Rosita Quiroga

Rosa Rodríguez Quiroga nació el 13 de enero de 1896 en el barrio de La Boca.

La madre de Rosita, Serapia Quiroga, era una china cordobesa que trabajaba bordando; el padre era un asturiano que cargaba carbón hombreando bolsas en los barcos del Riachuelo, y también era carrero. Con padres humildes, trabajadores, conoció de cerca la pobreza, pero también esa vida le dio un conocimiento de la vida que no da institución educativa alguna. También en ese ambiente supo de la libertad que otorga la calle, y aprendió el lunfardo, esa jerga callejera tan porteña, y adquirió esa manera tan especial de hablar, como con estilo canyengue, arrastraba las eses espontánea y graciosamente.

La niña estudió hasta cuarto grado; a los 14 años abandonó los estudios oficiales y se puso a estudiar canto y guitarra. Su maestro fue un vecino suyo que pocos años después se convirtió en un importante músico: Juan de Dios Filiberto.

Rosita cantaba en las comparsas, y también en festivales, esos fueron sus primeros fogueos, sin apremios. Pero pronto todo cambio: el padre abandonó a la familia, y la jovencita se vio en la obligación de ayudar económicamente. Tomó la decisión de irse a Bahía Blanca, pues un tal Muscari la había escuchado cantar, y era propietario de un pequeño teatro en la ciudad del sur bonaerense. No fue por allá que logró el estrellato, sin embargo, al iniciarse un romance entre ella y el señor, pudo volver a cantar tranquila y a la vez ayudar a su madre y sus hermanos; Rosita siempre fue muy apegada a su familia. Pero tiempo después quedó de nuevo desamparada. Con la intención de empezar a vivir enteramente del canto, y también con el canto sostener a su familia, volvió a Bahía Blanca, en septiembre de 1918, para encarar a Carlos Gardel, que estaba cantando con gran éxito con José Razzano en el Teatro Municipal de esa ciudad; para acercarse a pedirle ayuda, llevaba una carta de Panchito Moreno. Gardel leyó la carta, miró a la gordita de 22 años y le dijo “Así que usté es Rosita la chacarera”. Tal como apunta el estudioso José Gobello, que es quien recoge la anécdota, esa frase era “una broma de típico cuño gardeliano”, pero alcanzó para que entre el famoso cantor en ascenso y la cancionista que pronto también empezaría a ser famosa e influyente, naciera una enemistad que se mantuvo en el tiempo.

Tuvo que empezar a abrirse paso sin la pensada ayuda de Gardel. Buscó amigos entre la gente de alta sociedad, en la que había muchos aficionados al canto criollo, y así conoció a los Villar Sáenz Peña. Esta familia la vinculó con el sello grabador Victor, lo que fue crucial para el despegue de su carrera.

Empezó cantando canciones criollas (por eso también se la recuerda como “estilista”), en duetos. El debut fue en el Empire, en febrero de 1923: el dueto Rosita Quiroga con Rosita del Carril (cuyo verdadero nombre era Rosa Pérez). Ese mismo año grabó su primer disco, que fue “Siempre criolla”. Luego conformó un dueto con el cantor Agustín Magaldi.

Fue una pionera casi absoluta entre los artistas que incursionaron en la incipiente radiofonía argentina, actuó en ella como solista, luego de su debut en 1923 en LOY (estas siglas designan a una emisora cuyo estudio estaba en Boyacá 472); allí Rosita agasajaba con pucheros a sus compañeros de tareas, entre ellos Azucena Maizani, José Bohr y Charlo.

El primer tango que cantó fue “La tipa” de Enrique Maciel y Enrique Pedro Maroni, Por muy poco no fue la primera mujer en cantar un tango: cuando Rosita grabó ese tango, poco antes Azucena Maizani había cantado “Padre nuestro”, el 27 de julio de 1923; si bien las dos procedían del canto criollo, Rosita ya era famosa y Azucena, con seis años de edad menos, era aún desconocida para el gran público.

Rosita muy pronto se constituyó en la cantante preferida de la Víctor, su gran estrella, pero no sólo eso, sino que era una especie de jefa de relaciones públicas de la empresa. Aprovechó esa posición privilegiada para darles una oportunidad a cantantes que recién se estaban iniciando. Agustín Magaldi y Mercedes Simone grabaron en la Víctor gracias a sus influencias. “No soy Cristóbal Colón -dijo en una entrevista- pero a muchas y a muchos los descubrí yo”.

