Francisco Canaro

El 26 de noviembre se cumplieron 125 años de su nacimiento, y el 14 de diciembre se cumplen 49 años de su fallecimiento. Fue el primer director de orquesta que logró una gran celebridad y que también pudo tener una larga vida y trayectoria. Fue una personalidad notable, aún hoy su figura genera polémica, pero es indiscutible que fue uno de los grandes creadores de los comienzos del tango y sigue teniendo su lugar entre los históricos más importantes del tango.

Francisco Canaro nació el 26 de noviembre de 1888 en la ciudad de San José de Mayo, de la República Oriental del Uruguay. Su nacimiento se dio en una familia muy pobre, sus padres eran inmigrantes italianos: Rafaela Gatto su madre, y su padre se llamaba Francisco. Este matrimonio tuvo también otros 9 hijos, entre ellos Rafael, Juan, Humberto y Mario, que también se dedicaron a la música. Por esta tremenda combinación de familia numerosa con muy escasos recursos, el pequeño Francisco no tuvo la oportunidad de tener estudios; debió trabajar desde chico, como enseguida veremos.

El apodo “Pirincho”, que lo acompañó gran parte de su vida como nombre artístico, lo adquirió desde su primer momento: la partera estaba siendo ayudada por una amiga de la parturienta, y esa amiga, llamada Sara, fue quien, al verle tanto pelo y un mechón enhiesto, exclamó: “¡Parece un pirincho!”, aludiendo a un pájaro encrestado, típico en la zona del Río de la Plata.

La familia llegó pronto a Buenos Aires, en 1898 ya estaba aquí. Vivieron en casas de inquilinato (aún hoy recordadas y a veces nombradas como “conventillos”), en condiciones de pobreza extrema. Antes de cumplir los diez años ya ejercía el duro trabajo de vender diarios por la calle, anunciándolos a voz en cuello. Un niño “canillita”, un auténtico canillita. Ya más grande, fue pintor de brocha gorda, y en otro momento se empleó en las obras del Congreso de la Nación.

La música lo atrajo desde chico. Primero logró sacar algunos tonos a una guitarra, con la ayuda de un vecino. Sin embargo, lo que más le gustaba era el violín, pero... ¿con qué dinero podía por entonces comprar un violín? Imposible. Fue un amigo lustrador de muebles quien le dio una solución muy peculiar y provisoria, pero que seguramente resultó importante para el jovencito: tomaron una lata de aceite vacía, le agregaron algo a modo de diapasón, las clavijas y las cuerdas, incluso construyeron un arco. Rudimentario primer instrumento, pero fue su primer violín. Cosas de chico pobre, de enamorado del violín... más bien podría decirse que fue un primer intento, desesperado pero el primero, de una larga carrera que le dio, paso a paso, muchísima fama y dinero. El primer tango que sacó de memoria fue “El llorón”.

Apenas pudo conseguir un violín verdadero, siguió aprendiendo y rápidamente empezó a sacarle partido trabajando. “El estuche me lo fabricó mi vieja; en realidad una funda de género, y ya salí a ganar algo de plata en bailes de la vecindad”, escribió muchos años después en sus famosas memorias, tituladas “Mis 50 años con el tango” (publicadas por primera vez en 1956).

Su debut oficial fue en Ranchos, un pueblo a cien kilómetros de Buenos Aires. Se presentó allí con un trío, pero eso duró poco, por un par de razones que no tienen relación con lo artístico.

De regreso a casa conoció a un nuevo vecino, el bandoneonista Vicente Greco, cuyos conocimientos tangueros influyeron muchísimo en el joven Canaro, quien años después lo reconoció expresamente. Allá por 1908, cuando todo estaba por hacerse y por crearse en el apenas naciente género del tango, Francisco actúa en aquella especie de café-concerts que abundaban en el barrio de la Boca, hoy inexistentes pero ya legendarios, y el nombre de Canaro empieza a circular de boca en boca. Luego se une a su amigo Greco y salen en varias giras que les van dando posibilidad de mejorar, pero también de hacerse conocidos y empezar a ganar algo del dinero que buscaban y merecían. Fue Vicente Greco quien unos años después impuso la denominación de Orquesta Típica a los conjuntos tangueros. Precisamente la Orquesta Típica de Vicente Greco fue la primera agrupación con ese rótulo que integró Francisco Canaro. Cuando terminaron de cumplir con los bailes de carnaval de 1915, se fue de la orquesta de su amigo, y volvió al pequeño conjunto, el trío que dirigía con José Martínez, que luego se expandió para ser la Orquesta Típica Criolla Francisco Canaro, con la que dejó establecida la base definitiva de este tipo de agrupaciones: dos bandoneones (sus bandoneonistas eran Pedro Polito y Osvaldo Fresedo), dos violines (él y su hermano Rafael), un piano (José Martínez) y un contrabajo (Leopoldo Thompson).

