Hugo del Carril

El último día de este noviembre se cumplen 100 años del nacimiento de un cantor muy especial: Hugo del Carril. Una personalidad que se atrevió también con la actuación y el cine. Repasamos su vida y obra, atribulada, interesante, prolífica, ejemplar.

El que luego llegó a la fama como Hugo del Carril nació en nuestra ciudad de Buenos Aires el 30 de noviembre de 1912. Más precisamente, en San Pedrito 256, barrio de Flores. Y su verdadero nombre fue Piero Bruno Hugo Fontana. Tanto su padre, Hugo Fontana, arquitecto, como su madre, Orsolina Bertani, eran inmigrantes italianos.

Cuando el pequeño tenía apenas 4 años tuvo su primer gran golpe: sus padres se estaban separando, y lo dan a una pareja de franceses, Francisco y Alina Fauré, que fueron quienes en verdad lo criaron. Ellos se llevaron al chico a Francia, donde lo criaron con mucho amor, como si fuese verdaderamente hijo de ellos, y aprendió el francés al punto de dominarlo a la par del castellano. También le dieron el apodo familiar que luego se convertiría en uno de sus primeros nombres artísticos: Pierrot, que era sencillamente su verdadero nombre, Piero, pero afrancesado.

En 1920 Piero regresa a Buenos Aires, donde terminó sus estudios primarios y luego cursó sus estudios secundarios en el prestigioso Colegio Nacional Mariano Moreno. Mientras tanto, en esa adolescencia ya empezó a apuntar para el lado del canto y el espectáculo en general.

En 1927, con apenas 15 años, realizó una de sus primeras presentaciones, con los Hermanos Leguizamón, bajo el seudónimo de Pierrot. Mientras, y para mantenerse, trabajó como operario en una fábrica de jabón y en una cristalería. Seguramente estas experiencias habrán sido un importante contacto con el mundo laboral, que habrán incidido en el futuro compromiso político de Piero, pero cuando ya era adulto y famoso con el nombre Hugo del Carril.

Como tenía nociones de guitarra, cantaba en cada lugar que pudiera: en algún café de Flores, en los patios, en festejos... incluso, dando serenatas a dúo con otro cantorcito que luego llegaría a ser importante: Floreal Ruiz. Por esos primeros tiempos también usó el seudónimo Alejo Pacheco Ramos.

Ya con 16 años, se presentó a rendir una prueba en Radio Bernotti (la misma que luego tuvo otros nombres: “Radio del Pueblo” y “Radio Buenos Aires”), y fue aceptado, de modo que su voz empezó a escucharse por la radio, que por esa época ocupaba el lugar privilegiado para el pueblo que hoy ocupa la televisión. Pero su voz salía, como locutor y cantando, con el nombre Oro Cáceres, nombre “falso” que muy pronto se multiplicaría en muchos otros, como Hugo Font, Hugo Caures, Carlos Cáceres, Pierrot (de nuevo), y muchos otros, tantos como requirieran las orquestas que iban a tocar a la radio, a las cuales él acompañaba como «estribillista» (cantante que en las décadas de 1920 y 1930 sólo cantaba el estribillo de cada tango, que se tocaba todo instrumental). Esporádicamente también hacía algunas interpretaciones, ante ese mismo micrófono, con Mario y Martín Podestá.

Por esa época viaja frecuentemente a Pocitos (Uruguay), para visitar a su abuelo, Orsini Bertani; sociólogo, creador y editor de la revista “La Pluma”, expulsado de Argentina por su militancia anarquista.

Como su participación en la radio era una experiencia interesante pero no le redituaba económicamente, decidió formar un cuarteto vocal, con Emilio Castaing y los hermanos Podestá, que al desvincularse Mario, pasó a llamarse Trío París.

En 1930 conoció a Roberto Acuña, que integraba el radioteatro “Chispazos de tradición”, y que lo llevó por primera vez a Radio Nacional. Juntos formaron el Dúo Acuña-Del Carril. Ese nuevo nombre artístico, el definitivo, le fue impuesto por el mismo Roberto Acuña, quien cuatro años después falleció y así quedó atrás el dúo. Debido a este nuevo duro golpe emocional, el cantor pensó en abandonar la carrera e incluso asistió a una escuela nocturna para estudiar taquigrafía convirtiéndose después en el primer taquígrafo en el Congreso de la Nación, pero sus amigos lo instaron a continuar con el canto, y entonces fue estribillista de la orquesta de Edgardo Donato, con la cual grabó por primera vez: seis tangos, un vals y dos pasodobles, en 1935. El mismo año llegó a Radio del Pueblo como solista. Su primer contrato fue por 180 pesos mensuales. Un año después debutó en Radio El Mundo interpretando “Guitarra, guitarra mía”. Formaba parte del elenco inaugural de esa importante radio, y allí empezó su popularidad grande. Daba la “casualidad” que pocos meses antes (en junio de 1935) falleció el gran Carlos Gardel, tan admirado por el cantor de Flores, y el dolor del pueblo era importante, lo mismo que el vacío de ese lugar de popularidad vacante. Trabajando en Radio El Mundo conoció a Tito Ribero, que se transformaría en su colaborador musical permanente. También fue entonces cuando grabó su disco como solista con temas cantados enteros: el vals “Me besó y se fue” y el tango “Yo soy aquel muchacho”.

