Eladia Blázquez

Hace pocos días se cumplieron 8 años de la muerte de una gran figura de la canción argentina, del tango en particular. Una gran artista que fue encontrando en cada momento su lugar. Podía tocar guitarra, el piano, y cantaba, pero lo que más le gustaba era escribir canciones, tanto desde la música como alumbrando la poesía. Fue más que una creadora del tango; es bueno recordar a Eladia, y es un justo tributo a su amor por Buenos Aires.

Eladia Blázquez nació el 24 de febrero de 1931, en Gerli, la sencilla barriada del partido de Avellaneda, al sur de la ciudad de Buenos Aires. Dato importante éste, como veremos luego.

Sus progenitores eran españoles (su madre había nacido en Granada y su padre en Salamanca). Esto marcó sus comienzos en la actividad artística, dado que desde niña cantó profesionalmente música española, recreando con éxito el repertorio popular, para un público numeroso y ávido. Aprendió “de oído” guitarra, y también a tocar el piano.

Con el tiempo fue cambiando el foco de sus intereses musicales, pasando por el folclore argentino (escribió canciones para Los Fronterizos y para Ramona Galarza), luego el bolero, y después el tango y también la balada.

En 1968 recibió uno de sus primeros galardones: su balada “No es un juego el amor” fue premiada en el Buenos Aires Festival de la Canción; lo intérpretó Daniel Riolobos.

El mismo año falleció su madre, y al año siguiente Eladia sufrió también la pérdida de su padre.

En 1970 publica su primer álbum de grabaciones de tango, y con obras propias. Lo tituló en primera persona, toda una declaración: “Buenos Aires y yo”. Allí aparece un tema sobresaliente, “Sueño de barrilete”, que lo venía cantando en público desde dos años antes, aunque lo había compuesto bastantes años antes: en 1959. Mediante la metáfora del barrilete (“Y he sido igual que un barrillete, al que un mal viento puso fin”), habla en primera persona como si fuese un personaje frustrado, que no alcanzó la altura de su ideal. Y lo mejor es que esta gran idea la dejó inmortalizada con una amalgama entre versos y línea melódica muy lograda, de las mejores que se hicieron desde entonces. En ese mismo álbum aparecen otros de los mejores tangos del repertorio de Eladia, como “Contáme una historia” (en colaboración con M. Iaquinandi) y “Sin piel”, además de “Mi ciudad y mi gente”, que ganó el Festival de la Canción de Buenos Aires de 1970. “Domingos de Buenos Aires” era otro tema, el que se había editado en simple junto a “Sueño de barrilete”, y “Humano” era otro que Eladia creó junto a otro poeta, de los más grandes del tango: Homero Expósito.

En aquel primer disco de Eladia, hoy de una importancia artística pero también histórica, los arreglos y la dirección estaban a cargo de Raúl Garello, pero en otros temas a cargo de Osvaldo Berlingieri, y otros por el Trío Leopoldo Federico. Sin duda esta primera colección de grabaciones tangueras de Eladia fue un comienzo auspicioso y, más aún, fulgurante.

En 1973 publica su segundo disco, “Yo la escribo y yo la vendo” con títulos como “Te llaman fueye”, “Si Buenos Aires no fuera así”, “Al de la zurda”, “Tu rebelión”, y “El miedo de vivir”. Otro temas fueron escritos en colaboración: “Oyendo tu voz” (con Osvaldo Requena) y “Para entendernos” (con F. Silva).

En 1975 graba y publica “Somos o no somos...?”, otro disco longplay, con 10 nuevas canciones, entre ellas “Somos como somos”, “A un semejante”, “Patente de piola”, y claro, ineludible mencionar “El corazón al sur”, que pasó a ser su tema más famoso, podría decirse emblemático, en el que hace todo un culto del sentimiento de llevar siempre en el corazón al lugar donde pasó su infancia, el sur. Ahí vemos la importancia que tenía el dato mencionado al principio: ella tuvo con el tiempo posibilidad de vivir en Barrio Norte, con todas las ventajas que ello conlleva, pero nunca olvidó sus orígenes, porque tenía plena conciencia de que esos orígenes son el principal pilar de su esencia.

