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Un poco menos de Miedo

por la  Lic. Valeria Picandet - Psicóloga y Terapeuta Bioenergetista

En general, al hablar de los miedos podemos distinguir dos clases bien diferenciadas:

Los miedos útiles, que nos protegen y son fundamentales para la supervivencia, tal vez más que ninguna otra emoción. Surgen, en forma adaptativa, para permitirnos responder rápida y eficazmente ante situaciones adversas.

Los segundos son sobre los cuales me explayaré en esta nota:

Los miedos inútiles, que abundan en los tiempos modernos, y son aquellos que están fuera de lugar y nos provocan preocupación, angustia y una variedad de inquietudes o, en un extremo patológico, fobias, trastornos obsesivo-compulsivos o ataques de pánico (tema del que me ocuparé en una próxima entrega).

En estos casos, el temor es para la mente lo que la parálisis para el cuerpo. Cuando el miedo es constante, dudamos y desconfiamos de nuestras propias capacidades. Estamos en guardia contra nosotros mismos, aterrorizados de abandonar nuestras defensas y permitir que nuestros sentimientos se expresen libremente.

Para conquistar el temor es preciso, en primer lugar, enfrentarse a él. No nos sentiremos mejor evadiendo nuestras dificultades, sino aceptándolas y comprendiéndolas. Muchas veces, aprendiendo qué temores y ansiedades emanan de nuestros primeros años, que ya no existen, excepto en nuestra imaginación.

Como bien me lo expresó un paciente recientemente, “tengo la idea de que por estar aferrado al mismo viejo tablón salvador en medio del océano, me pierdo un transatlántico que pasa un poco más allá”.

Así, muchas veces nuestra “bien adaptada” situación es a menudo la traición a nuestras verdaderas potencialidades. Abandonar las posiciones y actitudes defensivas, que representan nuestro miedo a vivir, no requiere un esfuerzo de la voluntad. Es un “soltarse”, una entrega a los procesos naturales y espontáneos del cuerpo y la vida.

La responsabilidad sobre nosotros mismos, que implica el estar vivo, supone una autocomprensión, darnos cuenta de los temores, ansiedades y culpas que nos bloquean, impidiéndonos estar totalmente vivos.

Por Miedo a cambiar, permanecemos en rutinas que nos aburren, y en un surco de arado que hace siempre el mismo recorrido.

Por Miedo a perder, no arriesgamos, no soltamos el palote que nos mantiene a flote pero a la vez semihundidos.

Por Miedo a no ser querido o aceptado nos salimos de nuestro eje y hacemos lo que se espera de nosotros.

Por Miedo a la soledad, nos conformamos con cualquier compañía.

Por Miedo a la locura, no nos atrevemos a cuestionar los valores que nos restringen, ni a rebelarnos contra los papeles que desempeñamos,

Por Miedo a crecer, vivimos esperando que otro nos solucione nuestros problemas.

Por Miedo a morir nos perdemos una vida plena.