A fines de ese mismo año intervino en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina”, cantando el tango del director (Manuel Romero) con música de Francisco Canaro titulado “Tiempos viejos”. Su estampa, su simpatía, su dicción, su sonrisa y su voz hacen que Manuel Romero lo inicie, Era una aparición corta, pero alcanzó para que fuese el gran inicio de un estrellato impresionante: Hugo del Carril tenía una figura joven, tenía estampa, una sonrisa y sobre todo una gran voz con perfecta dicción, y eran todos puntos a favor para captar al gran público, tanto como cantante como en el rol de actor de cine. Así es que el sello Lumiton lo contrató para filmar tres películas, la primera de ellas “La vuelta de Rocha” junto a Amanda Ledesma y a la gran cancionista Mercedes Simone, a la que siguió “Tres anclados en París” y “Madreselva”. En esta última compartió cartel con la ascendente actriz Libertad Lamarque (pronto empezaría a ser llamada “la Novia de América”), y conoció a Ana María Martínez, luego llamada Ana María Lynch, con la que vivió una relación tormentosa.

Mientras su fama de galán y actor de carácter crecían, Del Carril participó en “La vida es un tango”, “Gente bien”, “El astro del tango”, “Confesión”. También tuvo oportunidad de protagonizar el filme “La vida de Carlos Gardel” (¿quién iba a representar al Morocho del Abasto, si no él?).

En 1941 batió record de taquilla con “La canción de los barrios”, “En la luz de una estrella” (ésta con guión y dirección de Enrique Santos Discépolo) y “Cuando canta el corazón”.

En 1943 filma La pasión imposible y La piel de zapa, y conoció al por entonces ministro de Guerra, Juan Domingo Perón. En 1944 actúa en la comedia Los dos rivales, junto a Luis Sandrini.

En 1945 se estrenó “La cabalgata del circo”, con María Eva Duarte, que muy pronto pasaría a ser Eva Duarte de Perón (la mundialmente conocida Evita). “Con ella hablábamos de muchas cosas, pero especialmente de las necesidades de la gente humilde. Ella se sentía predispuesta a esa gente por su origen que jamás negó”, declaró el actor.

Al año siguiente, en México, protagonizó “Canción desesperada” y “La noche y tú con singular éxito. Aquí se lució interpretando los tangos “Compadrón”, “Che, papusa, oí” y la canción criolla “Pobre mi madre querida”, leit motiv de la película que luego filmaría con guión y dirección del poeta Homero Manzi.

En 1947 apareció en 2 filmes donde la música es central: “La cumparsita” y “Buenos Aires canta”.

En 1949 escribió, protagonizó, dirigió y produjo la película “Historia del 900”, en la que formó pareja con Sabina Olmos. Ese mismo año grabó la “Marcha Peronista”. Tiempo después dijo al respecto: “La grabé por convicción y por pedido expreso del general Perón, aún sabiendo que sería más recordado por la marcha que por los tangos que he grabado”. Esa actitud comprometida no impidió que fuese perseguido apenas unos años después por Raúl Alejandro Apold, el mismísimo Subsecretario de Informaciones del gobierno peronista, que sustituyó la versión grabada con otra hecha por el cantor Héctor Mauré. La persecución de Del Carril fue una especie de “mal entendido” generado por el funcionario, por su extremado recelo hacia todo lo que tuviese un tufillo comunista.

En 1950 protagonizó “El último payador”, personificando a José Betinotti, otra vez con guión y dirección de Manzi, siempre interesado por los temas argentinos.

Actuó en varias películas más, como la recordada “Las aguas bajan turbias”, del 52, y que también dirigió, y “Vida nocturna”. Pero en 1955 el derrocamiento del gobierno Perón dificultó mucho esa trayectoria artística que estaba en pleno auge. Hugo del Carril, primeramente sufrió el retiro de su film como director “La Quintrala, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer” de 53 salas. Se había estrenado el 26 de mayo. También estuvo unas semanas en la Penitenciaría Nacional (la que estaba en Av. Las Heras), como algunos cientos de detenidos y procesados por causas políticas. El estudioso José Gobello (que era uno de aquellos detenidos), atestiguó que Del Carril, en esos momentos duros e inciertos, no se dejaba ganar por el mal carácter: “se lo veía jovial, como si estuviera en un picnic”. Señal de una personalidad segura, optimista, emprendedora.

Sus siguientes obras cinematográficas fueron ignoradas por la crítica, hasta que llegó el gobierno de Frondizi, el 1 de mayo del 58. Eran “El último perro” (56) y dos filmes que dirigió “Más allá del olvido” (56, en la que actúa con Laura Hidalgo) y “Una cita con la vida” (1958).