En ese álbum la dirección y los arreglos estaban a cargo de (alternadamente, según cada tema) Raúl Garello, José Carli y Roberto Grela.

Eladia se sintió atraída por lo melódico y comenzó a cantar y componer boleros y canciones románticas. Y su importante y creciente oficio creativo hizo que también compusiese algunos temas criollos. “Río, río” y “Ya me voy, ya me estoy yendo”, cueca que grabó el Grupo Vocal Argentino que dirigía el Chango Farías Gómez, son dos buenos ejemplos de esa experiencia en lo relativo al folklore.

En 1980 publicó un disco con 10 nuevas canciones, con “Si te viera Garay” (del cual tomaba título el disco, “casualmente” al cumplirse ese año el cuarto centenario de la segunda fundación de Buenos Aires, por Juan de Garay), “Un cielo de serenata”, “Vivir en Buenos Aires”, “Viejo Tortoni” (dedicado al histórico café de la Avenida de Mayo, y escrito en colaboración con el poeta Héctor Negro), “Invierno porteño” (le puso letra a la música de esta “estación” de las “Cuatro Estaciones Porteñas” de su amigo Ástor Piazzolla); “Tu piel de hormigón” (con música de Dante Amicarelli), “Y somos la gente” (en colaboración con Osvaldo Pugliese) y otros 3 temas.  

El mismo año compartió un espectáculo junto a Chico Novarro al que titularon “Por qué nosotros”. Ya habían creado un tema juntos, “Convencernos”, que produjo cierta controversia, porque para algunos es un tema con un nacionalismo hueco, juicio de valor que tiene asidero si se pone en la balanza el contexto histórico-político en el que se estaba por entonces.

En 1981 publicó el disco “Eladia”, cuya primera pista era la versión cantable de la pieza musical más famosa del bandoneonista Ástor Piazzolla: “Adios Nonino”, al que Eladia se atrevió a ponerle versos que tuvieran vínculo con la evocación que décadas antes había dado origen a la música; el gran Ástor apreció esa audacia porque provenía de una amiga, sin embargo siempre consideró su tema como instrumental. También daban contenido al disco dos temas en colaboración con el pianista Atilio Stampone: “Fiesta y milonga” y “Ese muchacho Tony”, y varios temas de la completa creación de Eladia, como “Gracias a pesar de todo” y “El amor total”. Y claro, también... ¿cómo dejarlo en el olvido? En ese disco aparece por primera vez la balada “Honrar la vida”, que pasó a ser uno de los más importantes y conocidos temas de ella, y que tuvo muchas versiones, entre éstas las de populares cantantes como Marilina Ross, Julia Zenko y Sandra Mihanovich.

Vale que mencionemos que Eladia publicó varios libros: “Mi ciudad y mi gente” (1978)

con Poemas y letras de canciones, “Cancionero” (1978) con una recopilación de poetas del tango, con letras, una presentación de Cesar Tiempo, opiniones, y datos de canciones; “Buenos Aires Cotidiana” (1983) con Viñetas en prosa sobre ciertas características costumbristas del porteño como “El mate”, “La necrofilia”, “El asado”, “El café”, etc, con ilustraciones de Hermenegildo Sábat.

Otro libro, “Eladia Blazquez / Síntesis de la Canción Porteña” (1993) escrito por Raul March, médico escritor platense, es un estudio sobre su obra.

Fue nombrada Hija dilecta de la ciudad de Avellaneda en 1988 y Ciudadana Ilustre de Buenos Aires en 1992.

Recién en 1995 fue cuando volvió a aparecer un álbum completo suyo. “Con las alas del alma”, es al día de hoy uno de sus más recordadas producciones, en donde se destaca el tema que da título al álbum, compuesto con Daniel García y que fue cortina de un programa televisivo. También integran el disco “Siempre se vuelve a Buenos Aires” con una muy piazzoliana música compuesta por el mismísimo Piazzolla; “Milonga en el viento” con Pablo Ziegler, “Cualquiera de estas noches” (con música del pianista Virgilio Expósito), “Te llaman Soledad”, “Argentina primer mundo”, “El ángel dormido”, “Prohibido prohibir” y también contenía nuevas grabaciones de temas de anteriores discos, como “Sin Piel”, “Qué buena fe”, “Vivir en Buenos Aires” y “Honrar la vida”.

