichuco le asigna a Rivero la interpretación de cuatro tangos cuyas inspiradísimas letras pertenecen a Homero Manzi: “Tapera”, “Una lágrima tuya”, “Sur” y “El último organito”. Las atmósferas que alcanzó Rivero en estos tangos, sobre todo en los últimos dos casos, son tan logradas, que nunca nadie pudo hacer algo igual. Debe ser ya por aquellos tiempos que Troilo apodó cariñosamente a Rivero como “El Gaucho”.

Otros puntos altos del repertorio grabado de Rivero con Troilo fueron “Cafetín de Buenos Aires” (de Mariano Mores y Discépolo), “La viajera perdida” de E. Maciel y Héctor P. Blomberg, “Tú” (de José Dames y José M. Contursi) e incluso la “Milonga en negro” que Rivero adaptó de motivos populares de los que le cantaba su madre. Pero también se recuerdan otros temas del repertorio que no llegaron a ser grabados: “Audacia” y “Canchero” (ambos tangos con letra de Celedonio Flores), “Puente Alsina”, de Benjamín Tagle Lara, “Barrio pobre” de V. Belvedere y F. García Jiménez.

En 1948 se había casado con quien ya hacía varios años era su novia, y que fue la mujer y compañera de toda su vida: Julieta Pastore.

Durante sus 3 años de contrato con Troilo, el cantor recibía “ofertas tentadoras”, contó, “pero jamás las consideré y, menos todavía, se las comenté al Gordo”. Pero en 1950 termina el contrato y, aunque podrían haberlo renovado, deciden seguir caminos por separado porque a Rivero se le dio una asombrosa combinación de oportunidades. Las 3 posibilidades que se sumaban para que pasara a ser solista fueron: el apoyo de “Federal”, que era el máximo anunciante de la radiofonía, otra oferta era la de la grabadora RCA, y la tercera era la del Marabú, el cabaret que estaba de moda. “La suma de las tres era una oportunidad muy difícil de repetir, por lejos superior a cualquier cifra que pudiese garantizarme cualquier conjunto”. Según contó el mismo Rivero en unos relatos que publicó en 1982 (con el título de “Una luz de almacén”, y el subtítulo de “El lunfardo y yo”) Pichuco lo alentó a aceptar el cambio, “como un padre que, aunque dolorido, aconseja a su hijo echar a volar”.

En esa decisión obviamente que tenía incidencia lo monetario, pero tanto o más influyeron cuestiones artísticas y esenciales: “Volver a empuñar la viola fue otra cosa que una revancha, ya con la espalda cubierta y grandes públicos asegurados. Fue hacer lo que más me había gustado en la vida, de la manera que siempre lo hicieron los míos. Para mucha gente fue, en aquel tiempo, algo difícil de comprender y, para otros, un mal negocio a la larga. Pero para mí fue sólo volver al camino”. Troilo y Rivero nunca fueron “compinches”, pero sí llegaron a ser verdaderos amigos.

Ya independizado, agrega un contrato con LR3 Radio Belgrano, y es llamado para aparecer en más películas, por ej. en “El cielo en las manos”, de Horacio Cárpena, en la que canta acompañado por una orquesta gigante, integrada por músicos del Teatro Colón y dirigida por Ástor Piazzolla.

La grabación debut como solista es con “Audacia”, el mismo tango de Celedonio Flores que cantó pero no grabó con Troilo, y el mismo que tampoco grabó Gardel. La contracara del disco era “Para vos, hermano tango”, un tema escrito por el mismo Rivero. En esta nueva etapa, disponiendo de libertad total para elegir el repertorio, se inclina por canciones gardelianas, o de similares características, como los tangos “Margot”, “Primero yo”, “Araca la cana”, “A la luz del candil”, “Mano a mano”, “Mi noche triste”, “Dicen que dicen”, “Medallita de la suerte”, e incluso “La cumparsita”.

En los discos lo acompañaban, alternativamente, un quinteto de guitarristas (integrado por Pagés, Pesoa, Carné, Achával y Milton), y por la orquesta de Víctor Buchino.

En 1954 cambia de grabadora, pasando a TK, aunque no cambia la esencia de su repertorio. Graba algo con su hermana Eva, y en agosto de 1956 graba 2 tangos con Troilo: “La última curda” (de Troilo y letra de Cátulo Castillo), y una nueva versión de “Sur” (de Troilo y con letra de Manzi). El mismo año los acompañamientos pasaron a estar a cargo de Carlos Figari.

