¿Para qué peleamos?
¿Qué se esconde detrás de la pelea?

        Por la Lic. Mónica Cersósimo - Psicóloga (M.N. 16566)

Por lo general, las discusiones más fuertes surgen por desacuerdos en temas de poca importancia.

Peleamos para imponer nuestras ideas. Cada una de las partes quiere tener razón, pero quizá esa razón no sea la misma, y de esa forma es muy difícil conciliar.

En las familias, sus integrantes deben aprender a escucharse, a sacar el ego del medio y a aceptar que puede haber otros puntos de vista. Deben entender también que el otro no tiene por qué pensar lo mismo, y que no siempre las cosas van a ser como cada uno las piensa.

Las cuestiones intrascendentes empiezan a tomar importancia cuando entra en juego el poder, y acá está el error, porque lo que era una diferencia de opinión se transforma en una cuestión de poder.

Antes estas situaciones lo importante es retomar el diálogo, respetar las diferencias y aceptar que no siempre vamos a ser los dueños de la verdad.

Las peleas y/o conflictos surgen cuando no aceptamos las diferencias. En las relaciones familiares se observan riñas pasajeras y algunas que no lo son tanto.

Los conflictos nos hacen sentir inseguros, y al no poder controlar las situaciones nos enojamos con el que tenemos más cerca.

No es necesario discutir o pelear para salir de un conflicto porque, en ocasiones, se puede negociar, o tomar una decisión compartida.

Por lo tanto, si bien los conflictos forman parte de las relaciones humanas, es importante saber que se pueden resolver sin llegar a las peleas.

A veces la gente provoca una pelea para desahogarse de sus propios problemas, y busca cualquier situación para originar esa pelea. De esta manera descarga su ira, pero sólo consigue que se restablezca una nueva situación conflictiva.

Una familia con buena convivencia no es aquella en la que no se presentan situaciones conflictivas, sino aquella en la cual sus integrantes saben
resolverlas de la mejor manera.