Alfredo Gobbi

Cerca de que se cumplan 100 años del nacimiento del llamado “Violín Romántico del Tango”, consideramos una muy apropiada ocasión para conocer a fondo a Alfredo Gobbi, quien fue, junto a Troilo y Pugliese, uno de los principales creadores del Tango Moderno que forjaron inspirados en la revolución del tango que había iniciado otro violinista, Julio de Caro. En sólo 53 años de vida, tuvo una intensísima actividad que le dio mucho a nuestro tango.

Alfredo Julio Floro Gobbi nació el 14 de mayo de 1912, en París. O sea que, por lugar de nacimiento, no fue argentino, sino francés. Tampoco sus progenitores lo eran: Alfredo Eusebio Gobbi había nacido en Uruguay  y Flora Hortensia Rodríguez en Chile. Sin embargo, estos datos no opacan la gran importancia que llegó a tener para el tango argentino el ser que estaba naciendo en la capital francesa hace 100 años.

Alfredo Julio ya nació ligado al tango, pues fue dado a luz en París porque Alfredo padre y Flora estaban allí junto a otro pionero del tango, Ángel Villoldo (el compositor del emblemático tango “El choclo”), enviados allí en 1907 por la casa grabadora Gath y Chaves, y que durante esos años hicieron espectáculos de canto y baile, y actuaron en teatros criollos y también de zarzuela. Esos bohemios fueron los primeros músicos argentinos que difundieron el tango en Europa, cuando aún nuestro tango era jocoso y con letras que no contaban historias; era la época conocida como “primitiva” de nuestra música ciudadana.

En esos tiempos previos a la primera gran guerra, París tenía un ambiente cultural muy rico y cosmopolita. Es ampliamente recordado con la frase “París era una fiesta”. La larga estadía de nuestros artistas latinoamericanos y pioneros del tango se entiende en ese contexto. Pero los padres del niño Gobbi deciden volverse, por ese nuevo nacimiento pero también porque ya se les había muerto una hijita en Madrid, adonde estaban representando “Juan Moreira”. Cuando el bebé ya había cumplido 6 meses, la familia regresa a Buenos Aires, en barco. La primera gran guerra (recordada como Primera Guerra Mundial, aunque se desarrolló solamente en Europa) no era un ambiente propicio para criar una familia, y siendo originarios de Sudamérica, no dudan en volverse, como tantos otros.

De nuevo aquí, Villoldo se convierte en padrino de bautismo de Alfredito.

Desde siempre el entorno familiar de él fue muy musical; en una ocasión su hogar fue visitado por el gran Carlos Gardel. A los 6 años empezó a tomar clases de piano. A los 10, recibe un regalo de su padre: un violín. Por esa época el infante vende diarios en Triunvirato y Estomba, a dos cuadras de su casa en el porteño barrio de Villa Ortúzar, pero eso no le impide que siga aprendiendo música, pero ahora ya no piano, sino el instrumento de mano de 4 cuerdas. Estudia en el Conservatorio Falconi, en Canning y Santa Fe.

El ingreso como canillita también le permitía también pagarse un gustazo que incrementaba su pasión por el violín en el tango: ir y volver en tranvía al centro, y la entrada al cine Select Lavalle, donde frecuentemente se presentaba el grupo tanguero del violinista que estaba revolucionando el tango: Julio De Caro. Alfredito trata de aprender todo lo que puede de esos conciertos, copiando del admirado músico los pizzicatos, los golpes de arco, etc. Tenía que ganar tiempo, porque tenía 12 ó 13 años pero ya estaba tocando en un trío con un guitarrista y un bandoneonista; tocaban en bailes de patio, a tres pesos la noche. Por aquellos tiempos compone su primer tango: “Perro fiel”. Y se le da la chance de dejar el trabajo extra-musical de la parada de diarios, al empezar a tocar en la orquesta que dirigía el maestro Antonio Lozzi, que primero tocaba en el “Teatro Nuevo” de la calle Corrientes y luego en los teatros Comedia y Nacional. Ese podría considerarse su primer trabajo profesional, y luego también alternó el trabajo allí con el de tocar en la orquesta del pianista Luis Casanova en los bailes del salón Italia Unita. Luego tocó el violín-corneta (similar al de Julio De Caro) en un cuarteto. Pasaba de conjunto en conjunto, cambios permanentes eran lo más común en aquellos años difíciles para sobrevivir, pero que a la vez eran años en que nuestro tango estaba multiplicándose rápidamente.

