Carmencita Calderón

Era ya una milonguera con personalidad cuando la descubrió un bailarín “de aquellos” y enseguida El Cachafaz, el legendario, la hizo su compañera y quedaron juntos en la historia del tango.

Carmen Micaela Risso de Cancellieri nació el 10 de febrero de 1905.

Aprendió a bailar a los 13 años en la casa familiar, con su hermano Eduardo. Su padre también era un apasionado tanguero, y se vivían aún las primeras y fundamentales décadas del género. Carmencita empezó a acompañar a sus dos hermanas menores a bailes suburbanos. Iba para seguirlas de cerca, a cuidarlas, porque su madre ya había muerto. Pero un día, en su propio barrio, en el Club Sin Rumbo (de Villa Urquiza), Carmen bailó. Ya no era una piba, andaba por los 28 años, y ni se le ocurría ser bailarina profesional, aunque ya adornaba el baile con gran personalidad.

En aquella ocasión, alguien que admiraba su bailar le sugirió que bailase con un habitué que estaba presente. Sin saber quién era él, Carmencita aceptó. Era “El Tarila” (José Giambuzzi), un italiano “pelado, que había quedado viudo hacía poco” según recordaba Carmencita. Ya era un bailarín de cierta fama. Luego de bailar juntos, él le hizo un ofrecimiento doble: el de ser pareja de baile suya, y también de otro bailarín ya legendario, conocido como “El Cachafaz”. Con cada cual, en su propia Academia.

Al día siguiente, Carmen ya estaba en el café de Corrientes y Talcahuano donde paraba “El Cacha” todas las tardes y donde le fue presentando amigos célebres, como a Carlos Gardel, como Elías Alippi, Muiño o Tito Lusiardo, grandes del espectáculo y de la cultura popular argentina.

El Cachafaz ya tenía 48 años, era feo, con secuelas de viruela, pero cuando bailaba hacía maravillas, era único por su estilización, que llegó a menguarle lo soez al tango. Su nombre real era Ovidio José Bianquet (nacido en 1885 en la esquina de Independencia y Boedo), aunque solía cambiarse los nombres de pila por “Benito”. En 1911 había viajado a los Estados Unidos, bailó en Nueva York, y de regreso en 1913 abrió una academia de baile. Con el tiempo, dio lecciones de baile muy bien cobradas, a gente de la alta sociedad. En 1919 fue París, la Ciudad de las Luces, la que lo vio bailar. Entre 1910 y 1929 había tenido de compañeras, en el amor y en el baile, a Emma Bóveda (“La Francesita”) y Elsa O'Connor, (ésta luego fue una conocida actriz dramática del teatro y del cine). También tuvo otras parejas de baile como La Vasca Ernestina, María Celeste, Olga San Juan.

Al armar pareja profesional con Carmencita, Bianquet despidió a la que había sido su pareja hasta entonces, Isabel San Miguel. El destino quiso que, desde aquel momento, Carmencita Calderón fuese su exclusiva pareja de baile por más de 10 años, hasta la muerte del bailarín.

Testimonió Carmen: “Tenía un don especial, elegancia y un compás único. Fue un gran creador de pasos, pero también tenía muchos cortes (figuras) en común con El Tarila”.

La pareja Bianquet-Calderón debutó en el Teatro de San Fernando, con la orquesta de Pedro Maffia. Era el mismo año de la unión profesional de la pareja. Y ese mismo año dejaron filmada una escena de baile en la película “Tango” (siempre recordamos que fue el primer largometraje sonoro argentino, con muchas de las más importantes figuras tangueras del momento).

Realizaron numerosas giras (sobre todo con Canaro y su espectáculo “Historia del Tango”) pero Bianquet “extrañaba mucho, porque él era de dormir todas las noches en la casa de la mamá”.

Con justicia o no, El Cachafaz puede ser considerado el máximo bailarín de tangos, o acotando más el asunto, podría recordárselo como el más célebre de los bailarines de la primera mitad del siglo veinte.

La insospechada última noche de la pareja fue en un local denominado “El rancho grande”, en Mar del Plata. El 13 de febrero de 1942, luego de actuar, Carmen se fue a un cuarto con la dueña, para escuchar por radio un partido de fútbol entre Argentina y Uruguay; en eso se asomó Bianquet para decirle que la esperaba después del partido para tomar medio whisky. Pero al poco rato entró una mujer a los gritos para decir que don Benito estaba tirado en el patio. “Cuando lo vi tirado en el suelo, pensé que era sólo una caída”, contó ella en un reportaje que le hizo la periodista Irene Amuchástegui al cumplirse 55 años de la muerte del Cachafaz, publicado por Diario Clarín, en febrero de 1997. En aquella medianoche del boliche marplatense murió Bianquet, aunque el mito de El Cachafaz perduró.

Carmencita también, pero bailando muchos años más. Comenzó a bailar con El Tarila, y luego con José Méndez, por ejemplo en la audición Ronda de Ases (que se emitía por Radio El Mundo). Otros de sus partenaires fueron José Baña, Carlos Almada, Alfredo Núñez. Claro que también bailaba con amigos, con muchos admiradores, cada vez que se presentaba la ocasión. Era una persona optimista, que se mostraba siempre feliz.

Por mediados de los años ’60 tomó como compañero de baile a Juan Averna. De edad bastante menor a la de ella, supo adaptarse a la ya también emblemática bailarina, y ella pudo demostrar que siendo mayor al bailarín podía hacer de la pareja algo muy bueno, para seguir vigente. Recibieron la Medalla de Plata de la Academia Porteña del Lunfardo, en 1975.

El redactor de esta nota tuvo la suerte de verla bailar, allí mismo en el Club Sin Rumbo, a fines de los años ’90, con ese aire relajado, familiar, tomando vino blanco con amigos. Siempre sonriente y vivaz.

Carmencita Calderón falleció el 31 de octubre de 2005. Y pese a no haber estado en ninguno de los espectáculos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, seguirá estando en el recuerdo de los bailarines y milongueros, porque es una referencia querida y significante de la historia del baile de tango argentino. Y es bello terminar esta nota evocando algunos versos de un tango que le dedicó el historiador José Gobello: «Vos sos la piba sin tiempo / milonguera de alto rango, / sos eterna como el tango que te lleva en su compás. / Carmencita Calderón las baldosas se estremecen / presintiendo tus quebradas, tus corridas, tus sentadas / cuando invitan a bailar.»