Celedonio Flores

Hace 115 años nació uno de los mayores poetas lunfardos del tango. “El Negro” Cele fue amigo de Gardel, y quedó en la historia como uno de los referentes en lo que respecta a letras con “lunfardo”, el vocabulario de los marginales. Como señal de que siguió siendo el principal poeta “lunfa”, basta mencionar que, luego de Gardel, se siguieron cantando siempre sus tangos, por grandes cantores como Edmundo Rivero y Julio Sosa, y por muchos intérpretes más. Vale la pena conocer la vida y la obra
del autor de “Mano a mano”.

Celedonio Esteban Flores nació el 3 de agosto de 1896, en el barrio de Balvanera, de nuestra Ciudad de Buenos Aires. Más exactamente, en una casa ubicada en Talcahuano 58. Su madre se llamaba Fermina Rueda, y su padre fue Manuel Ceferino Flores. Era el segundo nacimiento producto de ese matrimonio, y la familia llegó a estar compuesta por 5 hermanos: Amelia, Celedonio, Manuel, Andrés y Héctor.

Con el nacimiento de Celedonio, la casa en Balvanera empezó a resultar reducida en comodidad, y esto obligó a Don Manuel a buscar otra vivienda; pronto se mudaron a otro porteñísimo barrio: Almagro.

Durante su educación primaria, el pequeño preocupaba a sus padres y a las maestras porque era bastante travieso; sin embargo, sus problemas de conducta nunca impidieron que pasase de grado. Estudiaba en la Escuela Roca, de la calle Libertad.

Luego comienza a estudiar violín en el prestigioso Conservatorio Williams; más tarde le surge también el entusiasmo por el dibujo, por lo que se inscribió en la Academia de Bellas Artes, pero este estudio también lo abandona tras aprender las nociones elementales.

Al cumplir 14 años de edad se muda a Villa Crespo; pensemos que eran los porteños barrios de un siglo que apenas despuntaba y que sería el siglo del Tango argentino: era 1900 y estaba empezando el siglo veinte. Por entonces Celedonio era morocho, robusto y retacón, solía estar peinado a la gomina, con pilchas de su época; con su voz grave y engolada gustaba recitar versos de grandes poetas de aquel momento, como Rubén Darío, Amado Nervo, Alfonsina Storni, Belisario Roldán, pero su mayor referente en la poesía era sin duda Evaristo Carriego, el poeta del pueblo y de las cosas simples. A veces se animaba a recitar incluso algunos poemas de su propia autoría.

Ya más entrado en su juventud, descubre que tiene vocación de boxeador. En este deporte va escalando posiciones en la misma categoría del mono Gatica. Usaba el seudónimo “Kid Cele” y se cuenta que, ya en 1923, disputó una final para ser campeón argentino, pero la perdió por puntos.

Además del boxeo, era asiduo concurrente a los bailes de su barrio, Villa Crespo. También por esos tiempos ya tenía reunidos sus poemas de autodidacto en un cuaderno escolar, pero esa colección, titulada “Flores y yuyos”, nunca se publicó, sigue inédita en manos de sus descendientes, y se dice que ya mostraba la calidad que luego se le conocieron a sus versos.

Su historia como artista comienza en aquella época. Era 1920 y en la sección “El Gorro de Dormir”, del diario “Última Hora”, premiaban cada semana con cinco pesos semanales al autor de los versos que en ella se publicaban. A esta especie de concurso de poemas populares decide entonces Celedonio Flores enviar “Por la pinta”, unos alejandrinos bastante socarrones. Una de esas semanas, gana el premio, y los versos aparecen publicados. El dinero no era mucho, pero este logro resultó el comienzo de todo, porque a Carlos Gardel, nada menos que al gran cantor, que ya llevaba varios años de carrera y fama, le llamaron la atención esos versos. Poco a poco el cantor de tangos estaba ganándole el espacio al “cantor criollo”: el gran Carlos estaba cada vez más metido en el tango, y estaba buscando repertorio. Esos versos le son encargados para musicalizar al “Negro” José Ricardo, uno de los guitarristas que acompañaba a Gardel, aunque éste junto con Razzano son los que figuraron como los autores de la música, por lo que años después los herederos del guitarrista debieron litigar para ganar los derechos sobre esa música.

Gardel y Razzano hicieron llamar al autor de “Por la pinta”, para conocerlo y para pedirle permiso para cambiarle el nombre, para que el tango se titulase “Margot”. Lo citan a la compañía grabadora que funcionaba en el piso superior del Cine Gran Splendid. Esperan encontrarse con un guapo de avería, pero se encontraron con un jovencito empilchado para la ocasión, algo entrado en kilos, peinado a la gomina. El humor risueño que le causó a Gardel esa sorpresa ayudó a Celedonio a sacar unos papeles que traía consigo para mostrárselos al famoso dúo, que Carlitos leyó con atención. Al terminar su lectura, maravillado, con cara de asombro y un poco en tono de cargada, le dice: «Pibe, esto es un fenómeno pero no lo escribiste vos, lo escribió tu tío». Lo que el Morocho del Abasto estaba elogiando eran los versos de “Mano a mano” y que con música de Gardel y Razzano se convirtió en un éxito mundial y a la vez un tango inmortal. Para esos versos, cuenta la leyenda que el poeta se inspiró en la anécdota de un enfermo moribundo que se encontraba en un hospital cordobés.

