Virulazo (y Elvira)

El hombre que llegó a brillar con el nombre artístico “Virulazo” nació en Haedo, en el oeste del Gran Buenos Aires en 1926. La fecha de su nacimiento: 10 de octubre.

Su nombre real: Jorge Martín Orcaizaguirre. Claramente su apellido paterno es de raigambre vasca; por parte materna su ascendencia era italiana. El linaje del apellido Orcaizaguirre podría estar unido a las familias nobles de Tolosa-Gipuzkoa, hacia 1669, pero eso sería materia de investigación.

Dado que su padre y su madre se separaron muy pronto, fue criado por los abuelos, en la zona de La Tablada, en el partido de La Matanza.

Su abuelo trabajaba en el ferrocarril, con un sueldo que no era suficiente, entonces el nieto ayudó desde chico. Hizo “de todo menos tres cosas: ser alcahuete, rastrero y trepador, los peores defectos que puede tener un hombre”. Entre la enumeración de actividades que detalló Virulazo que encaró para contribuir a la economía familiar, estaban: lustrador de zapatos, vendedor de sándwiches de chorizo (incluso antes de que se popularizaran con el sintético nombre de “choripán”), comercializador de pelo para peluquerías, peón de matadero… Terminó como capataz y comprador de hacienda.

Virulazo tenía enorme gratitud hacia su abuelo. Expresó que lo adoraba, que a él le debía todo; “él me dio el título más grande que tengo en la vida, el de hombre”.

Su sobrenombre “Virulazo”, con el que fue conocido, le quedó a los 18 años, cuando se dedicaba a jugar a las bochas por dinero y un inmigrante italiano lo incitaba a que efectuase un “virulazo”, como sinónimo de “bochazo”.

También bailó el tango desde muy chico, en una época en la que el tango era un baile y un género musical muy popular, masivo, sobre todo entre los jóvenes.

Virulazo bailó por primera vez a los 12 años, y fue en una kermese bailando con su madre.

Alrededor de sus 18 años, Virulazo bailaba habitualmente en los clubes de La Matanza (en el Defensores, por ejemplo) o el barrio porteño limítrofe de Mataderos (por ej. el Club Nueva Chicago, el Glorias Argentinas). En la década de 1940, el famoso poeta y letrista de tangos Celedonio Flores lo vio bailar y lo conectó con los cafés céntricos, para que baile profesionalmente, es decir, con retribución económica.. Debutó en el café “La Armonía” de la avenida Corrientes y luego en los cabarets más importantes de la época, como el Chantecler y el Tabarís.

En 1952 se presentó en un concurso de baile de tango organizado por la empresa de chocolates Águila. Compitieron con otras 156 parejas de baile, y las finales se realizaron en el auditorio de Radio Splendid. Virulazo y Aída ganaron el primer puesto en aquel concierto. Esto le abrió las puertas para mostrar su baile, profesionalmente, por todo el país.

En 1957 se produjo la disolución de la pareja con Aída, no siguieron juntos, ni bailando ni como matrimonio.

Pasó un tiempo y Virulazo se encontró con su primera novia, Elvira Santamaría; formaron pareja de vida y de baile durante el resto de su vida. La anécdota del reencuentro es una buena oportunidad para aplicar un zoom a ese pintoresco personaje criollo y tanguero que fue Virulazo: “Elvira fue mi primera novia, y por esas cosas de la vida no nos casamos. Cada uno hizo su vida y en 1959 yo ya estaba separado de mi primera mujer. Un día yo andaba arriba de un caballo allá por La Tablada y en eso veo pasar un colectivo con Elvira adentro, le hice señas para que bajara, pero nada, entonces fui galopando detrás del colectivo y al final se bajó porque si no la seguía hasta su casa” Decisión y acción, aplicadas a la resolución de una situación. El tiempo demostró que fue lo mejor que podía haber hecho.

Elvira era flaca como un junco y se las arreglaba para lucirse en el abrazo de ese grandote, con sus permanentes kilos de sobrepeso.

Sin embargo, el transcurso de los años 60 no fue una época fácil para el ambiente del tango. La música que propagaban mayormente la TV en alza pasaba más por la “nueva ola” y el incipiente rock, y el tango y las músicas criollas pasaban a un segundo o tercer plano. El interés de las compañías grabadoras en el tango también mermó, en paralelo. “Nos hicieron pasar un hambre terrible, bailábamos por unas monedas. Aguantamos sólo Juan Carlos Copes y yo. La bohemia es linda pero te cagás de hambre”.

En los ‘70, empezaron a salir otra vez; la primera fue una gira en la que acompañaban a Hugo Del Carril. Cuando comenzaban los ’80, deciden abandonar el baile.