La importantísima faceta como compositor de Canaro empezó a aparecer en 1912, con el tango -“Pinta brava”. Un par de años después escribió “Matasano”, a pedido de los estudiantes de medicina a punto de recibirse, que en el día de la primavera organizaban los llamados “Bailes del internado”. Fue en uno de ellos cuando, contratado para presentarse con su conjunto, formado especialmente y de apuro, por primera vez empuñó la batuta.

No se sabe fehacientemente cuántos temas llegó a componer; de ese número enorme, tampoco se conoce cuántos y cuáles fueron producto realmente de su inspiración, y de cuántos y cuáles se apropió a cambio de favores o dinero. El número total es tan grande y desconocido que uno de los estudiosos que se abocó a este enigma, Bruno Cespi, expresó lo siguiente: “Con que Canaro haya compuesto sólo el cinco por ciento de todos los temas que firmó bastaría para considerarlo un grande”. Algunas de sus composiciones más exitosas a lo largo de su carrera: “El chamuyo”, “El pollito”, “Charamusca”, “Nobleza de arrabal”, “La tablada”, “Destellos”, “El opio”, “Sentimiento gaucho”, “La última copa”, “Déjame”, “Envidia”, “El tigre Millán”, “La brisa”, “Madreselva” (inmortalizado por Carlos Gardel, pero también por Libertad Lamarque, entre las mejores y más famosas versiones). En esta lista debemos agregar dos excelentes valses: “Corazón de oro” y “Yo no sé que me han hecho tus ojos”, éste escrito especialmente para su cancionista Ada Falcón, que al mismo tiempo que se convirtió en su gran estrella del momento, se convirtió en su amante y al Canaro no abandonar a su esposa, abandonó el canto y se recluyó por el resto de sus días en un convento de monjas en Córdoba. Canaro también firmó la música de la ranchera “¿Dónde hay un mango?”, y la música de la milonga “Se dice de mí”, que popularizó Tita Merello (y que a su vez pasó a ser una de sus interpretaciones más representativas).

Al poco tiempo de aquellos bailes en el internado, su orquesta fue la primera en entrar en residencias aristocráticas, donde el tango había sido resistido hasta ese momento, al menos en lo explícito y formal.

En 1921, para animar los carnavales en el teatro Ópera, de Buenos Aires, formó una orquesta de 32 músicos, que era una acumulación de músicos inédita para el tango hasta aquel verano.

Más o menos por la misma época, Canaro introdujo el contrabajo a la orquesta de tango; su primer contrabajista fue Leopoldo Thompson.

En 1924 tuvo la gran idea de incorporar un cantor a la orquesta, aunque sólo para entonar el estribillo, breve tema central de cada tango. Dio así inicio a la era de los “estribillistas” o “chansonniers”. El primer estribillista fue Roberto Díaz.

Más adelante, cuando ya era algo sobreentendido que las orquestas debían tener al menos un cantor, también fue el iniciador de otra modalidad importante: el dúo de cantores; el primer dúo estuvo constituido por Francisco Amor y Ernesto Famá.

En 1925 viajó a París, donde el tango hacía furor. Ya estaban allí, entre otros, Manuel Pizarro y sus hermanos, cada uno con una diferente orquesta “Pizarro” para aprovechar el momento y trabajar más. Canaro repitió esa idea de “clonar” orquesta con sus propios hermanos. Había llevado consigo a sus estribillistas Agustín Irusta y Roberto Fugazot, dúo al que unió con el pianista Lucio Demare. El resultante trío triunfaría en España y otros países de Europa por más de diez años.

