> Grandes de la Cultura Argentina

Abelardo Castillo
               Q. E. P. D.             

Abelardo Castillo, considerado uno de los escritores más relevantes de la literatura argentina del siglo XX, falleció el 2 de mayo.

Había nacido en Buenos Aires el 27 de marzo de 1935. A los 11 años su familia se mudó a la ciudad bonaerense de San Pedro, donde Abelardo vivió hasta los diecisiete años; para él quedó siempre como su “lugar afectivo”.

Fue en aquellos años de adolescencia pueblerina cuando descubrió su vocación de escritor. Primeramente empezó escribiendo su diario personal, donde contaba esos sueños de ser escritor, pero también su compromiso político, sus problemas con el alcohol, la amistad con Ernesto Sabato y los encuentros que tuvo con Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, máximas figuras de la literatura argentina cuando él empezó a publicar. Siguió escribiendo sus diarios muchos años más.

Encontró algunos reconocimientos tempranos; por ejemplo, a sus 24 años ganó el primer premio del concurso de la revista “Vea y Lea”, cuyos jurados fueron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou. Fue por su cuento “Volvedor”.

Sus primeros cuentos se publicaron en 1961, con el título de “Las otras puertas”. De ese año es también la obra teatral “El otro Judas”.

La crueldad, el desafío, la competencia, la traición, la culpa, típicas de la adolescencia son marcas recurrentes en sus cuentos, que reunió además bajo los títulos de “Cuentos crueles”, “Las panteras y el templo” y “El espejo que tiembla”, entre otros.

En sus historias, los personajes transitan por arrabales, casas, boliches, cuarteles, las calles de la ciudad o de pequeños pueblos de provincia. Muchas veces llegan a situaciones límite, y muchas veces parecen concurrir a una cita para encarar un pleito con su propio destino.

“Siempre me han subyugado los tipos extremos, hablando estrictamente de la literatura. Pienso que a través de un personaje extremo, de una situación límite, uno encuentra una gran libertad para expresar lo que no piensa. Haciendo hablar a un tipo de personaje límite incluso se puede decir hasta lo que no se piensa, aquello que está en contra de las propias ideas”, dijo Castillo en una entrevista.

Otro tópico que aparece tanto en su obra de teatro “Israfel” (basada en la biografía de Edgar Allan Poe, uno de sus autores fetiche) como en el cuento “El cruce del Aqueronte”, y sobre todo en la novela “El que tiene sed”, es el alcoholismo, una adicción que lo aquejó muchos años de su vida y de la cual logró recuperarse. “Durante años tomé mucho y en forma bastante consecuente como para saber, desde mí, qué es el alcoholismo, como locura o como impulso de muerte. Hace ocho o nueve años que no tomo una gota, pero he tomado en cantidad suficiente como para ahogar una ciudad más o menos del tamaño de San Pedro”, confesó en un reportaje.

La fatalidad de los sucesos que incluye su literatura hace recordar a Borges, otras de sus devociones, de quien toma a veces cierta entonación criolla y distante. Algunos cuentos aluden a la violencia, al vértigo de las imágenes, al vivir en tensión, con una forma muy bien emparentada con lo que narra, dado que tienen largos períodos textuales, apenas puntuados por la coma.

Tan decisivas para Castillo como las obras de Borges resultaron también las producciones de Poe, Marcel Schwob, Fiodor Dostoievski, Malcom Lowry, Roberto Arlt, León Tolstoi, Henry Miller y Jean Paul-Sartre.

El escritor volcó también su talento en la dramaturgia, género que le deparó varios reconocimientos: por ejemplo, en 1964, a sus 29 años, la obra de teatro “Israfel" recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París. Ese mismo año, por la pieza “El otro Judas”, consiguió el Primer Premio en el Festival de Teatro de Nancy, Francia.

A partir de 1969, Castillo y Sylvia Iparraguirre formaron una de las parejas más queridas y respetadas del ambiente literario argentino.

Su sólido compromiso con la realidad y la política, característico de la generación del 60, de la que fue uno de los nombres centrales, lo llevó a crear junto a otros escritores las revistas literariasEl grillo de papel” (de la cual se publicaron sólo 6 números, entre 1959 y 1960, pues fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi, por su adscripción al pensamiento de izquierda y, singularmente, a la lectura del marxismo desarrollada por Jean-Paul Sartre), “El Escarabajo de Oro” (1961-1974), considerada por la crítica especializada como la más prestigiosa publicación literaria de la década; y “El Ornitorrinco” (1977-1986).

