Roberto Rufino

Nació el 6 de enero de 1922, en el barrio del Mercado de Abasto, muy cerca del café O'Rondeman, un mítico lugar que fue cobijo de los primeras experiencias cantando del ícono de ese mismo barrio: Carlos Gardel. La madre de Roberto se llamaba Agustina Guirin, y el padre, Lorenzo.

Roberto Rufino también tuvo sus primerísimos pasos de cantor en aquel café, que seguía manejado por los mismos hermanos, los Traverso. Pero su debut profesional fue en 1936, en el Café El Nacional, con la Orquesta Típica de Francisco Rosse. Quiso el destino que fuese pocos días después de que pasara por la calle Corrientes el cortejo fúnebre del gran Gardel, en su camino al cementerio de la Chacarita.

En esos tiempos pasó por varias orquestas, entre ellas la del bandoneonista Anselmo Aieta. Ya había dejado los estudios secundarios por la mitad, pues estaba totalmente involucrado con su actividad como cantor de tangos.

En 1938 empezó a cantar con una de las más importantes orquestas de tango, la del pianista Carlos Di Sarli. Fue el representante de éste, el que habiendo oído la interpretación del tango “Milonguero viejo" de Di Sarli y Enrique Carrera Sotelo por Rufino, le pasó el dato al director, quien decidió incorporar a la orquesta al joven cantor. El primer registro fonográfico de Rufino en la orquesta fue “Corazón”, de Di Sarli con letra de Héctor Marcó, grabado a fines de 1939.

Rufino siguió cantando y grabando con Di Sarli por varios años más, de los cuales quedaron 46 temas grabados.

En 1944, el cantor comenzó su primera experiencia como solista tras la gran etapa con Di Sarli, que le había significado una gran popularidad. Puso la dirección artística a cargo de Atilio Bruni, y el debut fue en Radio Belgrano.

La orquesta de Rufino tuvo otros directores, como Alberto Cámara y P. Díaz. Con ambos directores grabó un disco, en 1945 con Cámara, y al año siguiente con Díaz.

Sin embargo, apenas unos años después, suspendió su labor como solista, para volver a trabajar con orquestas dirigidas por músicos de gran renombre: la dirigida por el binomio Francini-Pontier (el violinista Enrique M. Francini y el bandoneonista Armando Pontier), y la orquesta que dirigía el violinista Miguel Caló.

Entre 1952 y 1954 volvió a cantar como solista, y luego tuvo otros dos años fichando con otro Caló, Roberto (hermano de Miguel) que tenía su propia orquesta.

Luego, desde 1957, siguió con su trayectoria solista, pero sin privarse de realizar trabajos con otras importantes orquestas, como la de Francini ese mismo año, la de Pontier entre 1961 y el 62, la de Aníbal Troilo “Pichuco” entre el '62 y el '65, y el disco que grabó con el gran retorno de la Orquesta de las Estrellas dirigida por Miguel Caló en 1966.

Roberto Rufino también incursionó fuertemente como compositor y como letrista. Entre las obras que creó, mencionaremos algunas: "El clavelito", "No hablen mal de las mujeres", "En el lago azul", "El bazar de los juguetes", "Manos adoradas", "Boliche", "Tabaco rubio", "Soñemos", y "Dejame vivir mi vida". Marvil, Julio Navarrine, Héctor Marcó, Mario C. Arrieta, Roberto Caló, fueron algunos de los que colaboraron con él en la creación de piezas de corte tanguero.

Siguió cantando permanentemente, si bien su calidad de canto iba decreciendo poco a poco, y sobre todo se hacían más notorias algunas lagunas en la memorización de las letras. Pese a todo, mantuvo un público fiel, que lo bancaba en todo.

Una de las reflexiones interesantes que dejó en un reportaje que le hizo Jorge Gottling en 1987, y se publicó en Clarín, fue la siguiente: “Si hubo una momentánea declinación del interés por el tango, hay que imputársela a algunos productores; ellos son los decadentes. Ellos están preocupados solo por lograr rápidos réditos, con fórmulas que ya están perimidas, pasadas de tiempo. Realmente, los productores principales, aquellos que manejan la televisión -esa vidriera privilegiada- carecen por completo de imaginación y de creatividad. El público es rebelde, siempre lo fue. La juventud, por su parte, quiere la verdad, necesita participar en un género. Y durante muchos años el tango les negó esa posibilidad. Uno de los ejemplos prototípicos está dado por el baile: el tango-danza ha hecho un estrago en los escenario de todo el mundo, a través de Tango Argentino. Pero los jóvenes necesitan una coreografía más simple, con menos artificios, que les permita participar en una forma primaria, a través de la expresión de sus propios cuerpos”.

Roberto Rufino falleció el 24 de febrero de 1999, en la sala de terapia intensiva de la Fundación Favaloro. Al día siguiente, sus restos fueron depositados en el Cementerio de Chacarita.

Afortunadamente, en los últimos años de su vida, el cariño del público se vio plasmado en dos importantes distinciones que recibió: fue declarado "Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires" en 1997, y "Ciudadano Ilustre de la cultura nacional", en 1998.