Al mismo tiempo que Canaro, sus hermanos y todos sus artistas estaban en París, ocurrieron dos hechos: su orquesta es contratada para tocar en Nueva York... en sus memorias dejó su impresión sobre esto: “¡Las ganas que tenía yo de conocer ese gran país del dólar, de los rascacielos y de los ‘affaires’ sensacionales!”.

Para ese ansiado viaje a Estados Unidos Francisco Canaro convocó a la cancionista Linda Telma. Fue en 1926.

El otro hecho positivo para Canaro, que ocurrió mientras él estaba triunfando en París, fue que, aquí en Buenos Aires, Juan Caldarella y los hermanos Scarpino le dedicaron el luego célebre tango “Canaro en París”. La melodía de este muy buen tango se hizo pronto muy conocida (incluso hoy día algunos lo tienen entre sus tangos instrumentales preferidos, y es una excelente pieza para bailarines de shows o exhibiciones), y el arreglo usualmente tiene la característica de que la variación principal no la hace ni el bandoneón ni el violín: la tiene a cargo el contrabajo.

Cuando regresó a la Argentina, dos años después, había buenas orquestas que ya habían copado la preferencia del público. Canaro, emprendedor incansable, inició una extensa gira por el interior del país para hacerse conocer (o recordar) por todos lados. Unos años después, a medida que la radiofonía cobraba se popularizaba, la aprovechó todo lo que pudo, sin dudarlo y sin descansar, hasta convertirse en la mayor estrella de ese nuevo método de comunicación, que tan grande simbiosis estableció con el tango.

Otros músicos habían evolucionado y desarrollado estilos personales, bien definidos, pero el apellido Canaro era conocido por todos, lo cual era un logro imbatible. Canaro no tuvo un estilo musical bien definido. No era una preocupación suya, nunca se lo propuso. Se adaptaba a cada momento, según pasaban los años, y encontraba siempre la manera de conservar su espacio sin entrar en competencia con otros exponentes del género. Sobre el enorme número de sus grabaciones no hay estimaciones coincidentes: las cifras varían entre las 3500 y las 7000. El reconocido estudioso José Gobello (fallecido el 28 de octubre, hemos publicado esta noticia en noviembre), escribió: “En sus 3700 grabaciones de música popular se encierra todo el tango”. Y como comparación apuntaba que Fresedo llegó a hacer 1200 grabaciones, y D’Arienzo poco menos de mil. En opinión de Gobello, Canaro “después de Gardel fue la figura más importante del tango”.

Cantidades asombrosas, producto de su capacidad de trabajo, y su empuje creativo; se repite la falta de certeza y consenso en las cifras que se da también, como dijimos, respecto a la cantidad de sus composiciones.

Otra novedad que empezó a practicar, casi como un experimento, tiempo después de regresar de aquel primer largo viaje al exterior, fue el denominado “tango sinfónico”. Para esto estuvo influido por el jazz sinfónico que oyó a Paul Whiteman cuando compartían el escenario del cabaret francés Les Ambassadeurs. Así, además de armar para algunas ocasiones especiales esas orquestas enormes, Canaro compuso sus “tango-fantasía”: “Pájaro azul”, “Halcón negro”, “Mirlo blanco” y “El rey del bosque”.

Francisco Canaro, al darse cuenta que los derechos autorales no eran reconocidos en esos tiempos, tomó conciencia del problema y luchó desde 1918 para conseguir cambiar esto; así participó en la fundación de tres asociaciones de derechos autorales, hasta culminar en la creación de la actual SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), en 1935, cuyo edificio se levantó en terrenos adquiridos por Canaro.

Uno de los más grandes cantores de tango (si es que no fue el mejor, el insuperable), Carlos Gardel, fue amigo de Canaro, y le grabó bastantes temas: “Yo Tuyo Soy, Tuyo es mi Amor”, vidalita; “¡Sufra!”, “El Pinche”, “Camarada”, “Se Acabaron los Otarios”, “Los Indios”, “La Garçonnière”, “Pedíme lo que Querés”, “Federación”, “La Brisa”, “Sentimiento Gaucho”, “Desengaño”, “La Ultima Copa”, tangos, y “La Sulamita”, fox-trot, con letras de Juan Andrés Caruso; “Tiempos Viejos”, tango con letra de Manuel Romero; “Puentecito de Plata”, tango con versos de Contursi; “Me Enamoré una vez”, ranchera con letra de Pelay; “Yo no sé qué me han Hecho tus Ojos”, con versos del mismo Canaro; “Madreselva”, tango con letra de Luis César Amadori. Gardel y Canaro se habían conocido en 1913, en el salón Rodríguez Peña.

