Juan de Dios Filiberto

Juan de Dios Filiberto nació el 8 de marzo de 1885, en una casa sencilla, humilde, ubicada en Necochea al 200, en el barrio de La Boca , de nuestra Ciudad de Buenos Aires. Su nombre de nacimiento, el verdadero, era un poco diferente: Oscar Juan de Dios Filiberti Rubaglio.

Por entonces, el pintoresco barrio estaba habitado predominantemente por inmigrantes italianos, mayoritariamente genoveses. Eran años en que se desarrollaba la gran ola inmigratoria europea que influyó decisivamente en las características de la población argentina. El padre del nuevo bebé que había venido al mundo, también era hijo de genoveses.

Fue a la escuela hasta los nueve años. Tenía mala conducta, y esto fue un obstáculo importante para su continuidad escolar; de todos modos, ya debía empezar a trabajar. Fue aprendiz de varios oficios, como albañil, estibador y oficial tornero en los astilleros que la empresa Mihanovich poseía en La Boca. Apenas entrando en la adolescencia, allá por sus trece o catorce años, era respetado y hasta temido por los muchachos de su edad, porque era guapo y peleador.

En tiempos en que se desempeñaba como trabajador portuario, ya en plena juventud, ingresó al sindicato, adhiriendo a las ideas del anarquismo, muy en boga por esos años debido a que lo traían los trabajadores provenientes de Europa. Participó en las huelgas portuarias de 1907.

Con un grupo de camaradas crean un conjunto musical llamado “Orfeón Los del Futuro”. Por entonces un amigo le regala una entrada para presenciar la representación de la ópera “ La Gioconda ”, de Ponchinelli, en el Teatro Coliseo. Al día siguiente opinó que el tenor y la música marchaban por caminos diferentes, no existía armonía entre ellos. A raíz de este comentario un amigo no reprimió la dura respuesta: le dijo que él no entendía nada de música, lo cual era verdad, porque carecía por entonces de toda formación musical, aunque sí tenía intuición. Las palabras del amigo lastimaron el amor propio del joven, porque llevaba la música en el alma, y consideraba que tenía oído. Aquel intercambio de afirmaciones hizo que decidiese su futuro (“en ese mismo momento”, según comentó años después).

Consiguió trabajo como ayudante de maquinista en el Teatro Colón y allí conoció la música de Ludwig van Beethoven, justo con la obra cumbre del gran alemán: la novena sinfonía, famosa porque Beethoven la compuso estando ya totalmente sordo. Según confesó más adelante, ese compositor pasó a ser su “Dios musical”. El joven Filiberti tenía ya 24 años.

También se inscribe en el conservatorio para estudiar violín, teoría y solfeo. Después estudió armonía, y se esforzó tanto que consiguió una beca para ingresar en el conservatorio dirigido por el maestro Alberto Williams. Allí tomó clases de contrapunto, piano y guitarra. Respecto de esos tiempos recordó que cuando ingresó en el Conservatorio “tenía más de veinticinco años sobre mis espaldas, y mis espaldas estaban curtidas por mis tareas de estibador, herrero, mecánico ajustador y calderero batimasa. Mis dedos estaban duros y torpes para el teclado y para el cordaje”. Pero su amor apasionado por la música pudo más, como también fue el caso de Beethoven.

Ya no era tan joven, pero también estaba lejos aún de la vejez y sus achaques, pese a lo cual ya tenía problemas de salud. Es por esto que su amigo, el médico y escritor José Ingenieros, le aconseja mudarse a otro clima, y el nuevo músico le hace caso y viaja a la ciudad de Guaymallén, en la provincia de Mendoza, sitio donde se instala por algún tiempo.

Esa andina ciudad del extremo oeste argentino, Guaymallén, que era una denominación aborigen, le dio el nombre a la primera composición de Filiberti, creada en 1915. Así explicó él esa decisión: “El indio nada tiene que ver con el tango, pero yo quería que mi primera pieza musical llevara un nombre autóctono. Con eso quise significar el carácter nativista del nuevo músico argentino que acababa de surgir”. Era el primer gesto de una intención, una actitud, a la que siguió siempre. Tanto en su música como en su vida privada: cuando tuvo un hijo, lo bautizó Nahuel, que significa ‘tigre’, en mapundungun, idioma del pueblo ranquel; hoy día es un nombre bastante utilizado, y no llama mucho la atención que se elijan nombres provenientes de las varias etnias autóctonas de la Argentina , tengan los padres ese origen o no, pero en esa época resultaba toda una novedad, una rareza.