“Margot” (retitulado ya musicalizado el poema “Por la pinta”) fue el primer tango que se hizo y conoció con letra de Celedonio Flores; tal como dijo el recordado periodista e investigador Julio Nudler, este tango “caló hondo en la gente con su amarga crítica a la muchacha humilde y bonita que se afrancesa y pervierte para escapar a su destino de pobreza”.

El investigador del tango Osvaldo Rossler explica así el fenómeno de Mano a Mano: “He aquí que Celedonio Flores, como corresponde a todo hacedor de formas, rompe con la tradición, con todo un pasado que al parecer campeaba inconmovible, y nos entrega un octosílabo que poco o nada tiene que ver con los autores leídos en nuestras horas de ocio, o lo aprendido en textos escolares: Rechiflao en mi tristeza / hoy te evoco y veo que has sido / en mi pobre vida paria / sólo una buena mujer”. Con esos versos comienza este tango en el que el varón salda cuentas con la mujer que amó (“mano a mano hemos quedado”) y le ofrece su desinteresada ayuda para cuando ella sea “descolado mueble viejo / y no tengas esperanzas / en el pobre corazón, / si precisás una ayuda, / si te hace falta un consejo, / acordate de este amigo / que ha de jugarse el pellejo / pa’ ayudarte en lo que pueda / cuando llegue la ocasión” (precisamente, el final del tango). Es uno de los tangos preferidos de todos los tangueros, y su fama es mundial, con versiones grabadas por artistas internacionales como Caetano Veloso, Joaquín Sabina, etc.

Y así fue como Gardel, al buscar a Celedonio Flores, ganó definitivamente a este joven poeta para el tango. Otro de los tantos y enormes favores que le hizo el gran cantor a la cultura popular argentina.

Tal como apuntó el historiador José Gobello, “Cuando comenzó a escribir tangos, Flores era un chiquilín inexperto como Contursi (Pascual, quien inició el tango argumental con “Mi noche triste” en 1916), aunque sus lecturas fueran más abundantes” que las de Pascual Contursi. Celedonio le quitó las lágrimas al tango, aunque sin restarle dramatismo. “Pero no devolvió al tango las insolencias de Villoldo o del viejo Gobbi, sino el aplomo -la capacidá- del hombre corrido que puede mirar la vida como lo que es, agua que corre”.

Gardel, además de los dos ya mencionados, grabó otros 19 temas de Celedonio: “La Mariposa” y “Malevito” que tienen músicas de Pedro Maffia; “El Arroyito” y “Cordobesita” (zamba) con músicas de Samuel Castriota; “Milonga fina”, “El alma que siente” y “El Bulín de la calle Ayacucho” con las de los hermanos Servidio; “Gorriones” y “Pan” con música de Eduardo Pereyra; “Mala Entraña” con música de Enrique Maciel; “Lloró como una mujer” y “Tengo Miedo” musicalizado por el guitarrista José M. Aguilar; “Canchero” con música de Arturo De Bassi; “Colorao, Colorao”, musicado por Alberto Acuña; “Por seguidora y por fiel” con Ricardo Luis Brignolo; “Te odio”, “Si se salva el pibe” y “Mentira” con músicas de Francisco Pracánico; “Viejo Smocking” con la del guitarrista Guillermo Barbieri. El tango “Pan” contiene una descarnada crítica social, frente a la miseria que siguió a la crisis de 1930, como bien expresó Nudler, y luego tuvo también otras versiones antológicas más, como las de Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero.

Gardel tuvo en su repertorio, pero sin haberlos grabado, también otros temas de su amigo Cele: “Comadre” (de Filiberto) “Muchacho” y “Veníte conmigo” (Donato), “¡Atenti, Pebeta!” (Ortiz), “Nunca es tarde” y “Viejo Coche” (Pereyra), “No hay derecho” (Avilés), “Sentencia” (Maffia), “La Traviesa” (Iriarte), “Botija Linda” (Matos Rodríguez), “Audacia” (Hugo La Roca), y “Corrientes y Esmeralda”. Se dice que éste último no lo dejó registrado en disco por una cuestión de modestia: como veremos después, contiene una expresión que encumbra su aspecto.

A Celedonio Flores se lo puede ver junto a Gardel en la película (cortometraje) “Viejo Smocking”, del año 1930.

Cuando el dúo Gardel-Razzano estaba en la cúspide de la fama, Flores recriminó a sus integrantes la falta de atención para con él al no dedicarle un retrato de ambos, lo que motivó un altercado. Cuando se calmaron, le hicieron el obsequio, con el correspondiente autógrafo en la popular fotografía, publicada centenares de veces, del dueto criollo; esa anécdota la contó el mismo poeta.