Dos tangos de Canaro que Gardel no llegó a grabar, “Juramento” y “Lo que Nunca te Dirán” sí fueron cantados por él en sus últimas actuaciones radiales en Buenos Aires.

Tras la sorpresiva muerte de Carlitos, en 1936 Canaro produjo una película documental sobre el velatorio y el cortejo fúnebre que acompañó los restos de Gardel hasta el Cementerio del Oeste, en la Chacarita. Incluía escenas de la orquesta de Canaro. Se tituló “Las exequias de Carlos Gardel” y se rodó los días 5 y 6 de febrero de 1936, con la dirección de Eduardo Morera, el mismo que había dirigido los famosos cortometrajes de Gardel.

Además del “Morocho del Abasto”, muchos otros intérpretes del canto popular tuvieron la fortuna de actuar en sus orquestas, o fueron acompañados en teatros, radios, películas o grabaciones con las agrupaciones de Canaro: Ignacio Corsini, Charlo, Azucena Maizani, Tita Merello, Ada Falcón, José Böhr, Agustín Irusta, Roberto Fugazot, Ernesto Famá, Roberto Maida, Roberto Díaz, Roberto Ray, Olinda Bozán, Francisco Amor, Carlos Dante, Carlos Roldán, Domingo Conte, Alberto Arenas, Nelly Omar, Libertad Lamarque, Eduardo Adrián, Roberto Arrieta, Guillermo Rico, Ricardo Ruiz, Isabel de Grana, Linda Thelma, María Esther Gamas, Chola Luna, Virginia Luque, Jorge Negrete, Pepe Iglesias (El Zorro), Hugo del Carril, Julia Alonso, Alberto Castillo, Francisco Fiorentino.

En 1937, Canaro creó su famoso Quinteto Pirincho, que solamente funcionó para grabar y publicar discos (no tocaba públicamente).

En su adolescencia había participado como actor aficionado, y desde entonces siempre tuvo inclinación por el teatro, y en su carrera el teatro musical fue muy importante, como veremos ahora. En 1919 escribió la música del sainete “Nobleza de Arrabal” de Juan A. Caruso estrenado en el teatro “Variedades” (estaba ubicado en la calle Lima, en el barrio de Constitución). Allí se interpretaba el tango que él había compuesto con el mismo nombre de la obra. Fue recién trece años después cuando presentó “La Muchachada del Centro”, comedia musical escrita con Ivo Pelay, en el “Nacional”, que fue un éxito rotundo, pues se mantuvo durante 1932 y 1933, y llegó a las 900 representaciones, contando las habituales giras por el interior y el Uruguay. Entre los principales actores estaban Tita Merello y Tito Lusiardo. Y allí se estrenó el tango de Canaro “¡Te quiero!”, cantado por Ernesto Famá.

La canción de los barrios”, en 1934, fue la segunda obra con libro de Ivo Pelay. Contaba con la actuación especial de los cantores Ignacio Corsini y Ernesto Famá. Éste cantaba el tango “El Tigre Millán”; la ranchera “Los amores con la crisis”, era cantada por Amanda Falcón. Fueron 348 representaciones pero debieron suspender por un pleito judicial del Teatro Sarmiento, que era donde estaban. Una novedad en esta obra fue la realización de un concurso de tangos nuevos donde participaban los principales autores y compositores, los mismos eran interpretados durante las funciones; el primer ganador fue Francisco Lomuto con su tango “Churrasquita”.

En 1935 fue el turno de “Rascacielos”, la tercera obra con libro de Ivo Pelay; allí Ernesto Famá estrenó el tango “Casas viejas”. También fue la primera aparición de una creación de Canaro que no tuvo éxito: un nuevo ritmo denominado tangón; esa primera obra se llamaba precisamente así, “Tangón”, y era bailada por el coreógrafo Manuel Silva y Teresita Padrón.