Siguió creando más piezas: en 1918 llegó el turno a la que algunos mencionan como su obra cumbre: “Quejas de bandoneón”, un tango instrumental que si bien tuvo su importancia por esos años, en los años ’40 con la emblemática versión de Troilo pasó a ser uno de los tangos instrumentales más célebres de la historia, todo un símbolo del género, y sobre todo para los bailarines de escenario cuando a fines de los ’50 el por entonces joven bailarín profesional Juan Carlos Copes empezó a usar esa grabación de Troilo para una coreografía apoteósica con su pareja María Nieves.

Desde 1920 empezó una serie de colaboraciones con el letrista Gabino Coria Peñaloza: “El pañuelito”, luego “La cartita” (1921), “El ramito” y “El besito” (1923), “La tacuarita” (zamba de 1923), “La vuelta de Rocha” (1924), “Caminito” (1926). Éste último también pasó a ser un tango inmortal, interpretado en todo el mundo. Pero también se fueron intercalando otros tangos y piezas de otros géneros, con letras de otros autores: “El último mate” (1922) de Luis Teisseire, “Mentías” (1923) de Miguel A. Camino, “Chúcaro” (gato de 1924, con letra de J. Servetti Reeves), “Ay, zamba” (zamba de 1924, con Julia Puigdéngolas), “Langosta” y “Yo te bendigo” (tangos de 1925, con letras de Juan A. Bruno), “Amigazo” (tango de 1925, con letra de J. M. Velich y F. Brancatti), “Compañero” (tango de 1926, con letra de Enrique P. Maroni, el autor de una de las letras de “La cumparsita”), “Ladrillo” (1926, con Juan A. Caruso), “Comadre” de 1927, con Celedonio Flores, “Malevaje” (de 1928, con Enrique Santos Discépolo, señalado por los especialistas como el mejor tango de Filiberto) “Clavel del aire” (1939, con Fernán Silva Valdéz), “Cuando llora la milonga” (1927) y “Linyera” (1931) con letras de L. Mario (seudónimo de María Luisa Carnelli), “Botines viejos” y la ranchera “La charlatana” (1932, ambos con Alberto Vacarezza, creados para ser interpretados en “Villa Crespo”, sainete dirigido por Vacarezza); “Nahuel” (1940, con A. Moresino), “La canción” (1959, con Lito Bayardo), “Mi credo” (1959, con José Rosa). También compuso “María" y "Amor que muere", valses con versos de Velich y Kolben que grabó Ignacio Corsini, quien grabó también el tema campero de Filiberto “Recuerdo criollo” en 1923, con letra de Ambrosio Río (Corsini acompañado por la orquesta de Roberto Firpo). El tango “Linyera” se alzó con el primer premio en el concurso de tangos de 1931, y se puede escuchar en la grabación de Charlo, el importante cantor de tangos, cineasta, gran artista argentino.

Su gran pasión por la música lo movió a componer también otras piezas de tipo sinfónico: “Rondino”, “Religión”, “Impresiones porteñas”, “Leyendas de la pampa”, “Interludio”, “Preludio sinfónico”, “Sinfonía de arrabal”, “La procesión de la milonga”.

Con Benito Quinquela Martín, su hermano de alma y de bohemia, llevó el tango a Mar del Plata en el verano de 1927. Filiberto fue con su armonio, y al año siguiente fueron también a la universidad, para matizar las conferencias de Enrique González Tuñón.

En 1932 volvió a instalarse en su barrio de origen, La Boca , en una casa de la calle Magallanes 1140 cuyo frente tiene el mural “Música popular”, pintado por el artista plástico Benito Quinquela Martín, amigo personal de Filiberto; ellos dos quedaron cada uno en su arte, como los principales exponentes de ese barrio, intrínsecamente relacionados con el mismo. Filiberto vivió todo el resto de su vida en La Boca. También allí le enseñó a tocar la guitarra a otra figura tanguera insigne de ese barrio: la cancionista Rosita Quiroga, tal como consignamos en la edición de octubre de la Revista AquíDEVOTO , en que dedicamos esta sección a ella.

Ese mismo año formó su propia orquesta, denominándola “Orquesta Porteña”. A los corrientes instrumentos tangueros agregó el clarinete, la flauta y el armonio. Los dos primeros eran instrumentos ya usados en las primeras décadas de nuestro tango, cuando era alegre y no tenía letra o eran letras no argumentales, pero el armonio resultaba una novedad tímbrica. Esta orquesta es parte del elenco de nuestra primera película comercial sonora, “Tango” (1933, ya en muchas otras ocasiones la hemos mencionado, porque allí aparecen casi todas las más importantes figuras del tango de ese momento), donde aparece Filiberto dirigiendo con sus poses y movimientos personales inconfundibles.