Fue la primera mujer que cantó tangos en Radio Cultura. Como un síntoma de que ya estaba cosechando buenos frutos mientras seguía trabajando con dedicación, podemos interpretar el hecho de que el diario La Nación del 27 de octubre de 1924 la ubicaba en el segundo lugar entre “los cinco números principales” del día (el mismo día que ella era el número principal de Radio Cultura) después de Terceto Arenas (guitarra y canto, por LOY Radio Nacional), quedando por arriba de dos bandas de jazz, que se irradiaban por sendas emisoras radiales, y el pianista Enrique Delfino que se presentaba en la radio Grand Splendid. Solamente quedaba por debajo del Terceto Arenas que actuaba en Radio Nacional.

Entre los guitarristas que la acompañaron en sus audiciones radiales podemos mencionar a Rafael Iriarte y Antonio Polito. En discos fue acompañada por Enrique Maciel y José María Aguilar, Froilán Aguilar, Francisco Polonio, Vicente Spina y Menéndez en guitarras, el Chon Pereyra en el piano y orquesta, Ciriaco Ortiz en bandoneón, la Típica Víctor, etc. Los discos de Rosita se empezaron a vender muchísimo, en nuestro país, y también circularon bastante en otros lugares del mundo (recordemos que la Victor era una discográfica internacional de las principales).

Casi siempre fue acompañada por guitarristas, que así es como más se la escucha y recuerda, pero en sus comienzos también cantó acompañada de las orquestas de Carlos Vicente Geroni Flores, Antonio Scatasso, Eduardo Pereyra, Manuel Buzón y otras, todas pertenecientes al sello Victor.

En agosto de 1925 Manuel Buzón la acompañó al piano por la radio LOY en horario destacado: de 20 á 21:30 horas. Celedonio Esteban Flores, el poeta y letrista de tango tan íntimamente relacionado con el lunfardo y la cultura popular, fue su presentador oficial en las audiciones radiofónicas, y él mismo, el querido “Negro Cele” escribía sus glosas y poesías. Este gran letrista fue uno de los primeros que descubrió el talento de Rosita; durante años él escribió tangos con exclusividad para ella, que llegó a grabar veinticuatro temas con letra de él, como “ La Beba ”, “Muchacho”, “Audacia”, “Carta brava”, “La musa mistonga”, “Viejo coche”, “Sentencia”, “Cuando me entrés a fallar”, y se convirtieron en clásicos de su repertorio. Sin duda era la combinación ideal, que una cancionista como Rosita cantase letras como las de Celedonio. ¿Quién podía representar mejor que ella esas letras tan arrabaleras? Era algo natural.

El 1º de marzo de 1926 fue una fecha importante para el tango, pero sobre todo para la divulgación de la música en discos de buena calidad. Aquel día Rosita Quiroga realizó la primera grabación eléctrica, que por entonces fue un avance técnico muy importante. En realidad en esa jornada se grabaron cuatro tangos, pero a ella le tocó grabar el primero, que fue “La musa mistonga”, con música de Antonio Polito y con versos de Celedonio Flores.

Entre las canciones de su repertorio radial de la década de 1920 se cuentan los tangos “La tipa” de Enrique Maciel, “Sombras” de Pracánico y Servetto y “De estirpe porteña” con letra de Celedonio Flores y música de la propia Rosita, y “De mi barrio” de Goyheneche, entre muchos otros.

Con el letrista Juan Miguel Velich codirigió la Compañía de Comedias Víctor, actuando en radio y grabando varios discos con la compañía; en ocasiones actuaban conformando un dúo cómico con Velich.

En 1931, luego de grabar cuatro temas, se retiró de la Víctor, la compañía en la que grabó más de 200 temas y en la que tuvo tanta influencia; estuvo casi completamente retirada del mundo del espectáculo, porque desde aquel año sólo en contadas ocasiones grabará o se presentará en público. Esporádicamente se presentaba en radio Mitre, emisora donde también trabajaban Raquel Notar, Charlo, Juan Maglio “Pacho”, y Dorita Davis, que fue otra artista que impulsó la generosa Rosita. Algunos señalan como una causa de su retiro parcial, el hecho de que a Rosita no le gustaba mucho cantar frente al público.

En 1938 viajó a Japón, transformándose así en la primera embajadora del tango en el oriental país insular. Dejó un recuerdo importante en aquel país, en base aquella visita y también a los discos, que en esos años se vendieron en todo el mundo, incluso en Japón, donde durante la Segunda Guerra mundial sirvieron de agradable compañía a unos cuantos nipones mientras los ruidos atroces de la guerra los atormentaban. Cómo sería la marca que dejó Rosita Quiroga en Japón, la tierra donde en 1945 cayeron las bombas nucleares, que décadas después había allí una peña con su nombre.

