Actualidad

Francisco, Su Santidad el PAPA
Palabras de Bergoglio mientras fue Arzobispo de Buenos Aires

 

Hipocresía clerical

Nuestro Dios es un Dios que se aproxima. Un Dios que se hace cercano. Un Dios que empezó a caminar con su pueblo y luego se hizo uno de su pueblo en Jesucristo para hacerse cercano. (...)

Y con esa cercanía, con ese caminar, crea esa cultura del encuentro que nos hace hermanos, nos hace hijos, y no socios de una ONG o prosélitos de una multinacional. Cercanía. Esa es la propuesta. (...)

Los que se escandalizaban cuando Jesús iba a comer con los pecadores, con los publicanos, a éstos Jesús les dice: “los publicanos y las prostitutas los van a preceder a ustedes”... que era lo peorcito de la época. Jesús no los banca. Son los que han clericalizado a la Iglesia del Señor. La llenan de preceptos, y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio. Estos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, peregrina de parroquia en parroquia para que se lo bauticen. (...)

Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica. La Iglesia del “vengan adentro que les vamos a dar las pautas acá adentro y lo que no entra no está” es fariseísmo. (...)

No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual.

22 de setiembre de 2012, en Misa de clausura de la Pastoral Urbana Región Buenos Aires

 

Trata de personas

Hoy en esta Ciudad queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? Que esa pregunta de Dios recorra todos los barrios de la Ciudad, recorra nuestro corazón y sobre todo que entre también en el corazón de los “caínes” modernos. Quizá alguno pregunte: ¿Qué hermano? ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿El que estás matando todos los días en el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás para mendicidad, para “campana” de distribución de droga, para rapiña y para prostituirlos? ¿Dónde está tu hermano, el que tiene que trabajar casi de escondidas de cartonero porque todavía no ha sido formalizado... Dónde está tu hermano? Y frente a esa pregunta podemos hacer, como hizo el sacerdote que pasó al lado del herido, hacernos los distraídos; como hizo el levita, mirar para otro lado porque no es para mí la pregunta sino que es para otro. ¡La pregunta es para todos! ¡Porque en esta Ciudad está instalado el sistema de trata de personas, ese crimen mafioso y aberrante! (...) ¿Dónde está tu hermano? Y vos que estás mirando, que te hacés el distraído, no dejás lugar en tu corazón a que entre la pregunta; que decís esa no es para mí... ¡¿Cuál?! ¡¡El esclavo!! El que en esta Ciudad sufre estas formas de esclavitud que mencioné recién, porque esta Ciudad es una “Ciudad abierta”, aquí entran todos: los que quieren esclavizar, los que quieren despojar... así como cuando se rinde una Ciudad se declara “Ciudad abierta” para que la saqueen, ¡aquí nos están saqueando la vida de nuestros jóvenes! ¡la vida de nuestros trabajadores! ¡la vida de nuestras familias! Estos tratantes... no, no los insultemos sino recemos por ellos también para que escuchen la voz de Dios: ¿Dónde está tu hermano?

A vos, tratante, hoy te decimos: ¿Para qué hacés esto? No te vas a llevar nada, te vas a llevar las manos preñadas de sangre por el mal que hiciste. Y hablando de sangre, por ahí te vas a ir del balazo de un competidor. Las mafias son así. ¿!!Dónde está tu hermano, tratante?!! ¡Es tu hermano! ¡Es tu carne!

Tomemos conciencia que esa carne esclava es mi carne, la misma que asumió el hijo de Dios.

25 de setiembre de 2012, en Misa en Plaza Constitución.

 

Las drogas

Nuestra ciudad necesita ser ungida en los lugares en donde la bondad está en lucha, espacios que son tierra de nadie y están ocupados por el interés egoísta y la injusticia social y económica.

(9 de abril de 2009, en Homilía del Jueves Santo)

 

 

En las mismas puertas de las escuelas se vende muerte... esto es evidente. Todos nos escandalizamos y decimos “qué barbaridad”, sin embargo ¿qué se hace? ¿quién le pone remedio a esto? 

(5 de abril de 2011, en la Misa anual por la Educación)

 

Los chicos salen de la escuela y en la esquina pueden comprar merca. ¿Preparamos a los chicos para grandes horizontes o para el horizonte de la esquina, donde pueden comprar por unos pesos pasta base o lo que sea? (...)