En 1936 fue el momento de otro gran éxito, “La Patria del Tango” (1936). Canaro en esta obra quiso resaltar lo que denominaba “el alma nacional”, y su idea era llevarla a España para mostrar en aquel país el sentir de los argentinos a través de la música, pero esto no pudo realizarse por la guerra civil que atravesó por entonces el país europeo. El guión se lo encargó a José González Castillo que a su vez requirió la ayuda de Antonio Botta y Luis César Amadori. El estreno fue en el Teatro Buenos Aires situado enfrente del Sarmiento, ambos desaparecidos durante el ensanche de la Avenida 9 de Julio. Un numeroso elenco y un repertorio variado, con una marcha, un vals, una ranchera, una polca, un nuevo “tangón”... la obra terminaba con “Estampa gaucha”, un pericón bailado por toda la compañía. Se cumplieron 500 representaciones sin contar las giras por el interior del país y el Uruguay. (Aclaramos que en todo este reporte de la actividad teatral de Canaro no mencionamos a todos los actores y actrices -casi a ninguno- por falta de espacio, y porque además la mayoría de ellos hoy día no son recordados, sólo algunos de ellos quedaron como nombres muy presentes).

En 1937 puso “Mal de amores”, de nuevo con libro de Pelay; en el Teatro Politeama, que estaba ubicado en la esquina de Corrientes y Paraná. Estaban en el elenco Paquita Garzón, Agustín Irusta, Roberto Fugazot y Ángel Magaña entre otros. Esta obra fue una de las menos exitosas en la carrera teatral de Canaro y aún así se hicieron 250 representaciones. Levantada de cartel, viajó como de costumbre a Uruguay, pero allí tampoco tuvo un éxito como el acostumbrado.

Luego de un año de descanso del teatro, Canaro vuelve en 1939 con “El muchacho de la orquesta”, otra vez con libro de Ivo Pelay. Los cantores eran Ernesto Famá y Francisco Amor. Entre los músicos, el bandoneonista Minotto Di Cicco, como músico destacado y dos pianistas, el habitual hasta ese momento, Luis Riccardi y la aparición de Mariano Mores, que se incorporó a la orquesta por unos meses y permaneció nueve años.

La historia del tango” (1941). Nuevamente el Teatro Nacional e Ivo Pelay autor del libro. Los cantores eran Ernesto Famá, Francisco Amor y Myrna Mores, futura esposa de Marianito; también estaba la pareja de bailarines de El Cachafaz y Carmen Calderón. Francisco Amor hacía de Ángel Villoldo y cantó el vals “Bajo el cielo azul”. Famá interpretó “El recuerdo de los tangos” y, a dúo con Myrna Mores, “Apasionadamente”. Se interpretaba un popurrí con tangos de la primera época, que había armado Canaro para justificar el título de la obra.

Al año siguiente ofreció la obra “Sentimiento gaucho”. Otra vez con libro de Ivo Pelay. Los cantores eran Carlos Roldán y Eduardo Adrián, y participó el bailarín Santiago Ayala “El Chúcaro” con su baile de malambo, quien intervino en un cuadro donde por primera vez se utilizó el efecto de la luz negra. Es el mismo que años después quedó para siempre como uno de los más importantes bailarines de folklore argentino. Canaro, además del tango que da título a la obra, compuso la marcha malambo “Después del aguacero”, que cantó Carlos Roldán, que también cantaba el tango “Los ojos más lindos” y “La milonga de los perros”. Susy Del Carril interpretó “Rafael”, una mazurca y “China de mi amor”, tema para lucimiento de los bailarines folklóricos. Adrián hizo “Viviré con tu recuerdo” y “Corazón encadenado”, y volvía Roldán con coro para hacer “El chino Pantaleón”. Los bailarines de tango eran Bucino y Beba Bidart. Terminaba con un gran pericón nacional coreado y bailado por casi todo el elenco.