Se dedicaron al juego clandestino, la quiniela, como medio de vida. Estaban ya pensando que lo del tango ya no sería nunca más una posibilidad profesional, cuando es contactado en 1983 por Juan Carlos Copes incitándolo a realizar una prueba para un espectáculo de tango que Claudio Segovia y Héctor Orezzoli pretendían estrenar en París. Para entonces Virulazo pesaba 126 kilos, tenía 57 años, cinco hijos y seis nietos. El propio Segovia, cuando lo vio llegar, miró a Copes con incredulidad. Copes simplemente le dijo: “Miralos bailar”. Cuando la pareja arrancó su baile, “Claudio no podía creer lo que veía, que semejante hombre pareciera flotar, ¡no pisaba el suelo y Elvira hacía firuletes a su alrededor! Eran algo diferente, como quería Claudio. Así quedaron incorporados Virulazo y Elvira”.

Segovia y Orezzolli vieron esa química. Y cuando los incorporaron a la compañía deTango argentino sabían el riesgo que corrían: Virulazo era la antítesis de la imagen del tango en el exterior. Dice Copes, también integrante de Tango argentino: "Primero la gente se reía. Virula y Elvira parecían Brutus y Olivia. Cuando empezaban a bailar, dejaban de burlarse y se quedaban en silencio. Y al final, siempre, los ovacionaban".

Segovia también fue rotundo refiriéndose al fenómeno Virulazo/Elvira: "La ferocidad con que se entregaba, la unión de belleza y fuerza que lograba con Elvira, quedó en la mente de todos los que lo hayan visto".

Tango argentino fue un espectáculo de tango brillante, con orquesta en vivo de gran nivel y con los mejores bailarines, entre ellos Copes y María Nieves, Mayoral y Elsa María. Virulazo y Elvira también, pero con el plus que se refiere en los anteriores párrafos: eran un gran hallazgo, milongueros auténticos y sorprendentes.

Virulazo y Elvira participaron de todas las presentaciones, y se convirtieron en celebridades mundiales. En 1985 el espectáculo se presentó en Broadway, resultando todos los bailarines nominados a los Premios Tony, por la mejor coreografía. Durante sus años de rodaje, “Tango Argentino” se pudo disfrutar en Estados Unidos, Europa y Japón.

“En Broadway durante una actuación, escuchaba una voz que me gritaba: ¡Bien gomina, bien gomina! Resultó ser Nureyev”. El ruso, uno de los bailarines de ballet más destacados de la historia, y Virulazo, se hicieron amigos. Otras celebridades que se relacionaron amistosamente con nuestro milonguero fueron los actores Anthony Quinn y Robert Duvall. Éste último se volvió un famoso admirador del tango, y comió alguno que otro asado en el quincho de Virulazo, cuando venía por aquellos años a la Argentina.

Con el dinero ganado en esas giras por el mundo pudo cumplir el sueño de comprarse un chalet en San Justo. La parrilla y el quincho eran el lugar más importantes de la casa, para el hombre. También pudo adquirir dos autos, y hasta un camión para sus hijos, “Ahora salgo algunas veces más, junto unos dólares y ¡chau!, me retiro. Cada gira son cinco o seis meses y para es un sufrimiento, es como estar encanutado en Alcatraz. Sufro lo peor que le puede pasar a un hombre, estar solo en la muchedumbre”.

El roce “con la extranjería”, el reconocimiento, lo enorgullecía, pero no lo enloquecía. Cuando le preguntaban qué lugar le había gustado más, siempre respondía: “El avión de vuelta”.Confesaba con gran simpleza que a él lo atraía un buen vino, un asado con los amigos, “los jilgueritos que tengo en el fondo de mi casa”. Está claro que no le gustaba postergar su vida de placeres sencillos por las giras por tierras lejanas y un éxito fulgurante que le había llegado de muy grande.

Admirador de los estilos orquestales de Pichuco Troilo y de Carlos Di Sarli, de la buena mesa, fumador a ultranza, gran humorista, dueño de una pintoresca inventiva, adquirida entre pistas sin asfaltar y salones de gran cachet. Sus figuras tenían la impronta del momento, de ahí su permanente renovación.

Jorge Martín Orcaizaguirre, famoso como “Virulazo” falleció el 2 de agosto en 1990, a los 63 años, debido a un cáncer de pulmón causado por el hábito de fumar. Su compañera, Elvira, falleció en 1999.

Virulazo fue la representación más pintoresca y prototípica de una especie en extinción: la del milonguero de las décadas del 40 y 50. Otros exponentes de esa selecta pléyade fueron Petróleo, Todaro, Lavandina, Pepito Avellaneda; un poco más cerca en el tiempo Gerardo Portalea y Juan Carlos Copes. Cuando a Virulazo le preguntaban por un bailarín, elegía a Petróleo.

“Creo que el éxito mío está directamente ligado a la autenticidad, a bailar el tango como mandan los códigos. Los códigos del sentimiento, los que alientan a cualquier milonguero”.

 

NOTA: para la redacción de esta nota se combinaron las siguientes fuentes:

Nota de Guillermo Alfieri en todotango.com (originalmente publicada en el diario Página/12)

Chau Virulazo” de Néstor Scalone (29/9/2009) en

http://nestorscalone.blogspot.com.ar/2009/09/chau-virulazo.html

“Bailarín compadrito” nota de Mariano del Mazo publicada el 2/8/2000 en el Diario Clarín, que se reproduce en

http://sertango.blogspot.com.ar/2010/11/virulazo-bailarin-argentino.html