Patrocinio Díaz fue cantor de esa orquesta, y tiempo más tarde, Jorge Alonso.

Además del sainete de Alberto Vacarezza, “Villa Crespo”, Filiberto puso música a “Se acabó lo que se daba” del autor y poeta cordobés Tomás Allende Iragorri.

Sobre el estilo musical de las obras compuestas por Filiberto, el estudioso José Gobello escribió que “muchas de sus composiciones resultan más agrestes que urbanas. Supongo que si escribió tangos como El pañuelito, El ramito o Caminito fue porque vivía espiritualmente sobre esa delgada frontera que separa el compadraje de alpargata bordada, del malevaje de taquito militar. De todos modos, el tango campero, que generalmente asume una retórica sanguinolenta -Mandria, A la luz del candil-, tiene otro tono en Filiberto; un tono nostálgico, algo clorótico”.

También Gobello aportó un dato interesante, seguido de una opinión muy gráfica: “Quejas de bandoneón es, sin dudas, la obra maestra de Filiberto. Es el sexto de sus tangos, la séptima de sus composiciones y la segunda que firma con el apellido Filiberto -antes firmaba Filiberti-. Si no fuera por este tango, que muestra una profunda raíz suburbana, uno diría que Filiberto no fue un tanguista, sino un músico que escribió tangos. (¿Y Malevaje? Sí, Malevaje. Pero, ¿cuánto de suburbio puso allí Filiberto y cuánto Discépolo?). Es una atmósfera campera la que impregna la mayor parte de la obra filibertiana. El clima de suburbio -en el sentido porteño que tiene esta palabra: suburbio es cafetín, gente de traza ambigua, pasiones, cuchillos y una murga tanguera entristeciendo la noche- aparece apenas en Quejas de bandoneón, La vengadora, Langosta, Yo te bendigo, Ladrillo, Cuando llora la milonga, Malevaje, y quizás alguna otra página”.

Lamentablemente, Filiberto realizó muy pocas grabaciones. En este aspecto, su labor se divide en 3 períodos, de los cuales el primero fue de 1932 a 1936, con 24 registros para el sello Odeón, algunos de ellos de su autoría, como “El Pañuelito”, Clavel Del Aire, Bataraza, “La charlatana” y “Botines viejos”, y también tangos de la guardia vieja (El 13, Re Fa Si) y otros ritmos: Valses (“Visiones de la pampa”, “Tus ojos me embelesan”, “Santiago del Estero”), Milongas (“Porteñita”), Marchas (“San Lorenzo”) y Polcas (“ La Quinterita ”). Luego, en 1941, es contratado por la RCA Victor , pero entonces dejó solamente seis temas grabados, entre los cuales se destaca su versión de Guaymallén. El último período de grabaciones empezó en 1958: fue una última serie de registros en RCA que terminó en 1959. Entre los dos últimos períodos suman apenas veinte temas, casi todos instrumentales.

Debido a la cantidad de registros, que no llegan a sumar ni siquiera medio centenar, hubo pocas ediciones de su obra en formato CD, el formato que se impuso desde principios de los ’90 y que aún reina en las disquerías. Su primera grabación editada en compact-disc fue el vals “Tus ojos me embelesan”, que apareció en un recopilatorio de valses realizado por EMI conjuntamente con la ya desaparecida FM Tango, que cuando existía fue muy importante en la edición de discos al nuevo sistema de discos compactos (láser).

En 1996 el mismo sello EMI publicó un CD conteniendo 18 de sus grabaciones en la compañía, en un CD titulado “Serie Guardia Vieja”. Pero la mala noticia es que este material en la actualidad se encuentra descatalogado, es decir que no lo siguieron ofreciendo.

Con respecto a sus grabaciones en RCA Victor, durante los años 90 y parte del 2000, se editaron muy pocas: “La vuelta de Rocha” y “El pañuelito”, que fueron incluidos en un CD de la colección Sentir el Tango (Editorial Altaya) y el vals “Palomita Blanca” en el CD “Buenos Aires Tango - Instrumentales”, editado por BMG en 2003.

En 2007, el sello, ya convertido en SONY BMG, incluyó el tango Guaymallén en un CD de la serie “78 RPM”, conjuntamente con el primer CD completo en una década dedicado al músico. El CD en cuestión, titulado “La vuelta de Rocha”, que forma parte de la serie Archivo RCA, permitió recuperar las 16 últimas grabaciones que realizó entre 1958 y 1959.