Hugo del Carril también dedicó parte de su creatividad a escribir letras y músicas. Le pertenecen los tangos “Viejo camarada” y “Como la mariposa”, la canción “Blanca nube”, con textos en castellano y francés, la marcha “Un solo corazón” y algunas obras con letra de Julián Centeya, como las milongas-candombe “Felicita”, “Sensemayá” y “Yamambó”.

En 1959 conoció a Violeta Curtois, una mujer 20 años menor. Se enamoraron con todo (“hemos nacido el uno para el otro”, dijo por entonces, sin temor a caer cursi) y la pareja perduró; se casaron 2 años después, y de esa unión nacieron Marcela Alejandra, Hugo Miguel (cantor), Amorina Eva y Eva Cristina.

Siguió cantando, y filmando, en los años '60. Se presentó, esporádicamente, en algunas temporadas teatrales, en algunas películas, como “Culpable” (1960), “La sentencia” (64) y en “El día que me quieras”, una anhelada re-versión del clásico de Gardel, en 1969. En esos años también dirigió filmes: “Amorina” (61), “Esta tierra es mía” (61), “La calesita” (63), “La sentencia” (64). También “Buenas noches, Buenos Aires” (64), el primer filme musical en colores de Argentina, que reunió a figuras  como Beba Bidart, Néstor Fabián, Virginia Luque, Mariano Mores, Jorge Sobral, Julio Sosa y Aníbal Troilo entre otros.

También en los ‘70 aparece en varios filmes: “Amalio Reyes, un hombre” (1970), “La malavida” (73), “Siempre fuimos compañeros” (73), “El canto cuenta su historia” (76).

Filmó como director “Yo maté a Facundo” (75), en la que volvió a participar como guionista.

Impulsó varios negocios por afuera del espectáculo, pero siempre le fueron adversos, con lo que su situación económica se complicaba, y se vio obligado a reactivar su actividad de cantante.

Realizó algún programa de TV (“Tango Club”, en Canal 11), grabó discos, pero la voz ya no era la misma y las épocas de su apogeo artístico parecían lejanos, si bien seguía atrayendo el aplauso y cariño del público. Por ejemplo, con 67 años de edad, en marzo de 1980 debutó en el hoy mítico boliche “Caño 14”, y el apoyo de su público era tal que tuvo que cantar por casi una hora. ¡Y eso que estábamos en plena dictadura!

Llegada la democracia en 1983, Hugo del Carril, ya mayor, fue recibiendo más afecto y reconocimientos. Ofreció un ciclo de recitales de canto en el Centro Cultural San Martín, invitado por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. En 1986, fue reconocido como “Ciudadano Ilustre” de la ciudad, pero fue el mismo año de un gran dolor, pues el 12 de abril falleció su esposa Violeta, a los 52 años.

En  enero de 1988 ingresó a la sala de terapia intensiva del Hospital Privado de Mar del Plata con un complejo cuadro de infarto de miocardio. Raúl Matera, su amigo y médico, señaló: “Su vida está supeditada únicamente a su corazón”. Ya había sufrido un infarto en 1957. La recuperación fue lenta y progresiva. Así, pudo estar presente durante un homenaje que se le realizó en el Luna Park el 9 de septiembre, en ocasión de cumplirse 50 años de su primera actuación.

Una larga vida de canto, actuaciones, compromiso con su país y con la vida, iba llegando a su fin. El 13 de agosto de 1989 falleció en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, por una descompensación cardíaca.

Fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Concejo Deliberante porteño. Sus restos descansan actualmente junto a los de Violeta en una bóveda en el cementerio de Olivos.

Sin duda resultó una figura importante para la cultura argentina del siglo XX. Pero también pudo formar una linda familia y fue un buen esposo y buen padre. Para terminar esta nota queremos focalizar en otros “detalles”, por medio de un par de aserciones que hemos leído: “Nadie logró desplazarlo del corazón de los tangueros, que admiraban su canto, tierno y viril, pícaro y dramático, como el de Gardel, y la apostura del muchacho bien plantado” (José Gobello)... Y dos expresiones de Gaspar Astarita: “Mientras dispuso de medios acudió en ayuda de cuanto colega lo necesitó. Y su palabra, su amistad y su consejo estuvieron siempre al lado de los jóvenes, a quienes asistió con su experiencia y su solidaridad. Siempre puso el gesto amistoso y cordial por sobre las diferencias que en algún momento lo hirieron” ... “Hugo del Carril fue además un hombre de una corrección ejemplar. Mientras dispuso de medios acudió en ayuda de cuanto colega lo necesitó. Y su palabra, su amistad y su consejo estuvieron siempre al lado de los jóvenes, a quienes asistió con su experiencia y su solidaridad. Siempre puso el gesto amistoso y cordial por sobre las diferencias que en algún momento lo hirieron”.