Esta última revista, que publicó junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre (su esposa, que lo acompañó hasta sus últimos días) fue considerada una de las publicaciones más importantes de la resistencia cultural contra la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976.

Fue un atento lector de la filosofía occidental, sobre todo de las obras de autores como Sartre, Schopenhauer y Nietzsche, que contribuyeron al fortalecimiento de sus convicciones y al desarrollo de una moral y una ética personal que era legendaria en el circulo literario: hasta sus detractores reconocían en él a un ser humano incorruptible y un intelectual comprometido con el bien común.

 

Durante los últimos cuarenta años el escritor dictó, siempre en el living de su casa, el que tal vez fue el más importante taller literario de los muchos que se dictan en Buenos Aires. Con una cultura de las más vastas que un escritor pueda tener, con un oído extraordinario y una generosidad sin límites escondida detrás de una imagen severa, por su taller han pasado generaciones de cuentistas, y ha sido admirado y querido como un maestro por autores como Juan Forn, Rodrigo Fresán, Gonzalo Garcés, Pablo Ramos y Samanta Schweblin, entre muchísimos otros.

Consideraba que el escritor es ante todo “un inmoderado por naturaleza, un rebelde”. 

En el primer volumen de sus “Diarios”, obra que publicó en junio de 2014 (por Alfaguara), el escritor narró sesgada y literariamente hechos de su vida ocurridos desde 1954 a 1991, como la temprana decisión de convertirse en escritor. También, circunstancias de su vida cotidiana, pero sobre todo pensamientos, comentarios de lecturas literarias y filosóficas, preocupaciones políticas, y las ideas y textos iniciales que luego se convertirían en cuentos, novelas obras de teatro. También alude a los hechos que marcaron su vida, que significaron “un antes y un después”: la separación de sus padres; la decisión de regresar desde San Pedro para vivir en Buenos Aires. El segundo volumen de sus diarios aparecerá este año.

El mismo sello editorial publicó en 2016 la antología de cuentos “Del mundo que conocimos”, que Castillo preparó con ayuda de sus alumnos del taller. Funciona como una suerte de mapa íntimo, y es una buena puerta de entrada para quienes aún no conocen su narrativa.

Otros de los muchos galardones que recibió Abelardo Castillo: en 1986, el primer lugar del Premio Municipal de Literatura por su primera novela, “El que tiene sed” (que había editado el año anterior Emecé), en 1993 el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra, y en 1994 el Premio Konex de Platino al mejor cuentista argentino del quinquenio 1989-1993. Recibe el Premio de Honor de la Provincia de Buenos Aires, compartido con Ernesto Sabato y Marco Denevi (1996). En 2007 fue distinguido con el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por “El espejo que tiembla” (publicado dos años antes por Seix Barral).  En 2011 recibe el Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores). En 2014 le otorgan el Premio Konex de Brillante como la figura más importante de la última década de las Letras Argentinas. 

Antes de su primera novela, había publicado, en 1968, una nouvelle (novela corta), “La casa de ceniza”, directamente influenciada por “La casa Usher” de Edgar Allan Poe. Su segunda novela, “Crónica de un iniciado” (1991), fue merecedora del segundo Premio Nacional. La tercera novela es “El evangelio según Van Hutten” (1999).

También escribió y publicó varios volúmenes de ensayos: “Las palabras y los días” (1988), “Ser escritor” (1997), y “Desconsideraciones” (2010). Y “El oficio de mentir”, entrevistas con María Fasce (1997).

Su obra fue traducida a 14 idiomas, entre ellos el inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco.

Castillo fue un amante de deportes como el boxeo, el remo, el ping pong, el ajedrez (que practicó casi como un maestro), y el tenis. “Como terapia me quedo con el ajedrez: el ajedrez es el juego más hermoso y desalienante que existe. Borra el mundo, es una purificación. La literatura no”, dijo en una entrevista.

Amaba la música de los franceses Albert Roussel y Claude Debussy, aunque escuchaba también jazz y rock.

Abelardo Castillo falleció en Buenos Aires el 2 de mayo de 2017, debido a una cirugía de la que no pudo recuperarse, con una infección intestinal. Tenía 82 años de edad.

Fuentes:  Notas en  Télam  y  wikipedia.org