Junto con la fama y el éxito le llegó el dinero grande, y Rosita empezó a despilfarrarlo en lujos y en diversiones como, por ejemplo, las carreras de caballos. Pero pronto “se rescató”, como dicen ahora, y supo vivir bien pero sin descuidar una buena administración.

En 1952 volvió fugazmente a un estudio discográfico, y en dos jornadas dejó grabados 4 temas,  pero eso fue todo. Esos temas fueron los tangos “De mi barrio”, “Maula” y “Traviesa”, y la milonga “Apología tanguera”.

Años después, uno de aquellos admiradores de Rosita en Japón, Yoyi Kanematz, le escribió una carta a Rosita, en la que le decía que cuando Japón era bombardeado por los aviones norteamericanos, él y su familia se escondían en los refugios antiaéreos y mientras estallaban las bombas a su alrededor él disimulaba el miedo escuchando los tangos de ella gracias a una vieja vitrola que llevaba escondida y dos discos que había logrado salvar de la destrucción. Así, durante largas y angustiantes noches escuchó “Sentimiento malevo” y “Viejo coche”. Kanematz era un hombre culto, que hablaba 5 idiomas, y  también tenía en su altar tanguero al gran Carlos Gardel. Invita a Rosita, que vuelve a visitar Japón en 1970. Más precisamente a Osaka, donde Kanematz tenía la peña denominada “Rosita Quiroga”. Kanematz viajó a la Argentina en 1975, al cumplirse cuarenta años de la muerte de Gardel, para dejarle una flor en su tumba. Y cuando años después Jorge Luis Borges visitó Japón, él fue su guía.

Rosita Quiroga fue acumulando una extensa producción de canciones nativas: estilos, vidalitas, cifras, rancheras, zambas, cuecas... También grabó, entre otras, las comedias “¡Ay Liberata, que tus amores me matan!”; “Dolce far niente”; “El casamiento de Gregorio” y “Se necesita un marido”, estas dos últimas con Héctor Vozza,

Antonio Polito le escribió el tango canción “Quejas del suburbio”, con letra de Salvador Polito. Oscar Cátedra y Joaquina Carrera le escriben el vals criollo “Venganza gaucha”, y Ramón Collazo, Manuel Buzón e Ismael R. Aguilar le dedican el Shimmy-canción “Gentil Marquesita”.

Hugo La Rocca y Celedonio E. Flores la honraron con el tango “Audacia”, que fuera una de sus grandes creaciones como otras letras de Celedonio que ya mencionamos. Y mencionaremos otros dos tangos que le escribieron especialmente a Rosita: “Huerfanita de amor”, con música de Carlos Bravo y Raúl Silberman, y letra de Francisco García Jiménez, y “Juramento de hombre” de Francisco Raimundo y Julio Víctor Sánchez.

La Academia Porteña del Lunfardo le confirió la Medalla de Plata al Amigo (1976), y le entregó un Farolito de Oro. En el recinto de la institución se conserva la guitarra de las más original de las cantoras de tango; también un retrato de la Rosita adolescente decora una de las paredes de la sede.

Lamentablemente Rosita Quiroga no es de esos artistas tangueros que quedaron registrados en varias películas. Solamente se la puede ver en un film de 1976, “El canto cuenta su historia", de Fernando Ayala y Héctor Olivera, donde luego de que habla brevemente, interpreta uno de sus mayores éxitos: “Puente Alsina” de Benjamín Tagle Lara, acompañándose a sí misma con la guitarra. Vale la pena ver ese fragmento de film; se lo puede encontrar en youtube:

www.youtube.com/watch?v=7GPpxOJLgFw

A principios del ochenta, trabajó para el Canal 11 de Buenos Aires, en los programas conducidos por Eduardo Bergara Leumann, en el ciclo “La botica del tango”.

Además de cantar, Rosita Quiroga creó varios tangos, a veces compuso la música, otras veces escribió la letra y en algún caso las dos cosas. Mencionaremos algunos: “Yo solo” (con letra de Antonio Juan Pardo Lozano), “Campaneando la vejez” (con letra de Eduardo Escariz Méndez), “Carta brava” (con letra de Celedonio Flores), “Apología Tanguera” (de 1933, emblemática milonga con letra de Enrique Cadícamo). También creó otras músicas, además de tangos: Magaldi-Noda le grabaron en Víctor la ranchera “Flor de Tupí” (16-01-1933).