¡Estamos en riesgo! Como sociedad, poco a poco nos hemos acostumbrado a oir y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de cada día; y lo que aún es peor, también nos acostumbramos a tocarla y a sentirla a nuestro alrededor sin que nos produzca nada o, a lo sumo, un comentario superficial y descomprometido.

La llaga está en la calle, en el barrio, en nuestra casa, sin embargo, como ciegos y sordos convivimos con la violencia que mata, destruye familias y barrios, aviva guerras y conflictos en tantos lugares, y la miramos como una película más.

El sufrimiento de tantos inocentes y pacíficos dejó de cachetearnos, el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos, la pobreza y la miseria, el imperio de la corrupción, de la droga asesina, de la prostitución obligada e infantil, pasaron a ser moneda corriente, y pagamos sin pedir recibo aunque tarde o temprano se nos va a pasar la factura. Todas estas realidades, y muchas más, no son mudas, nos gritan a cada uno de nosotros, y nos hablan de nuestra limitación, de nuestra debilidad, de nuestro pecado... a pesar de que “nos hayamos acostumbrado”.

El acostumbramiento nos dice seductoramente que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que sin embargo sobrevivimos. Por el acostumbramiento, dejamos de resistirnos, permitiendo que las cosas “sean lo que son”, o lo que algunos han decidido que “sean”.

(17 de febrero de 2010, en la Misa por la Educación)

 

¡Con qué facilidad, cuando no hay amor, se adormece la conciencia! Entregamos las vidas de nuestros niños y jóvenes a las soluciones mágicas y destructivas de las drogas (legales e ilegales), del juego legalizado, de la medicación fácil, de la banalización hueca del espectáculo, del cuidado fetichista del cuerpo. Y, a nuestros ancianos, que para este narcicismo y consumismo son material descartable, los tiramos al volquete existencial. Y así, la falta de amor instaura la “cultura del volquete”. Lo que no sirve, se tira.

(25 de mayo de 2012, en el Tedeum en la Catedral Metropolitana)

 

El trabajo esclavo

La dignidad la tenemos por el trabajo, porque nos ganamos el pan, y eso nos hace mantener la frente alta. Pero cuando el trabajo no es lo primero sino que lo primero es la ganancia, la acumulación de dinero, ahí empieza una catarata descendente de degradación moral. Y termina esta catarata en la explotación de quien trabaja. (...)

Pero en esta Buenos Aires tan vanidosa, tan orgullosa, ¡sigue habiendo esclavos! Sigue habiendo esclavitud! Todo se arregla... Buenos Aires es coimera y lo es de alma, y el recurso a la coima tapa todo. Los corazones se endurecen.

(27 de marzo de 2011, en Misa por las víctimas del trabajo esclavo)

 

La gracia más linda que podemos recibir hoy es la de llorar en nuestro corazón. Señor, mirá esto: Cambiales el corazón a los esclavistas, cambiáselo. Estos que entran a esta “Ciudad abierta” a ver qué pueden saquear, qué vida pueden anular, qué familia pueden destruir, qué niños pueden vender, qué mujer pueden explotar. Nosotros no venimos aquí a protestar, venimos a rezar públicamente, en la plaza, en una Ciudad que es “Ciudad abierta” donde cualquiera puede entrar a esclavizar. Todos los que estamos aquí rezando también le vamos a pedir a Jesús la gracia de no hacernos los distraídos... “Pero Padre, ¿qué puedo hacer yo por una mafia?”... ¡Rezar! Golpeá el corazón de Dios... Si sabés algo, contalo, pero no mires para otro lado porque puede ser tu hijo o tu hija a quien de un día para el otro conviertan en esclavo, o podés ser vos. Hace un tiempo tuve la alegría de bautizar a dos nenas, hijas de un matrimonio rescatado de un taller esclavista. Señor, así como nos diste esta gracia, hacé que se multiplique, que podamos rescatar a muchos, que podamos devolver a la sociedad a todos aquellos que tienen encerrados como esclavos y explotados como esclavos.

(25 de setiembre de 2012, Misa en Plaza Constitución)