Carlos Gardel grabó dieciséis temas de Filiberto: “Amigazo”, “Caminito”, “Clavel del aire”, “Compañero”, “Cuando llora la milonga”, “El besito”, “El pañuelito”, “El ramito”, “La cartita”, “Langosta”, la zamba “La tacuarita”, “La vuelta de Rocha”, “Malevaje” (Discépolo lo convenció de que lo musicalice, porque a Filiberto no le agradaban los malevos, con la excusa de que el de ese tango es un malevo claudicando, en decadencia, por efecto de la atracción de una mujer), “Mentías” y “Yo te bendigo”. Cuando Gardel le grabó el shimmy “Amor”, en los discos el compositor apareció con el seudónimo Oscar Ramenti, porque consideraba una traición a la música argentina el escribir música de ritmos foráneos.

Carlos Gardel y Juan de Dios Filiberto se habían hecho muy amigos, pero más allá de eso, el gran cantor sabía del valor de las obras de su amigo, y así es que hay 3 de ellas que las grabó dos veces. Cuando la calidad de las grabaciones mejoró sensiblemente, al pasar del sistema “acústico” al “eléctrico”, el Morocho del Abasto decidió que era necesario dejar mejores versiones de los tangos “Yo te bendigo”, “Caminito” y “Malevaje”. El músico no recordaba cuándo ni en qué lugar había conocido al cantor, pero era grande el afecto y la admiración que los unía. Cuando Gardel falleció tan inesperadamente en el avión incendiado en Medellín, en 1935, el amigo compositor lo lloró diciendo “Era un corazón cantando”. Siempre ponderó muchísimo el sentimiento, le dio su lugar a la técnica pero siempre al servicio del sentimiento; así era como consideraba la música, y el arte en general, Filiberto. Así lo explicó: “Mi música es muchas cosas juntas, pero sobre todo sentimiento. Claro que en arte no basta sentir, hay que saber expresar. El arte cerebral elaborado en frío, en base a técnicas rígidas y fórmulas hechas, no es de mi cuerda. Para mí la técnica es un medio y no un fin en sí misma. Las técnicas se aprenden pero el fuego sagrado nos tiene que salir de adentro”. Incluso expresó: “El único gran factor para la música es tener sentimentalismo innato”, y él claramente lo tenía, y desde el conocer esa característica suya fue que lo definió de ese modo.

En octubre del año 1938, la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires creó la “Orquesta Popular Municipal de Arte Folklórico”, y la dirección queda a cargo de Filiberto. Esta formación tenía más de veinte músicos. Diez años después, un decreto presidencial la sustituyó por la “Orquesta de Música Popular”, ya con cuarenta músicos, pero dejaron que Filiberto siguiese con la dirección. Durante la dictadura militar que derrocó al gobierno del presidente Perón en 1956, nuevamente cambiaron el nombre por el de “Orquesta de Música Argentina y de Cámara”, pero siempre Filiberto siguió a la cabeza de la agrupación.

Así como desde jovencito se interesó por la política, desde lo sindical, luego llevó esa preocupación a su nueva profesión de músico. Fue uno de los pioneros en preocuparse por la defensa de los derechos intelectuales, y fue permanente su lucha en ese aspecto. Primero impulsó y defendió la Ley de Derecho Autoral, la 11.723, del año 1933, y más tarde contribuyó a la creación de la actual Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC), de la cual fue socio fundador, tal como queda inscripto en 1936.

El escritor Enrique González Tuñón le llamó, cariñosamente, “San Juan de Dios”.

Juan de Dios Filiberto falleció el 11 de noviembre de 1964, a los 79 años, en su querida Ciudad de Buenos Aires.

La casa de Magallanes 1140 del barrio de La Boca fue expropiada como Patrimonio Cultural de la ciudad en 2007.

En cuanto a la orquesta oficial que, tal como relatamos, él dirigió tantos años, en 1973 fue nombrada en su honor como “Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto”, y desde entonces así continuó siempre, dirigida por renombrados directores, como José Rosa, Osvaldo Requena y Osvaldo Piro.

En su amado barrio de la Boca hay una callecita que lo homenajea con su nombre. También hay un teatro con el mismo. Aunque es tan difícil escuchar alguna de las pocas grabaciones de su orquesta, el aporte que le hizo al tango Juan de Dios Filiberto desde los comienzos mismos de nuestra música porteña, es imperecedero, y así es que siempre se lo menciona, siempre sigue viva su obra y su recuerdo.  

Fuentes:

1 - Notas escritas por Néstor Pinsón y Orlando del Greco, en www.todotango.com

2 - Nota en la sección Historia y Efemérides, del sitio www.argentina.ar

3 - Libro “Mujeres y hombres que hicieron el tango”, de José Gobello (Centro Editor de América Latina, 2002)

4 - Nota biográfica en www.wikipedia.com ( La Enciclopedia Libre )