También le pertenece la música de milonga “Campaneando mi pasado”, con letra del poeta Luis Alfredo Alposta, otro especializado en el lunfardo, la jerga popular de nuestra ciudad. El 14 de septiembre de 1984 lo grabó, a pedido del autor de la letra, acompañada por la guitarra de Aníbal Arias. Resultó una especie de despedida, pues un mes después Rosita falleció.

Alposta, además de poeta y letrista, es médico, y además de amigo de Rosita, era el “Tordo” que la atendía. Esto escribió en su blog: “Como médico, de ella he podido aprender que a la depresión y al reuma también se los puede combatir eficazmente comenzando a estudiar música a los 80 años. Rosita le supo esquivar el bulto a los achaques y a las depresiones sin más ayuda que la de su vieja guitarra.” (ver Fuente 5)

Rosita Quiroga tuvo muchos admiradores, pero dos de los más conocidos fueron Eva Duarte de Perón, con quien conversó más de una vez, y el escritor Julio Cortázar, que la menciona en algunos de sus relatos. Evita y Cortázar no tenían nada en común, salvo la devoción por Rosita Quiroga.

Otro de los principales cultores del lunfardo en el tango, Edmundo Rivero, mencionaba que Rosita nunca faltaba a sus cumpleaños, y con cariño afirmaba que el mejor regalo que ella podía hacerle era cantarle un tango.

Los críticos coinciden en señalar que Rosita no tenía una gran voz, carecía del caudal vocal de Ada Falcón, las dotes escénicas de Libertad Lamarque, el afinamiento perfecto de Mercedes Simone pero, como dijera uno de sus amigos, su gran virtud era que “cantaba como hablaba”. Más que cantarlos, a los tangos los decía y los decía con su tonada arrabalera, con esa manera tan especial de arrastrar las palabras o darle una determinada intención. En el manejo de esos recursos fue única. La mujer, el arquetipo de mujer, que Rosita recrea a través de sus tangos es una mujer del pueblo, del barrio. Posee las debilidades y las fortalezas de ellas, su sentimentalismo, su sensiblería, pero también su sabiduría y su capacidad solidaria. (Manuel Adet, ver fuente 2)

“Fue la primera cantora, heredera directa de los primitivos payadores. El suyo es un caso único en la historia de la mujer en el tango. Ninguna se expresó como ella, cantaba con la misma cadencia y el mismo dejo con el que hablaba, fue el prototipo femenino, irrepetible, de lo arrabalero. Interpretaba naturalmente, como le salía”, así describió su canto el periodista Néstor Pinsón (fuente 3). “Hablaba intercalando palabras lunfardas y vulgares, con un ritmo canyengue, tal como lo habría escuchado de los hombres de su casa, laburantes del puerto y carreros. Lo hacía ceceando y su voz no era potente pero generaba un clima intimista como si cantara para si misma. Este estilo la acompañó hasta su muerte a pesar de que ya había superado la pobreza y tenía una posición económica muy acomodada”.

Otra definición contundente de Pinsón: “Rosita Quiroga es la más genuina representante del tango arrabalero, hoy una leyenda de la más rancia estirpe porteña, para muchos la más grande, y que es venerada por todos los que amamos este paradigma genial llamado tango”.

Y para terminar, citaremos la tan especial apreciación que escribió José Gobello (ver fuente 4): “Ella hizo un tango a su medida -un tango de cámara, o de boliche-, lo silabeó con una prosodia de eses muy dulces, con entonación canyengue, que avanzaba lentamente, como si no arrastrara los versos del negro Cele sino la chata de su padre. Fue como la contrapinta de Azucena, de Ada, de Mercedes, de la Liber. Fue ella, Rosita, la divina Rosita.”

Rosita Quiroga falleció a los 88 años de edad el 16 de octubre de 1984, en su casa de la Avenida Callao , en la ciudad de Buenos Aires. Pero no se fue del todo: revive cada vez que alguien escucha sus grabaciones y se deja acariciar el alma por su dulce arrullo de barrio.

 

Fuentes:

1) “Rosita Quiroga. Reseña de su vida en el tango” de Mario Valdéz, en www.investigaciontango.com

2) Nota “Rosita Quiroga, la Edith Piaf del arrabal”, de Manuel Adet, en www.ellitoral.com

3) Reseña biográfica de Néstor Pinsón, en www.todotango.com

4) Reseña en el libro “Mujeres y hombres que hicieron el tango” de José Gobello.

5) “Acerca de Rosita Quiroga en mi recuerdo” por Luis Alposta en su blog:  http://mosaicosportenos.blogspot.com.ar

6) Reseña biográfica en www.wikipedia.com, la enciclopedia libre.