Durante el resto de su vida artística contó con el acompañamiento de agrupaciones dirigidas por músicos talentosísimos como Mario Demarco, Héctor “Chupita” Stamponi, Roberto Pansera y Raúl Garello. También recorre casi todo el país, palmo a palmo, tal como lo consigna en los relatos publicados en 1982.

En 1957 hay un pequeño y primer desquite por aquella mala suerte de no haber podido grabar con Salgán. Ya en este año hacen 2 grabaciones que se publican en un sello uruguayo: los tangos “La casita de mis viejos” (de Cobián y Cadícamo) y “La última curda”.

En 1959 realiza su primera gira por Europa, presentándose durante 7 meses en distintas ciudades españolas.

En 1962 graba un álbum completo con Horacio Salgán y su orquesta, con tangos como “La uruguayita Lucía”, “Yo te bendigo”, “Trenzas”, “Canchero”, “Soy del 90”, “La gayola”, y el vals “A una mujer” (con música de Salgán), entre otros temas.

En 1965 canta y graba los temas de la suite “El hombre de la esquina rosada”, con poemas de Jorge Luis Borges convertidos en obras cantables por Ástor Piazzolla. Actúa en el célebre Lincoln Center, de Nueva York. Dos años después, también hizo una gira por varias ciudades de la costa oeste de Estados Unidos, y en 1968 vuelve a dicho país, para cantar en varias universidades, completando la gira con países como México, Ecuador, Perú, Chile y Uruguay. Incluso en Japón consigue altos niveles de éxito.

En 1970 graba otro disco completo con Salgán y su orquesta, esta vez con tangos como “Una lágrima”, “Bandoneón arrabalero”, “Pan”, “La luz de un fósforo”, “Dandy”, “Lo han visto con otra”, y el vals “Pedacito de cielo”, entre otros.

El 8 de mayo de 1969 abre un local tanguero: “El Viejo Almacén”, habiendo adaptado una antigua casona de Independencia y Balcarce. Los socios fueron el pianista Carlos García, Álvarez Vieyra Durante la noche inaugural actuaron los binomios H. Salgán-Ubaldo De Lío y Ciriaco Ortiz-Edmundo Zaldívar hijo, la orquesta de Carlos García y los cantantes María Cristina Láurenz y Félix Aldao. El presentador fue Horacio Ferrer. Este emblemático boliche aún hoy está abierto y trabajando.

El gran gusto que tenía Rivero en su juventud por las canciones camperas se complementó luego con el gusto por las canciones con versos lunfardos; fue el primer compositor que puso música al soneto lunfardo. Para él, el vocabulario lunfardo es sintético y capaz de pintar en pocas palabras al mundo. Con sus años de dedicación al lunfardo, se convirtió en uno de sus máximos referentes, seguramente el principal de la segunda mitad del siglo XX.

El 17 de agosto de 1972 canta en el T. Colón, acompañado por Salgán y su orquesta, en una velada oficial de homenaje al Tango de la que también forman parte el cantor R. Goyeneche, el director Florindo Sassone, el Sexteto Tango, Troilo y su Orquesta, y Ástor Piazzolla y su Conjunto 9.

En noviembre de 1979 fue recibido como miembro oficial de la Academia Porteña del Lunfardo, pero ya antes venía siendo reconocido por la institución, pues en 1971 le habían otorgado el “Farolito de oro” y un año después la Medalla del Amigo.

Al ser un artista de gran versatilidad (en eso se pareció mucho a Gardel), alternaba con solvencia indiscutible el tango más compadrito con la canción más delicada. Pero aún así, en su labor propició una identificación de la literatura tanguera con sus fuentes, alejándola de la influencia del bolero y acercándola al lunfardo.

En 1985 publica “Las voces, Gardel y el canto”, un libro en el que ofrece su investigación sobre el canto del gran artista fallecido 50 años antes.

En diciembre de 1985, Edmundo Rivero sufrió una miocardiopatía congénita, por lo cual fue internado en el Sanatorio Güemes, de Buenos Aires. La dolencia se complicó con un problema respiratorio, y falleció el 18 de enero de 1986, de un paro cardíaco. Tenía 74 años, mujer, cuatro hijos y 7 nietos.