Apenas comienza el año 27 tiene la oportunidad de integrar la orquesta del bandoneonista Juan Maglio, el hoy mítico “Pacho”, que estaba animando en exclusividad los bailes de carnaval del Pabellón de las Rosas, en Recoleta. También fugazmente pasó por la orquesta de otro gran pionero: el pianista Roberto Firpo. Dos orquestas que ya eran palabras mayores. Luego, también trabajó con la de otro pianista: Manuel Buzón.

Durante 1929 toca en la orquesta del bandoneonista y compositor Anselmo Aieta (el que compuso “Pavadita”, “Mariposita”, “Alma en pena”, entre otros maravillosos tangos), en la del guitarrista Mario Pardo (con la cual estrenaron el tango de Gobbi “Desvelo”), en la del pianista Adolfo Avilés, y en la del violinista Antonio Rodio. Todo lo cual no le impidió que durante varios meses de ese año trabajase como pianista en las matinés del cine Metropol.

Cada vez más, Alfredo Gobbi trataba de juntarse con otros músicos que tuviesen ideas musicales afines a las suyas, para así no alejarse de lo que eran sus gustos, sus objetivos artísticos, y así algún día no tan lejano llegar a tener su propia orquesta. En este contexto se ubica el trío que formó en 1930 con el bandoneonista Domingo Triguero y con Orlando Goñi, pianista con el que nacería una fuerte amistad musical, y que una década después llegó a ser importante para el tango, al revolucionar el concepto del pianista en la orquesta, cuando trabajó con la primera orquesta de Aníbal Troilo.

Y en 1931 Gobbi integró una orquesta que fue muy fugaz; en rigor, era el sexteto de Vardaro-Pugliese, que dirigían el violinista Emilio Vardaro y el pianista Osvaldo Pugliese y completaban los bandoneonistas Aníbal Troilo y Miguel Jurado, y el contrabajista Luis Adesso. La nueva apuesta estaba complicada, por varias razones. En principio, porque ellos hacían un tango evolucionado, claramente en la línea decareana, y esto todavía no era muy popular. Además, eran tiempos difíciles, pues ya estaba en curso la crisis económica mundial que se recuerda como “la gran depresión”. El proyecto no prosperaba, y se aleja uno de los directores, Vardaro, y Gobbi tomar el rol vacante como co-director. Pero luego de unas giras por provincias, en 1932 el sexteto se disuelve definitivamente. Fue una “orquesta” efímera pero que quedó en la historia del tango como mítica, por haber estado integrada por semejantes músicos, que luego cada uno por su lado hicieron enormes aportes al tango (sobre todo pensando en Pugliese, Troilo y el mismo Gobbi, que fueron quienes llegaron a hacer importantes carreras como directores y compositores). No dejaron grabaciones.

Luego de esta desilusión, Gobbi se vuelve a sumar a la orquesta de Manuel Buzón, donde se vuelve a encontrar con su amigo Goñi. En esta etapa tocan en programas de radio, con transmisiones desde el cine Monumental, terminada la cual, Alfredo Gobbi funda su primer grupo totalmente propio, un sexteto con José Goñi como segundo violín, Aníbal Troilo y Alfredo Attadía en los bandoneones, Agustín Furchi en contrabajo y Orlando Goñi en el piano. Lamentablemente, les vuelve a suceder lo del sexteto anterior; siguen haciendo tango de la mejor calidad, pero para un público que no dejaba de ser una élite, el gusto popular les sigue esquivo. Y para completar las dificultades, de a poco se va sintiendo más y más la merma de trabajo que significó para los músicos (y otros artistas) la llegada del cine sonoro (aquí y en el mundo), dado que se van terminando los musicalizadores “en vivo”.