En 1944 puso “Buenos Aires de ayer y de hoy” con libro de Pelay, música de Francisco Canaro. Esta obra la estrenaron en Montevideo, y luego pasaron a nuestro Teatro Alvear. La estructura tenía dos partes, la primera durante la época de Juan Manuel de Rosas y la segunda en la época actual. En esta obra volvió a estar Tita Merello, que se destacaba, y los cantores Carlos Roldán y Eduardo Adrián. Canaro compuso “Refalosa federal”, “Candombe”, “Desesperanza”, vidalita cantada en escena por Mariano Mores, el minué “Moño rojo”, “Soñar y nada más”, vals cantado a dúo por Roldán y Adrián que en la segunda parte también hacían a dúo la marcha “Argentina”. La Merello hacía “Tranquilo viejo, tranquilo” y “Se dice de mí”, dos piezas que quedaron como dos de sus clásicos más representativos; Roldán interpretaba “Nene caprichoso” y “Tango brujo”; y Eduardo Adrián, “No la puedo olvidar”. La obra superó las 600 representaciones, lo que no impidió que el mismo año Pirincho pusiera otra obra:

Dos corazones” (1944). Libro de Pelay y estreno en el Teatro Alvear. En el elenco estaban Merello, Elena Lucena, Pedro Quartucci, Lalo Malcolm (y otros) y los cantores eran Chola Luna y Carlos Roldán. La obra tenía un “prólogo”, con una música descriptiva titulada “Temporal en las cumbres”. Otros temas musicales eran una marcha, “Nahuel Huapi” y el vals “Dos corazones”, cantados a dúo por ambos cantantes; “Rosa de pasión”, un fox cantado por varios componentes del elenco; la marcha “Buenas noches corazón”, entonada por Quartucci y Lucena; “Todo es mentira” y “Qué tal”, canciones a cargo de Tita Merello; Carlos Roldán interpretaba el vals “Horizonte azul” y “Sin compasión”; Chola Luna (además de los dúos) hacía “Fue por una mujer”, y también había un par de piezas orquestales (sin letra) para mostrar el baile. En Montevideo, se presentaron en el Teatro Artigas y cuando estaban por las 300 representaciones suspendieron, por enfermedad de Canaro.

En 1945 fue el turno de “El tango en París” (con libro de Pelay, que hizo una adaptación libre de la obra homónima de Enrique García Velloso que se había estrenado, con Florencio Parravicini, en 1913, es decir en pleno auge del tango argentino en París). En el elenco estaba Vignoli y Guillermo Rico, quien cantaba “Niebla” y a dúo con Vignoli, el vals “No llores más”; también fue el debut del cantor Alberto Arenas, que hacía “Adios pampa mía”, También, Canaro estrenó, en colaboración con Mores, la milonga “Serafín y Julia Paz” cantada y bailada por “Villita” e Ibis Blanco. Se presentó en el Teatro Alvear y, como era costumbre, también luego en el Teatro Artigas de Montevideo.

La canción de los barrios”, en 1946, fue una nueva versión de la exitosa revista de 1934. Fue la ocasión del debut del cantor Enrique Lucero, hermano de Mariano Mores. También estaba de nuevo Virginia Luque, que cantaba “Si tu quisieras”, tango que había compuesto Pirincho. Teatro Alvear y luego el “Artigas” de Montevideo.

Al año siguiente Canaro armó una obra muy diferente: “Luna de miel para tres”, con libro de Pondal Ríos y Carlos Olivari y música de Canaro y Mariano Mores, era una comedia de ambiente mejicano, con música mexicana y también argentina. Estaban los famosos artistas mejicanos Jorge Negrete, Gloria María y el Trío Los Calaveras y los argentinos Quartucci, Amanda Varela, y muchos otros. Por el lado de la música argentina había tangos, y también un carnavalito y una canción campera. Completaban el conjunto los vocalistas Alberto Arenas y Enrique Lucero. Cuatrocientas funciones (además de la temporada en Montevideo).

La música en el alma”, en 1949, tenía música de Canaro y libro de Homero Manzi, Pedro M. Bruno y Antonio De Bassi. Se representó en el Teatro Casino y en el elenco figuraban el niño actor -revelación en el cine-, “Toscanito” (se llamaba Andrés Poggio,y su físico era chiquito, pero por entonces tenía 17 años), sobre quien caía todo el peso de la obra porque era el personaje central principal; también actuaban Félix Mutarelli, Malcolm, Perla Greco, Ubaldo Martínez, el nuevo galán Alberto Dalbes y, como actor y cantor, Francisco Amor. Un dato diferente y curioso es que también aparecía como actor el mismísimo Francisco Canaro. Entre las obras musicales, había unas cuantas recicladas de espectáculos anteriores, de la ya larga y exitosa trayectoria teatral musical de “Pirincho” Canaro. Luego de seis meses en Buenos Aires siguen en Montevideo.

