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“El tango hacía su voluntá...”

por:  Liliana Abayieva, actriz, cantante, docente de baile de tango

El tango es una vibración continua desde que se inicia, crece y muere...

Muchos ojos expectantes me miran al comenzar la música, esperando encontrar los míos, y que a un cabeceo, una seña o unos labios que apenas se abren musitando... “¿bailás?”. Y una, que responde con la cabeza que sí.

Me acerco a la pista entre mesas y sillas, mis pies se alegran, tienen vida propia, y esperan que llegue él. A veces desde el otro lado del salón, como desde un campo lejano, esquivando a otras parejas que desde otros espacios también se preparan para el comienzo. Pequeño momento interminable... porque si es alguien no conocido una internamente ruega: ¡que baile bien!

Llega él, el bailarín, el doble que se acoplará para esa danza de tres minutos místicos.

Apenas un saludo corto, un besito, o un ¡hola! cómo estás, o simplemente mi brazo rodea su hombro y cuello, su mejilla roza la mía, mientras la música imperativa sigue sin detenerse; es esa vibración continua que une dos almas que aman, con un amor incondicional ese ritmo musical que se mete por cada uno de los poros, que no respeta nada, sólo la solidez de las notas desgranadas por piano, violines y los bandoneones.

¡¿Qué pasa, Dios mío?! ¡¿Qué nos pasa a los que bailamos?! Nos perdemos en la danza.

Y me acuerdo de Borges: “El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba, y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar, lo mismo que en un sueño...” (1)

Borges, yo no sé si usted bailó alguna vez, pero intuyo que sí, porque eso que dice es así de cierto; un sueño donde, con los ojos cerrados, no se sabe dónde se está, y se pierde noción de lugar y espacio en esta danza ritual.

Siento que es un rito, quizás no para todos los que acuden a bailar; no me engaño, que hay tantas razones como seres humanos hay, que sienten distinto. No viene al caso juzgar qué es lo que hace que hombres y mujeres se abracen para jugar el tango.

Cuando el gurú indio Osho dice en su Libro Naranja: “bailar y cantar son formas de meditar” comprendo que los que vibramos con el baile, meditamos.

Me gusta el verbo vibrar. Cuando vibramos tenemos vida, una vida por la que vivir infinitamente mejor, y la música, que es vida intangible en el aire, nos salva de las grandes y pequeñas miserias que cotidianamente nos rodean...

Y volvemos a la mesa, yo (si mi compañero me supo arriar por la vida de esos cuatro tangos continuos) alegre, plena de haber podido disfrutar la danza que supimos conquistar.

(1) expresión del cuento de Borges “El hombre de la esquina rosada”.