Se vuelve a reunir con Pugliese, pero conforman solamente un dúo (piano y violín) para trabajar en Radio Prieto, pero los avisadores de la emisora los vetan, y el dúo se separa al poco tiempo. Arma nuevamente un sexteto, bastante parecido al anterior, para una temporada de trabajo en el cine Garay, y luego se suma a la orquesta de Alberto Pugliese, hermano de Osvaldo. Ningún trabajo dura mucho.

Pero siguió su carrera de violinista con varios directores importantes: la orquesta de Pedro Laurenz (1935) en la que ya tuvo la responsabilidad de ser violinista principal, y luego con Joaquín Do Reyes y Armando Baliotti.

En 1941 viaja a Montevideo, y en tierras uruguayas trabaja durante casi medio año como violinista principal de la orquesta de Pintín Castellanos, hoy recordado como el compositor de la famosa milonga “La puñalada”.

Cuando le llegó el momento en que pudo formar y dirigir su propia orquesta, ya tenía en su haber más de 15 años trabajando con el tango. Con una edad de 30 años, lo cual por entonces ya se consideraba maduro, o al menos ya no joven. El debut de su orquesta fue el 21 de octubre de 1942 en el boliche “Sans Souci” (de la calle Corrientes). Junto a Gobbi que dirigía y tocaba el violín la integraban el pianista Juan Olivero Pro, los bandoneonistas Deolindo Casaux, Toto D'Amario, Mario Demarco y Ernesto Tito Rodríguez, el contrabajista Juan José Fantin, los violinistas Bernardo Hermino y Antonio Blanco y los cantores Julio Lucero (primer seudónimo del cantante Osvaldo Ribó), Walter Cabral y Pablo Lozano.

Aún con toda esa experiencia encima, y en medio de la creciente popularidad de las orquestas típicas, Gobbi tuvo que trabajar 3 años para que lo contratara una radio (El Mundo, aunque luego también trabajó para Radio Belgrano). Y recién pudo empezar a grabar el 16 de mayo de 1947, fecha en que registró el tango de la guardia vieja “La viruta” (de Vicente Greco) y un vals compuesto por su padre: “La entrerriana” (con el canto de Carlos Heredia y Hugo Soler). Fue para la RCA Victor, empresa fonográfica para la que la Orquesta de Alfredo Gobbi grabó la gran mayoría de los temas: 76. Hizo otras 6 grabaciones para un sello menor, Orfeo, en 1958, la última de las cuales resultó ser la última grabación profesional de su orquesta. Fue con el disco de 78 rpm con los tangos “No me supiste amar” de Arturo Gallucci y E. Lary, cantado por Tito Landó, y “Dame tiempo” de Podestá, Ramos y Yoni, cantado por Alfredo Del Río, grabados el 31 de julio. De esas 82 grabaciones, la menor parte (21) son temas en versiones instrumentales, no cantadas (20 tangos y el vals “Lágrimas y sonrisas”), pero 16 de esos tangos instrumentales se ubican entre lo mejor del género.

Todas las grabaciones de la orquesta de Gobbi fueron originalmente hechas para ser publicadas en discos de 25 cm de diámetro, los famosos “discos de pasta” que debían girar a 78 revoluciones por minuto, que se rompían si caían, y que admitían sólo 1 tema por cada lado. Es por eso que la mayoría fueron grabadas de a pares por fecha de grabación. Después se fueron agrupando por “longplays”, discos de más de 40 minutos de duración en los cuales entraban 10, o hasta 14 tangos, por lo general.

También en 1947 fue que Gobbi compuso su tango que alcanzó mayor trascendencia: “Orlando Goñi”, un magnífico tango que creó y tituló en homenaje a su entrañable amigo pianista, que había fallecido 4 años antes.