Por razones comerciales, durante varios años Flores escribió exclusivamente para Rosita Quiroga, una cantante con voz, dicción y estilo arrabalero, que no buscaba refinamiento, y que quedó como la emblemática (entre las mujeres) de esta especialidad. Es decir que sus tangos los estrenaba ella. Las letras de Cele para Rosita sumaron 24 temas, entre los cuales se destacan “Muchacho” y “Beba” (ambos con música de Edgardo Donato), “Audacia” (Hugo La Rocca), “Carta brava” (con música de Rosita), “La musa mistonga” (Antonio Polito). Éste, grabado por ella el 1 de marzo de 1926, resultó el primer trabajo discográfico que utilizó el sistema fonoeléctrico en la Argentina.

Con el tiempo, los tangos de Celedonio pasaron a significar puntos altos, indispensables en el repertorio de numerosos cantores, desde Ignacio Corsini y Alberto Gómez, hasta posteriores como Edmundo Rivero y Julio Sosa.

Otros éxitos con letras de Flores: “Farol de los gauchos” (zamba), “Pensando en ti” (vals), “Soy un porteño (milonga), “Carta Brava”, “De estirpe porteña”, “Cuando me entrés a fallar”, “Derrotado”, “Pa' lo que te va a durar”, “La carta que me dejaste”, “Taita”, “El as de los ases”, “La misma milonga”, “Maldita”, “Armonía”, “Nunca”, “Candombe de barrio”, “Bigotito”, “¡Ufa!... ¡qué secante!”, “¡Qué careta!”, muchos creados y grabados por Rosita Quiroga y otros por Corsini, Magaldi, Charlo, Gómez, la Maizani.

Al igual que su amigo Enrique Dizeo (el letrista de San Cristóbal, de la misma generación que Celedonio, pues nació en 1893) el “Negro” Flores se nutrió de la cultura de la calle. Ambos fueron hombres de la milonga, de las timbas y los hipódromos. A Flores le gustaban más los juegos de naipes, “de timbas llenas de cigarrillos, en el monte con puerta, a salto y carta”, como señalara Cátulo Castillo. Al otro poeta “lunfa” le tiraban más “los burros” (las carreras de caballos).

Muchas de las criaturas y sucesos de esos ámbitos callejeros, barriales, fueron llevados al tango en páginas que perduran. Y en esas creaciones el amor y el drama no faltaban.

Celedonio tuvo más vuelo lírico que Dizeo. “Su tono fue más empinado, más viril, más dramático. Sus tangos horadaron el terreno de la poesía”, según el estudioso Gaspar Astarita.

Trabajó también en radio, donde recitaba, teniendo como auspiciantes a firmas importantes como Jabón Federal, Gomina Brancato y Geniol. Sus versos prologaban las actuaciones de primeras figuras como Francisco Canaro, Rosita Quiroga y Carlos Gardel, por ejemplo.

Celedonio Flores recopiló sus poemas, tangueables o no, en dos libros:Chapaleando barro” (1929) y “Cuando pasa el organito” (1935). En éste se incluye el ya mencionado “Corrientes y Esmeralda”, unos versos escritos sobre la música de un tango compuesto años antes por Francisco Pracánico. Quedó inmortalizado como un gran tango, y ya en 1934 había tenido su primera grabación con la letra incluida: la Orquesta de Francisco Lomuto con el canto de Fernando Díaz. Este tango es como una oda porteñísima a una esquina ya por entonces legendaria del Buenos Aires tanguero, y en su famoso final dice burlón: “en tu esquina rea cualquier cacatúa / sueña con la pinta de Carlos Gardel”.

Según consigna el estudioso José Gobello en su libro “Mujeres y hombres que hicieron el tango”, Flores fue un “hombre querendón, de una sola esposa, y ella legítima, María Luisa Vinci”.

Cuando en un reportaje le preguntaron cómo creaba sus éxitos, respondió: “Busco un pedazo de vida, la vivo intensamente en mi interior, la tomo en serio y despacito, y con cuidado, y voy haciendo el verso. Como he vivido un poco, como he dado muchas vueltas, como conozco el ambiente canalla, tengo la pretensión de vivir mil personajes”.

Cuando murió, llevaba ya cuatro años la imposición de una férrea censura gubernamental sobre las letras de tango, de las que se suprimía todo término lunfardo y cualquier referencia social o moral que no condijera con el integrismo que se buscaba imponer. Este ataque a la expresión popular había comenzado con el golpe militar filofascista del 4 de junio de 1943. La terrible deformación que se le aplicó a sus letras amargaron los últimos años de Celedonio. La censura fue desapareciendo después, pero él no vivió para verlo.

Apenas pisaba los cincuenta años cuando el corazón le hizo cerrar el juego, en su casa del barrio de Palermo (en calle Malabia 2154). Celedonio Esteban Flores murió el 28 de julio de 1947 en la ciudad de Buenos Aires. Siempre será recordado y valorado.