Luego de esa obra pasaron varios años sin obras teatrales de Canaro, tantos que ya se pensaba que no volvería a presentar nada más. Pero sí hubo una más: “Tangolandia” (1957). Con ocho años entre medio, era obvio que el público había cambiado, pero el efecto “curiosidad” seguramente fue un componente que ayudó a que no dejara de tener un éxito parecido al que Canaro estaba acostumbrado. En el elenco se destacaban los cantores Jorge Vidal y Alba Solís, que estaban en los mejores años de sus carreras; componían la pareja protagónica, que en la ficción se iban enamorando. Al final, una  escena impactaba mucho: mientras en el escenario mostraban una escena que en realidad era “de relleno”, de pronto, un potente foco sorprendía alumbrando las últimas filas, entonces los espectadores miraban hacia allá y veían a la pareja protagónica, ella vestida de novia y él de frac, tomados del brazo, Lentamente, los actores fueron avanzando por el pasillo central hasta llegar al escenario, donde representaban el casamiento, tras lo cual venían las típicas felicitaciones, una gran fiesta, algunas canciones y el final. Algunos de los principales del elenco: Tono Andreu, Tito Lusiardo, Beba Bidart, Malcolm, Carmen Vallejos, los bailarines Juan Carlos Copes y María Nieves, más Julia y Lalo Bello. También estaban los cantores: Francisco Amor, Juan Carlos Rolón, Isabel de Grana y Marcelo Paz.

A Francisco Canaro como productor cinematográfico no le fue bien, no tuvo ni lejanamente el éxito que sí lo acompañó siempre en el teatro. Tanto fue así, que Canaro escribió (sinceramente pero también risueño y con ingenio certero) en sus memorias que “el cine sonoro fue un sonoro fracaso para mí, y me dejó mudo”.

A comienzos de 1934, Francisco Canaro, Jaime Yankelevich y Juan Cossio fundaron la Productora Cinematográfica Argentina Río de la Plata, con la dirección artística de Eduardo Morera. Lo primero que rodaron fue el film “Ídolos de la radio”, donde el ambiente radiofónico era utilizado como generador de situaciones y como excusa para el desfile de artistas de cartel, algunos de los cuales eran Ada Falcón, Ignacio Corsini, Olinda Bozán, Tito Lusiardo, Tita Merello y Ernesto Famá. La película tuvo un éxito importante, e incluso pudo ser vendida en España. Pero ese primer suceso no fue augurio para el resto de la carrera cinematográfica de Canaro, que continuó con “Por buen camino” (1935), también dirigida por Morera, y que era una exaltación al deporte; “Las exequias de Carlos Gardel” (1936), “Ya tiene comisario al pueblo” (1936), dirigida por Eduardo Morera y Claudio Martínez Payva, y con música de Canaro y Lucio Demare; “La muchacha del circo” (1937) con guión y dirección de Manuel Romero; “Dos amigos y un amor” (1938), con guión y dirección de Lucas Demare, que era debutante; “Cantando llegó el amor” (1938);  “Turbión” (1938), con guión y dirección de Antonio Momplet, para la que Canaro y Manzi compusieron la rumba “Salú... salú...” y una “nueva danza” llamada Milongón, era una buena película policial, pero el mismo Canaro le hizo mala crítica, y esto incidió para que fuese un fracaso de crítica y público; “Veinticuatro horas en libertad” (1939) otra vez con dirección de Lucas Demare; “El diablo andaba en los choclos” (1946), con guión de Ivo Pelay y Pedro Pico y dirigida por Manuel Romero, esta adaptación de la obra teatral de Orlando Aldama la hizo Canaro en coproducción con Luis Sandrini, que era uno de los actores, fue una de las películas argentinas más taquilleras, aquí y también internacionalmente (en España se estrenó como “Mientras el cuerpo aguante”), pero los únicos que vieron dinero fueron los distribuidores, fue un mal negocio para los que la hicieron.