Tres años después se publica un nuevo disco de Eladia, otra vez con temas ya conocidos, pero también con novedades. Entre éstas, “La mirada” (título que da nombre al disco), “El circo y los payasos”, “Era una vez un poeta” y “Patsía”, “Candombe de dos orillas” y “Contra viento y marea” (canción creada en colaboración con Marilina Ross).

Por la temática de sus letras, se la relacionó con el gran Enrique Santos Discépolo, el de “Cambalache” y “Yira yira”. A tal punto que se la apodó “La discépolo con falda”, lo cual era un halago pero a la vez un gran riesgo, por asemejarla con un tótem, un mito del tango como fue Discepolín. Durante largos años, los tradicionalistas del tango no la tomaban en cuenta, la juzgaban con dureza, precisamente por comparar sus obras con las clásicas del género, las de las épocas doradas (hasta mediados de los años ’50), lo cual de alguna manera les resultaba inevitable, pero no dejaba de ser injusto, porque ya en los 70 no era posible (ni deseable, tal vez) hacer tangos con la misma temática ni estructura que los tangos clásicos, porque los tiempos habían cambiado mucho, junto con la gente, las costumbres, todo...

“El tango es muy machista. Pero me aceptaron. Terminaron bancándome como se acepta una gripe”, decía con su particular tono de voz y con una clara carga irónica pero cariñosa, algo de esa mirada ácida que en ocasiones ponía en sus letras.

Entre las varias distinciones que recibió durante su trayectoria, recibió una en Granada (España), tierra de sus mayores, en 1990, por el conjunto de su Obra. En 1995 la galardonaron con el Premio Konex al mejor autor de los últimos diez años (Tango).

Y también con el Premio “ACE” (Asociación Cronistas del Espectáculo) por mejor álbum de música ciudadana (Solista femenina). En 1997 recibió un Premio del Fondo Nacional de las Artes, y en 1999, el Segundo Premio Nacional de Música auspiciado por la Secretaría de Cultura. En 1993 la juventud Católica Argentina, le otorgó la estatuilla de “Santa María Madre de la Música” por su tema “Honrar la vida”.

Recibió dos premios Martín Fierro (máximo galardón de la TV argentina) a la mejor cortina musical: en 1992 por “Prohibido prohibir”, y en 1994 por “Con las alas del alma”.

En los últimos años de su vida estuvo mayormente alejada de los escenarios, debido a padecer una enfermedad terminal; una de sus últimas presentaciones fue en el espectáculo “Cantautoras”, que protagonizó junto a Teresa Parodi y Marilina Ross. Pero siempre siguió con su gran pasión, lo que más le gustaba, que era escribir canciones. Por ejemplo, compuso la letra de las canciones y la música de la obra “Nativo”, que se representó en el Teatro El Nacional.

La creación es un estado mágico, una fuga de la realidad. Hay momentos en que la inspiración puede darse sin buscarla, pero no es lo más frecuente; lo común es sentarse a trabajar para obtener mejores resultados. Solo en dos oportunidades recuerdo que los temas brotaron como si me los dictaran, uno fue mi blues “Humo y alcohol” y el otro el tango “Sin piel”.

Eladia Blázquez falleció el 31 de agosto de 2005, en la clínica Bazterrica, tras darle batalla varios años al cáncer. Sus restos fueron cremados y sus cenizas fueron despedidas por una reducida comitiva encabezada por Raúl Lavié, Atilio Stampone y otras figuras, en el cementerio de la Chacarita donde fueron depositadas en la urna en el panteón de SADAIC.

Para terminar esta nota que quiere ser un tributo a su talento y dedicación, estimamos adecuado citar una declaración suya que es de alguna manera una confesión y una autodefinición: “Yo estoy, de algún modo, testimoniando una época casi sin salida, que a veces creí que es verdaderamente apocalíptica, pero en cada canción, por dura que sea, trata de parar ese Apocalipsis, de advertir y mostrar otra cara, la cara del amor”.