La última película de Canaro fue “Con la música en el alma” (1951), dirigida por Luis Bayón Herrera y música de Canaro. Algunos de los actores son Andrés Poggio (“Toscanito”), Tito Lusiardo, Alberto Arenas, y el mismo Canaro, Era una versión para cine de la comedia musical de Manzi, Bruno y De Bassi que había tenido una buena aceptación desde su estreno en 1949 en el teatro Casino. A Canaro le pareció buena idea llevarla al cine. Toscanito venía de un par de aciertos cinematográficos y en la nueva película repitió todos sus estereotipos. Al film no le fue mal, pero el intento de coproducción con la empresa EFA no resultó bien, y Canaro tuvo que encarar un reclamo judicial para que le devolvieran el dinero invertido. Luego de lo cual Pirincho decidió vender lo que quedaba de la compañía Río de la Plata, y esa vez sí consiguió comprador.

El cine fue el único ámbito en el cual no tuvo éxito económico. De hecho durante su carrera musical y teatral ganó muchísimo dinero, tanto que la frase “tiene más guita que Canaro” se usó durante décadas. Incluso Gardel en el hipódromo una vez le pidió una suma enorme de dinero para apostar, aclarándole que no se lo iba a devolver porque “Yo soy pobre, y vos tenés toda la guita del país”. Además, hubo muchos testimonios de que era un tipo generoso, y también dio ejemplo de entrega y desprendimiento en su actividad sindical. Ser uno de los más exitosos y afortunados no le impidió darse cuenta que los derechos de los músicos (compositores e intérpretes) necesitan ser defendidos, y actuó en consecuencia.

En 1940 Francisco Canaro se nacionalizó argentino, “para pagar una deuda de gratitud”.

Hubo una época en que todos los autores y compositores lo buscaban para que les grabara algo, pues con ello estaba se aseguraban la popularidad de las obras y por ende el dinero también llegaba. Canaro tenía público en todas partes.

Además del ya mencionado “Canaro en París”, le fueron dedicados otros tangos: “Canaro” del pianista José Martínez, en 1915; con “Canaro en Córdoba” de José Pérez Roselli en 1928, y “Pirincho” de José Luis Padula, en 1932.

Una buena idea que Canaro pudo realizar en los años ’50 fue que tomó algunas grabaciones de Carlos Gardel con guitarras y les superpuso grabaciones orquestales nuevas, con buen sonido, como el gran cantor se hubiera merecido. Fueron “Yira yira”, “Chorra”, “Bandoneón arrabalero”, “Madame Ivonne”, “Madre hay una sola” y “Siga el corso”. Pueden disfrutarse en un CD del sello EMI titulado “Carlos Gardel con acompañamiento orquesta, dir. Francisco Canaro - 20 grandes éxitos”, con otras grabaciones de Gardel pero con los acompañamientos orquestales de Canaro originales, que son tangos pero también 2 valses, una canción y un foxtrot.

En 1961, Francisco Canaro viajó a Japón, país asiático donde se presentó con gran éxito; entre la multitud que lo aplaudió estaba el mismísimo príncipe Akihito, que hoy día es el Emperador. Durante su larga trayectoria artística, también visitó Brasil cinco veces, y Chile.

De vuelta en Buenos Aires, hizo las que en definitiva resultaron sus últimas presentaciones, que fueron en el programa televisivo “Yo soy porteño”, de Canal 11.

Francisco Canaro falleció el 14 de diciembre de 1964 en la ciudad de Buenos Aires, quince minutos pasadas las 3 de la tarde, mientras trabajaba en su despacho de COMAR, la entidad que defendía los derechos de los intérpretes, también fundada por Canaro.. Así fue como se cumplió algo que había dicho alguna vez: “Yo soy de morir de pie”. Estaba padeciendo un extraño mal, la enfermedad de Paget.

Aquel día se fue una parte importante del tango rioplatense. En Montevideo una calle lleva su nombre. Sin embargo en Buenos Aires, la ciudad donde Canaro tanto trabajó para el tango y la cultura argentina, aún no hay cine, ni teatro, ni alguna calle que le rinda el merecido tributo.